La resurrección de Jesús

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(Libro 5, capítulo XVII de Vida y época de Jesús el Mesías, por Alfred Edersheim, 1886) (Sn. Mat. xxviii. 1-10; Sn. Marcos xvi. 1-11; Sn. Lucas xxiv. 1-12; Sn. Juan xx. 1-18; Sn. Mat. xxviii. 11-15; Sn. Marcos xvi. 12, 13; Sn. Lucas xxiv. 13-35; 1 Cor. xv. 5; Sn. Marcos xvi. 14; Sn. Lucas xxiv. 36-43; Sn. Juan xx. 19-25; Sn. Juan xx. 26-29; Sn. Mat. xxviii. 16; Sn. Juan xxi. 1-24; Sn. Mat. xxviii. 17-20; Sn. Marcos xvi.15-28; 1 Cor. xv. 6; Sn. Lucas xxiv. 44-53; Sn. Marcos xvi. 19, 20; Hechos i. 3-12.) La aurora gris rayaba el cielo cuando aquellas que tan amorosamente Lo habían llevado a enterrar se encaminaban solitarias hacia el sepulcro cavado en la roca en el jardín. [1 Aunque esto es importante, sigo dudando de si se refiere al crepúsculo del sábado o al amanecer del domingo]. Considerables como son las dificultades de concordar los detalles de las distintas narraciones, y si es que tales intentos son relevantes, agradezcamos que las dudas se refieran sólo a la secuencia de detalles menores [2 al lector que quiera comparar las diversas posturas sobre estas pequeñas discrepancias, reales o aparentes, se le referirá a los Comentarios. Por el lado estrictamente ortodoxo la tentativa más elaborada y docta de conciliación es la del sr. McClellan (Nuevo Testm., Armonía de los Cuatro Evangelios, pp. 508-538), aunque su esquema final me parece demasiado elaborado] y no a los grandes hechos del caso. E incluso esos pormenores concordarían si, como tendremos ocasión a mostrar, conociéramos todas las circunstancias. La diferencia, si así se la puede llamar, en los nombres de las mujeres que en la mañana temprano fueron a la tumba, no requiere mayor discusión. Puede haber habido dos grupos, procedentes de distintos lugares, que confluyeran en la tumba, lo cual también explica la ligera diferencia en los detalles de lo que allí vieron y oyeron. De todos modos, la mención de los dos Marías y Juana es de San Lucas [a San. Lucas xxiv. 10: las 'otras mujeres con ellas'], mientras que si bien San Juan habla solamente de María Magdalena [b San Juan xx 1] el informe de ella a Pedro y a Juan 'no sabemos dónde lo han puesto' implica que no había ido sola a la tumba. Era el primer día de la semana [3 expresión que responde exactamente a lo rabínico], según el cómputo judío, el tercer día desde su muerte [1 viernes, sábado, domingo].

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La narración da a entender que el descanso del Sabbath había retrasado su visita al sepulcro; pero es una coincidencia al menos curiosa que los parientes y los amigos de los difuntos acostumbraran ir a sus tumbas al tercer día (supuestamente, cuando se entendía que había empezado la descomposición), para cerciorarse de que los allí depositados estaban efectivamente muertos [a Mass. Semach. viii. p. 29 d]. Al comentar que Abraham avistó el monte Moriah al tercer día [b Gén. xxii 1] los Rabinos resaltan la importancia del 'tercer día' en varios acontecimientos de Israel, especialmente en relación a la resurrección de los muertos, como lo prueba su referencia a Hos. vi. 2. [c Ber. R. 56, ed, Warsh p. 102, arriba]. En otra parte, apelando al mismo dicho profético, deducen de Gén. xlii 7 que Dios nunca deja al justo angustiado más de tres días [d Ber R. 91]. En el luto el tercer día era también una especie de prescripción, porque se creía que el alma se cernía sobre el cuerpo hasta el tercer día, en que finalmente se separaba de su tabernáculo [e Moed K. 28 b; Ber. R. 100].

Aunque aquí se mencione todo esto, está demás decir que en nada de ello pensaban las santas dolientes que, en el gris de ese amanecer de domingo [2 no puedo creer que San Mateo xxvii. 1 se refiera a una visita de los dos Marías en el ocaso del sábado, ni San Marcos xvi 1 a la compra de especies a esa hora] fueron al sepulcro. Ya sea que haya habido o no dos grupos de mujeres que desde distintas ubicaciones iban a encontrarse en la tumba, la figura más prominente entre ellas era María Magdalena, tan prominente entre las piadosas mujeres como Pedro entre los Apóstoles [3 los relatos implican que las mujeres nada sabían del sellado de la piedra y de la guardia puesta a la tumba. Esto evidencia que San Mateo no quiere significar que las dos Marías habían visitado el sepulcro la tarde anterior (xxviii. 1); en ese caso tendrían que haber visto la guardia, y no se habrían preguntado quién había hecho rodar la piedra para ellas].

María Magdalena parece haber llegado al sepulcro y, viendo apartada la gran piedra que había tapado su entrada, precipitadamente creyó que se habían llevado el cuerpo del Señor; sin detenerse a más averiguaciones, se devolvió corriendo a informar del hecho a Pedro y a Juan. Aquí el Evangelista explica que había habido un gran terremoto y que el ángel del Señor, tan deslumbrante a la vista humana como el relámpago, y en radiante vestidura blanca, había hecho rodar la piedra y se había sentado en ella cuando los guardias, asustados por lo que vieron y oyeron, y especialmente por el aspecto y actitud del poder divino en el ángel, habían sido presas de mortal desmayo. Recordando los acontecimientos de la Crucifixión, de los que sin duda los soldados habían hablado entre sí, y considerando la impresión de dicha visión en tales mentes, se entiende fácilmente su efecto en los dos centinelas que esa larga noche habían montado guardia ante la solitaria tumba.

Suponemos que el acontecimiento mismo (el apartar la piedra) ocurrió después de la Resurrección de Cristo, al alba, mientras que las santas mujeres iban camino a la tumba. El terremoto no puede haber sido uno corriente, sino un sacudimiento del área cuando el Señor de la Vida abrió las puertas de Hades para reencarnar Su cuerpo glorioso, y el ángel como relámpago descendió del cielo a empujar la piedra; haberla dejado ahí estando vacía la tumba habría indicado algo que ya no era efectivo. Hay una sublime ironía en el contraste entre las elaboradas precauciones del hombre y la facilidad con que la mano divina puede hacerlas a un lado, y que, a lo largo de la historia de Cristo y de su iglesia, recuerda la declaración profética 'Aquél que reside en el cielo se reirá de ellos'.

Mientras la Magdalena se apresuraba, probablemente por otro camino, a la morada de Pedro y de Juan, las otras mujeres también llegaron a la tumba, en un grupo o en dos. Preocupadas se habrán preguntado cómo iban a lograr su piadoso propósito, ya que quién iba a quitar la piedra por ellas? Pero, como sucede a menudo, la dificultad temida ya no existía; quizás pensaron que la ahora ausente María Magdalena había conseguido ayuda para eso. Como quiera que haya sido, entraron al vestíbulo del Sepulcro, donde el aspecto del ángel las llenó de miedo. Pero el mensajero divino las hizo olvidar su aprensión diciéndoles que Cristo no estaba allí, ni tampoco muerto, sino resucitado, como de hecho El les había predicho en Galilea a sus discípulos; finalmente, las hizo apurarse a avisarles a éstos, junto con el mensaje de que, tal como Cristo los había instruído, se reunirían en Galilea.

Esto conectaba, por así decirlo, el presente magnífico con el pasado conocido, y les ayudaba a darse cuenta de que se trataba de su mismo Maestro, aunque no todavía aquel del retiro, quietud y seguridad de Galilea; habría una mejor oportunidad para una manifestación más completa, como la de los quinientos, y para conversación e instrucción finales. Pero la razón principal, y la que explica la que de otro modo sería la extraña, casi exclusiva prominencia dada en tal momento a la instrucción de encontrarlo en Galilea, se ha indicado ya en un capítulo anterior [1 en este libro, cap. XII].

Con la dispersión de los once en Getsemaní la noche de la traición a Cristo, el colegio apostólico se había roto temporalmente. Por supuesto que ellos continuaron reuniéndose como discípulos individuales, pero la ligazón del apostolado estaba disuelta por el momento. El círculo apostólico debía ser reformado y la Comisión Apostólica renovada y ampliada en Galilea; no, por cierto, junto a su lago, donde parecen haber estado presentes nada más que siete de los once [a Sn. Juan xxi 2] sino en el monte donde El les había dicho que Se le reunieran [b Sn. Mateo xxviii. 16]. De este modo el final sería como el principio: donde El los había llamado primero e instruído para su obra, allí los llamaría de nuevo y les daría directrices más completas y amplios y nuevos poderes. Sus apariciones en Jerusalén tuvieron por objeto prepararlos para todo esto, para asegurarlos total y gozosamente del hecho de su Resurrección, cuya plena lección sería dada en Galilea. Y cuando las mujeres, perplejas y apenas conscientes obedecieron la orden de entrar y examinar por sí mismas la ahora vacía tumba, vieron dos ángeles [1 puedo haber pasado, sin embargo, que la aparición de un ángel haya sido a un grupo de mujeres, y la de dos ángeles, a otro grupo], probablemente como posteriormente los vió la Magdalena, uno a la cabecera y el otro a los pies de donde había yacido el cuerpo de Jesús.

Las mujeres no esperaron más y se precipitaron, sin decirle nada a nadie, a llevar a los discípulos las nuevas cuya suma importancia ni siquiera podían captar aún [2 Si bien yo me habría referido de muy otro modo al tema, da la impresión de que el evangelista hubiera comprimido todos los acontecimientos de esa mañana en un único relato, 'las mujeres en el sepulcro'. Esta compresión da la idea de que hubo más acontecimientos de los que en efecto ocurrieron, por la apariencia de estar divididos en escenas, y porque los diversos autores dan prominencia a distintas personas o detalles en lo que en realidad es una sola escena. Por el contrario, me inclino, aunque de nuevo con gran reticencia, a considerar la aparición de Jesús 'a las mujeres' (San Mateo xxciii, 9) como una y misma con la de María Magdalena, registrada en San Juan xx 11-17 y mencionada en San Marcos xvi 9, tanto más cuanto que las palabras en San Mateo xxviii 9, “fueron a decirles a Sus discípulos”, son espurias, probablemente por razones de concordancia. Pero, aunque sugiero esta visión, de ninguna manera insisto en ella, aunque serviría para simplificar detalles muy intrincados].

2. Cualquiera sea la falta de claridad de detalles en la narrativa de los sinópticos, debido a su gran compresión, todo es distinto cuando seguimos los pasos de la Magdalena según se les describe en el cuarto Evangelio. Muy aprisa desde la tumba corrió a la morada de Pedro y a la de Juan, donde la repetición de la preposición 'de' indica que probablemente ambos ocupaban domicilios distintos, aunque quizás colindantes [c también Bengel]. Sus sorprendentes noticias los indujeron a salir inmediatamente 'y fueron al sepulcro'. 'Ambos corrían juntos', posiblemente apenas estuvieron fuera de la ciudad y cerca del 'jardín'; Juan, más joven, se adelantó a Pedro [3 Esto ejemplifica lo que uno llamaría imputación de motivos siniestros al Evangelista, cuando la crítica negativa más 'avanzada' describe esta 'leyenda' como imagen de la competencia entre el cristianismo judío y el gentil (Pedro y Juan), en que el más joven gana la carrera! Se dice asimismo que el penitente en la cruz representaría a los gentiles, y el impenitente, a los judíos! No hay expresiones suficientemente fuertes para repudiar la implicancia de que tantas partes de los evangelios tienen por objeto solapados ataques de ciertas tendencias en la iglesia primitiva contra otras, de las posturas petrinas y jacobinas contra las juaninas y paulinas]. Llegado al sepulcro e inclinándose a mirar, Juan 'vió' la tela de lino, pero no, desde su posición, el trozo que yacía separado.

Si el respeto y el temor le impidieron entrar al sepulcro, su impulsivo compañero, que llegó inmediatamente detrás, no pensó en otra cosa que en el urgente y cabal esclarecimiento del misterio. Cuando entró al sepulcro 'observó prestamente en una parte las vendas de lino que habían envuelto Su cabeza'. No había muestras de apuro sino que todo estaba ordenado, dando la impresión de Alguien que se despojó con toda calma de lo que ya no le servía. Muy pronto 'el otro discípulo' siguió a Pedro; el efecto de lo que vio fue creer en su corazón que el Maestro había resucitado, porque hasta entonces ellos no habían deducido de la Escritura que El debía resucitar. Y esto también es sumamente instructivo. No fue la creencia derivada previamente de la Escritura, de que el Cristo tenía que resucitar, lo que los llevó a la expectativa de ello, sino la evidencia de que había resucitado lo que los condujo al conocimiento de lo que las Escrituras enseñaban al respecto.

3. Con todo, cualquiera haya sido la luz que surgió en lo íntimo del corazón de Juan, él no se la comunicó a la Magdalena, tanto si ella llegó al sepulcro antes de que ellos se fueran, o si los encontró en el camino. Los dos apóstoles volvieron a su hogar creyendo que no se podría averiguar nada más en la tumba, o a la espera de más instrucciones o guía, o incluso debido en parte al deseo de no llamar innecesariamente la atención hacia la tumba vacía. Pero el amor de la Magdalena no quedaría satisfecho mientras persistiera la duda acerca del sagrado cuerpo de Cristo; hay que recordar que ella sólo sabía de la tumba vacía. Por un momento dejó de lado su dolor, y mientras enjugaba sus lágrimas y se detenía a 'mirarla atentamente' una última vez, ya no le pareció desocupada.

En la cabecera y a los pies de donde había yacido el cuerpo sagrado estaban sentados dos ángeles de blanco. Su pregunta, tan honesta dada su certeza de que Cristo había resucitado, 'mujer, ¿por qué lloras?' debe haber sorprendido tanto a la Magdalena que, sin darse cuenta, tal vez por la semipenumbra, de quién le hablaba, contestó pensando solamente en la información que buscaba: 'porque se han llevado a mi Señor, y no sé dónde lo han puesto' [1 Cuando Meyer afirma que el plural en San Juan xx 2 'no sabemos dónde lo han puesto' no se debe a la presencia de otras mujeres con la Magdalena, sino que es una expresión general para “nosotros sus seguidores no sabemos”, pasa por alto que cuando está sola ella repite las mismas palabras en ver. 13, empleando claramente el singular 'no sé'].

Nos sucede a menudo que al llorar surgen, de la duda o el temor, preguntas que de otro modo nunca saldrían de nuestros labios; ese “¿por qué…?” del propios cielo no nos impresiona, incluso cuando la voz de sus mensajeros nos rescata suavemente de nuestra impaciencia. Pero otra pregunta aguardaba a la Magdalena. Al hablar ella percibió otra Presencia a su lado; dándose vuelta rápidamente, 'vió' a Alguien a quien no reconoció y cuya pregunta 'mujer, ¿por qué lloras? ¿A quién buscas?' atribuyó al jardinero. La esperanza de que ahora podría enterarse de lo que quería saber dio alas, intensidad y sentimiento a sus palabras. Si el supuesto jardinero se había llevado el cuerpo sagrado, ella lo recuperaría tan pronto como supiera adónde lo había dejado. Esta hondura y agonía del amor, que hizo que la Magdalena se olvidara hasta de las restricciones de una mujer judía para tratar con un desconocido, fueron la llave que abrió los labios de Jesús. Luego de una pausa El la llamó por su nombre en ese tono inolvidable que la primera vez la había librado de los poderes demoníacos y la había conducido a una nueva vida.

Fue como otra liberación, otra llamada en una nueva vida. Ella no había captado Su aparición, tal como al principio tampoco lo hicieron los demás: Su cuerpo glorioso era tan distinto, y sin embargo tan parecido, al que habían conocido. Pero ella no iba a confundir Su voz, especialmente al decir su nombre. Así nosotros a menudo tampoco reconocemos al Señor cuando viene a nosotros 'en otra forma' [a San Marcos xvi 12] que la que conocemos. Pero no podemos dejar de reconocerlo cuando se dirige a nosotros por nuestro nombre.

Quizás se nos permita aquí detenernos brevemente y, del no reconocimiento al Señor resucitado hasta que habló, preguntar ¿con qué cuerpo resucitaremos? ¿semejantes o no al del pasado? Por cierto, muy parecido. Nuestros cuerpos serán entonces verdaderos, ya que el alma se encarnará según su historia reciente; no solamente se imprimirá, como ahora, en las facciones, sino también se expresará, de modo que un hombre sea reconocible por lo que es y como es. Así, igualmente a este respecto, la Resurrección tiene aspectos morales, y es la culminación de la historia de la humanidad y de cada hombre. Y el Cristo debe haber llevado asimismo en Su cuerpo glorioso todo que El era, todo lo que incluso sus discípulos más íntimos no habían conocido ni entendido mientras El estuvo con ellos, y que ahora no reconocieron, aunque lo hicieron inmediatamente cuando les habló.

Fue precisamente esto lo que suscitó la acción de la Magdalena y, explicándola, la respuesta del Señor. Reconociendo en su propio nombre el de El, le sobrevino el torrente de antiguas sensaciones y con el familiar 'Rabboni!' [1 Esta puede ser la forma galilea de la expresión, y si es así, sería aún más clara], mi Maestro, ella trató ansiosamente de asirlo. ¿Fue el impulso inconsciente de aprehender el precioso tesoro que había creído perdido para siempre; la espontánea tentativa de cerciorarse de que no fuera simplemente una aparición desde el cielo sino el Cristo real en su corporalidad terrena; o un gesto espontáneo, la base de los actos de adoración que su corazón le dictaba? Probablemente todos éstos; y no obstante, es posible que ella no estuviera en ese momento claramente consciente de alguno de estos sentimientos. Pero para todos ellos hubo una respuesta, y en ésta una instrucción más alta, dada por las palabras del Señor: 'No me toques, porque aún no he ascendido al Padre'. No era el Jesús que aparecía del cielo, porque todavía no había ascendido al Padre; ni la relación, el homenaje y la reverencia anteriores.

Todavía quedaba ante El una consumación en la Ascensión, de la que María no tenía idea. Entre esa consumación futura y el pasado de obras, el presente era una brecha perteneciente en parte al pasado y en parte al futuro. No se podía recuperar aquél ni anticipar éste. El presente era de garantía, de consuelo, preparación, enseñanza. Que fuera la Magdalena a hablar a Sus 'hermanos' acerca de la ascensión. Así ella les diría de la mejor y mas confiable forma que Lo había visto, y ellos por su parte aprenderían, también de la mejor manera posible, que la Resurrección conectaba Su pasado de obras por amor a ellos, con el futuro: 'Asciendo a Mi Padre y Dios, y al Padre y Dios de ustedes'. Así, la lección plena del pasado, la más clara manifestación del presente, y la más brillante enseñanza del futuro, que confluían en la Resurrección, llegaron a los Apóstoles a través de la amante boca de aquella de la cual El había expulsado siete demonios.

4. Otra escena de esa mañana de Pascua es la que relata San Mateo para explicar el surgimiento de la conocida calumnia judía de que los discípulos habían robado el cuerpo de Jesús. Cuenta que los guardias informaron a los grandes sacerdotes lo que había sucedido, y que éstos, a su vez, los sobornaron para que difundieran ese rumor, prometiéndoles interceder en su favor si a Pilatos le llegaba el informe ficticio de que dormían mientras los discípulos robaban el Sepulcro. Por lo demás, sabemos desde la época de Justino Mártir [a Diál. c. Tryph. xvii; cviii] [1 en su forma más gruesa se la cuenta en el llamado Toldoth Jeshu, que se puede ver al final de la Tela Ignea Satanae de Wagenseil], que ésta ha sido la explicación judía [2 así Gratz, y la mayoría de los autores modernos]. Recientemente, sin embargo, aquella ha dado paso, entre autores judíos analíticos, a la llamada 'hipótesis de la visión', a la que ya se ha hecho amplia referencia. 5. Fue en la incipiente tarde de ese día de primavera, quizás poco después de un almuerzo temprano, que dos hombres de ese grupo de discípulos salieron de la ciudad. Su relato permite miradas muy interesantes al círculo de la iglesia en esos primeros días. La impresión que nos llega es de total desconcierto, en el cual sólo algunas cosas siguen inconmovibles: el amor a la persona de Jesús; amor entre los hermanos; confianza y compañerismo mutuos, junto con una tenue esperanza de algo por venir, si no Cristo en su reino, al menos una cierta manifestación de, o acercamiento a, El.

El Colegio Apostólico aparece roto en pedazos; incluso los dos apóstoles principales, Pedro y Juan, están 'seguros (nada más que) de los que estaban con nosotros' Y no es de extrañar, puesto que ya no son 'Apóstoles', enviados. ¿Quién debía enviarlos? No, por cierto, un Cristo muerto! ¿Cuál tenía que ser su misión, ante quiénes y dónde? Y por sobre todo se cernía una nube de total incertidumbre y perplejidad. Jesús era un profeta poderoso de palabra y obra ante Dios y toda la gente, pero sus autoridades lo habían crucificado. ¿Cuál iba ser su nueva relación con Jesús, y cuál con sus líderes? ¿Y qué sería de la gran esperanza del reino, que habían relacionado a El?

Ese mismo día de Pascua estaban, pues, confundidos incluso en cuanto a la misión y obra de Jesús; respecto al pasado, el presente y el futuro. ¡Cómo se necesitaban la Resurrección y las lecciones que únicamente el Resucitado podría proporcionar! Ese mismo día estos dos hombres habían estado en comunicación con Pedro y Juan. Nos da la impresión de que, en medio de la confusión general, todos habían traído las mismas novedades que ellos, o habían venido a oírlas, y habían tratado, sin conseguirlo, poner todo en orden o ver la luz al respecto. 'Las mujeres' habían informado de la tumba vacía y de su visión de los ángeles, que dijeron que El estaba vivo, pero hasta ahora los apóstoles no tenían explicación que ofrecer. Pedro y Juan habían ido a ver por sí mismos y vuelto con la confirmación de que la tumba estaba vacía, pero no habían visto ni a los ángeles ni a Aquel que les habían dicho que vivía. Y aunque evidentemente ambos habían dejado del círculo de los discípulos, si no Jerusalén, antes de que llegara la Magdalena, sabemos que su relato no convenció a los que la oyeron [a San Marcos xvi, 11].

De los dos amigos que en esa tarde temprana de primavera salieron juntos de la ciudad, sabemos que uno se llamaba Cleofás [1 Esta puede ser una forma de Alfio o de Cleopatros]. El otro, innominado, por esa misma razón y porque la narrativa conlleva en su vitalidad el carácter de recuerdo personal, ha sido identificado con el propio San Lucas. Si es así, entonces, como se ha comentado agudamente [2, Godet] cada uno de los evangelios indica en algún rincón difuso, como un cuadro, quién es su autor: el primero, el del 'publicano'; el de San Marcos, en el joven que, en la noche de la traición, había huido de sus captores; el de San Lucas, en el compañero de Cleofás; y el de San Juan, en el discípulo que Jesús amó.

En cuanto a la ubicación de Emaús, subsiste la incertidumbre, casi igual que respecto del segundo viajero. [3 Se han identificado con Emaús no menos de cuatro localidades, pero hay que despejar algunas dificultades preliminares. El nombre Emaús se deletrea de diversas maneras en el Talmud (Comp. Neubauer, Geogr. d. Talm. p. 100, nota 3). Josefo (Guerras iv. 1. 3; Ant. xviii 2. 3) explica el significado del nombre como 'baños calientes' o fuentes termales. No complicaremos el asunto discutiendo la derivación de Emaús. En otro pasaje (Guerras vii. 6. 6) Josefo habla de que Vespasiano se había establecido en un Emaús, colonia de soldados a 60 estadios (7,5 millas, o doce kmts., N.del T.) de Jerusalén; casi no hay dudas de que el Emaús de San. Lucas y el de Josefo son idénticos. Por último, leemos en la Mishnah (Sukk. iv. 5) de un Motsa de donde ellos trajeron las ramas de sauce con que se adornaba el altar en la fiesta de los Tabernáculos, y el Talmud se refiere a este Moza como Colonieh, que los autores cristianos identifican nuevamente con la colonia de soldados romanos de Vespasiano (Caspari, Chronol Geogr. Einl. p. 207; Quart. Rep. del Fondo Par. Explor. julio de 1881, p. 237 [con algunas inexactitudes leves]). Pero el examen del pasaje de la Mishná nos lleva a desestimar esta parte de la teoría: los fieles no iban a recorrer doce kilómetros para adornar el altar con ramas de sauce, además de que la Mishná describe este Moza como abajo, o al sur de Jerusalén, y el Colonieh moderno (identificado con la Colonia de Josefo) está al noroeste de Jerusalén.

Por cierto que el Talmud, sabiendo que había un Emaús que era 'Colonia', equívocamente lo identificó con el Moza de las ramas de sauce, de donde parece legítimo deducir que al Emaús del pasaje de Josefo se le conocía con el nombre de Kolonieh. Examinemos ahora las cuatro identificaciones de Emaús que se han propuesto. La más antigua y la más nueva de éstas se pueden desechar rápidamente: la más común, quizás la más temprana, era la del Nicópolis antiguo, el Amwas moderno, que en los escritos rabínicos también lleva el nombre de Emaús (Neubauer, u.s.). Pero esto es imposible, pues Nicópolis está a 32 klmts. de Jerusalén. La identificación más recientemente propuesta es Urtas, al sur de Belén (Sra. Finn, Quart. Rep. del Fondo Par. Explor. enero 1883, p. 53). Es imposible entrar aquí en las varias razones expuestas por la talentosa y preparada proponente de esta identificación. Para refutarla baste observar que, obviamente, allí no había 'baños calientes naturales' o fuentes termales, sino sólo 'baños romanos artificiales' como sin duda alguna los de muchos otros parajes, y que 'este Emaús fue tal nada más que en el período específico en que (San Lucas y Josefo) escribían' (u.s. p. 62).

Ahora quedan solamente dos comarcas, el Kolonieh moderno y Kubeibeh, puesto que la extraña identificación propuesta por el Lieut. Conder en el Quarterly Rep. del Fondo Pal. Explor. (oct. de 1876, pp. 172-175) parece haber sido desestimada hasta por su autor. Kolonieh, por supuesto, representaría el Colonia de Josefo, según el Talmud = Emaús. Pero éste está a 9 klmts. de Jerusalén, y al comienzo del mismo valle, en el “uadi” (valle, N. del T.) Buwai y a una distancia de cerca de tres millas al norte, está Kubeibeh, el Emaus de los cruzados, a apenas sesenta estadios (12 kmts) de Jerusalén. Entre estas localidades está Beit Mizza, o Hammoza, que en mi opinión es el verdadero Emaús. Estaría a casi 55 o 'unos 60 estadios' (San Lucas), suficientemente cerca a Kolonieh (Colonia) como para explicar el nombre, desde que la 'colonia' se extendería por el valle y suficientemente cerca a Kubeibeh como para dar cuenta de la tradición. Al parecer el Fondo para la Exploración de Palestina ha fijado Kubeibeh para ello (véase Q. Report, julio 1881, p. 237, y su mapa del N. T.]. Hay tan grandes probabilidades asignables, si no al punto exacto, a todo el sector, o más bien al valle, que podemos seguir en la imaginación a los dos camaradas en su camino.

Hemos salido de la ciudad por la puerta occidental. Caminando unos veinticinco minutos a paso vivo habremos llegado al borde de la meseta; atrás quedan la ciudad tensa con la sangre, y el nuboso y oscuro punto de encuentro de los seguidores de Jesús. Con cada paso de subida el aire parece más fresco y más libre, como si sintiéramos en él el aroma de las montañas o incluso las brisas remotas del mar. Otros veinticinco o treinta minutos, quizás un poco más, pasando aquí y allá las casas de campo, y nos detenemos brevemente para mirar atrás, ahora en una perspectiva que se extiende hasta Belén. Proseguimos nuestro camino, sobrepasamos la monótona y rocosa región y entramos en un valle. A nuestra derecha está el agradable punto que señala el Neftoó antiguo [a Jos. xv. ] en la frontera de Judea, ahora ocupada por la aldea de Lifta. Un corto cuarto una hora de más y habremos salido del bien pavimentado camino romano, para ir subiendo a un valle encantador. El camino sube suavemente en dirección nor-poniente, altura a la cual figura Emaús ante nosotros. Prácticamente equidistante están, a la derecha, Lifta, y a la izquierda Kolonieh. Los caminos de estos dos, describiendo casi un semicírculo (uno hacia el noroeste, el otro al noreste), se juntan encuentran alrededor de un cuarto de milla al sur de Emaús (Hammoza, Beit Mizza).

¡Qué oasis éste, en una región de colinas! Entre el curso del arroyo que baja borboteando, y que allá en el valle es cruzado por un puente, hay perfumados jardines de naranjos y limoneros, olivos, árboles frutales, agradables zonas, umbrosos rincones, luminosas moradas, y en la altura el encantador Emaús. Un dulce territorio en el que vagar en esa tarde primaveral [1 Hasta el día de hoy es un balneario favorito de los habitantes de Jerusalén para un paseo (comp. Conder, Acampe y Trabaje en Palestina, i. pp. 25-27)] un sitio de lo más conveniente para encontrarse con la compañía y lecciones de ese día de Pascua. Pudo haber sido donde convergen los dos caminos de Lifta y de Kolonieh, que el misterioso Forastero, al que los dos amigos no reconocieron puesto que sus ojos estaban 'velados', se unió a ellos. Con todo, en estas seis o siete millas [unos doce kmts] su conversación había girado en torno a El, y sus caras acaloradas todavía tenían signos de tristeza [3 No me convenzo de que la lectura correcta del final del vers. 17 (San Lucas xxiv) sea 'y se quedaron quietos, pareciendo tristes'.

El lector notará que esto es una incongruencia, un quiebre en la vívida narración, absolutamente distinta del resto. Podemos entender este tópico como en nuestra Versión Autorizada (de la Biblia), pero no el 'quedarse quietos y parecer tristes' en la Versión Revisada], debido a los acontecimientos de los que venían hablando, las esperanzas defraudadas, tanto más amargas por las pasmosas noticias sobre la tumba vacía y el cuerpo ausente del Cristo. Así está Cristo a menudo cerca a nosotros cuando son nuestros ojos están 'velados' y no Le conocemos; y así la ignorancia y el descreimiento a menudo llenan nuestros corazones de tristeza, cuando lo correcto sería una auténtica alegría. A la pregunta del Forastero acerca del tema de una conversación que los había afectado tan evidentemente [4 sin esta última cláusula no podríamos entender cómo un extraño los interpela por el tema de su conversación] los discípulos contestaron en una forma que demuestra que estaban demasiado absorbido por ésta como para entender que un peregrino de las fiestas y extranjero en Jerusalén podía no saberlo o percibir su suprema importancia.

Con todo, y extrañamente incomprensivo como podría parecer por Su pregunta, algo había en Su aparición que abrió lo más íntimo de los corazones de ellos. Le contaron sus pensamientos sobre este Jesús; cómo había mostrado ser un profeta poderoso en palabra y hechos ante Dios y toda la gente; [5 la traducción de Meyer del ver. 19 como implicando: se praestitit, se proebuit, es más correcta que el 'que era' de las V.A. y la V.R.]; luego, cómo sus autoridades lo habían crucificado; y finalmente, cuán perplejos habían quedado con las nuevas que habían traído las mujeres, y que Pedro y Juan había confirmado, pero no habían podido explicar. Sus palabras eran casi pueriles en su simpleza, profundamente veraces, con hondo y honesto anhelo de la guía y consuelo que van directos al corazón. Fue a aquellas almas a las que el Salvador Resucitado les dió su primera lección. La admonición misma con que empezó debe haber traído ese consuelo. También nosotros, en nuestra debilidad, nos angustiamos intensamente con lo que en su momento nos parecen dificultades insuperables planteadas a nuestra santa fe; y, quizás en la misma debilidad, nos sentimos consolados y fortalecidos cuando alguien 'grande' las soluciona, o se declara frente a ellas discípulo de Cristo. ¡Como si la mínima estatura del hombre pudiera llegar hasta los misterios del cielo, o se necesitara la fuerza de algún niño grande para estabilizar el edificio que Dios ha levantado sobre esa gran piedra angular!

Pero el reproche de Cristo no era de ese tipo. La pena de los discípulos surgió de su locura en mirar solamente las cosas que se ven, y esto, de su lentitud para creer lo que habían dicho los profetas. Debieron poner atención a ello, en vez de ignorarlo. ¿Acaso las Escrituras no nos enseñan unánimemente esta doble verdad sobre el Mesías, que iba a sufrir y a entrar en Su gloria? Entonces ¿por qué extrañarse, por qué no considerar más bien que El había sufrido y que los ángeles habían proclamado que estaba vivo otra vez? Él habló, y nueva esperanza brotó de sus corazones, nuevos pensamientos de sus mentes. La impaciente mirada de ellos se fijó en El a medida que El desplegaba una a una las Escrituras desde Moisés y todos los profetas, interpretando para ellos en cada uno de conocidos pasajes las cosas relativas a El. ¡Oh, si hubiéramos estado allí para oírlas, aunque fuera en el silencio de nuestros corazones! Si ése es nuestro anhelo y caminamos con El, a veces expone de las Escrituras, toda la Escritura, lo que nos llega mediante un estudio crítico: 'las cosas concernientes a El'.

Demasiado rápido huyeron los minutos. Atravesaron el breve espacio y pareció que el Forastero iba a seguir de largo, porque el Cristo se quedará con nosotros solamente si lo retienen nuestro anhelo y amor. Pero ellos no podían separarse de El, y 'lo retuvieron'. El amor les dio inventiva: atardecía, el día iba terminando, debía incluso alojar con ellos. Qué raudal de pensamientos y sensaciones se nos vienen al reflexionar todo esto y tratar de imaginar momentos, escenas y circunstancias de nuestra experiencia, que se parezcan benditamente a todo eso! El Maestro permitió que lo retuvieran. Se hizo su huésped por la noche, según pensaron. Dispusieron la mesa y Él se sentó con ellos a la frugal cena. Y dejó de ser el Forastero para ser el Maestro. Ninguno preguntó ni cuestionó nada cuando tomó el pan, lo bendijo, y partiéndolo, se los dio. Entonces fue como si hubieran sacado una mano imperceptible de sus párpados, como si repentinamente hubieran quitado un velo de sus ojos. Y tan pronto como Lo reconocieron El desapareció de su vista, puesto que lo que había venido a hacer ya estaba hecho. Ahora ellos eran indeciblemente ricos y felices, y en medio de todo, algo absolutamente nuevo irrumpió en ellos: aunque sus ojos habían estado velados, sus corazones habían ardido mientras El les hablaba y les exponía las Escrituras. Así pues, habían aprendido cabalmente la lección de la Resurrección, no sólo que efectivamente había resucitado, sino que ello no requería su presencia corporal, si El exponía a la mente y al corazón toda la Escritura referente a El. Y esto, en relación a 'retenerlo' y 'tocarlo', a haber conversado e interactuado con El como Resucitado, había sido también la lección dada a la Magdalena, cuando El no permitió su toque amoroso y adorador, señalándole la ascensión que le quedaba. Ésta es la gran lección relativa al Resucitado, que la iglesia aprendió a cabalidad el día de Pentecostés.

6. Esa misma tarde, en circunstancias y forma que nos son desconocidas, el Señor se había aparecido a Pedro [a 1 Cor. xv 5]. Sugerimos que fue después de Su manifestación en Emaús. Esto completaría el ciclo de misericordia: primero, al amante dolor de la mujer; enseguida, a la afectuosa perplejidad de los discípulos; después, al corazón ansioso del afectado Pedro, y por último, al círculo de los apóstoles, que se estaba formando de nuevo alrededor del hecho cierto de su resurrección.

7. Los dos discípulos en Emaús no habrían podido guardar para sí las buenas nuevas. Incluso si no hubieran recordado el dolor y confusión en que habían dejado a sus compañeros en Jerusalén esa mañana, no habrían podido reservarlas para sí ni permanecer en Emaús, sino ir donde sus hermanos en la ciudad. Así que dejaron intacta la comida y corrieron de vuelta la ruta que habían recorrido con el ahora reconocido Forastero, pero ah, con corazones y pasos tanto más ligeros! Conocían bien el punto de encuentro de 'los doce', o mejor dicho, 'los once'; y ni siquiera, porque según lo ya dicho, el círculo se había quebrado y al menos Tomás no estaba con los demás en esa tarde de Pascua del primer 'Día del Señor'. Pero, como San Lucas tiene el cuidado de informarnos [b San. Lucas xxiv. 33], se trata de los otros que entonces se asociaron a ellos. Esto es de extrema importancia, desde que indica que las palabras del Cristo resucitado fueron dirigidas en esa ocasión no a los apóstoles en cuanto tales, dada también la ausencia de Tomás, sino a la Iglesia, aunque tal vez personificada y representada por los 'doce', o más bien 'once' que estuvieron presentes.

Cuando llegaron los dos de Emaús, encontraron al pequeño grupo como corderos ante la tormenta refugiados en el aprisco. Ya fuera porque captaron la persecución simplemente como discípulos, o porque la noticia de la tumba vacía, que había llegado a las autoridades, reviviría los temores de los Sanhedristas, habían tomado especiales precauciones: habían cerrado las puertas externas e internas para encubrir su reunión y prevenir sorpresas. Pero ahora los reunidos estaban seguros al menos de una cosa: Cristo había resucitado. Y cuando los de Emaús contaron su maravillosa historia, los otros pudieron replicar antifonalmente que El se había aparecido no solamente a la Magdalena sino también a Pedro. Y parecía que todavía no habían entendido Su resurrección, esto es, la habrían considerado más como ascensión al cielo —de lo cual El había hecho manifestación—, que como la reaparición de su verdadera, aunque glorificada, corporeidad. De lo que anota San Marcos [a San Marcos xvi 14] podemos colegir que estaban sentados a la mesa y, por lo que sucedió inmediatamente después, discutiendo no sin considerables dudas y desconfianza, las verdaderas implicancias de las apariciones de Cristo. Aquella ante la Magdalena parece haber sido dejada de lado, o al menos no se la menciona, y las demás parecen haber sido consideradas, en todo caso por parte de algunos, como lo que llamaríamos apariciones espectrales.

Pero de pronto El se situó en medio de ellos. Al principio el saludo común —en Sus labios, nada común, sino una realidad—, llegó a sus corazones con más terror que alegría. Habían hablado de apariciones espectrales y ahora creían 'ver' un 'espíritu'. Esto lo rectificó el Salvador inmediatamente y de una vez por todas exponiendo las marcas gloriosas de sus heridas, ofreciéndoles tocarlo para convencerse de que el suyo era un cuerpo auténtico, y de que lo que veían no era un espíritu desencarnado [1 No entiendo por qué el Canon Cook ('Comentario del portavoz' ad. loc.) estima que San Lucas xxiv 39 pertenece 'a la aparición en la Octava de la Resurrección'. Por el contrario, la estimo estrictamente paralela a San Juan xx 20]. La incredulidad de la duda dio paso al temor a todo lo que esto significaba, a enorme alegría y a preguntarse si ahora podría haber alguna relación o conexión físicamente durable entre este Cristo resucitado y ellos. Para terminar también con esto —que aunque desde otro punto de vista, era igualmente incredulidad—, el Salvador participó de su cena de pescado asado [2 las palabras 'y miel' suenan espurias], teniendo así con ellos el verdadero compañerismo humano de antes [3 tal me parece el significado de su comida; en nuestra ignorancia de las condiciones de un cuerpo glorificado, renunciamos desde ya a cualquier intento de explicación, así como a discutir cómo fue que El apareció repentinamente en la habitación estando cerradas las puertas. Pero no creo que Su cuerpo estuviera en un 'estado de transición', no perfeccionado ni glorificado del todo hasta Su ascensión.

Esta lección de su continuidad, en el más estricto sentido, con el pasado, era la que se requería para que la iglesia pudiera reconstituirse, por así decirlo, en el nombre, poder y espíritu del Resucitado que había vivido y muerto. Una vez más El dijo 'la paz sea con vosotros!' y ya no fue el momento de las dudas o temores sino de la conocida salutación de su Señor y Maestro de siempre. Fue seguida por la reincorporación y constitución de la iglesia y de Jesucristo, el Resucitado. La Iglesia del Resucitado iba a ser la embajadora de Cristo, tal como El había sido delegado del Padre. 'A los apóstoles [más bien, 'a la Iglesia'] se les encomendó continuar la obra de Cristo, no comenzar una nueva' [1 Wescott]. 'Así como el Padre Me envió (en pasado, porque Su misión había terminado), así os envío Yo a vosotros (en presente, hasta Su vuelta)'. [2 ambas partes de la expresión son diferentes respecto del envío de Cristo y de la iglesia. Sin duda debe haber un significado más profundo en esta distinción, aunque ambas expresiones se usan igual en relación a Cristo y a los discípulos. Tal vez, como sugiere Cremer (Theol. Bibl. Lex. del N.T. p. 529), 'apóstol' y 'apostolado' se refieren a una misión con un mandato definido o, mejor, con un propósito definido, mientras que 'enviar' tiene un sentido general. Véase la docta e ingeniosa nota del Canon Westcott (Comm. sobre San Juan, p. 298)]. Esto evidencia la triple relación de la iglesia con el Hijo, el Padre, y el mundo, y su posición en éste.

Del mismo modo, para el mismo propósito, o mejor aún, si fuera posible, con la misma calificación y autoridad que el Padre había enviado a Cristo, El comisiona a Su iglesia. Le impartió una instrucción muy clara cuando sopló sobre los apóstoles no individualmente sino en conjunto y dijo: 'Recibid el Espíritu Santo' (no en sentido absoluto, por cierto, puesto que éste no les había sido dado todavía) [4 Esto por sí solo es suficiente para mostrar la interpretación errónea de estas palabras, que amigo y enemigos suelen hacer en el Ordinal Inglés], sino como puente con, y calificación para, la autoridad concedida a la iglesia. Cambiando un tanto el orden de las palabras, habría otro aspecto de ello: la misión de la iglesia y su autoridad para perdonar o para retener los pecados tiene que ver con una calificación personal: en 'Recibid el Espíritu Santo', habría que enfatizar el verbo 'recibid'. Esta es la autoridad que la iglesia posee, no ex opere operato, sino conectada con su recepción y acogida del Espíritu Santo. Quedan todavía por explicar, hasta donde podamos, dos puntos: en qué consiste este poder de perdonar y retener los pecados, y de qué manera reside en la iglesia. Respecto de lo primero, debemos partir por investigar qué idea habrá transmitido a aquellos a quienes Cristo se los dijo. Ya se ha explicado [a Libro iii. ch. xxxvii] que el poder de 'soltar' y de 'atar' se refería a la autoridad legislativa reclamada, y concedida, al Colegio Rabínico. Como también se indicó, eso se aplica o refiere aquí a su poder judicial, según el cual declaraba a alguien 'Zakkai', inocente o 'libre'; 'absuelto', 'Patur'; u 'obligado' (al castigo o al sacrificio), 'culpable', 'Chayyabh'.

En su sentido profundo, por lo tanto, éste es un poder algo administrativo, disciplinario, 'el poder de la llave', como el que San Pablo hiciera poner en práctica a la iglesia de Corinto, poder de admisión y exclusión, de declarar autorizadamente el perdón de los pecados, y en cuyo ejercicio también está involucrada, a mi juicio, la autoridad para la administración de los sacramentos. Pero no se trata, como se entiende a veces, de la 'absolución del pecado', que pertenece solamente a Dios y a Cristo como jefe de la iglesia, sino de la absolución del pecador, que es lo que El delegó en su iglesia: 'los pecados que perdonáreis, serán perdonados'. Estas palabras también nos muestran que lo que los rabinos declaraban en virtud de su cargo, el Señor lo concedió a Su iglesia en virtud de su recepción y acogida del Espíritu Santo.

Al responder la segunda pregunta propuesta debemos tener presente un punto importante. El poder de 'atar' y de 'soltar' había sido concedido sobre todo a los apóstoles [b San Mateo xvi 19, xviii 18] y ejercitado por ellos en relación a la iglesia [c Hechos xv 22, 23]. Por otra parte, el perdonar y retener los pecados, en el sentido explicado, fue concedido sobre todo a la iglesia, que lo ejercita mediante sus representantes, los apóstoles, y aquellos a quienes éstos lo confiaron [d 1 Cor. v. 4, 5, 12, 13; 2 Cor. ii. 6, 10]. En consecuencia, aunque esa noche el Señor confirió este poder a Su iglesia, lo hizo en las personas de sus representantes y autoridades. Sólo los apóstoles podrían ejercer la función legislativa [1 los decretos de los primeros concilios deben considerarse no legislativos sino disciplinarios, o bien explicativos de la doctrina y legislación apostólicas]. pero es la iglesia la que ostenta, hasta el fin de los tiempos, 'el poder de las llaves'. 8. Esa tarde de Pascua uno de los apóstoles, Tomás, estuvo ausente del grupo de discípulos. Cuando le contaron los maravillosos acontecimientos de esa reunión, se negó a creerlos a menos que tuviera evidencia personal y tangible de su veracidad. No debe haber sido que Tomás no creyera que el cuerpo de Cristo había salido de la tumba, ni que efectivamente hubiera aparecido, sino que debe haber tenido la que hemos llamado “hipótesis de la visión” o, en este caso, la teoría del espectro. Pero hasta que este apóstol llegara a la convicción de la resurrección en su único sentido real —la corporalidad idéntica, pero glorificada, del Señor, y por lo tanto la continuidad del pasado con el presente y el futuro—, era imposible restaurar el Colegio Apostólico o renovar la comisión apostólica, ya que su principal mensaje era el testimonio acerca del Resucitado. Ésa, si se nos permite la sugerencia, fue la razón por la cual los Apóstoles se habían quedado en Jerusalén en vez de correr a reunirse con el Maestro, como se les había instruido, en Galilea.

Había pasado una semana tranquila durante la cual —y esto también puede ser una doble lección para nosotros—, los apóstoles no habían excluído a Tomás [1 cabe recordar que éste no negó que Cristo hubiera resucitado, excepto en un sentido peculiar de resurrección; si lo hubiera negado en el otro, no habría continuado en el círculo los apóstoles] ni él se alejó de ellos. Llegó otra vez el día de los días, la Octava de la Fiesta. Desde ese día de Pascua la iglesia tendría que haber celebrado, aún sin una especial institución, la recurrente conmemoración semanal de la resurrección de Cristo como de aquel día en que El insufló en la iglesia una nueva vida y la consagró como representante Suya. Por eso no era solamente el memorial de su resurrección sino además el aniversario de la iglesia, aunque Pentecostés fue el día de su bautismo. En la Octava, entonces, los discípulos estaban reunidos una vez más en circunstancias similares a las de Pascua, pero ahora Tomás estaba con ellos. Nuevamente, y según se especifica, 'las puertas fueron cerradas' [2 significativamente, la expresión 'por miedo a los judíos' ya no figura. Eso había pasado.], el Salvador resucitado apareció en medio de ellos con el saludo de siempre. Ahora ofreció a Tomás la evidencia exigida, pero ya no era ni necesaria ni buscada; con un torrente de sentimiento él se rindió a la bendita convicción que, una vez formada, debe haber pasado inmediatamente a adoración: 'Señor mío y Dios mío!'. Esta fue la confesión más plena hecha hasta entonces, cabal expresión de la nueva convicción acerca de la realidad de la resurrección de Cristo. Recordamos cómo, en circunstancias similares, Nataniel había sido el primero en pronunciar una confesión total [a San Juan i. 45-51].

También recordamos la respuesta análoga del Salvador. Como entonces, El indicó a lo alto, a una fe que no venía de la vista, y por lo tanto limitada y restringida por ésta, ya sea del sentido o de la percepción del intelecto. Como se ha comentado agudamente, 'esta última y mayor beatitud es la herencia específica de la iglesia posterior' [1 Canon Westcott], y muy adecuadamente es así el regalo de consagración de esa iglesia.

9. La siguiente escena que se nos despliega es nuevamente es la del lago de Galilea. La manifestación a Tomás, y con ella la restauración de la unidad del círculo apostólico, concluía originalmente el evangelio de San Juan [a Sn. Juan xx 30, 31]. Pero la creencia difundida en la iglesia primitiva, de que el discípulo que Jesús amó no iba a morir, le llevó a agregar a su evangelio, como apéndice, un relato de los acontecimientos referentes a dicha expectativa. Cuando el estudioso se ve desafiado a explicar por qué no se menciona uno u otro hecho o se le menciona en uno solo de los evangelios, es muy instructivo encontrar que, si no fuera por la corrección de una posible desinteligencia por parte del anciano apóstol, el cuarto evangelio no habría contenido referencia alguna a la manifestación de Cristo en Galilea, ni a la presencia de los discípulos allí antes de la ascensión. Y no sigamos con lo que San Juan tenía en mente. ¿No deberíamos aprender de ello que las que nos parecen extrañas omisiones —que, comparadas con las demás narraciones evangélicas, parecen implicar discrepancias—, serían susceptibles de la más satisfactoria explicación si conociéramos todas sus circunstancias?

La historia misma resplandece como gema en su propio contexto, el de la verde Galilea y su lago azul, que recuerda los primeros días y escenas de esta historia. Como dice San Mateo [b San Mateo xxviii. 16], 'los once discípulos fueron a Galilea', probablemente inmediatamente después de esa Octava de Pascua. [2 La narración de San Lucas (xxiv 44-48) es sucinta, sin distinción de época o lugar, ni de qué ocurrió durante los cuarenta días]. No cabe duda de que dieron a conocer no sólo el hecho de la resurrección, sino también el lugar al que el Resucitado los había citado, quizás en esa montaña donde había dado su primer 'sermón'. Fue así que 'algunos dudaban' [c San Mateo xxviii 17] y que El apareció luego simultáneamente a los quinientos [d 1 Cor. xv 6]. Esa mañana, no obstante, había sólo siete de los discípulos a orillas del lago Tiberíades, de los cuales se nombra nada más que a cinco. Son los que eran más próximos a El, tal vez también los que vivían más cerca de allí.

Se introduce la escena con la proposición de Pedro de salir a pescar. Es como si las antiguas costumbres hubieran vuelto a ellos con las antiguas asociaciones. Naturalmente sus compañeros propusieron unírsele [3 la palabra 'inmediatamente' en San Juan xxi 3 es espuria]. Estuvieron en el lago toda esa noche serena y clara, pero no pescaron nada. ¿No les habrá recordado esto un suceso anterior, cuando Santiago, Juan, Pedro y Andrés fueron llamados a ser apóstoles, y no le habrá recordado especialmente a Pedro la búsqueda, y el latido de su corazón, a la mañana siguiente? [a San Lucas v. 1. 11]. Pero ellos eran tan modestos y, hay que decirlo, tan lejos está esta historia de cualquier rasgo de leyenda [1 con todo, San Juan debe haberla conocido, puesto que figura en los tres sinópticos] que no aparece ni el menor rastro de eso. Rompía el alba, y bajo el rosáceo resplandor sobre las sombras frescas, estaban tendidos en la pedregosa 'playa'. Se presentó una Figura que no reconocieron ni siquiera cuando habló, pese a que Sus palabras tenían esa intención. La instrucción de echar la red por el lado derecho de la barca les proporcionó, como El había dicho, la carga por la que se habían afanado infructuosamente toda la noche. Y aún más: una enormidad de peces, suficiente para que 'el discípulo que Jesús amó', cuyo corazón puede haber desconfiado de El al principio, le susurrara a Pedro: 'es el Señor'. Simon recogió prestamente la parte superior de su atuendo de pescador [2 esta nota indica que el propio narrador es natural del lago de Galilea] y se lanzó al mar. Aún así, y con la excepción de llegar antes al lado de Cristo, Pedro parece no haber ganado nada con su apuro. Los demás, trasladándose desde la barca a un bote que ésa debe haber llevado, remaron la corta distancia de unas cien yardas [3 Cerca de 200 codos] arrastrando la red cargada de peces. Caminaron en silencio por la playa, santificada por la presencia de Cristo, como si hubieran entrado en una iglesia o templo. Ni siquiera se atrevieron a disponer de la red llena de peces que arrastraron desde la orilla, hasta que El les dijo qué hacer. Sólo entonces notaron que una mano inadvertida había preparado el desayuno, que, cuando se los pidió el Maestro, habían admitido no tener; y ahora Jesús los decía que trajeran los peces que habían cogido. Cuando Pedro arrastró la pesada red, la encontró lleno de no menos de ciento cincuenta y tres grandes peces.

No hay necesidad de dar importancia simbólica a ese número, como hicieron los Padres y autores posteriores; entendemos, es más, nos parece casi natural que, en las circunstancias de esa pesca milagrosa, hayan contado los peces grandes, que aún así habían dejado intacta la red [1 el Canon Westcott hace, de San Agustín, las muy interesantes diferencias entre ésta y la pesca milagrosa en la ocasión anterior (San Lucas v). Para los Padres hubo un significado simbólico del número 153]. Puede habérseles dicho a los discípulos que contaran los peces, en parte para mostrar la realidad lo de que había ocurrido; sobre las brasas, no obstante, parece haber habido un solo pescado, y un solo pan. [2 según la aparente implicancia del artículo en San Juan xxi 9]. En esta comida los dejamos, porque todavía parecen cohibirse en temor reverente, sin osar preguntarle a Cristo quién era, aunque bien sabían que se trataba del Señor. Esta, como anota San Juan, era Su tercera aparición a los discípulos como grupo [3 San Juan no habría podido significar Su tercera aparición en general, puesto que él mismo había registrado ya tres manifestaciones previas]. 10. Esa mañana de bendiciones no había terminado todavía. Sí había finalizado la frugal comida, con su importante lección de provisiones sólo suficientes para Sus servidores, y abundante cantidad en la red intacta a su lado. Pero se requería alguna lección especial, aún más que aquella a Tomás, para aquél cuya obra iba a ser tan prominente entre los apóstoles y cuyo amor era tan ardiente, y en su mismo ardor tan peligroso para él. Porque nuestros peligros surgen no solamente de deficiencias, sino también de excesos en los sentimientos cuando la fuerza interna no lo morigera.

¿No había confesado Pedro con toda honestidad —y empero equivocadamente, como lo probaron los hechos—, que su amor a Cristo soportaría incluso una prueba que dispersaría a todos los demás? [a San Mateo xxvi 33; San Juan xiii. 37]. Y casi inmediatamente después, ¿no había negado tres veces a su Señor, como le había sido profetizado? Desde entonces, por cierto, Jesús se había aparecido especialmente a Pedro como el Resucitado, pero esa triple negación seguía pendiente, como quien dice, ante los otros discípulos, o mejor dicho, ante el propio Pedro. Fue a ello a lo que se relacionaron ahora las tres preguntas del Señor resucitado: volviéndose hacia Pedro, con intencionada pero dulcísima alusión al peligro de la autoconfianza —una confianza que surge sólo del afecto personal, aunque sea genuino—, le preguntó 'Simon, hijo de Joná', como con plena referencia a lo que él naturalmente era, '¿Me amas más que éstos?'. Pedro entendió bien.

Ya no más basado en su autoconfianza, evitando la anterior referencia a los otros, e incluso con una elección de palabras para expresar su afecto [4 Cristo pregunta y Pedro responde] notoriamente diferentes de las que el Salvador había empleado, Pedro contestó apelando más a la conciencia de su Señor que a la propia: 'Sí, Señor, Tú sabes que Te amo'. Y aún entonces la respuesta de Cristo es característica. Debía encargarle primero el trabajo más humilde, aquél que requería el mas tierno cuidado y paciencia: 'apacienta mis ovejas'.

Con todo, volvió a venir la misma pregunta, aunque sin la referencia a los demás y, con la misma respuesta de Pedro, la instrucción ahora variada y ampliada: 'apacienta mis ovejas'. Y aún Jesús formuló la pregunta por tercera vez, ahora con la misma palabra con que Pedro expresara su afecto. Pedro se afligió en esta repetición triple, que le recordó amargamente su también triple negación. No era que el Señor dudara del amor de Pedro, porque en cada oportunidad continuó su pregunta con una nueva comisión al apóstol; pero ahora que preguntaba por tercera vez, Pedro hizo que el Señor enviara el sonido hasta lo más profundo de este corazón: 'Señor, Tú sabes todas las cosas, Tú sientes que Te quiero!' Y el Salvador dijo: 'apacienta [alimenta a] mis ovejas'. ¡Qué se proveyera y atendiera así a Sus corderos y ovejas! Sólo el amor puede hacer tal servicio. Sí, Pedro amó al Señor Jesús. Lo amaba cuando dijo, sólo que confiado en la fuerza de sus sentimientos, que seguiría al Maestro incluso hasta la muerte. Y Jesús lo vio todo, cómo este amor del ardiente temperamento que le había hecho vivir en salvaje libertad, daría lugar a la paciente obra del amor, coronada con ese martirio que, cuando escribía el discípulo amado, ya era materia del pasado. Y la forma misma de la muerte por la cual Pedro glorificaría a Dios estaba indicada en las palabras de Jesús.

A medida que les hablaba, unió la acción a Su 'Sígueme'. Esta orden, y el incentivo de que en la muerte se volvería literalmente como El, siguiéndolo, fueron los mejores estímulos de Pedro. Obedeció, pero al volverse para hacerlo vio que otro hacía otro tanto. Como lo pone el propio San Juan, da la idea de que él había ansiado compartir el llamado de Pedro, con todo lo que ello implicaba. San Juan se refiere a sí mismo como el discípulo que Jesús amaba, y nos recuerda que en la noche de la traición él había estado especialmente al lado de Pedro, es más, había dicho lo que éste silenciosamente le solicitara. Tal vez fue la impaciencia, o un toque del Pedro anterior, o un interés simplemente fraternal lo que suscitó la pregunta, señalando a Juan: '¿Y qué hay de éste, Señor?'

Sea cual haya sido el motivo, la respuesta —como a todos nosotros cuando nos sorprendemos por los que parecen seguir a Cristo y le preguntamos, a veces por prejuiciada estrechez, a veces por ignorancia, locura o celos—, fue '¿En qué te va a tí? Tú sígueme'. Juan también dedicó la obra de su vida a Cristo. Consistía en “hacer hora” hasta la Segunda Venida [1 así traduce el Canon Westcott. La 'venida' pudo referirse a la Segunda Venida, a la destrucción de Jerusalén, o aún la consolidación de la iglesia. La tradición de que San Juan estaba sólo durmiendo en su tumba en Efeso la menciona incluso San Agustín], un “hacer hora” esos muchos años, en paciente labor hasta que Cristo viniera. Pero ¿qué significó eso? Entre los hermanos se murmuraba que Juan no iba a morir sino a esperar hasta que Jesús volviera a reinar, cuando la muerte sería absorbida por la victoria. Sin embargo Jesús no había dicho eso, sino solamente 'Si fuera mi voluntad que él espere hasta que Yo vuelva'. Jesús no dijo cuál sería esa 'vuelta', y Juan no lo sabía. Hay, pues, cosas, relacionadas con su venir, en las que Jesús dejó el mal, para quitarlo únicamente por Su mano, que no quiso que supiéramos y que debemos dejar como El las dispuso.

11. Fuera de esta narración no tenemos más que brevísimas noticias: por San Pablo, de las manifestaciones de Cristo a Santiago (que quizás lo decidieron finalmente por El), y a los once que se le reunieron en la montaña donde habían sido citados; por San Lucas, de la enseñanza de las Escrituras durante los cuarenta días de la comunicación entre el Cristo resucitado y los discípulos. Pero de San Mateo y San Marcos nos llega el doble testimonio de que los fieles discípulos se constituyeron una vez más en el círculo apostólico, apóstoles ahora del Cristo resucitado. La garantía de su nueva comisión era: 'Se Me ha dado todo el poder (autoridad) en el cielo y en la Tierra'; y la nueva comisión, 'Id, pues, y haced discípulos de todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo'. Su trabajo sería enseñarles 'a cumplir todo lo que Yo os ordené'. Y su promesa final y segura es 'Estaré siempre con vosotros hasta el fin de los tiempos'.

12. Estamos una vez más en Jerusalén, adonde El los había hecho ir a esperar el cumplimiento de la gran promesa. Se acercaba Pentecostés. Y en ese último día, el de su ascensión, Jesús los condujo a la recordada Betania; de allí donde El había hecho su entrada triunfal a Jerusalén antes de su crucifixión, haría visiblemente Su entrada triunfante al cielo. Una vez más Le preguntaron acerca de lo que a ellos les parecía la consumación, la restauración del reino a Israel, pero tales preguntas no les correspondían. Lo suyo debía ser trabajo, no descanso; sufrimiento, no triunfo. La gran promesa ante ellos era de poder espiritual, del Espíritu Santo, no exterior, y su llamado no todavía al reinado con él, sino a dar testimonio de El. Hablando así, Jesús alzó Sus mano bendiciéndolos, y a medida que les era claramente arrebatado, una nube lo envolvió. Ellos siguieron mirando a la luminosa nube que lo había recibido, y dos ángeles les transmitieron un último mensaje de El: que volvería de la misma manera en que lo habían visto ir al cielo. De este modo su última pregunta antes de que El se separara de ellos, también fue respondida, y con bendita certeza. Lo adoraron reverentemente; y con gran alegría volvieron a Jerusalén. De modo que todo era cierto y verdadero, y Cristo se 'sentó a la diestra de Dios!'. En allí en adelante, sin dudar, avergonzados, ni asustados, ellos 'estaban continuamente en el templo, bendiciendo a Dios', 'y fueron y predicaron por todas partes, con el Señor trabajando con ellos, y confirmando la palabra con los signos que siguen. Amen.'

Amen! Así es. Lanzad al vuelo las campanas del cielo; cantad la recepción angelical de la adoración; llevadla hasta los confines de la Tierra! Brilla desde Betania Tú, sol de justicia, despeja la niebla y la oscuridad de la Tierra, porque comienza el dorado día!

Mañana de Pascua, 1883. Termina nuestra tarea, y también nosotros adoramos y miramos a lo alto, y volvemos de ello a un mundo hostil, a amar, a vivir, y a trabajar por Cristo resucitado. A medida que atardece el día terrenal, y con la Tierra oscureciéndose al desatarse sobre ella la tormenta del cielo, desde la torre de la iglesia llamamos, como hacíamos antaño, a los navegantes que se aferran a la costa rocosa; por encima del mar sacudido, más allá de los rompientes, por la tormenta, nuestras campanas de Pascua guían a los retrasados hacia el anhelado asilo. Tañe, Tierra, todos tus carillones pascuales; traed ofrendas, adorad todos en la fe, ya que 'este Jesús que os ha sido arrebatado al cielo, vendrá de modo semejante a como ahora lo contempláis entrar al cielo'. 'Aún así, Señor Jesús, ven rápido!'

El autor A. Edersheim cita MUCHAS fuentes en sus obras. Como recurso bibliográfico hemos creado una lista separada de Edersheim References. Todas sus referencias entre paréntesis cuadrados indican el número de la página de las obras allí consignadas.

Véase también

Ascension of Jesus


Esta traducción ha sido hecha por: María Victoria Castillo


La presentación original (en inglés) de este documento está en English language

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