Controversia histórica sobre el pecado

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En el siglo V Agustín puso en tela de juicio las opiniones del monje británico Pelagio, quien consideraba el pecado como básicamente un acto externo que infringía la ley, y el hombre, como libre de pecado o de desistir de él. Apelando al testimonio de la Escritura, Agustín sostuvo que el pecado incapacita al hombre para hacer el bien, y puesto que nacemos pecadores carecemos del poder de hacerlo; sin embargo, ya que elegimos voluntariamente el mal sobre el bien, debemos ser responsables de nuestro pecado. Agustín daba el ejemplo de un hombre que por abstenerse del alimento necesario para la salud, se debilitó tanto que ya no pudo comer. Aunque siempre era un ser humano, creado para mantener su salud por la vía de comer, ya no estaba en condiciones de hacerlo. Del mismo modo, por el acontecimiento histórico de la caída, toda la humanidad se ha vuelto incapaz de tornarse hacia Dios, justamente la vida para la que se le creó.

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Pelagio sostenía que uno podría levantarse por su propio esfuerzo hacia Dios, y por lo tanto la gracia es la recompensa por la virtud humana. Agustín contrargumentó que el hombre se encuentra incapacitado para hacer el bien hasta que le llegue la gracia, y cuando la gracia le es dada, se mueve irresistiblemente hacia Dios y hacia el bien. En la Reforma, Lutero reafirmó fuertemente la doctrina paulina y agustiniana de la servidumbre de la voluntad, en contra de Erasmo, que afirmaba que el hombre siempre tiene la capacidad de hacer el bien aunque necesita la ayuda de la gracia para salvarse. Lutero concebía al hombre como totalmente subyugado por los poderes de la oscuridad, el pecado, la muerte y el demonio; lo que más necesita es que se le libre de la esclavitud espiritual, más que inspiración para la acción heroica.

En nuestro siglo el debate entre Karl Barth y Emil Brunner sobre la libertad humana es otro ejemplo de la secular división en la iglesia sobre esta cuestión. A pesar de la firme convicción de que el hombre es un pecador que se puede salvar sólo mediante la inmerecida gracia de Dios, según fue revelado y transmitido en Jesucristo, Emil Brunner se refirió a un "direccionamiento" en el hombre, una "capacidad de revelación" que le capacita para aprehender el evangelio y responder a su ofrecimiento. Para Barth, en nuestra naturaleza caída no queda ni siquiera una apertura hacia Dios; en consecuencia, debe sernos dada no sólo la fe sino también la condición para recibirla. Para esta postura no hay punto de contacto entre el evangelio y la humanidad pecadora. Brunner discrepaba vehementemente, argumentando que entonces la predicación no tendría objeto alguno.

Barth sostuvo que el Espíritu debe crear este punto de contacto antes de que podamos creer y obedecer. En contraste con Brunner afirmó la total depravación del hombre, pero no creía que la naturaleza humana esté tan desfigurada como para no reflejar ya la gloria de Dios. En sus últimos escritos Barth sostenía que el pecado es ajeno a la naturaleza humana, en vez de pertenecer a ella; pero continuó afirmando que cada parte de nuestra naturaleza está infectada por el contagio del pecado, y esto nos hace totalmente incapaces de llegar a Dios por nuestra propia cuenta.

(Diccionario Evangélico Elwell)


Esta traducción ha sido hecha por: María Victoria Castillo



Este tema presentación en el original idioma Inglés



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