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Thomas E Wren, De
Bibliografía
R A Armstrong, Agnosticismo y Teísmo en el siglo XIX (1977); S Budd, Variedades de
descreimiento: ateos y agnósticos en la sociedad inglesa, 1850-1960 (1977); E A Burtt,
tipos de filosofía religiosa (1951); J Collins, Dios en la filosofía moderna (1959); T H
Huxley, "El agnosticismo" y "Agnosticismo y cristianismo," in Ensayos escogidos (1902);
B Lightman, Orígenes del agnosticismo (1987); G Mavrodes, La creencia en Dios (1970);
D Mills, La Religión superada (1980); B Russell, Por qué no soy cristiano (1957).
Si bien se ha atribuído a Huxley el actual renombre del término, éste tenía muchos antecedentes históricos. En La República, de Platón, el oráculo de Delfos elogia a Sócrates como el hombre más sabio del mundo porque estaba consciente de lo que sabía y no sabía. Los precursores más importantes e inmediatos del agnosticismo moderno fueron, y con mucho, David Hume e Immanuel Kant.
En su Investigación sobre el Entendimiento Humano, Hume examina la noción de "causa" y sostiene que uno no puede conocer a priori la causa de ninguna cosa; la idea de causa surge sobre todo de la conjunción constante de dos objetos o cosas. Por otra parte, Hume rechaza la posibilidad de creer en milagros. Tal creencia se basa en testimonios, y el testimonio de un milagro está siempre contrarrestado por el testimonio universal de la regularidad de la ley natural. En Diálogos relativos a la Religión Natural, Hume critica ampliamente el argumento del designio. Dos de sus puntos más importantes son que el orden observable en el universo puede ser resultado de un principio inherente a la materia misma, más que externo e impuesto a ella; y que el citado argumento no puede establecer los atributos morales de Dios debido a la extendida presencia del mal en el mundo. La preocupación de Kant eran los límites del conocimiento humano; sostiene que no podemos tener conocimiento alguno de cosas que no sean susceptibles de experimentar. Puesto que Dios no es objeto posible de nuestra experiencia, no tenemos conocimiento de El en base a la pura razón; habrá razones prácticas para creer en Dios, pero las clásicas pruebas teístas estaban en principio condenadas al fracaso.
Así, a fines del siglo XIX hubo varios factores que contribuyeron a la respetabilidad intelectual del agnosticismo. Los límites del conocimiento humano habían sido ampliamente fijados en los de la experiencia sensorial, y además se aceptó generalmente que la teología natural había fallado, lo que llevó a una actitud crítica hacia patrones de evidencia y argumentos en materias religiosas. Las creencias religiosas no cumplían los rigurosos estándares aplicados a las conclusiones científicas; más aún, las ciencias físicas parecían estar en desacuerdo con la historia y cosmología bíblicas. Finalmente, surgieron dudas sobre los designios divinos para el mundo. John Stuart Mill, por ejemplo, afirmó que el mundo estaba bastante mal hecho y arbitrariamente conducido. Se cuestionó la bondad de Dios, puesto que había creado el infierno.
En el clima intelectual actual el agnosticismo ha tomado una forma algo diversa en el mundo anglosajón. Muchos positivistas lógicos y filósofos analíticos han argumentado que el problema con el teísmo no es de evidencia o de argumento, sino de significado y coherencia lógica. Si el discurso religioso se entiende como declaraciones cuasi científicas sobre la naturaleza de la realidad y de un ser transcendente, surgen problemas insolubles. "Dios existe" y "Dios me ama" deben entenderse como carentes de sentido acerca de la realidad, es decir, no hay nada en la experiencia sensorial que actúe en pro o en contra de su verdad.
Muchos de los que rechazan el teísmo y el cristianismo prefieren definirse como agnósticos más que como ateos, por dos motivos. Primero, el agnosticismo evita el estigma social del ateismo, que no es tan respetable como el agnosticismo. En segundo lugar, el agnosticismo al menos parece evitar el peso de la prueba: afirmar o negar una cosa requiere una razón, pero profesar ignorancia no requiere ninguna. Aunque puede haber cierta respetabilidad intelectual en abrazar el agnosticismo,William James indica que en ello hay un gran peligro práctico. James observa que hay algunas preguntas reales, trascendentales y obligadas. Uno debe creer o descreer, incluso si la evidencia es ambigua, o arriesgar una gran pérdida; según James, ése es el caso de la cuestión de la existencia de Dios. Para los cristianos, sin embargo, la evidencia de la existencia de Dios y la verdad del cristianismo se decide absolutamente en la autorevelación de Dios en la Biblia y en la encarnación de Jesucristo.
P D Feinberg
Bibliografía
R A Armstrong, Agnosticismo y Teísmo en el siglo XIX; J Collins, Dios en la filosofía
moderna; T H Huxley, "Agnosticismo" y "Agnosticismo y cristianismo", en Ensayos
Escogidos, V; J Pieper, Creencia y fe; R Flint, El agnosticismo.
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