Arrianismo

Información General

El arrianismo fue una herejía cristiana del siglo IV, así denominada debido a Arrio (c.250- c.336), sacerdote de Alejandría. Arrio negó la plena deidad del preexistente Hijo de Dios que se encarnó en Jesucristo; sostuvo que el Hijo, si bien divino y como Dios ("de la misma substancia"), fue creado por Dios como el agente por medio del cual creó el universo. Arrio dijo del Hijo que "hubo un momento en que no existía". El arrianismo llegó a ser tan extendida en la Iglesia cristiana y dio lugar a tal desunión que el emperador Constantino convocó a un concilio de la iglesia en Nicea en el 325 (véase Concilios de Nicea). Liderado por Atanasio, obispo de Alejandría, el Concilio condenó el arrianismo y afirmó que el Hijo era consustancial (de una y misma sustancia o ser) y coeterno con el Padre, doctrina formulada como homoousios ("de una sustancia") contra la postura arriana homoiousios ("de similar sustancia"). El conflicto continuó, no obstante, incentivado por las contradictorias políticas del imperio después de la muerte de Constantino (337). Surgieron tres tipos de arrianismo: arrianismo radical, que afirma que el Hijo es "diferente" al Padre; homoeanismo, que sostenía que el Hijo es similar al Padre, y semi-arrianismo, que se fundió en la ortodoxia y sostuvo que el Hijo era similar, pero distinto del Padre. Después de una primera victoria del grupo homoeánico en el 357, los semi-arrianos se sumaron a las filas de la ortodoxia, que finalmente triunfó excepto en la cristiandad teutónica, donde sobrevivido hasta después de la conversión (496) de los francos. Aunque gran parte de la controversia acerca de arrianismo parece una batalla de palabras (Edward Gibbon observó despectivamente que el cristianismo se dividió por un solo ápice, la diferencia entre homoousios y homoiousios), estaba en juego una cuestión fundamental de la integridad del Evangelio: si realmente Dios reconciliaba con El al mundo en Cristo.

Reginald H. Fuller

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Bibliografía
Gregg, RC, ed., Reevaluación histórica y teológica del arrianismo (1987); Gwatkin, HM, Estudios de Arrianismo, 2d ed. (1900); Newman, John Henry, Los arrianos del siglo IV (1833; reimpr. 1968).


Arrianismo

Información Avanzada

La fecha de nacimiento de Arrio, sacerdote norafricano que dio su nombre a uno de los más problemáticos cismas del cristianismo, es incierta; parece haber nacido en Libia, y con toda probabilidad fue discípulo de Luciano de Antioquía. Durante el obispado de Pedro de Alejandría, Arrio (300-311) fue investido diácono en la ciudad y comenzó la tormentosa carrera pastoral históricamente conocida. En rápida sucesión fue excomulgado por su asociación con Meliciano y rehabilitado por Aquiles, obispo de Alejandría (311-12), concediéndosele las órdenes sacerdotales y la iglesia de Baucalis. En algún momento entre 318 y 323 Arrio entró en conflicto con el obispo Alejandro sobre la naturaleza de Cristo; en una confusa serie de sínodos se intentó una tregua entre los adeptos de Alejandro y los seguidores de Arrio. En marzo de 324 Alejandro convocó un sínodo provincial que reconoció la tregua pero anatematizó a Arrio, que respondió con su publicación de Thalía (que sólo existe porque fue citado por Atanasio al refutarlo) y el rechazo a la tregua. En febrero de 325 Arrio fue condenado en un sínodo en Antioquía. El emperador Constantino intervino esta vez, y convocó el primer concilio ecuménico, el de Nicea, que se reunió el 20 de mayo de 325 y condenó a Arrio y su doctrina. Atanasio estuvo presente en el séquito de Alejandro en este concilio; tomó escasa parte en los asuntos del Concilio, pero cuando se le nombró obispo de Alejandría en el 328 se volvió enemigo acérrimo de Arrio y del arrianismo, y defensor inclaudicable de la fórmula de Nicea.

Después de su condena Arrio fue desterrado a Iliria, donde continuó escribiendo y enseñando, atrayendo un creciente círculo de adherentes políticos y eclesiásticos. Alrededor de 332 o 333 Constantino entró en contacto directo con él y en 335 ambos se reunieron en Nicomedia, donde Arrio presentó una confesión que Constantino consideró suficientemente ortodoxa como para reconsiderar el caso. Por consiguiente, después de la consagración de la Iglesia de la Resurrección en Jerusalén, el Sínodo de esta ciudad declaró la readmisión de Arrio a la comunión, aunque éste yacía moribundo en Constantinopla. Puesto que muchos obispos activos y miembros de la corte estaban adoptando opiniones arrianas, y Arrio mismo había dejado de desempeñar un papel vital en la controversia, su muerte en 335 o 336 no disminuyó en nada la efervescencia en la iglesia. Con su condena a Arrio, el Concilio de Nicea, en vez de resolver los problemas, suscitó un debate cristológico en todo el imperio.

Arrio era un profundo racionalista griego, heredero de la Cristología oriental del Logos, casi universalmente celebrada; trabajaba en Alejandría, centro de la tesis Origenista de la subordinación del Hijo al Padre. Insumió esta herencia en una cristología racionalista que, con su insistencia en la generación eterna del Hijo, perdió el equilibrio que Orígenes había mantenido en su teología.

La salvaguardia contra el error de Arrio y del arrianismo impuesta por el símbolo y los anatemas adoptados por el Concilio de Nicea permiten esbozar la posición fundamental de Arrio. La expresión de Nicea, "en un solo Señor Jesucristo, Hijo unigénito de Dios, engendrado por el Padre, de la sustancia del Padre", contrarrestaría la afirmación central de Arrio de que Dios es inmutable, único, incognoscible, sólo uno; los arrianos, por lo tanto, creían que nada de la sustancia de Dios se podía en modo alguno comunicar o compartir con ningún otro ser. El "Dios verdadero de Dios verdadero, engendrado, no hecho" del Concilio dejaba de lado la afirmación de Arrio de que, ya que Dios es inmutable y incognoscible, Cristo tenía que ser un ser creado, hecho de la nada por Dios —en primer lugar en el orden creado, por cierto, pero desde ésa. Esto limitaba el concepto de la preexistencia de Cristo a pesar de adaptar al arrianismo la Cristología dominante del Logos: Este, primogénito, creado de Dios, se encarnó en Cristo, pero para Arrio hubo un "cuando El no existía”. La expresión de Nicea "de una sustancia con el Padre" hizo del término griego homoousios la clave de la ortodoxia. El arrianismo dio lugar a dos facciones, una de las cuales consideró que Cristo era de una sustancia que el Padre (homoiousios), en tanto que el ala más extrema insistía en que Cristo, en cuanto ser creado, se diferencia del Padre en sustancia (anomoios). El propio Arrio habría pertenecido a la primera facción, más moderada.

Los anatemas del Concilio se extendieron a todos los que afirmaban que "hubo una vez en que El no existía", "antes de su generación, no existía", "fue hecho de la nada", "el Hijo de Dios es de otra subsistencia o substancia", y "el Hijo de Dios [es] creado o modificables o mutable". El último anatema atacaba otro dogma arriano: Arrio y los arrianos posteriores sostuvieron que Cristo creció, cambió, maduró en su comprensión del plan divino según las Escrituras, y por lo tanto no podría ser parte del Dios inmutable. Él no era el Hijo de Dios sino que, más sencillamente, se le concedía el título de Hijo de Dios como un honor.

Un observador en ese entonces bien podría haber creído que el arrianismo triunfaría en la iglesia. A partir de Constancio la corte fue a menudo arriana, y Atanasio de Alejandría fue enviado al exilio cinco veces, interrumpiendo así su largo episcopado. Una serie de sínodos repudió de diversas maneras el símbolo de Nicea: Antioquía en 341, Arles en 353, y en 355 Liberio de Roma y Ossius de Córdoba fueron exiliados y un año más tarde Hilario de Poitiers fue enviado a Frigia. En 360 en Constantinopla todos los credos anteriores fueron desautorizados y el término sustancia (ousia) fue declarado ilegal; simplemente se declaró que el Hijo era "como el Padre que lo engendró".

El contraataque ortodoxo al arrianismo señaló que la teología arriana reducía a Cristo a semidiós, reintroduciendo efectivamente el politeísmo en el cristianismo, ya que Cristo fue adorado tanto por los arrianos como por los ortodoxos. Pero en el largo plazo, el argumento más elocuente contra el arrianismo fue el constante grito de batalla soteriológico de Atanasio, de que sólo Dios, el mismo Dios, verdaderamente Dios Encarnado podría conciliar y redimir al hombre caído ante Dios santo. Fue la minuciosa obra de los Padres Capadocios, Basilio el Grande, Gregorio de Nisa, Gregorio Nascianceno, la que propuso la resolución final que resultó teológicamente aceptable a la iglesia: separaron el concepto de sustancia (ousia) de la noción de persona (hypostasis), y así permitieron a los defensores de la ortodoxia de la fórmula original de Nicea y la posterior facción moderada o semi-arriana, unirse en una comprensión de Dios como una sustancia y tres personas. Cristo, por lo tanto, es de una misma sustancia con el Padre (homoousion), pero es una persona distinta. En este predicamento, en 381 el Concilio de Constantinopla pudo reafirmar el Credo de Nicea. El hábil emperador Teodosio I se puso del lado de la ortodoxia y el arrianismo comenzó a menguar en el imperio.

La larga lucha con el arrianismo, sin embargo, no había terminado todavía ya que Ulfilas, famoso misionero ante las tribus germanas, había aceptado la declaración Homoeana de Constantinopla de 360. Ulfilas enseñaba la semejanza del Hijo al Padre y la total subordinación del Espíritu Santo. Predicó a los visigodos al norte del Danubio, y éstos a su vez llevaron este semi-arrianismo de vuelta a Italia. Los vándalos fueron instruídos por sacerdotes visigodos y en el 409 llevaron el mismo semi-arrianismo a través de los Pirineos a España. No sería sino hasta fines del siglo VII que la ortodoxia finalmente absorbería el arrianismo. No obstante, éste ha renacido en la era moderna en forma de Unitarismo extremo, y los Testigos de Jehová consideran a Arrio un precursor de CT Russell.

VL Walter
(Diccionario Evangélico Elwell)

Bibliografía
J. Daniélou y H. Marrou, Los siglos cristianos, I, chs. 18-19; JH Newman, Los arrianos del siglo IV; RC Gregg y DE Groh, Arrianismo temprano; TA Kopecek, Historia del Neo- arrianismo, 2 vols.; HM Gwatkin, Estudios sobre Arrianismo; E. Boularand, La herejía de Arrio y la fé de Nicea, 2 vols.


Semi-Arrianismo

Información Avanzada

El semi-Arrianismo fue la doctrina de la filiación de Cristo según aquellos teólogos del siglo IV renuentes a aceptar la definición estricta de Nicea o la arriana extrema. Después del Concilio de Nicea (325 DC) un solo término identificaría a cada posición. ? Los teólogos ortodoxos encabezados por Atanasio emplearon el término homoousios para expresar la doctrina de que Cristo, el Logos, es "de una sustancia" con el Padre eterno.

? La facción arriana sostuvo que Cristo era un ser creado, no semejante al Padre en substancia. El término para esta postura fue anomoios.

? Los semi-arrianos, el tercer grupo, evitó ambos extremos y adoptó el término homoiusios, que define a Cristo como "de la misma substancia" que el Padre, pero no aclaró en qué medida se distingue de los demás seres creados.

Los semi-arrianos llamaron "Divino" a Cristo, pero negaron que El en efecto fuera verdaderamente Dios, que sea "igual al Padre en lo que respecta a su Divinidad".

Algunos estudiosos de la controversia han sostenido que el término "semi-arrianismo" es inapropiado, puesto que asocia al movimiento demasiado estrechamente con el arrianismo, y que "semi-Nicea" representaría mejor la tendencia del movimiento hacia la ortodoxia. Con todo, el término "ante-Nicea" se ha utilizado frecuentemente, porque los semi-arrianos efectivamente negaban que Cristo fuera plenamente uno con el Padre.

La postura semi-arriana surgió en el Concilio de Nicea, convocado por el emperador Constantino para tratar la cuestión arriana, que había suscitado polémica suficiente como para amenazar la unidad de la iglesia. Todos menos dos de los obispos presentes en el concilio firmaron la declaración ortodoxa, aunque muchos lo hicieron con reservas. A los semi- arrianos se les llegó a llamar también "Eusebianos" por Eusebio, obispo de Nicomedia y más tarde patriarca de Constantinopla. De joven, Eusebio había estudiado con Arrio y, aunque firmó el credo en el Concilio de Nicea, más tarde se convirtió en líder clave de la reacción en contra del mismo.

El líder más importante de los semi-arrianos en el concilio fué, empero, Eusebio, obispo de Cesárea, historiador de la iglesia primitiva. Luego del concilio la postura semi arriana siguió siendo prominente, pero un resurgimiento del antiguo arrianismo, que trató de restablecer la herejía original, llevó a la desintegración del apoyo semi-arriano. En agosto de 357 un pequeño pero importante sínodo se reunió en Srijem, Iliria; el credo que allí surgió condenó el término ousia en cualquier forma y subordinó claramente el Hijo al Padre. Este credo dividió tan decisivamente a los oponentes a Nicea, que inclinó la balanza a favor de la visión ortodoxa. Muchos obispos renunciaron a sus errores y suscribieron el Credo de Nicea, después de lo cual los semi-arrianos nunca fueron numerosos. Algunos se hicieron arrianos y muchos reafirmaron la ortodoxia en el Concilio de Constantinopla en 381.

BL Shelley
(Diccionario Evangélico Elwell)

Bibliografía
ER Hardy, ed., La cristología de los Padres tardíos; JND Kelly, Doctrinas cristianas tempranas; GL Prestige, Padres y herejes.


Arrianismo

Información Católica

Herejía que surgió en el siglo IV, y que niega la divinidad de Jesucristo.

DOCTRINA

Primero en las disputas doctrinales que agitaron al cristianismo después de que Constantino reconociera a la Iglesia en 313 DC, y origen de muchas otras durante unos tres siglos, el arrianismo ocupa un gran lugar en la historia eclesiástica. No es una forma moderna de incredulidad, por lo cual parecerá extraño a ojos modernos, pero se le entenderá mejor si lo denominamos un intento oriental de racionalizar el credo despojándolo de misterio en lo que respecta a la relación de Cristo con Dios. En el Nuevo Testamento y en las enseñanzas de la Iglesia Jesús de Nazaret aparece como el Hijo de Dios. El mismo tomó este nombre para Sí (Mateo 11:27, Juan 10:36), en tanto que el Cuarto Evangelio lo declara la Palabra (Logos), que al principio estaba en Dios y era Dios, por quien fueron hechas todas las cosas. La misma doctrina establece San Pablo en sus indudablemente auténticas epístolas a los efesios, colosenses y filipenses. Se la reitera en las cartas de Ignacio y explica las observaciones de Plinio de que los cristianos en sus asambleas cantaban un himno a Cristo como Dios. Pero el asunto de cómo se relaciona el Hijo al Padre (reconocido por todos como deidad suprema) dió lugar, entre los años 60 y 200 DC, a una serie de sistemas teosóficos llamados generalmente Gnosticismo, cuyos autores fueron Basílides, Valentín, Tatiano y otros especuladores griego. A pesar de que todos ellos visitaron Roma, no tuvieron seguidores en occidente, que permaneció libre de controversias de carácter abstracto y fiel al credo de su bautismo. Los centros intelectuales eran principalmente Alejandría y Antioquía, egipcios o sirios, y el debate se llevaba a cabo en griego; la Iglesia Romana adhería firmemente a la tradición. En estas circunstancias, cuando las escuelas gnósticas habían desaparecido con su "conjugación" de los poderes divinos y "emanaciones" del incognoscible Dios supremo (lo "Profundo" y el "Silencio"), toda la disquisición tomó la forma de investigación relativa a la "similitud" del Hijo y el Padre y la "mismicidad" de Su Esencia. Los católicos siempre sostuvieron que Cristo es verdaderamente el Hijo y verdaderamente Dios, y Le rendían culto divino con honores; nunca consintieron en separarlo, en idea o realidad, del Padre, de quien era el Verbo, la Razón y Mente, y en cuyo corazón moraba desde la eternidad. Pero los términos técnicos de la doctrina no estaban plenamente definidos, e incluso en griego palabras tales como esencia (ousia), sustancia (hypostasis), naturaleza (physis), persona (hyposopon) tenían una variedad de significados extraídas de las sectas filosóficas pre-cristianas, y no podían menos que conllevar malos entendidos hasta que se las aclarara. La adaptación a la verdad cristiana de un vocabulario empleado por Platón y Aristóteles tomaría tiempo, no se podía hacer en un día; y una vez logrado eso para el griego había que hacerlo para el latín, que no se presta fácilmente a distinciones sutiles pero necesarias. Era inevitable que surgieran controversias incluso entre ortodoxos que mantenían una sola fe, y de estas querellas se aprovecharía el racionalista para sustituir las antiguas creencias por sus propias invenciones. El objeto de todo lo que proponía era negar que en sentido alguno Dios pudiera tener un Hijo, como suscintamente diría Mahoma después: "Dios no engendra ni es engendrado" (Corán, 112); hemos dado en llamar Unitarismo a esa negación. Fue el alcance final de la oposición arriana a aquello que los cristianos han creído siempre; pero el arrianismo, aunque directamente procedente de lo gnóstico, seguía una línea de argumentación y enseñaba una posición que las especulaciones gnósticas habían vuelto conocidas. Describía al Hijo como Dios secundario o inferior, a medio camino entre la Primera Causa y las creaturas; como hecho a partir de la nada, pero haciendo todas las demás cosas; como existente antes de los mundos de las edades; y como investido de todas las perfecciones divinas salvo la que era su base y fundamento. Sólo Dios no tiene principio ni origen; el Hijo era originado, y hubo un lapso en el que no existió, puesto que todo lo que tiene un origen debe comenzar a ser.

Esta es la verdadera doctrina de Arrio. Usando términos griegos, niega que el Hijo es de una esencia, naturaleza o sustancia con Dios; no es consubstancial (homoousios) con el Padre, y por lo tanto no igual a El, o igual en dignidad o co-eterno, o dentro del verdadero ámbito de la deidad. El Logos que exalta San Juan es un atributo, la Razón, que pertenece a la naturaleza divina, no una persona distinta de otra, y por tanto es Hijo sólo como forma de decir. Estas consecuencias se siguen del principio que Arrio sostiene en su carta a Eusebio de Nicomedia, que el Hijo "no es parte de lo ingenerado". De ahí que los sectarios arrianos que razonaban lógicamente eran anomoeanos: decían que el Hijo no era como el Padre, y definían a Dios simplemente como el Inoriginado. También se les denomina Exucontianos porque sostenían que el Hijo había sido creado de la nada.

Pero una postura tan diferente de la tradicional encontró poco apoyo: requería aquietamiento o paliación, incluso a costa de la lógica; y la escuela que sustituyó al arrianismo desde una fecha temprana afirmó la semejanza sin complemento, o en todas las cosas, o en el fondo, del Hijo al Padre, al tiempo que negó Su co-igual dignidad y co-eterna existencia. A los partidarios de esta Vía Intermedia se les llamó semi-arrianos, que en rigor se aproximaban al extremo herético, pero muchos de ellos mantenían, si bien inconsistentemente, la fe ortodoxa; sus dificultades se volcaron hacia el idioma o el prejuicio locales, y no pocos abrasaron toda la doctrina católica. Los semi-arrianos trataron durante años de inventar un compromiso entre opiniones irreconciliables, y sus cambiantes credos, tumultuosos concilios y mundanas maniobras indican cuán mezclada y variopinta era la multitud congregada bajo su alero. El punto a tener presente es que, al tiempo que afirmaban que la Palabra de Dios es eterna, Lo imaginaban como habiéndose convertido en el Hijo para crear el mundo y redimir a la humanidad. En relación a esta última proposición doctrinal se detecta entre los autores anti- nicenos una cierta ambigüedad de expresión, impropia de la escuela de Alejandría,. Los profesores católicos enseñaban la Monarquía, esto es, que sólo hay un Dios; la Trinidad, que este Uno absoluto existía en tres distintas subsistencias; y la Circuminesión, que Padre, Verbo y Espíritu no se pueden separar el uno del otro ni de hecho ni de pensamiento; pero dejaba una brecha para la discusión respecto del término "Hijo" y el período de su "generación" (gennesis). Se cita especialmente a cinco Padres anti-Nicénicos: Atenágoras, Tatiano, Teófilo de Antioquía, Hipólito y Novaciano, cuyo lenguaje parece implicar una peculiar noción de Filiación, como si el Hijo no hubiera llegado a existir o a ser perfecto hasta los albores de la creación. A aquéllos se les pueden sumar Tertuliano y Metodio; el Cardenal Newman afirmó que el punto de vista de éstos, que se encuentra claramente en Tertuliano, de que el Hijo existió después de la Palabra, se conecta como antecedente con el arrianismo. Petavio interpretó las mismas expresiones en un sentido reprobable, pero el obispo anglicano Bull las defendió, no sin dificultades, como ortodoxas. Aún metafórico, tal lenguaje podría hacer lugar a contendientes desleales, pero no somos responsables de los resbalones de maestros que no percibieron todas las consecuencias de las verdades doctrinales que realmente sostenían. De estas dudosas teorizaciones, Roma y Alejandría se mantuvieron al margen. El mismo Orígenes —cuyas descaminadas especulaciones fueron tildadas de arrianas y que emplean términos como "el segundo Dios" respecto al Logos, que nunca fueron adoptadas por la Iglesia— afirmó la filiación eterna de la Palabra, y no era semi-arriano. Para él el Logos, el Hijo, y Jesús de Nazaret, eran una y siempre existente persona divina, engendrado del Padre, y de esta manera, "subordinado" a la fuente de su ser. Él sale de Dios como la Palabra creadora, y de ese modo es un agente ministerial, o desde otro punto de vista, es el primogénito de la creación. Dionisio de Alejandría (260) fue incluso denunciado en Roma por denominar al Hijo, obra o criatura de Dios; pero él mismo se explicó ante el Papa respecto de principios ortodoxos y confesó el Credo Homoousico.

HISTORIA

Se puede considerar a Pablo de Samosata, contemporáneo de Dionisio y obispo de Antioquía, el verdadero antecesor de las herejías que relegan a Cristo más allá de la esfera divina, fueran cuales fueran los epítetos de deidad que Le concedieran Jesús, el hombre, dijo Pablo, era diferente del Logos y, en el más tardío lenguaje de Milton, fue hecho Hijo de Dios por mérito. El Supremo es uno en Persona y en Esencia. Tres concilios celebrados en Antioquía (264-268 o 269) excomulgaron al Samosatense. Pero esos Padres no aceptaban la fórmula Homoousica por temor a que, de acuerdo al uso de las filosofías paganas, se pensara que aludía a una sustancia, material o abstracta. Asociado a Pablo, y durante años separados de la comunión católica, encontramos al conocido Luciano, que editó el Septuaginto y al final fue mártir; de este sabio obtuvo su inspiración la escuela de Antioquía. Eusebio, el historiador; Eusebio de Nicomedia y el propio Arrio, estuvieron bajo la influencia de Luciano. No es, pues, en Egipto y su mística docencia, sino en Siria —donde Aristóteles floreció con su lógica y su tendencia al Racionalismo— que hay que buscar la cuna de una aberración que, de haber triunfado finalmente, se habría adelantado al Islam reduciendo al Hijo Eterno a la categoría de profeta, deshaciendo así la revelación cristiana.

Libio de ascendencia, criado en Antioquía y condiscípulo de Eusebio, después obispo de Nicomedia, Arrio tomó parte (306) en el oscuro cisma Meliciano, fue presbítero de la iglesia llamada "Baucalis", en Alejandría, y se opuso a los Sabelianos, cuya visión de la Trinidad niega toda distinción real en el Supremo. Epifanio describe al heresiarca como alto, grave e imponente; no incluye ningún ataque a su carácter moral, pero hay alguna posibilidad de que diferencias personales le hayan llevado a su querella con el patriarca Alejandro, a quien acusó en público sínodo de enseñar que el Hijo era idéntico al Padre (319). Las circunstancias efectivas de esta controversia no son claras, pero Alejandro condenó a Arrio en una gran asamblea y éste encontró refugio en Eusebio, historiador de la Iglesia, en Cesárea. Motivos políticos o partidarios agudizaron la rencilla; muchos obispos de Asia Menor y Siria defendieron a su "compañero Lucianista", como Arrio no dudó en autodenominarse. Sínodos en Palestina y Bitinia se oponían a sínodos en Egipto. Durante varios años la pendencia estuvo al rojo; pero cuando por su derrota a Licinio (324) Constantino se convirtió en señor del mundo romano, decidió restaurar el orden eclesiástico en Oriente, como era en Occidente, donde ya había emprendido la lucha contra los Donatistas en el Concilio de Arles. En carta dirigida al prelado nicomediano, Arrio había rechazado audazmente la fe católica, pero Constantino, aconsejado por aquel hombre de mente mundana, envió desde Nicomedia una famosa carta a Alejandro en la que se refería a la controversia como una ociosa disputa sobre palabras, extendiéndose sobre las bendiciones de la paz. El emperador, caber recordar, no era más que un catecúmeno, con un imperfecto dominio del griego y aún menos de la teología, pero lo suficientemente ambicioso como para ejercer sobre la Iglesia Católica una autoridad similar a la que, como Pontifex Maximus, le correspondía sobre el culto pagano. De esta concepción bizantina (en términos modernos llamada Erastianismo) se derivan las calamidades que durante muchos cientos de años marcaron el desarrollo del dogma cristiano: Alejandro no podía dejar pasar un asunto tan vital, y Arrio y sus seguidores no cejaban. En consecuencia, se convocó a un concilio en Nicea, Bitinia, que siempre se ha considerado el primero ecuménico y que sesionó desde mediados de junio de 325 (véase PRIMER CONCILIO DE NICEA). Comúnmente se dice que Hoseas de Córdoba lo presidió. El Papa, San Silvestre, fue representado por sus legados, y asistieron 318 padres, casi todos de oriente; lamentablemente no se han preservado las actas del Concilio. El emperador, que estaba presente, mostró deferencia religiosa a una reunión que demostró tan notablemente la autoridad de la enseñanza cristiana. Desde el principio fue evidente que Arrio no contaría con gran número de partidarios entre los obispos. Alejandro fue acompañado por su joven diácono, el muy recordado Atanasio, que se enfrascó en discusión con el heresiarca mismo y desde ese momento pasó a ser el líder de los católicos durante casi cincuenta años. Contra los innovadores, los Padres apelaron a la tradición y se mantuvieron apasionadamente ortodoxos; se recibió una carta de Eusebio de Nicomedia declarando abiertamente que jamás aceptaría que Cristo era de una sustancia con Dios. Esta postura proveyó un medio de discriminación entre los verdaderos creyentes y todos los que, con ese pretexto, no mantenían la Fe recibida. Eusebio de Cesárea redactó un credo por la parte arriana atribuyendo a nuestro Señor todo honor y dignidad, excepto la unidad de sustancia. Claramente, pues, ninguna otra premisa fuera de la de Homoousion habría estado a la altura de las sutiles ambigüedades de lenguaje entusiastamente adoptadas, entonces y siempre, por los disidentes a la mentalidad de la Iglesia. Se había descubierto una fórmula que serviría como tesis, no ubicable simplemente en la Escritura, pero que resumía la doctrina de San Juan, San Pablo y el mismo Cristo, "Yo y el Padre somos uno". La herejía, observa San Ambrosio, había proporcionado un arma de su propio arsenal para cortarle la cabeza. Se aceptó el "consustancial" con la disensión de sólo trece obispos, que rápidamente se redujeron a siete. Hosius redactó las declaraciones conciliares, a las que se añadieron anatemas contra quienes afirmaran que alguna vez el Hijo no existió, o no existía antes de ser engendrado, o que había sido creado de la nada, o que era de una sustancia o esencia diferente a la del Padre, o que había sido creado o era mutable. Suscribieron esa declaración todos los obispos excepto seis, de los cuales, a la larga, cuatro cedieron. Eusebio de Nicomedia retiró su oposición a la expresión de Nicea, aunque no firmó la condena de Arrio.

El emperador, que consideraba la herejía como rebelión, propuso la alternativa de suscripción o destierro y, por motivos políticos, el obispo de Nicomedia fue exiliado no mucho después del Concilio, arrastrando a Arrio en su ruina; el heresiarca y sus seguidores sufrieron su condena en Illiria. Pero estos incidentes, que parecerían haber cerrado el capítulo, resultaron ser el comienzo de la contienda y condujeron a los más complicados procedimientos de los que leemos en el siglo IV. Si bien el simple credo arriano fue defendido por pocos, los prelados políticos que tomaron partido por Eusebio llevaron a cabo una doble guerra contra el término "consubstancial" y su defensor, Atanasio. Este, el más grande de los Padres orientales, había sucedido a Alejandro en el patriarcado egipcio (326); no tenía más de treinta años de edad, pero sus escritos publicados, previos al Concilio, muestran en pensamiento y precisión un dominio de las materias tratadas no superado por ningún maestro católico. Su intachable vida, disposición amable y lealtad a sus amigos lo volvieron en modo alguno fácil de atacar, pero las maniobras de Eusebio, que en 328 recuperara el favor de Constantino, fueron secundadas por intrigas asiáticas, y se instauró un período de reacción arriana. Eustaquio de Antioquía fue depuesto bajo acusación de Sabelianismo (331), y el emperador ordenó a Atanasio recibir a Arrio en comunión, a lo que el santo se opuso firmemente. En 325 el heresiarca fue absuelto por dos concilios, en Tiro y Jerusalén, el primero de los cuales depuso a Atanasio con falsas y vergonzosas razones de mala conducta personal; fue desterrado a Trier, y su estadía de dieciocho meses allí unió más estrechamente a Alejandría con Roma y el occidente católico. Entretanto Constancia, hermana del emperador, había encomendado a la clemencia de éste a Arrio, a quien creía herido. Las palabras de ella moribunda afectaron a Constantino, que mandó llamar al libio, le extrajo una solemne adhesión a la fe de Nicea y ordenó a Alejandro, obispo de la ciudad imperial, darle la comunión en su propia iglesia (336). Arrio triunfaba abiertamente, pero cuando se pavoneaba de ello la tarde anterior al evento, expiró de súbito ataque que los católicos no pudieron dejar de considerar juicio del cielo, producto de las oraciones del obispo. Pero su muerte no detuvo la peste. Ahora Constantino no se inclinó más que por los arrianos; fue bautizado en sus últimos momentos por el veleidoso prelado de Nicomedia, y legó a sus tres hijos (337) un imperio desgarrado por disensiones que su ignorancia y debilidad habían agravado. Constancio, que gobernaba nominalmente el oriente, era el títere de la emperatriz y los ministros de palacio. El pertenecía a la facción eusebiana; su director espiritual, Valencio, Obispo de Mursa, hizo lo que estaba en su mano para contagiar a Italia y a occidente con los dogmas arrianos. La expresión "iguales en substancia", Homoiousion, que se había usado meramente para deshacerse de la fórmula de Nicea, se convirtió en contraseña. Pero al menos catorce concilios, celebrados entre 341 y 360, en los que encontró expresión cada matiz de subterfugio herético, dan decisivo testimonio de la necesidad y eficacia de la piedra de toque católica que todos habían rechazado. Alrededor de 340 una reunión Alejandrina había defendido a su arzobispo en una epístola al Papa Julio; a la muerte de Constantino, y por influencia del hijo homónimo de éste, el arzobispo había sido restituído a su pueblo. Pero el joven príncipe murió, y en 341 el celebrado Concilio Antioqueno de la Dedicación destituyó por segunda vez a Atanasio, que ahora se refugió en Roma, donde pasó tres años. Gibbon cita y adopta "una juiciosa observación" de Wetstein que merece ser tenida siempre en mente. A partir del siglo IV, comenta el erudito alemán, cuando las iglesias orientales se dividían casi por igual en elocuencia y capacidad en partidos antagónicos, aquel de éstos que buscaba dominar hizo su aparición en el Vaticano, cultivó la majestad papal, conquistó, y estableció el credo ortodoxo con la ayuda de los obispos latinos.

Fue así, pues, como Atanasio partió a Roma, y Gregorio, un desconocido, usurpó su cargo. El Concilio Romano proclamó la inocencia de aquél. En 343, Constancio, que gobernaba a occidente desde Iliria a Gran Bretaña, convocó a los obispos en Sárdica, Panonia. Noventa y cuatro prelados latinos y setenta orientales o griegos comenzaron los debates pero no pudieron llegar a acuerdo, y los asiáticos se retiraron y celebraron una reunión separada y hostil en Filípolis, Tracia. Se ha dicho con justicia que el Concilio de Sárdica revela los primeros síntomas de la discordia que más tarde originaría el triste cisma de Oriente y Occidente. Pero a los latinos, esa reunión, que dio lugar a apelaciones al Papa Julio, o a la Iglesia romana, les pareció un epílogo que completó la legislación de Nicea, y en este sentido fue citado por Inocencio I en su correspondencia con los obispos de África. Habiéndose ganado a Constancio, que gustoso asumió su causa, el irreductible Atanasio recibió de su oriental y semi-arriano soberano tres cartas que le ordenaban, y a la larga le exigían, su regreso a Alejandría (349). Los facciosos obispos Ursacio y Valencio se retractaron de sus acusaciones contra él en manos del Papa Julio, y mientras Atanasio volvía a casa vía Tracia, Asia Menor, y Siria, la multitud de prelados cortesanos le rendían abyecto homenaje. Esos hombres viraban con cada viento: algunos, como Eusebio de Cesárea, no renunciaban a una doctrina platonizante, aunque se oponían a las blasfemias arrianas, y muchos eran hombres de su tiempo, indiferentes a los dogmas. Había surgido un nuevo partido, los estrictos y píos Homoiousianos, no amigos de Atanasio ni dispuestos a suscribir los términos de Nicea, pero que iban lentamente acercándose a la verdadera creencia hasta finalmente aceptarla. En los Concilios siguientes estos hombres buenos desempeñaron su papel; no obstante, cuando murió Constancio (350) y su hermano semi-arriano quedó a la cabeza, la persecución a Atanasio redobló su violencia.

Mediante una serie de intrigas los obispos occidentales fueron persuadidos a expulsar a Atanasio, en Arles, Milán, Ariminum. Fue respecto de este último concilio (359) que San Jerónimo escribió "todo el mundo se lamentó y extrañó de encontrarse arriano", ya que los obispos latinos fueron presionados con amenazas y argucias a suscribir concesiones que en ningún momento representaron su genuina postura. Los concilios eran tan frecuentes que sus fechas todavía son motivo de controversia. Asuntos personales encubrían la importancia dogmática de una lucha que llevaba treinta años. El Papa del momento, Liberio, valiente al principio, indudablemente ortodoxo, pero arrancado de su sede y desterrado a la sombría soledad de Tracia, afirmó un credo de tenor semi-Arriano (compilado principalmente desde uno de Srijem) y desautorizó a Atanasio, si bien se declaró en contra de la formulación "Homoeana" de Arimino.

Este nuevo partido fue dirigido por Acacio de Cesárea, aspirante a clérigo que sostenía que él, y no San Cirilo de Jerusalén, era el metropolitano de Palestina. Los Homoeanos, una especie de protestantes, no empleaban expresiones que no se encontraran en la Escritura, y de ese modo eludieron suscribir el "consubstancial". Un grupo más extremo, los "Anomoeanos", seguidores de Ecio y dirigidos por Eunomio, declararon en reuniones en Antioquía y Srijem que el Hijo es "diferente" del Padre, y se hicieron fuertes en palacio en los últimos años de Constancio; Jorge de Capadocia persiguió a los católicos de Alejandría. Atanasio se retiró al desierto entre los anacoretas. Mediante tortura Hosio había sido obligado a suscribir un credo de moda. Al morir (361) el vacilante emperador Julián, conocido como El Apóstata, todos los que habían sido exiliados a causa de la religión sufrieron por igual al regresar a sus hogares. Una trascendental reunión sobre la que presidió Atanasio, en 362, en Alejandría, unió a los semi-arrianos ortodoxos con él y con occidente. Cuatro años después cincuenta y nueve prelados macedonios, hasta entonces anti-Nicénicos, se sometieron al Papa Liberio, pero el emperador Valencio, feroz hereje, aún atacaba a la Iglesia.

Con todo, la larga batalla se inclinaba ahora a favor de la tradición católica. Los obispos occidentales, como Hilario de Poitiers y Eusebio de Vercellae, desterrados a Asia por sostener la fe nicénica, actuaban al unísono con San Basilio, los dos San Gregorio [de Niza y Nazianceno, N. del Ed.], y los reconciliados semi-arrianos. En cuanto movimiento intelectual, la herejía había gastado sus fuerzas; Teodosio, español y católico, gobernaba todo el Imperio. Atanasio murió en 373, pero su causa triunfó en Constantinopla, ciudad largo tiempo arriana, primero por la predicación de San Gregorio Nazianceno, luego por el Segundo Concilio General (381), cuya apertura presidió Melecio de Antioquía. Este santo había sido separado de los defensores de Nicea durante un largo cisma pero había hecho las paces con Atanasio, y ahora, en compañía de San Cirilo de Jerusalén, representaba la influencia moderada que terminó imponiéndose. No se presentaron diputados de occidente. Melecio murió casi de inmediato y San Gregorio Nazianceno, quen tomó su lugar, renunció muy pronto. San Gregorio de Niza elaboró un credo que incorporaba el de Nicea —que no es el que se canta en la Misa, que se debe, según se dice, a San Epifanio y la Iglesia de Jerusalén. El concilio se volvió ecuménico por la aceptación del Papa y de los siempre ortodoxos occidentales. A partir de este momento el arrianismo en todas sus formas perdió su lugar en el imperio: su desarrollo entre los bárbaros fue más político que doctrinal. Ulfilas (311-388), que tradujo las Escrituras al meso-gótico, enseñó a los godos de allende el Danubio una teología Homoeana; surgieron reinos arrianos en España, África, Italia. Gépidos, hérulos, vándalos, alanos y lombardos recibieron un sistema que fueron tan incapaces de entender como de defender; y los obispos católicos, los monjes, la espada de Clovis, la acción del Papado, hicieron de ello un fin antes del siglo VIII. En la forma que tomó bajo Arrio, Eusebio de Cesarea y Eunomio, el arrianismo no se ha reactivado nunca. Hubo personas, entre ellas Milton y Sir Isaac Newton, tal vez atraídas por él, pero la tendencia sociniana de la cual emergieron las doctrinas unitarrianas nada debe a la escuela de Antioquía o a los concilios que se opusieron a Nicea. Tampoco ha destacado en la historia ningún arriano como personaje de proporciones heroicas; en todo esto no hay más que un sólo héreo, el denodado Atanasio, cuya mente era igual a los problemas, así como su gran espíritu, a las vicisitudes, cuestión de la que dependió el futuro de la cristiandad.

Publicación de información escrita por William Barry, transcrita por Anthony A. Killeen. AMDG. Enciclopedia Católica, volumen I. Publicado en 1907. Nueva York, Robert Appleton Company. Nihil Obstat, 1 de marzo de 1907. Remy Lafort, STD, Censor. Imprimatur. +John Cardenal Farley, arzobispo de Nueva York.

Asimismo, véase:

Atanasio
Concilio de Nicea


This translation is generously provided by: María Victoria Castillo
Esta traducción ha sido hecha por: María Victoria Castillo


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