Libros Apócrifos o Deuterocanónicos

Información de carácter general

Los Apócrifos son los libros del Antiguo Testamento incluidos en las Biblias católicas y ortodoxas como deuterocanónicos (agregado al Canon anterior), pero excluídos de la Biblia hebrea y de la mayoría de las Biblias protestantes. No se sabe bien por qué originalmente se les aplicó el término Apócrifos (“lo oculto”), pero se les asignó una autoridad menor que la de los otros libros bíblicos debido a su origen relativamente tardío (c. 300 AC-100 AD). A excepción de 2 Esdras, que estaba en latín, eran parte del Septuaginto. Los otros libros ubicados después del Antiguo Testamento en la Versión Estándar Revisada son los siguientes: 1 y 2 Esdras, Tobías, Judit, Adiciones al libro de Ester, Sabiduría, Siraj (Eclesiástico), Baruj, y la Carta (Epístola) de Jeremías, Adiciones a Daniel (oración de Azarías, Canción de los Tres Niños Hebreos, Historia de Susana, Belio y el dragón), Oración de Manasés, y 1 y 2 Macabeos.

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Las Biblias católicas incluyen también a 1 y 2 Esdras y Oración de Manasés entre los apócrifos. La Biblia Ortodoxa Griega omite 2 Esdras pero agrega 3 Macabeos y el Salmo 151, con 4 Macabeos como apéndice. Los libros apócrifos son fuente importantes de la historia judía y los progresos religiosos en los siglos I y II A.C.

Sherman E Johnson

Bibliografía
B M Metzger, Introducción a los Apócrifos (1957); B L Mack. La Sabiduría y la Epica hebreas: Himno de Ben Sira en Alabanza a los Padres (1986); R H Pfeiffer, Historia de los tiempos del Nuevo Testamento, con una introducción a los Apócrifos (1949).


Apócrifos

Información general

Apócrifos (del griego apokryphos,"oculto") es una palabra acuñada por San Jerónimo, erudito bíblico del siglo V, para los libros bíblicos recibidos por la iglesia de su tiempo como parte de la versión griega del Antiguo Testamento (Septuaginto), pero que no estaban incluídos en la Biblia hebrea. En la Versión Autorizada, o del Rey Jacobo, los libros se imprimen como apéndices o se les omite del todo; los protestantes no los consideran canónicos.

El Septuaginto fue recibido por la iglesia por parte del judaísmo helenístico. Los libros incluídos en el Septuaginto que habían sido excluídos de su canon por los judíos no helenizados fueron Judit, Sabiduría de Salomón, Tobías, Siraj (Eclesiástico), Baruj, y los dos Libros de los Macabeos. De estos, Judit y Tobías se pueden describir como ficción histórica edificante; y Baruj, como apéndice a Jeremías, escrito como por el secretario de éste. Sabiduría y Siraj son testimonios de la tradición de sabiduría de Israel, representada en los libros de Proverbios, Job y Eclesiastés. Los libros de los Macabeos son obras históricas en la tradición de Samuel, Reyes y Crónicas. También se incluyen generalmente en los Apócrifos los dos libros de Esdras, adiciones al Libro de Ester (Ester 10:4-10), la Canción de los Tres Jóvenes ((Dan. 3:24-90), Susana (Daniel 13), Belio y el Dragón (Daniel 14), y la Plegaria de Manasés.

Los católicos romanos y los cristianos ortodoxos aún siguen el Septuaginto e incluyen en el canon de la Biblia todos los Apócrifos, excepto los dos libros de Esdras y la Plegaria de Manasés. Sin embargo, generalmente se refieren a los apócrifos protestantes como libros deuterocanónicos, y reservan el término Apócrifos para los libros enteramente fuera del canon bíblico, que los protestantes llaman pseudoepígrafos. Con el desarrollo de una perspectiva histórica en los estudios bíblicos durante el siglo XIX, se reconoció ampliamente el valor de los Apócrifos como fuentes históricas. Derivados del período 300 A.C. hasta tiempos neotestamentarios, los Apócrifos arrojan valiosa luz sobre el período entre el término de la narrativa del Antiguo Testamento y el comienzo del Nuevo Testamento. También son fuente importante de información sobre el desarrollo de la creencia en la inmortalidad, la resurrección y otras cuestiones escatológicas, así como del creciente impacto de las ideas helenísticas en el judaísmo.

Rev. Bruce Vawter


Apócrifos

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Apócrifos: oculto, falso, es el nombre dado a ciertos libros antiguos incluídos en las versiones del Antiguo Testamento de los LXX y de la Vulgata latina, y fueron añadidos a todas las grandes traducciones de éstas en el siglo XVI, pero sin pretensión alguna de que se las considere parte de la Palabra inspirada:

(1) no los citan ni una sola vez los autores del Nuevo Testamento, que a menudo citan de los LXX. Nuestro Señor y sus apóstoles confirmaron por su autoridad el Canon judío corriente, que en todos los respectos era el mismo que tenemos hoy;

(2) estos libros no fueron escritos en hebreo sino en griego, y durante el "período de silencio" de la época de Malaquías, después del cual los oráculos y las revelaciones directas de Dios cesaron hasta la era cristiana.

(3) el contenido de los libros mismos muestra que no eran parte de la Escritura.

Los Apócrifos del Antiguo Testamento son catorce libros, los principales de los cuales son Macabeos (q.v.), Esdras, Sabiduría, Baruj, Ester, Eclesiástico (Siraj), Tobías, Judit, etc.

Los Apócrifos del Nuevo Testamento consisten en una literatura muy extensa, que tiene claras evidencia de su origen no-apostólico y que no es digna de respeto como comparable en importancia a la Biblia.


Apócrifos del Antiguo Testamento

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La palabra “apócrifos” viene del griego ta apokrypha, “las cosas ocultas”, aunque no hay un sentido estricto en el que estos libros estén ocultos. Los Apócrifos son unos trece libros: I y II Esdras, Tobías, Judit, Reposo de Ester, Sabiduría de Salomón, Eclesiástico (también llamado Sabiduría de Jesús, hijo de Siraj), Baruj, la Carta de Jeremías, las Adiciones a Daniel, la oración de Manasés, y I y II Macabeos. Tanto el status de estos libros como el uso del término “apócrifos” han sido imprecisos desde los días tempranos de la iglesia. En un sentido restringido la palabra designa a los mencionados libros versus los pseudoepigráficos, o escritos falsos; pero en sentido amplio se refiere a cualquier escrito extracanónico. A veces el término toma un sentido despectivo, especialmente cuando se le aplica a los evangelios “apócrifos”, es decir, espurios o heterodoxos. Otra dificultad relativa al uso restringido del término es que algunos de los apócrifos son pseudónimos, lo que no es el caso de algunos pseudoepígrafos.

R.H.Charles quebrantó el orden aceptado al incluir III Macabeos entre los apócrifos y trasferir II Esdras a los pseudoepígrafos. La antigua práctica rabínica consideraba todas estas obras como “libros externos”, designación que fue continuada por Cirilo de Jerusalén, que usó Apócrifos en el mismo sentido, esto es, escritos fuera del canon. En tiempos modernos C.C.Torrey ha revivido esta acepción, de modo que todos estos libros, incluídos los pseudoepígrafos, se llaman apócrifos. Por consiguiente, usamos el término pseudoepígrafos como concesión a un uso muy poco feliz.

¿Cómo se abrieron camino los apócrifos en algunas de nuestras Biblias inglesas? Los judíos habían negado unánimemente el estatus canónico a estos libros, de manera que no se los encontraba en la Biblia hebrea; pero los manuscritos de los LXX los incluyeron como addenda al Antiguo Testamento canónico. En el siglo II A.D. se tradujeron del griego las primeras Biblias latinas, y por lo tanto incluyeron los apócrifos. La Vulgata de Jerónimo distinguió entre libri ecclesiastici y libri canonici, con el resultado de que a los apócrifos se les asignó un status secundario. No obstante, en el Concilio de Cartago (397), al que asistió Agustín, se decidió aceptar los apócrifos como aptos para la lectura, a pesar de la resistencia de Jerónimo a incluirlos en la Vulgata. En 1548 el Concilio de Trento reconoció a los apócrifos, excepto I y II Esdras, y la Plegaria de Manasés, que no calificaban para estatus canónico; más aún, cualquiera que discutiera esta decisión eclesiástica sería anatematizado. Los Reformadores repudiaron los Apócrifos como sin valor y contradictorios con las doctrinas del canon indiscutido; Lutero, sin embargo, admitía que eran “buenos y provechosos de leer”. Las Biblias Coverdale y de Ginebra incluyeron los apócrifos pero los separaron de los libros canónicos del Antiguo Testamento. Después de mucho debate, la Sociedad Bíblica Británica, y la Internacional, decidieron en 1827 excluir de sus respectivas Biblias a los apócrifos; muy pronto la rama americana se plegó a ello, y esto estableció el modelo de las Biblias en inglés posteriores. Entre las denominaciones protestantes, sólo la Iglesia Anglicana usa mucho los Apócrifos hoy en día.

En los apócrifos aparecen muchos géneros literarios: narrativa popular, historia religiosa y filosofía, historias morales, poesía y lírica didáctica y apocalíptica. La mayoría de esos libros fueron escritos en Palestina entre el 300 A.C. y el 100 A.D., siendo su idioma de composición el hebreo o el arameo, y a veces el griego. Generalmente reflejan la perspectiva religiosa judía de los tiempos tardíos de Antiguo Testamento, con énfasis en algunas adiciones. La limosna se volvió expresión de buenas obras meritorias para la salvación (véase Tobías 12:9). Los apócrifos, y aún más los pseudoepígrafos, exponen una doctrina del Mesías más allá de lo que revela el AT. Predominan dos tipos de expectativas mesiánicas: el Hiijo celestial del hombre, tomado de Daniel y adornado por Enoc, y el rey davídico terrenal descrito en los Salmos de Salomón. La doctrina de la resurrección del cuerpo, tan rara vez mencionada en el AT, es ubicua en los Apócrifos y muestra un avance sobre la idea de éste del Sheol. La esperanza de la inmortalidad fue fuertemente influenciada por el pensamiento griego. A lo largo de los Apócrifos hay una muy desarrollada angelología, consecuencia natural del impacto del dualismo sobre el pensamiento religioso judío posterior al exilio. El NT no cita a ninguno de los libros de la Apócrifa, aunque hay frecuentes paralelos de pensamiento y lenguaje, como en el caso de Efes. 6:13-17 y Sabid. 5:17-20; y de Heb. 11 y Eclo. 44. Pero admitir estos paralelos no necesariamente es admitir dependencia de los autores neotestamentarios respecto de los apócrifos, y aunque se pudiera configurar un caso de clara dependencia, de ello no se sigue que el autor NT atribuyera a dichos libros autoridad alguna.

D H Wallace

Bibliography
R. H. Charles, Apócrifos y Pseudoepígrafos del AT, I; B. M. Metzger, Introducción a los Apócrifos; W. O. E. Oesterley, Libros del Apócrifa; R. H. Pfeiffer, Historia de los tiempos del NT con una Introducción a los Apócrifos; E. J. Goodspeed, Historia de los Apócrifos; C. C. Torrey, La literatura Apócrifa; H. M. Hughes, Etica de la literatura judía apócrifa; H. Wace, ed., Los Apócrifos, 2 vols; J. H. Charlesworth, ed., Los Pseudoepígrafos , Literatura Apocalíptica y Testamentos.


Introducción a los Apócrifos

Información de carácter general

(de la Nueva Biblia Inglesa)

El término 'Apócrifos', palabra griega que significa '(cosas) ocultas', fue utilizado primitivamente en diversos sentidos. Se le aplicó a escrituras consideradas tan importantes y preciosas que debían quedar fuera del alcance del público general y reservadas a los iniciados, al círculo interno de creyentes. Llegó a ser aplicado a escrituras ocultas no porque fueran demasiado buenas sino porque no eran suficientemente buenas, o porque eran secundarias, cuestionables o heréticas. Un tercer uso se puede remontar a Jerónimo, que conocía las Escrituras tanto en sus versiones hebrea como griega; para él los libros Apócrifos eran los que estaban fuera del Canon hebreo, y de allí el término alternativo deutero-canónicos.

La acepción aquí adoptada se basa en la de Jerónimo. En esta traducción los Apócrifos son los siguiente quince libros o porciones de libros:

Estas obras están fuera del Canon palestino, es decir, no forman parte de las Escrituras hebreas, aunque el idioma original de algunos de ellos era el hebreo. Sin embargo, y con excepción del segundo libro de Esdras, todos están en la versión griega del Antiguo Testamento hecho para los judíos greco-parlantes en Egipto. En cuanto tales, fueron aceptados como bíblicos por la iglesia primitiva y citados como Escritura por muchos de los primeros autores cristianos, cuya Biblia era la Biblia griega.

En los manuscritos griegos y latinos del Antiguo Testamento estos libros están dispersos en el texto, generalmente en los lugares más concordantes con su contenido. La práctica de recogerlos en una unidad separada, y que no se remonta más allá de 1520 AD, explica por qué algunos de los itemes no son más que fragmentos, pasajes que no se encuentran en la Biblia hebrea, y por ello han sido quitados de los libros en cuya versión griega figuran. Para ayudar al lector en esta desunión y carencia de contexto los traductores actuales han recurrido a varios mecanismos. Hemos añadido el nombre Daniel a los títulos de las historia de Susana y a la de Belio y la serpiente, como recordatorio de que estos cuentos deben leerse con el libro de Daniel. Una nota que hemos insertado después del título Canción de los Tres, indica que este tema debe encontrarse en el tercer capítulo de la versión griega de Daniel. Y las seis adiciones al libro de Ester están tan inconexas e ininteligibles en la mayoría de las ediciones de los Apócrifos, que las hemos provisto de un contexto por la vía de traducir la versión griega completa de Ester.

El texto usado en esta traducción de los Apócrifos es el corregido por H. B. Swete en “El Antiguo Testamento en griego” según el Septuaginto. En algunas partes Swete incluye dos textos, y hemos optado por traducir el de Tobías desde el Códice Sinaítico, y la versión de Teodocio para las adiciones al libro de Daniel, a saber, la Canción de los Tres, Daniel y Susana, y Daniel, Belio y la Serpiente. Para el Eclesiástico hemos empleado, además del Códice Vaticano según la edición de Swete, el texto corregido por J. H. A. Hart en “Eclesiástico: texto griego del códice 248”, y se ha hecho referencia constante a las varias versiones del texto hebreo.

Para el segundo libro de Esdras, que aparte de algunos versículos no existe en versión griega, hemos basado nuestra traducción en el texto latino del libro de R. L. Bensly “El cuarto libro de Esdras”. Para todo hemos consultado las diferentes interpretaciones dadas en las ediciones críticas del griego, los textos de las versiones, y las sugerencias de editores y comentaristas. Las interpretaciones alternativas citadas de manuscritos griegos (a los que nos referiremos llamándolos testigos), y la evidencia de traducciones anteriores (Vss., esto es, versiones), se indican como notas de pié de página sólo cuando son importantes para el texto o para su significado. A aquellas partes en que el texto parece haber sufrido en el curso de la transmisión, y cuya redacción actual es obscura o ininteligible, les hemos hecho un leve cambio, destacado nuestra traducción como “lectura probable” y señalando cualquier evidencia que no sea la permitida por el contexto. Allí donde una interpretación alternativa merecía seria consideración, se la ha registrado como nota de pie de página indicándola con la conjunción “o”. Para preservar la numeración de versículos de la Versión Autorizada de 1611 (la Rey Jacobo), hemos agregado a pie de página, cuando ha sido necesario, aquellos pasajes de los manuscritos en los que en última instancia se basa la Versión Autorizada, pero que están ausentes de manuscritos anteriores disponibles hoy en día. No hemos tratado de ser más consistentes en el tratamiento de nombres propios que lo que fueron nuestros precursores; hemos continuado usando las formas inglesas tradicionales, especialmente al referirnos a conocidos personajes o lugares del Antiguo Testamento. A veces, como ayuda para la pronunciación correcta, hemos recurrido a expedientes tales como la introducción de un acento agudo, como a la palabra Sidé, o de un diptongo, como en nuestro Soud, en vez de Sud. En general se puede decir que el deletreo griego ha sido latinizado, pero el estilo griego de lugares y nombres no ha sido adaptado al hebreo.

No hemos aspirado a la consistencia en nuestro tratamiento de pesos y medidas, y hemos traducido los términos a los equivalentes ingleses más cercanos sólo cuando éstos parecían adecuados y naturales en el contexto. En el texto de los libros 1 y 2 Macabeos las fechas se cuentan según la era griega o selyúcida. Como ayuda al lector consignamos a pié de página las fechas más cercanas según la era cristiana.

Esta traducción de los Apócrifos comparte con otras partes de la Nueva Biblia Inglesa la aspiración de proporcionar una traducción que sea a la vez fiel al texto traducido y genuinamente inglés en idioma. Los traductores se han esforzado en transmitir el significado de la lengua original en lo que sería su más cercano equivalente natural; por un lado han intentado evitar paráfrasis libres y, por otro, la fidelidad formal que arrojaría una traducción que se leería como tal. Los traductores esperan que sus esfuerzos hayan hecho más inteligibles y fácilmente accesibles estos documentos, valiosos en sí mismos e indispensables para el estudio del transfondo del Nuevo Testamento.

El lugar de los Apócrifos

El lugar del Apócrifos en el Canon bíblico ha sido foco de controversia durante largo tiempo.

Escritos entre 200 (o un poco antes)-50 A.C., algunos de los libros contienen doctrinas no consensualmente aceptadas en esa época por los judíos, a saber, una clara enseñanza acerca de la resurrección del cuerpo (2 Macc.7.9-12) y angelología (Tob. 12,15), a ambas de las cuales se oponía el poderoso partido de los saduceos (Hechos 23,6-8). Entre los judíos surgieron cuestionamientos relativos a los Apócrifos, en la misma o en diferente forma que en los círculos cristianos, especialmente entre los autores eclesiásticos en contacto con la tradición hebrea. Algunos autores cristianos, entre ellos Agustín, pusieron estos libros a la par que el resto del Antiguo Testamento y los citaron igualmente. Jerónimo, a quien en 390 A.D. se le encomendara una nueva traducción de toda la Biblia al latín, estudió hebreo con un rabino. Su propósito explícito era traducir el Antiguo Testamento según "la verdad del hebreo original" (secundum Hebraicam veritatem), con el resultado de que se opuso a traducir los Apócrifos porque no estaban en hebreo. Finalmente se rindió a la presión de los obispos e incluyó estos escritos en la traducción que se llegó a conocer como Vulgata y que siguió siendo la traducción oficial de la iglesia latina por muchos siglos. Paradójicamente, el propio Jerónimo citó muy a menudo a los Apócrifos sin distinguirlos de los libros del Canon hebreo. Después de los decretos de los sínodos de Hipona (393 A.D.) y Cartago (397 A.D.), los Apócrifos fueron incluido uniformemente en el Canon de la iglesia latina. Sin embargo, las preguntas relativas a ellos continuaron planteándose hasta el Concilio de Trento en el siglo XVI.

Para los líderes de la Reforma del siglo XVI había sido natural, con su énfasis en la supremacía y pureza de la Biblia, rechazar los Apócrifos, especialmente porque los católicos recurrieron a éstos contra algunas de las posiciones básicas de la Reforma. En 1546 A.D. el Concilio de Trento publicó una lista de los libros que habrían de recibirse "con igual dedicación y reverencia", que incluía los Apócrifos, a excepción de 1 y 2 Esdras y de la Oración de Manasés. Con el tiempo, los católicos romanos llegaron a denominar "deuterocanónicos" a los Apócrifos, a diferencia de los libros "protocanónicos" del Canon hebreo. Esta designación especial no pretendía sugerir ningún status inferior, sino simplemente una recepción más tardía en el Canon que la de los libros protocanónicos. Para la Iglesia Ortodoxa de Oriente, el sínodo de Jerusalén (1672 A.D.) afirmó la validez del Canon más largo; sin embargo, no se ha tomado una decisión conciliar universalmente vinculante, y por lo tanto todavía hay diversidad de opiniones al respecto.

Hoy en día la cuestión del status canónico de los Apócrifos ya no se discute tan vehementemente ni en los círculos protestantes ni en los católicos. La crítica bíblica erudita ha mostrado la presencia de las mismas formas literarias tanto en los escritos proto como deuterocanónicos Uno de los resultados de la erudición bíblica en la segunda mitad del siglo XX ha sido reducir la controversia, aunque no eliminarla del todo, como lo evidencia la inclusión de estos libros en la Biblia actual, aunque en una localización y secuencia diferentes a la de las Biblias publicadas bajo auspicios exclusivamente católicos. Ahora los teólogos se encuentran cómodos con un concepto mucho más flexible de la inerrabilidad de la Escritura, y por ende de la inspiración, que el que era posible después de las grandes controversias religiosas del siglo XVI y antes de la investigación bíblica moderna en los siglos XIX y XX. Es menos probable que se juzgue la utilidad de un libro en base a su inclusión o exclusión del Canon, sino más bien por la luz que arroja para la comprensión del resto de la Biblia. Los Apócrifos tienen algo común con lo que hubo antes de ellos y con lo que los siguió; por lo tanto actúan como conexión entre el Antiguo y el Nuevos Testamento y así ayudan a entender uno y otro.


Susana

Información de carácter general

La historia de Susana se cuenta en el Libro de Susana en los Apócrifos. Falsamente acusada de adulterio por los ancianos que habían fallado en su tentativa de seducirla, y condenado a muerte, Susana es rescatado por Daniel, divinamente inspirado, cuyo hábil contrainterrogatorio expone a los acusadores.


Los Apócrifos, Arístides, Aristóbulo y los escritos pseudo-epigráficos

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Del libro 1, capítulo 3, Vida y época de Jesús el Mesías, por Alfred Edersheim

La traducción del Antiguo Testamento al griego se puede considerar punto de partida del helenismo. Hizo posible la esperanza que aquello que en su forma original había estado confinado a unos pocos, fuera accesible a todo el mundo, pero quedaba mucho por hacer. Si la religión del Antiguo Testamento había sido acercada al mundo griego del pensamiento, todavía quedaba aproximar a éste al judaísmo. Hay que encontrar una etapa intermedia, un terreno común en que ambos se puedan encontrar; alguna similitud original de espíritu al que se pudieran retrotraer sus divergencias posteriores, y donde ambos se pudieran finalmente reconciliar.

Como primera tentativa en esta dirección, primero en importancia, si no siempre en tiempo, destacamos la denominada literatura Apócrifa, la mayoría de la cual fue escrita en griego o es producto de judíos helenizados. [Todos los Apócrifos fueron escrito originalmente en griego, excepto 1 Macc., Judit, parte de Baruj, probablemente Tobías, y, por cierto, la 'Sabiduría de Jesús, hijo de Siraj'].

Su objeto general era doble. Primero, por cierto, era apologético, con el fin de llenar brechas en la historia del pensamiento judío, pero especialmente para fortalecer la mente judía contra ataques externos, y generalmente para ensalzar la dignidad de Israel. Así, no habría habido sarcasmo más aplastante contra el paganismo que la historia apócrifa de 'Belio y el dragón' o la llamada 'Epístola de Jeremías' con la que termina el libro de Baruj. El mismo tenor, sólo que en tonos más altos, resuena a través del libro de la 'Sabiduría de Salomón', junto con el permanente contraste entre el justo, Israel, y los pecadores, o incrédulos.

Pero el objetivo siguiente era mostrar que el pensamiento más profundo y puro del paganismo en su filosofía más alta apoyaba, es más, en algunos respectos era idéntico a la enseñanza fundamental del Antiguo Testamento. Esto, por supuesto, era apologético del Antiguo Testamento, pero también preparó el camino para una reconciliación con la filosofía griega. Esto se nota especialmente en el llamado Cuarto Libro de los Macabeos, tanto tiempo erróneamente atribuído a Josefo, y en la 'Sabiduría de Salomón'.

El primer postulado aquí sería el reconocimiento de verdades entre los Gentiles, que era el resultado de la Sabiduría, y ésta era revelación de Dios. Éste parece implícito ya en un libro tan sumamente judío como el 'Jesús, hijo de Siraj'. Desde luego, no podía haber alianza con el Epicureísmo, que era el polo opuesto del Antiguo Testamento. Pero la brillantez de las especulaciones de Platón iba a fascinar, y la severa autoabnegación del Estoicismo probaría ser casi igualmente atractiva; el uno mostraría por qué creían, el otro por qué vivían, como de hecho lo hicieron. Así la teología del Antiguo Testamento encontraría una base racional en la ontología de Platón, y una ética en la filosofía moral de los Estoicos. De hecho, éste es el mismo argumento que sigue Josefo en la conclusión de su tratado contra Apion. Esta era, entonces, una posición inatacable: desprecio del paganismo como tal, y base filosófica racional para el judaísmo. Estos alejandrinos no eran pensadores profundos sino agudos, y el resultado de sus especulaciones fue un curioso eclecticismo en el que se encuentran el Platonismo y el Estoicismo, a menudo heterogéneamente, codo a codo. Así, sin más detalles, se puede decir que el cuarto libro de los Macabeos es un tratado estoico judío acerca del tema estoico de la 'supremacía de la razón', donde la proposición inicial de que 'la razón piadosa desplaza absolutamente las pasiones' queda ilustrada con la historia del martirio de Eleazar y de la madre y sus siete hijos.

Por otra parte, la sublime 'Sabiduría de Salomón' contiene elementos platónicos y estoicos [Ewald (Historia del Pueblo de Israel) ha hecho un brillante bosquejo de ella, afirmando correctamente que se han exagerado sus elementos griegos; pero Bucher (Estudios del Logos) fracasa al negar absolutamente su presencia], quizá principalmente estos últimos, presentándose los unos junto a los otros. Es el caso de 'La sabiduría', que tan concretamente se presenta como estando casi hipostatizada.

Por supuesto, las observaciones antedichas no tienen por objeto menospreciar el gran valor de ese libro, original en sí mismo y en su enseñanza práctica, en su clara enunciación de una recompensa que aguarda al hombre, y en su importancia respecto a la revelación del Nuevo Testamento. Este se describe primero en el lenguaje estoico, y después en el del platonismo, como 'hálito del poder de Dios', 'influencia pura que fluye de la gloria del Todopoderoso', 'brillo de la luz eterna, espejo inmaculado del poder de Dios e imagen de su bondad'. Tenemos, asimismo, una enumeración estoica de las cuatro virtudes cardinales, templanza, prudencia, justicia y fortaleza, y próxima a ella, la idea platónica de la pre-existencia del alma, y del mundo y la materia que la presionan. El cómo tales opiniones apuntaban a la necesidad de una revelación perfecta desde lo alto, como en la Biblia, y su posibilidad racional, no necesita mayor demostración.

Pero ¿cómo asumió el judaísmo oriental esta literatura Apócrifa? Ello se grafica con un término que parece corresponder a nuestro 'Apócrifos': Sepharim Genuzim, 'libros escondidos', es decir, aquellos cuyo origen fue ocultado o que, más probablemente, fueron sustraídos al uso común o congregacional. Aunque por cierto a éstos se les distinguió cuidadosamente, como no sagrados, de las Escrituras canónicas, su uso no sólo fue permitido sino que a muchos se les cita en las obras Talmúdicas [en ellas se mencionan algunos libros Apócrifos que lamentablemente no han llegado hasta nosotros, entre ellos el 'Rollo de la edificación del Templo]. A este respecto se colocan en un pie muy distinto del de los llamados Sepharim Chitsonim, o 'libros externos' que probablemente incluyeron tanto aquéllos productos de cierta clase de literatura helenística judía, y del Siphrey Minim, o escrituras de herejes. Contra éstos el Rabinismo apenas encuentra términos suficientemente violentos, incluso excluir a quienes los leyeran, del mundo que va a venir. Esto, no sólo porque se les usaba en controversias, sino porque su influencia secreta sobre el judaísmo ortodoxo era muy temida.

Por razones similares, el judaísmo posterior prohibió el uso de los Apócrifos en la manera forma en que lo hizo con los Sepharim Chitsonim, pero su influencia ya se había hecho sentir. Los Apócrifos, ávidamente leídos no solamente por su glorificación del judaísmo sino porque eran, por así decir, lectura dudosa, que sin embargo permitía una ojeada al prohibido mundo griego, abrieron camino a otra literatura helenística, de la que hay trazas no reconocidas pero frecuentes en las obras Talmúdicas [no obstante, Siegfried, en “Filón de Alejandría”, quizás exagera el asunto].

A los que así intentaban soldar el pensamiento griego con la revelación hebrea, se les presentaban de inmediato dos obstáculos. Debían tratar de conectar a sus filósofos griegos con la Biblia, y encontrar, subyacente en la letra de la Escritura, un significado más profundo, que concordara con la verdad filosófica. En lo que dice relación con el texto de la Escritura, tenían un método a mano. Los filósofos estoicos se habían ocupado de encontrar un significado alegórico más profundo, especialmente en la obra de Homero. Aplicándolo a las historias míticas, o a las creencias populares, y rastreando el supuesto significado simbólico de los nombres, números, etc., llegó a ser fácil probar casi cualquier cosa, o extraer de estas verdades filosóficas principios éticos, e incluso los posteriores resultados de la ciencia natural. Tal proceso era peculiarmente agradable para la imaginación, y los resultados, a la vez asombrosos y satisfactorios, puesto que así como no se podían probar, tampoco se podían refutar.

Este método alegórico [distíngase éste cuidadosamente de la interpretación típica, que es profética, y de la mística, el misterio entendido espiritualmente] fue la bienvenida llave con la que los helenísticos pudieron acceder al tesoro oculto de las Escrituras. De hecho la encontramos aplicada tan temprano como en la 'Sabiduría de Salomón' [para no mencionar las interpretaciones más claras, como la de la serpiente descarada (Sabid. xvi 6, 7), y de la Caída (ii. 24), o de la opinión acerca de la historia primitiva del pueblo elegido, en el Cap. X]. Como ejemplos de interpretación alegórica podemos mencionar las del maná (xvi 26-28), y de las vestiduras del gran sacerdote (xviii 24), a las cuales sin duda se pueden añadir otras.

Pero no encuentro evidencia suficiente de este método alegórico en la ‘Sabiduría de Jesús, hijo de Siraj’. El razonamiento de Hartmann me parece muy errado. Al buscar interpretaciones alegóricas en los evangelios sinópticos, o cualquier conexión con el helenismo como las que Hartmann, Siegfried y Loesner les atribuyen, no descubro ninguna. La similitud de expresiones, o aún del pensamiento, no evidencia ninguna conexión interna. Del evangelio de San. Juan hablaremos más adelante. En las epístolas paulinas encontramos, como era de esperar, algunas interpretaciones alegóricas, principalmente en aquellas a los Corintios, tal vez debido a la relación de esa iglesia con Apolo. Comp. aquí 1 Cor. ix 9; x. 4; 2 Cor. iii. 16; Gál. iv. 21. De la Epístola a los Hebreos y del Apocalipsis no podemos hablar aquí].

Pero hasta entonces al helenismo apenas había salido del ámbito de la interpretación sobria. No es así en la carta del Pseudo-Arístides, a la que ya me referí. Aquí el simbolismo más extremo es puesto en boca del gran sacerdote Eleazar, para convencer a Arístides y a su co-embajador de que las disposiciones mosaicas referentes a los alimentos tenían no solamente una razón política –mantener a Israel separado de las naciones impías–, y sanitaria, sino principalmente un significado místico. Las aves que se permitía comer eran todas domésticas y puras y se alimentaban de maíz o vegetales, y lo contrario sucedía con las que quedaban prohibidas.

La primera lección que esto pretendía era que Israel debe ser justo y no buscar nada de los demás mediante la violencia, sino que, por así decir, imitar los hábitos de las aves que no les fueron prohibidas. La lección siguiente sería que cada uno debe aprender a dominar sus pasiones e inclinaciones. Del mismo modo, la orden relativa a las pezuñas hendidas apuntaba a la necesidad de separar el bien del mal; y aquélla sobre los rumiantes, a la necesidad de tener presentes a Dios y Su voluntad [un principio similar se aplicó a la prohibición de especies como la rata o la comadreja, no sólo porque destruyen todo, sino porque, por su modo de concebir y parir, simbolizaban el escuchar maledicencias y el hablar exagerado, mentiroso o malévolo].

De tal manera, según Arístides, el gran sacerdote fue recorriendo el catálogo de cosas prohibidas, y de animales que sacrificar, mostrando en su 'significado oculto' la majestad y santidad de la ley [Por cierto, Josefo adopta este método constantemente. Comp. por ejemplo, Ant. iii. 1. 6; 7. 7] .

Esto era una línea importante a tomar, y que en principio difería del método alegórico adoptado por los judíos orientales. No solamente los Dorshey Reshumoth [o Dorshey Chamuroth, buscadores de pasajes difíciles] o buscadores de sutilezas de la Escritura, de sus indicaciones, sino que incluso el Hagadista corriente emplearon, de hecho, interpretaciones alegóricas. Por eso Akiba reivindicó el lugar del 'Cantar de los cantares’ en el Canon. ¿No dice la Escritura: 'Una cosa habló Dios, dos son las que yo oí' [Salmo lxii 11; Sanh. 34 a] y esto no implicaba un significado doble, es más, no se podía la Torá explicar mediante muchos diversos métodos? [Los setenta idiomas en que se supone que se escribió la ley bajo el monte Ebal (Sotah vii. 5). No puedo dejar de pensar que esto en parte se refiere a los varios modos de interpretar la Sagrada Escritura, y que hay una alusión a este Shabb. 88 b, donde se cita el salmo lxviii 12, y a Jer. xxiii. 29, este último para mostrar que la palabra de Dios es como un martillo que rompe la roca en mil pedazos. Comp. Rashi en Gén. xxxiii. 20]. Por ejemplo, ¿qué era el agua que Israel buscó en el desierto, o el pan y vestiduras que Jacob pidió en Bethel, sino la Torá y la dignidad que ésta confería? Pero en todas éstas, e innumerables casos similares, la interpretación alegórica era solamente una aplicación de las Escrituras a propósitos homiléticos, no una búsqueda de la racionalidad subyacente, como la de los helenísticos.

Esto último los Rabinos lo habrían rechazado absolutamente, en su expreso principio de que 'la Escritura va no más allá de su significado llano' [quizás tendríamos que precisar aquí uno de los principios más importantes del Rabinismo, que ha sido pasado por alto casi enteramente en la crítica moderna del Talmud. Es éste: que cualquier mandato, no sólo de la ley divina, sino también de los rabinos, aún si se le hubiera impartido para un momento u ocasión particulares o por razones especiales, sigue en plena vigencia a menos que se le revoque expresamente (Bets. 5 b). Así Maimónides (Sepher ha Mitsv.) declara que la orden de extirpar a los canaanitas sigue siendo vinculante. Las inferencias en cuanto a la obligación perpetua, no solamente de la ley ceremonial, sino también de los sacrificios, serán obvias, y su incidencia sobre la controversia judía no necesita explicación. Comp. Gran Rabino Holdheim. d. Ceremonial Gesetz en Messasreich, 1845].

Los rabinos insistieron sistemáticamente en que no debemos buscar el objetivo y racionalidad últimos de una ley, sino suplemente obedecerla. Pero era esta misma racionalidad de la ley que los alejandrinos intentaron encontrar bajo su letra. Fue en este sentido que Aristóbulo, judío helenizado de Alejandría, [nacido hacia 160 A.C.] intentó explicar la Escritura. Sólo un fragmento de su obra, que parece haber sido un comentario al Pentateuco, dedicado al rey Tolomeo (Filometor), ha llegado hasta nosotros (por Clemente de Alejandría y por Eusebio. Según Clemente de Alejandría, su intención era 'resaltar la filosofía peripatética de la ley de Moisés y de los demás profetas').

Así, cuando se leía que Dios existe, significaba el orden estable del mundo; que lo creó en seis días, la sucesión ordenada del tiempo; el descanso del Sabbath, la preservación de lo creado. Y de este modo se podía encontrar en la Biblia todo el sistema de Aristóteles. Pero cómo había que entender esto? Por supuesto, la Biblia no había aprendido de Aristóteles, sino que éste y el resto de los filósofos habían aprendido de la Biblia. Así, según Aristóbulo, Pitágoras, Platón y el resto de los sabios realmente habían aprendido de Moisés, y las luces incompletas encontradas en sus escritos fueron unidos en toda su gloria en la Torá.

Era un camino tentador, y en el que no había quietud. Sólo quedaba fundamentar el método alegórico reduciéndolo a ciertos principios o cánones de la crítica, y formar la masa heterogénea de filosofemas griegos y teologúmenos judíos en un sistema, si no homogéneo, compacto. Esto fue obra de Filón de Alejandría, nacido hacia 20 A.C, pero no interesa aquí inquirir los lazos intermedios entre Aristóbulo y Filón. Un asunto distinto y más importante llama nuestra atención.

Si la filosofía griega antigua conocía las enseñanzas de Moisés ¿dónde estaba la evidencia histórica de ello? Si ésta no existía, había que inventarla de alguna manera. Orfeo era un nombre que se había prestado siempre para el fraude literario, y por ello Aristóbulo audazmente presenta falsas citas (suyas o de otros) de Hesíodo, Homero, Lino, pero especialmente de Orfeo, todas de molde bíblico y judío. Aristóbulo no fue ni el primero ni el último en cometer ese fraude. La Sibila judía representó audazmente y, según veremos, con éxito, los oráculos paganos, y esto abre, generalmente, un considerable panorama de la literatura judío-griega. En el siglo II, e incluso en el III antes de Cristo, había historiadores helenísticos tales como Eupolemo, Artapano, Demetrio y Arístides; y poetas trágicos y épicos, como Exequiel, el pseudo-Filón y Teódoto, que, en el estilo de los antiguos escritores clásicos, pero para sus propios propósitos, describieron ciertos períodos de la historia judía o cantaron temas tales como el Éxodo, Jerusalén, o la violación de Dina.

La mención de estas citas espurias conduce naturalmente a otra clase de la literatura adulterada que, aunque no es helenística, tiene muchos elementos en común con ella, y, aún cuando se originó con los judíos palestinos no es palestina, y ni siquiera se ha conservado en su idioma. Nos referimos a lo que se conoce como Pseudoepígrafos, o escritos Pseudonímicos, así llamados porque, con una sola excepción, llevan nombres falsos de autor. Es difícil ordenarlos de otra manera que cronológicamente, e incluso en ello subsiste la mayor diversidad de pareceres.

Su carácter general (con una excepción) se puede describir como anti-pagano, quizás misionero, pero principalmente apocalíptico. Son tentativas de tomar la tónica pulsada en las profecías de Daniel; deberíamos decir, más bien, de levantar el velo sólo parcialmente impuesto por él, y de señalar, tal como concernía a Israel y los reinos del mundo, hacia el pasado, presente y futuro a la luz del Reinado del Mesías. Aquí, si es que en alguna parte, podemos esperar encontrar rastros de la enseñanza del Nuevo Testamento; y sin embargo, en paralelo con frecuentes semejanzas de forma, prevalece la diferencia más grande, casi deberíamos decir contraste, de espíritu.

Muchas de estas obras han de haber perecido. En una de las últimas de ellas [Esdras xiv 44, 46] se las reduce a setenta, probablemente un número redondo en referencia al supuesto número de naciones en la Tierra, o a cada modo posible de interpretar las Escrituras. Se las describe como compuestas para 'los sabios entre la gente', probablemente aquellos a los que San Pablo designa, en el sentido cristiano, 'conocedores del tiempo' de la venida del Mesías [Rom xiii 11]. [La expresión de San Pablo parece utilizada aquí exactamente en el mismo sentido que en el hebreo tardío. Los LXX la traducen así en cinco pasajes (Ezr. v. 3; Dan. iv. 33; vi. 10; vii. 22, 25)].

Visto en esta luz, incorporan las aspiraciones más ardientes y las esperanzas más íntimas de aquellos que ansiaban el 'consuelo de Israel', así como ellos lo entendían [Por supuesto, conviene a autores judíos como el Dr. Jost, desaprobar el valor de los Pseudoepígrafos. El ardor de sus expectativas no se aviene con las teorías modernas, que eliminarían, si fuera posible, la esperanza mesiánica del antiguo judaísmo]. No debemos juzgar sus personificaciones de autores según nuestras ideas occidentales. Los escritos Pseudonímicos eran comunes en esa época, y un judío habría podido aducir que, incluso en el Antiguo Testamento, los libros habían sido titulados con nombres (tales como Samuel, Ruth, Ester) que abiertamente no eran los de sus autores. Si los inspirados poetas que cantaron en el espíritu, y reprodujeron las tribulaciones, de Asaf, adoptaron esa designación, y los hijos de Corá prefirieron ser conocidos por ese título, ¿no pudieron ellos, que ya no podían alegar la autoridad de la inspiración, llamar la atención hacia sus elocuciones adoptando los nombres de aquellos en cuyo ánimo declaraban escribir?

Los más interesantes, así como más antiguos, de estos libros son los conocidos como Libro de Enoc, Oráculos Sibilinos, Salterio de Salomón, y Libro de los Jubileos, o Pequeño Génesis. Aquí sólo se puede hacer la alusión más breve a los mismos. [Para una revisión abreviada de los 'Escritos Pseudepigráficos', véase apéndice I].

El libro de Enoc, cuyas partes más antiguas datan de siglo y medio antes de Cristo, nos llega de Palestina. Declara ser una visión concedida a ese patriarca, y narra la caída de los ángeles y sus consecuencias, y de lo que él vio y oyó en sus viajes de éxtasis en el cielo y la Tierra. Del más profundo, aunque a menudo triste, interés, es lo que dice del Reino de los cielo, del advenimiento del Mesías y su reino y de las cosas últimas. Por otra parte, los Oráculos Sibilinos, cuyas más antiguas porciones se remontan a alrededor de 160 A.C., provienen de Egipto. Es a éste solamente al que nos referimos aquí. Sus partes más interesantes son también las más características. En ellas los antiguos mitos paganos de las primeras edades del hombre se mezclan con anuncios del Antiguo Testamento, mientras que la Teogonía pagana se reformula en un molde judío. Así Noé llega a ser Urano; Shem, Saturno; Ham, Titán; y Jafet, Japeto.

Del mismo modo, tenemos fragmentos de antiguos oráculos paganos reformulados, por así decirlo, en edición judía. Lo más extraño es que las declaraciones de esta Sibila judaizante y judía parecen haber pasado por oráculos de las antiguos eritreos, que habían predicho la caída de Troya, y por los de la Sibila de Cuma que, en los primeros tiempos de Roma, Tarquino el Soberbio había depositado en el Capitolio. La colección de dieciocho himnos conocidos como Salterio de Salomón data de más de medio siglo antes de nuestra era. No hay duda de que el original era hebreo, aunque respiran un espíritu algo helenístico; expresan ardientes aspiraciones mesiánicas, y una fe firme en la Resurrección y en recompensas y castigos eternos.

Diferente en carácter respecto de las obras precedentes es el Libro de los Jubileos, así llamado por su orden cronológico en 'períodos de Jubileo', o 'Pequeño Génesis'. Es principalmente una especie de suplemento legendario al Libro del Génesis, con el objetivo de explicar algunas de sus dificultades históricas y llenar sus lagunas históricas. Fue escrito probablemente alrededor de la época de Cristo, lo que le da un interés especial, por un palestino, y en hebreo, o más bien en arameo. Pero, como el resto de la literatura apócrifa y Pseudepigráfica proveniente de Palestina, o que fue escrita originalmente en hebreo, ya no lo tenemos en ese idioma, sino solamente traducido. Si hacemos una retrospectiva de esta breve revisión de la literatura helenística y pseudoepigráfica, no dejaremos de percibir, por un lado, el desarrollo de lo antiguo, y por el otro, una preparación para lo nuevo, es decir, la magnífica expectativa abierta, y la magnífica preparación para ella. Sólo faltaba un paso para completar lo que el helenismo había comenzado. Esa completitud vino por intermedio de uno que, aunque no tocado por el evangelio, quizás más preparado que cualquiera de sus co-religionarios los judíos, y sus compatriotas griegos, para la nueva enseñanza –que de hecho fue presentada por muchos de sus primeros partidarios en la forma que habían aprendido de él. Ese hombre era el judío Filón de Alejandría.


Apócrifos

Información católica avanzada

(Antiguo y Nuevo Testamentos)

Este artículo se refiere a aquellas obras que pretenden haber sido escritas por personajes bíblicos o por hombres íntimamente relacionados con ellos. Libros conocidos, como El Pastor de Hermas, la Epístola de Bernabé, la Didajé (enseñanza) de los Doce Apóstoles, y el Canon y Constituciones Apostólicas, aunque anteriormente apócrifos, realmente pertenecen a la literatura patrística, y se las considera independientemente. Se ha estimado adecuado clasificar los apócrifos de la Biblia según su origen, en vez de seguir la engañosa distribución de los mismos entre el Antiguo y el Nuevo Testamento. En términos amplios, los apócrifos de origen judío son equiparables a lo que se estila en el Antiguo Testamento, y los de origen cristiano, a los apócrifos del Nuevo Testamento.

Nombre y noción

Etimológicamente, la derivación de “Apócrifa” es muy simple: del griego apokryphos, ocultos, que es el plural neutral del adjetivo. Cuando se refiere a un solo libro, lo legítimo y conveniente es el uso del singular, “Apócrifon". Aprehender el sentido literario del término no es tarea fácil. Fue empleado de varias maneras por los primeros autores patrísticos, que a veces perdieron enteramente de vista la etimología; así, entre algunos de ellos tiene la connotación de “no canónico”. Evidentemente, San Jerónimo aplicó el término a todos los libros cuasi-escriturales que, a su juicio, quedaban fuera del canon de la Biblia; y los reformadores protestantes, siguiendo el catálogo de Jerónimo de escrituras del Antiguo Testamento –catálogo que era a la vez erróneo y singular entre los Padres de la Iglesia– aplicaron el término Apócrifo a aquello en que el canon católico excedía al de los judíos. Naturalmente, los católicos se negaron a admitir tal denominación, y usan “deuterocanónicos” para designar a esa literatura, que los no católicos llaman, convencional y erróneamente, “apócrifos”.

El sentido original y correcto del término apocrypho, tal como se le aplica a libros supuestamente sagrados, se disipó muy pronto, pero se puede tener una clave del mismo en el llamado Cuarto Libro de Esdras, que relata que por inspiración divina, Estrus (Era) escribió 94 libros. De ésos, 24 fueron restauraciones de la literatura sagrada de los israelitas que se había perdido durante el Cautiverio; había que publicarlos abiertamente, pero los restantes debían ser guardados en secreto para uso exclusivo de los sabios (cf. Dan., ix, 4, 9, en que al profeta se le ha mandado guardar silencio y sellar un libro inspirado, hasta el momento oportuno). Consecuentemente, se puede aceptar como muy probable que en su significado original, “apócrifo” no tenía una connotación negativa, sino que simplemente designaba una composición que declaraba raigambre sagrada y que se suponía había estado oculta durante generaciones, ya sea absolutamente, esperando el instante propicio para su revelación, o relativamente, en tanto el conocimiento de la misma estaba confinado a un círculo esotérico limitado. Sin embargo, la palabra Apócrifo pronto llegó a tener un significado desfavorable que aún conserva, abarcando tanto falta de autenticidad como de canonicidad. Estos son los aspectos negativos de la aplicación moderna del término; en lo positivo, está bien empleado sólo en un tipo bien definido de literatura con pretensiones escriturales o cuasiescriturales, surgida en parte entre los hebreos durante los dos siglos anteriores a Cristo y en un plazo posterior, y en parte entre cristianos ortodoxos y heterodoxos, en los primeros siglos de nuestra era.

I. APÓCRIFOS DE ORIGEN JUDÍO

La literatura antigua, especialmente en Oriente, usaba métodos mucho más libres y flexibles que los permitidos por nuestra cultura moderna y occidental. Las construcciones pseudográficas estaban en boga entre los judíos de dos siglos antes de Cristo y de una etapa posterior. La atribución de un gran nombre de un pasado distante para un libro por su real autor, que borraba así su propia personalidad, era al menos en algunos casos una mera ficción literaria que no engañaba a nadie sino a los ignorantes. Esto es válido para la llamada “Sabiduría de Salomón”, escrita en griego y perteneciente al sagrado canon de la iglesia. En otros casos, en los que el nombre supuesto no pasaba por símbolo de un cierto tipo o clase de literatura, la intención no dejaba de tener al menos un grado de deshonestidad literaria objetiva.

(1) Apocalipsis judíos

Los más importantes y valiosos de los apócrifos judíos que aún existen son aquellos que tienen un gran elemento apocalíptico, que pretende contener visiones y revelaciones del mundo desconocido y del futuro mesiánico. La literatura judía apocalíptica es un tema que merece y ha recibido creciente atención de todos los interesados en el desarrollo del pensamiento religioso de Israel, ese conjunto de conceptos y tendencias en los que se encuentran las raíces de los grandes principios doctrinales del mismo cristianismo, puesto que su Divino Fundador tomó Su generación temporal desde el judaísmo ortodoxo. Los apocalipsis judíos proporcionan los eslabones faltantes en el progreso de la teología judía y llenan lo que de otro modo sería una brecha, aunque pequeña, entre la avanzada etapa marcada por los libros deuterocanónicos y su plena madurez en el tiempo de Nuestro Señor; una madurez tan relativamente perfecta que Jesús pudo suponerla embebida en la conciencia popular, sin enseñar de novo las doctrinas de la retribución futura, la resurrección del cuerpo y la existencia, naturaleza y función de los ángeles. El escrito apocalíptico judío es un intento de llenar el lugar de la profecía, que había muerto hacía siglos, y tiene sus inicios en los oráculos sagrados de Israel. En su lado humano, la profecía hebrea tenía sus fuentes, ocasiones y objetivos inmediatos en el presente; los profetas eran hombres inspirados que encontraban motivos de consuelo, y de reprobación y advertencia, en las condiciones efectivas de la vida teocrática de Israel. Pero cuando los siglos hubieron pasado y las refulgente promesas mesiánicas de los profetas no se materializaron; cuando el pueblo judío había padecido, no durante dos o tres, sino muchas generaciones, bajo el amargo yugo de amos extranjeros o la reiterada presión de Estados paganos, espíritus reflexivos y fervientes, no hallando esperanzas en el actual orden de cosas, miraron más allá de la Tierra y fijaron su vista en un mundo ideal donde la justicia de Dios reinaría sin impedimentos, para gloria eterna de Israel como nación y en sus fieles miembros, y para la total destrucción y eterno tormento de los opresores gentiles y de los inicuos. La literatura apocalíptica era a la vez un mensaje de consuelo y un esfuerzo por solucionar el problema del sufrimiento de los justos y la aparente desesperanza del cumplimiento de las profecías sobre la soberanía de Israel sobre la Tierra. Pero la inevitable consecuencia de la desconfianza apocalíptica respecto de todo lo presente era su suposición sobre el pasado remoto y clásico; en otras palabras, su carácter pseudónimo.

Basándose naturalmente en el Pentateuco y en los Profetas, se revestía ficticiamente de la autoridad de un patriarca o profeta al que se hacía revelar el futuro trascendente. Mas en sus esfuerzos por ajustar este futuro a la historia a su alcance, los autores apocalípticos desarrollaban también una filosofía del comienzo y progreso de las cosas mundanas. Entre los rasgos distintivos de lo apocalíptico judío se cuentan una visión más amplia de la política mundial y una especulación cosmológica comprehensiva. Daniel es el libro del Antiguo Testamento con el que los apocalipsis no inspirados tienen la mayor afinidad, y evidentemente proporcionó ideas a muchos de éstos. Un elemento apocalíptico en los profetas, en Zacarías (i-vi), Tobías (xii), puede remontarse a las visiones de Exequiel que forman el prototipo de lo apocalíptico; todo esto incidió en la nueva literatura. Por cierto, el mesianismo juega una parte importante en la escatología apocalíptica y en ciertos libros la idea del Mesías alcanzó un enorme desarrollo, pero incluso cuando es trascendente y mística, es intensa, casi fanáticamente nacional, y rodeada de detalles imaginativos y a menudo extravagantes. Carece de la perspectiva universal de algunos de los profetas, especialmente el deutero Isaías, y está lejos de tener una fisiognomía uniforme y consistente. A veces el reino mesiánico es puesto por encima de la Tierra transfigurada, centrado en una nueva Jerusalén; en otros escritos se le eleva hasta el cielo; en algunos libros falta el Mesías o aparentemente es humano, mientras que las Parábolas de Enoj, con su Mesías pre-existente, marca el punto más alto del desarrollo del concepto mesiánico en todo el rango de la literatura hebrea.

(a) Libro de Enoj (Etíope)

Véase el artículo del mismo título en la Enciclopedia Católica.

(b) Asunción de Moisés

En "De Principiis", III, ii, 1, Orígenes identifica la Asunción de Moisés – Analepsis Mouseos– como el libro citado por la Epístola de Judas, 9, donde se cuenta de una disputa entre Miguel y Satán por el cuerpo de Moisés. Aparte de otras pocas referencias breves en la literatura patrística, no se conocía nada más de este apócrifo hasta que en 1861 Ceriani descubrió en la Biblioteca Ambrosiana de Milán el manuscrito latino con un largo extracto del mismo y lo publicó. Su condición de texto antiguo se estableció por una cita del mismo en las Actas del Concilio de Nicea. El libro pretende ser una serie de predicciones entregadas por escrito a la custodia de Josué (Joshua) por Moisés cuando éste, en vista de la inminencia de su muerte, nombró a aquél como su sucesor.

El notorio propósito de estas consideraciones es confirmar las leyes mosaicas y las admoniciones del Deuteronomio; se bosqueja toda la historia de Israel. En un estilo vehemente y brillante el texto delinea bajo su aspecto profético, la impiedad de los gobernantes asmoneos de Israel y de los sacerdotes saduceos. La alusiones históricas llegan hasta el reinado de un insolente monarca que no es otro que Herodes el Grande, y un poderosos líder que vendrá de occidente y subyugará al pueblo –referencia a la expedición punitiva de Quintilius Varus, 4 A.C. Pero el Mesías va a intervenir y a volcar la ira divina sobre los enemigos de la nación, y un cataclismo de la naturaleza, descrito con grandiosidad verdaderamente apocalíptica, precederá el comienzo de la nueva era. Extrañamente, no hay mención de la resurrección ni del juicio de personas; el libro vuelve luego a los hechos de Moisés y de Josué, y se interrumpe abruptamente en el capítulo xii, y la parte citada por Judas debe haber pertenecido a la conclusión perdida. Con sólidas razones, este apocalipsis ha sido asignado a los primeros años posteriores a la muerte de Herodes, entre 4 A.C: y 10 D.C. Es evidente que ninguno de los hijos de Herodes, Filipo y Antipas, había reinado treinta y cuatro años todavía, dado que el autor, aventurando una predicción que probaría ser falsa, dice que los hijos tendrían reinados más cortos que los de su padre. Así, la fecha más tardía de composición se ha fijado en 30 A.D. El autor era judío, muy probablemente palestino; no era fariseo de los de la época de Cristo ni saduceo, puesto que denigra a unos y otros. Debe haber sido ya sea zelote, es decir, un ultra nacionalista y mesianista, o ferviente esenio, y escribía en hebreo o arameo. El texto latino es traducción de la versión griega.

(c) Libro de los secretos de Enoj (Enoj Eslavónico)

En 1892 llamaron la atención unos manuscritos eslavos cuyo análisis probó que contenían un Libro de Enoj completamente diferente al de la compilación etiópica. El “Libro de los secretos de Enoj” contiene pasajes que satisfacen alusiones de Orígenes, a las que no hay nada correspondiente en el Enoj etiópico; lo mismo se puede decir de citas en el “Testamento de los doce patriarcas”. La evidencia interna es que el nuevo Enoj fue elaborado en griego por un judío alejandrino de los comienzos de nuestra era. La obra se diferencia notoriamente del libro más antiguo por la ausencia de un mesías y la falta de referencias a la resurrección de los muertos. Mezcla muchos pormenores curiosos acerca del reino celestial, los ángeles y las estrellas, con avanzadas ideas sobre el destino del hombre, la excelencia moral y el castigo del pecado. El patriarca es llevado a través de los siete cielos hasta el trono mismo del Eterno. Algunos de los detalles arrojan interesante luz sobre varias alusiones oscuras en la Biblia, tales como los cielos superpuestos, la presencia de poderes malignos “en lugares celestiales”, y las extrañas criaturas llenas de ojos de Exequiel.

(d) Cuarto Libro de Esdras

El personaje que hace de pantalla del autor real de este libro es Esdras (Ezra), sacerdote escriba y conductor de los israelitas que volvieron de Babilonia a Jerusalén. El que haya dos libros canónicos asociados a ese nombre, junto con un genuino talento literario, un espíritu profundamente religioso que permea el IV Esdras, y algunos puntos mesiánicos de contacto con los evangelios, se combinaron para ganarle entre los cristianos una aceptación no igualada por ningún otro apócrifo. Tanto los Padres griegos como latinos lo citan como profético, a la vez que otros, como Ambrosio, eran sus ardientes admiradores; únicamente Jerónimo se opone abiertamente a él. Resulta notorio que, a pesar de esa difundida admiración en los primeros tiempos, el libro nunca lograra un lugar en el canon o en la liturgia de la Iglesia. No obstante, durante toda la Edad Media mantuvo una posición intermedia entre los manuscritos canónicos y los meramente humanos, e incluso después del Concilio de Trento se le puso, junto con III Esdras, en el apéndice a la edición oficial de la Vulgata.

Además del texto griego primigenio, que no se ha conservado, el libro figura en versiones latina, siríaca, armenia, etiópica y árabiga; el capítulo primero y los dos últimos de la transcripción latina no existen en las orientales, y fueron añadidos por una mano cristiana. Y aún así no debe dudarse en relegar el Cuarto Libro de Esdras a las filas de los apócrifos. Para no insistir en la alusión al Libro de Daniel en xii, 11, la fecha dada en la primera versión (iii,1) es errónea, y todo el tenor y carácter del manuscrito lo ubica en la época de la literatura apocalíptica; la datación crítica dominante lo atribuye a un judío del reinado de Domiciano, 81-96 A.D. Ciertamente fué forjado un poco antes de 218 A.D., puesto que Clemente de Alejandría lo cita expresamente. El texto original, iii-xiv, es de una pieza y labor de un solo autor. El motivo del libro es el problema que abrumaba a los patriotas judíos después de la destrucción de Jerusalén por Tito. La perspectiva era de lo más oscura y la vida nacional pareció absolutamente extinguida; por consiguiente, un ánimo angustiado y triste permea el documento, y el autor, haciéndose pasar por Esdras lamentándose de la ruina de la primera ciudad y templo, busca insistentemente penetrar la razón del aparente abandono de Dios a Su pueblo y el incumplimiento de Sus promesas. El autor querría conocer el futuro de su nación, y este interés atenúa el universalismo del libro. El Apocalipsis se compone de siete visiones. El mesianismo de IV Esdras sufre el desaliento de la época y está afectado por las condiciones determinadas por el advenimiento del cristianismo. Su Mesías es mortal, y su reino, uno de mera felicidad sobre la Tierra. Asimismo, la escatología trabaja con dos elementos en conflicto: la redención de todo Israel y el pequeño número de los elegidos; toda la humanidad pecó con Adán. Los no católicos suelen llamar Segundo Esdras al IV Libro de Esdras, ya que aplican la forma hebrea Ezra a los libros canónicos.

(e) Apocalipsis de Baruj

Durante largo tiempo se conoció un fragmento latino, los capítulos lxxviii-lxxxvii, de este pseudográfico. En 1866 un texto siríaco completo fue descubierto por monseñor Ceriani, cuyas investigaciones en la Biblioteca Ambrosiana de Milán tanto han enriquecido el campo de la literatura antigua. Dicho texto es una traducción del griego; el original fue redactado en hebreo. Hay una íntima relación entre este apocalipsis y el de IV Esdras, pero los críticos se han dividido en torno a cuál de ellos influenció al otro. Las probabilidades favorecen la hipótesis de que el Baruj apócrifo es una imitación del Esdras y por lo tanto es posterior. Las fechas aproximadas asignadas a aquél van desde 50-117 A.D. El “Apocalipsis de Baruj” es un trabajo algo artificial, sin la originalidad y fuerza de IV Esdras. En parte trata de los mismos problemas, esto es, las aflicciones del pueblo teocrático y su triunfo final sobre sus opresores. Cuando a ciertos sus pasajes se les libra de sus manifiestas interpolaciones cristianas, su mesianismo en general es terrenal, pero en la parte final del libro el reinado del Mesías tiende inequívocamente a una concepción más espiritual. Como en IV Esdras, el pecado es atribuído a la desobediencia de Adán. Se da a la ley una importancia mayor que en la composición relacionada, y los puntos de contacto con el Nuevo Testamento son más asombrosos. El autor era un fariseo, pero uno que, pese a adoptar una visión típicamente judía, conocía las escrituras cristianas y tomó libremente su contribución. Algunos estudiosos recientes del “Apocalipsis de Baruj” han visto en él un trabajo ensamblado, pero la mayoría de los críticos se inclinan con mayor razón por su unidad. El libro es extenso; habla de la persona de Baruj, secretario de Jeremías. Comienza con un palpable error cronológico: Baruj anuncia la condena de la ciudad y el templo de Jerusalén de la época babilónica. No obstante no serán los caldeos, sino los ángeles, los que llevarán a cabo la destrucción. Otra ciudad santa, preexistente, es preservada por Dios, ya que el mundo no puede existir sin una Jerusalén. La artificialidad y tedio del apocalipsis se redimen por su singular amplitud de visión y elevación de doctrina, con la limitación señalada.

(f) Apocalipsis de Abraham

El Apocalipsis de Abraham ha sido traducido recientemente del eslavónico al alemán. Relata las circunstancias de la conversión de Abraham y las visiones que de allí le fueron concedidas. Su guía en el reino celestial es Yael, un ángel distinto de Dios pero que en ciertos aspectos posee poderes divinos. El trabajo tiene afinidades con IV Esdras y con el “Apocalipsis de Baruj”. La raíz del mal se imputa a la libre voluntad de hombre. El Elegido, o Mesías, juntará a las tribus dispersas, pero sólo Dios castigará a los enemigos de Israel. El particularismo y la trascendencia de la última etapa cósmica son lo característico de este Apocalipsis. Sus antecedentes, empero, son tan vagos que es imposible precisar la época de su elaboración.

(g) Apocalipsis de Daniel

El Apocalipsis de Daniel es labor de un judío persa del siglo XII, y es único en cuanto a que predice dos mesías: uno, hijo de José (Cristo), cuya carrera termina en su fracaso y muerte; el otro, hijo de David, liberará a Israel y reinará gloriosamente sobre la Tierra.

(2) Apócrifos legendarios de origen judío

(a) Libro de Jubileos o Pequeño Génesis

Epifanio, Jerónimo y otros citan un volumen con el título de “Los jubileos” o “El pequeño Génesis”; San Jerónimo testifica que el original era en hebreo. Lo citan autores bizantinos hasta el siglo XII. Posteriormente no se sabe nada de él hasta que se le encontró en un manuscrito etiópico en el siglo XIX. También se ha recuperado un considerable fragmento en latín. El Libro de los Jubileos es la narración del Génesis ampliada y embellecida por un judío del período fariseo; pretende ser una revelación hecha a Moisés por el “Angel del rostro”. Hay una cronología muy sistemática según años, semanas de años y jubileos; se adscribe un origen patriarcal a todas las grandes celebraciones judías y la angelología está muy desarrollada, pero el autor no cree en la resurrección del cuerpo. Se insiste en la observancia de la Ley. Es difícil determinar la fecha o el círculo religioso en que surgió este trabajo: Jerusalén y el Templo aún resistían y se cita el Libro de Enoj. En cuanto a la cifra más temprana, el libro se emplea en la parte judía del “Testamento de los doce patriarcas”; las estimaciones varían entre 135 A.C. y 60 A.D. Entre los apócrifos judíos perdidos, éste es especialmente valioso.

(b) Libro de Janes y Mambres

II Tim. iii, 8, aplica este nombre a los magos egipcios que reprodujeron algunas de las maravillas realizadas por Moisés; los nombres no se encuentran en el Antiguo Testamento. Orígenes hace notar que San Pablo no cita “de escritos públicos sino de un libro sagrado llamado Janes y Mambres”. Estos nombres le eran conocidos a Plinio, y figuran en las tradiciones talmúdicas. Recientemente R. James, en la “Revista de Estudios Teológicos”, 1901, II, 572- 577, declara haber encontrado un fragmento de este apócrifo perdido, en versiones en latín y en inglés antiguo.

(c) Tercer Libro de Esdras

También éste es el título de los no católicos para el Primer Libro de Esdras, puesto que ellos dan al primer Esdras canónico la forma hebrea de Ezra. El III Esdras es uno de los tres libros no canónicos anexados a la edición oficial de la Vulgata. Está en dos de los más antiguos códices del Septuaginto, que son el Vaticano y el Alejandrino, donde precede al Esdras canónico, como también en el Antiguo Manuscrito Latino y en otras versiones. III Esdras gozó de excepcional favor en los primeros tiempos de la iglesia, siendo citado como escritura con implícita fé por los padres griegos y latinos (véase Cornely, Introductio Generalis, I, 201). Sin embargo San Jerónimo, el gran minimizador de la literatura sagrada, lo rechazó como apócrifo y desde entonces su status disminuyó. De hecho, el libro está armado en su mayor parte con material tomado de los libros inspirados de Paralipómenos, Esdras, y Nehemías, organizados en gran confusión cronológica. Debemos conjeturar que es posterior a tales Escrituras, puesto que incuestionablemente fue redactado en griego por un judío alejandrino. La única parte original del trabajo son los capítulos iii-v, 6. Estos relatan una competencia entre tres jóvenes hebreos de la guardia personal del rey Darío, en que cada uno trata de formular el dicho más sabio. El triunfo se le concede a Zorobabel, que defiende la Verdad como la mayor fuerza, y el público grita: “¡Grande es la Verdad y poderosa por sobre todas las cosas!” (Magna est veritas et proevalebit). La fecha de composición no es estimable sino dentro de cotas muy amplias. Estas están, por un lado, c. 300 A.C., fase postrera asignada a Paralipómenos–Esdras–Nehemías, y por el otro, c. 100 A.D., época de Josefo, que recurrió al III Esdras. Hay una gran probabilidad de que la composición haya sido hecha antes de nuestra era.

(d) Tercer Libro de los Macabeos

Este es el título dado a una corta narración que se encuentra en el Códice Alejandrino de la versión Septuaginta y en varios manuscritos privados. Da cuenta de un intento de profanación del Templo de Jerusalén por el rey egipcio Ptolomeo IV (Filopator) luego de su victoria sobre Antíoco el Grande en Rafia, 217 A.C., y de la milagrosa frustración de su intención de vengarse de los judíos egipcios con una masacre con elefantes. Este apócrifo abunda en absurdos e imposibilidades psicológicas, y es una muy débil ficción escrita en griego por un judío alejandrino, probablemente con el objetivo de alentar a sus compatriotas en medio de las persecuciones. Se basa en hechos históricos no comprobables, pero aparentemente es una versión variada y extravagante de lo relatado por Josefo, “Contra Apión”, 1I, 5. La fecha no se puede determinar. Puesto que el libro demuestra conocer las adiciones griegas a Daniel, no puede ser anterior al siglo I A.C., y difícilmente habría logrado favor entre los cristianos si fuera posterior al siglo I A.D. La Iglesia Siria fue la primera en acogerlo, posiblemente persuadida por su inclusión en la Constitución Apostólica. Más tarde III Macabeos fue admitido en el canon de la Iglesia Griega, pero parece no haber sido conocido nunca por los latinos.

(3) Salmos y oraciones apócrifos

(a) Salmos de Salomón

Este es un conjunto de dieciocho salmos redactados en hebreo por, según hay consenso, un fariseo de Palestina alrededor de 63 A.C., fecha de la captura de Jerusalén por Pompeyo. El conjunto no pretende la autoría de Salomón, de modo que en estricto rigor no es apócrifa; el nombre del sabio rey le fue asociado posteriormente, y sin duda fue el medio para preservarla. El espíritu de estos salmos es de gran honestidad y rectitud morales, pero es la rectitud de los fariseos, consistente en la observancia de las tradiciones legales y la ley ceremonial. Denuncia a la dinastía asmonea y a los saduceos; espera un libertador mesiánico, que será meramente humano y que reinará en santidad y justicia y no por la espada; enseña la libertad de la voluntad y la resurrección. Los Salmos de Salomón son valiosos porque ilustran las opiniones y actitudes religiosas de los fariseos en tiempos de Nuestro Señor. Los manuscritos del Septuaginto contienen al final de los Salmos canónicos, un salmo corto (cli) que está, empero, “fuera del número”, es decir, de los Salmos. Su título reza “Este salmo fue compuesto por el propio David además de los otros, cuando había luchado contra Goliat”. Se apoya en varios pasajes del Antiguo Testamento, y no hay pruebas de que alguna vez hubiera sido escrito en hebreo.

(b) Plegaria de Manasés

Es una hermosa oración puesta en boca de Manasés, rey de Judá, que hasta entonces cargaba la abominación de la idolatría. La composición se basa en II Paralipómenos, xxxiii, 11-13, que señala que Manasés fue llevado cautivo a Babilonia y que allí se arrepintió, mientras que la misma fuente (18) se refiere a su oración como consignada en ciertas crónicas perdidas. Las opiniones eruditas difieren en si la Plegaria que ha llegado hasta nosotros fué escrita en hebreo o en griego. Varios manuscritos antiguos del Septuaginto la incluyen como un apéndice a los Salmos; también está incorporada en la antigua Constitución Apostólica. En ediciones de la Vulgata anteriores al Concilio de Trento se la ubicaba después de los Paralipómenos; la Vulgata Clementina lo relegó al apéndice, donde aún se le encuentra en reimpresiones del texto estándar. La Plegaria exuda cierto espíritu cristiano, y no es del todo seguro que efectivamente sea de raíz judía.

(4) Filosofía judía

(a) Cuarto Libro de los Macabeos

Este es un breve tratado sobre la supremacía de la razón piadosa, esto es, la razón regulada por la ley divina, que para el autor es la Ley Mosaica. Al establecer la razón como ama de la pasión humana, el autor estaba claramente influenciado por la filosofía estoica. De ella derivó también sus cuatro virtudes cardinales: prudencia, rectitud (o justicia), fortaleza y templanza: phronesis, dikaiosyne, andreia, sophrosyne; y fue a través de IV Macabeos que los tempranos autores cristianos ascéticos hicieron suya esta categoría. La segunda parte del libro describe los sufrimientos de Eleazar y los siete hermanos macabeos como ejemplos del dominio de la razón piadosa. El objetivo del desconocido autor judío helenístico era inculcar devoción por la Ley. La obra fue erróneamente atribuída a Josefo por Eusebio y otros; parece haber sido escrita antes de la caída de Jerusalén, pero la fecha es materia de conjetura.

II. APOCRIFOS DE ORIGEN JUDÍO CON ADICIONES CRISTIANAS

(a) Oráculos sibilinos

Véase el artículo del mismo título en la Enciclopedia Católica.

(b) Testamentos de los Doce Patriarcas

Este es un extenso pseudoepígrafo consistente en

1. relatos en que cada uno de los doce hijos de Jacob cuenta su vida, con los datos bíblicos adornados por expansiones Midráshicas;

2. exhortaciones de cada patriarca a la práctica de las virtudes, o el abandono de vicios ilustrados en su propia vida;

3. partes apocalípticas sobre el futuro de las doce tribus y los tiempos mesiánicos.

Lo medular de este trabajo es indudablemente judaico, pero hay muchas interpolaciones de inequívoco origen cristiano que en conjunto presentan una cristología bastante completa, aunque sospechosa de docetismo. Los estudiosos recientes de los Testamentos ubican el sustrato judío con gran probabilidad en el período asmoneo, entre las cotas 135-63 A.C. Las partes que ensalzan a las tribus de Leví y Judá se interpretan como una apología a los reyes-pontífices asmoneos; se supone que aún existen las diez tribus restantes, y se les urge a ser fieles a los representantes del poder real y sacerdotal. En esta defensa de la dinastía macabea, y por un autor de tendencias fariseas, probablemente sacerdote, los Testamentos son únicos en la literatura judía. Cierto es que hay pasajes en los que la casta sacerdotal y las tribus gobernantes son denunciadas sin excepción, pero evidentemente se trata de insertos tardíos. La escatología es más bien avanzada: el Mesías saldrá de la tribu de Levi (en otra parte, de la de Judá); será el Sumo Sacerdote eterno –rasgo único del libro– así como el gobernante civil de la nación.

Durante su reinado el pecado acabará gradualmente, las puertas del paraíso se abrirán y los israelitas y gentiles convertidos habitarán allí y comerán del árbol de la vida. Por ende, el reino mesiánico será eterno sobre la Tierra, en lo que concuerda con el Enoj etiópico. Los Testamentos están completos en versiones griega, armenia, latina y eslava, y se han conservado fragmentos en arameo y siríaco.

(c) Ascensión de Isaías

La Ascensión de Isaías tiene dos partes:

1. Martirio de Isaías, en el que se dice que el profeta fue mandado a aserrar en dos por el pérfido rey Manasés

2. Ascensión propiamente tal.

Esta pretende ser la descripción de Isaías, de una visión en que fue sustraído a través de los siete cielos en presencia de la Trinidad, y asistió al descenso del Hijo, “el Amado”, a Su misión de redención. El profeta cambia de forma al pasar a través de los círculos celestiales inferiores; vé entonces al Amado reascendiendo. El Martirio es un escrito judío, excepto algunas interpolaciones bastante largas; el resto es de manos cristianas o tal vez de un solo autor, que unió su apocalipsis con el Martirio. Hay indicios de que el elemento cristiano es producto del gnosticismo, y de que nuestra obra es la misma que aquélla que, bajo el nombre de “Anabaticón” o “Ascensión de Isaías”, gozó de gran favor entre varias sectas heréticas. Se cree que la parte judía apareció en el siglo I de nuestra era, y lo restante, a mediados del siglo II. Justino, Tertuliano y Orígenes parecen haber conocido el Martirio, en tanto que Jerónimo y Epifanio son los primeros testigos para la Ascensión. El apócrifo está en manuscritos griegos, etiópicos y eslavónicos.

(d) Apócrifos judeo-cristianos menores

El espacio permite sólo la enumeración de ejemplos no importantes de literatura apócrifa, preservados completos o en parte, y que consisten en

Probablemente haya que incluir en este segundo grupo los "Testamentos de Job" y "Zacarías", el "Libro de Adán”, el "Libro de la Creación", la "Historia de Afikia" (mujer de Jesús Siraj). Como norma general, estas obras aparecieron en Oriente, y en muchos casos muestran tendencias gnósticas. Se encontrará Información adicional acerca de algunas de ellas al final de los artículos sobre esos personajes.

III. APOCRIFOS DE ORIGEN CRISTIANO

El término “cristiano” se usa aquí en un sentido amplio y califica obras tanto de católicos como de herejes; estos últimos son principalmente miembros de las varias ramas o escuelas del gnosticismo que florecieron en los siglos II y III. En general los escritos apócrifos cristianos imitan los libros del Nuevo Testamento y por ende caen, con pocas excepciones, bajo la descripción de Evangelios, Hechos, Epístolas y Apocalipsis.

(1) EVANGELIOS APÓCRIFOS

El término apócrifos en relación a evangelios especiales debe entenderse como no más desfavorable que “no canónico”. Esto se aplica al evangelio según los Hebreos y, en menor grado, a aquel según los Egipcios, que en lo principal parecen haber sido ya sea una recopilación de tradiciones primitivas, o una mera reestructuración de evangelios canónicos, con pocas variaciones y adiciones. Es cierto que todos los ejemplares existentes de los evangelios apócrifos toman los textos inspirados como su punto de partida, pero los evangelios genuinos nada dicen acerca de largas etapas en la vida de Nuestro Señor, la Santísima Virgen y San José. Con frecuencia no dan más que una atrayente idea de algunos episodios de los que nos encantaría tener más información. Esta reserva de los evangelistas no satisfizo la perdonable curiosidad de muchos cristianos anhelantes de detalles, y la severa y majestuosa simplicidad de su narración dejó imaginaciones inquietas que buscaban lo sensacional y maravilloso. Así pues, cuando espíritus emprendedores respondieron a esa natural ansia mediante pretendidos evangelios llenos de fábulas románticas y de antecedentes fantásticos y sorprendentes, sus invenciones fueron ávidamente leídas y ampliamente aceptadas como verdaderas por gente común, desprovista de facultades críticas y predispuesta a creer lo que tan pormenorizadamente llenaba su piadosa curiosidad. A católicos y a gnósticos por igual les preocupaban estas ficciones. Los primeros no tenían otros motivos que los de un fraude piadoso, a veces movidos por un celo real pero equivocado, como testimonia el autor del pseudo Mateo: Amor Christi est cui satisfecimus. Pero los apocrifistas heréticos, aunque gratificaban la curiosidad, armaban evangelios espurios con el fin de remontar sus creencias y peculiaridades hasta Cristo mismo. La Iglesia y los Padres se oponían incluso a los relatos de autoría ortodoxa. No fue sino hasta la Edad Media, cuando su verdadero origen fué olvidado hasta por los más letrados, que estas historias apócrifas empezaron a entrar con fuerza en leyendas sagradas, como la del “Aurea Sacra”, en representaciones de milagros, arte cristiano y poesía. Una comparación de las menos extravagantes de estas producciones, con los Evangelios, revela el abismo que separa a unas y otros. Si bien no tienen valor histórico, los evangelios apócrifos nos ayudan a una mejor comprensión de las condiciones religiosas de los siglos II y III, y son también de no poco valor como testigos tempranos de la canonicidad de los cuatro Evangelistas. Las composiciones cuasi-evangelísticas respecto de Cristo que no pretenden ser evangelios se tratarán en otra parte. Todas son de origen ortodoxo. (Véase AGRAFA).

(a) Evangelios apócrifos de origen católico

El Protoevangelium Jacobi, o Evagelio de la Infancia, de Santiago, o Protoevangelio de Santiago

Pretende haber sido redactado por “Santiago, el hermano del Señor”, es decir, el apóstol Santiago el Menor. Se basa en los Evangelios canónicos, que expande con elementos imaginativos y legendarios, a veces pueriles o fantásticos. El nacimiento, educación y matrimonio de la Stma. Virgen se describen en los primeros once capítulos, que son la fuente de varias tradiciones corrientes entre los creyentes. Tienen valor en indicar la veneración a María desde muy temprano. Por ejemplo, el “Protoevangelium” es el primero que dice que María fue la milagrosa descendiente de Joaquín y Ana, hasta entonces sin hijos; que a los tres años la niña fué llevada al Templo y consagrada a su servicio, en cumplimiento del voto de sus padres. Cuando María tuvo doce años José fue designado como su esposo por el sumo sacerdote, obedeciendo una señal milagrosa –una paloma que salió de su báculo y se le posó en la cabeza. La natividad es adornada irrestrictamente. Los críticos encuentran que el “Protoevangelium” es un arreglo de dos o tres documentos. A Orígenes le era conocido bajo el nombre de “LIbro de Santiago”, y en los escritos de San Justino hay atisbos de que lo conocía, o conocía al menos una tradición paralela; el trabajo, por lo tanto, ha sido fechado en el siglo II. Partes de ella muestran familiaridad con costumbres judías, y los críticos conjeturan que su base fue escrita por un judeo-cristiano. El “Protoevangelium” sobrevive en recensiones antiguas griega y siríaca, y también hay transcripción latina y armenia.

Evangelio de San Mateo

Esta es una composición latina del siglo IV o V. Pretende haber sido escrita por San Mateo y traducida por San Jerónimo. El pseudo Mateo es en gran parte paralelo al "Protoevangelium Jacobi", habiéndose basado en éste o en sus fuentes; difiere en algunos elementos, siempre en dirección de lo maravilloso. Algunos de sus antecedentes han reemplazado, en la creencia popular, otros paralelos en el pseudográfico más antiguo, como la edad de catorce años a la que María fue prometida a José. La narración de la huída a Egipto está adornada con poéticos prodigios: los dragones, leones y otros animales salvajes del desierto adoran al Niño Jesús; a su palabra, las palmeras se inclinan de modo que la Sagrada Familia pueda tomar sus frutos; los ídolos de Egipto son pulverizados cuando entra el Divino Niño. El “Evangelio de la Natividad de María” es un arreglo del pseudo Mateo, pero sólo llega hasta el nacimiento de Jesús. Existe en un manuscrito latino del siglo X.

Evangelio arábigo de la Infancia

Es una traducción del original siríaco hoy perdido. El trabajo es una compilación, que se refiere expresamente al “Libro de José Caifás, sumo sacerdote”, el “Evangelio de la Infancia” y el “Evangelio perfecto”. Algunos de sus relatos se derivan del Evangelio de Tomás, y otros de una recensión del Mateo apócrifo. Con todo, hay milagros, que habrían ocurrido en Egipto, no relatados en ningún otro evangelio, sea espurio o genuino, entre ellos la curación del leproso mediante el agua en la que habían lavado a Jesús, y las sanaciones efectuadas a través de las ropas que El había llevado. Estos han llegado a ser familiares en la leyenda pía, así como el episodio de los ladrones Tito y Dámaso, en cuyas manos cayera la Sagrada Familia. Tito soborna a Dámaso para que no moleste a ésta; el Niño predice que dentro de treinta años ambos ladrones serían crucificados con El, Tito a Su derecha y Dámaso a Su izquierda, y que el primero Le acompañaría al Paraíso. El apócrifo abunda en alusiones a personajes de los Evangelios auténticos. Lipsio opina que, así como la tenemos, la obra es un retoque católico a una compilación gnóstica; es imposible estimar su fecha, pero probablemente fue escrita antes de la era musulmana. Es muy popular entre los nestorianos sirios. Se ha publicado una “Historia de José el carpintero” originalmente arábigo en la colección Tischendorf de apócrifos; es un esfuerzo bombástico y sin gusto, que parece remontarse al siglo IV.

Evangelio de Gamaliel

En la Revue Biblique (Abril 1906, 253 y sgts.), el Dr. A. Baumstark dio ese nombre a un conjunto de fragmentos coptos de carácter homogéneo que, según conjeturaba otro erudito cóptico, Reveillout, formaban una parte del “Evangelio de los doce apóstoles” (ver infra); también Lacau, en "Fragments d'apocryphes coptes de la bibliothèque nationale" (Cairo, 1904), atribuyó los fragmentos a un solo evangelio. La narración guarda una cercana dependencia respecto del Evangelio de San Juan. Su autor no posó seriamente de evangelista, puesto que cita explícitamente al cuarto evangelio canónico; pone el relato en boca del Gamaliel de Hechos 5,34. Baumstark lo asigna al siglo V. El autor fue ostensiblemente influído por los “Acta Pilati”.

El Transitus Mariæ o Evangelium Joannis

El Transitus Mariæ, o Evangelium Joannis, escrito en el nombre de San Juan Apóstol y que describe la muerte de María, gozó de gran popularidad, como lo indica las varias recensiones que se conservan en diversas lenguas. La griega lleva el subtítulo “Narración de San Juan el teólogo, sobre la dormición de la Santa Madre de Dios”. Una de las versiones latinas tiene como prefacio una carta espuria de Melitón, obispo de Sardis, explicando que el propósito de la obra era contrarrestar cierta composición herética con el mismo título y tema. Hay algo de verdad en esta afirmación, en la medida en que nuestro apócrifo acusa indicios de ser un escrito gnóstico corregido en interés ortodoxo. Un "Transitus Mariæ" se cuenta entre los apócrifos de la lista oficial del "Decreto de Gelasio", del siglo V o VI. No está claro, sin embargo, si hay que identificar éste con la corrección: los críticos asignan esta última a finales del siglo IV o principios del V. La relación del Transitus con la tradición de la Asunción de María todavía no ha sido analizada adecuadamente, pero hay fundamentos para afirmar que si bien la tradición existía sustancialmente en sectores de la Iglesia en una primera etapa, preparando así el camino para la aceptación de extensiones míticas, sus pormenores y forma posterior fueron considerablemente influenciados por el Transitus y escritos similares; las homilías de San Juan Damasceno, "In Dormitionem Mariæ", acusan ciertamente esta influencia, v.gr. en la segunda homilía xii, xiii, xiv. Yendo más atrás, el "Encomium" de Modesto, obispo de Jerusalén en el siglo VII (P.G., LXXXVI, 3311), y el pseudo Dionisio del siglo V (De divinis nominibus, iii), probablemente suponen un conocimiento de las relaciones apócrifas de la muerte y dormición de la Stma. Virgen. Estos relatos tienen una base común, aunque varían ampliamente en aspectos menores. Los apóstoles son transportados preternaturalmente desde diversos puntos del globo al lecho mortuorio de la Virgen, habiendo sido resucitados para el efecto aquéllos que habían fallecido. La “Partida” tiene lugar en Jerusalén, aunque las versiones griegas ubican a María primero en Belén. Un judío que osa tocar el sagrado cuerpo pierde instantáneamente ambas manos, que le son restituídas por mediación de los apóstoles. Acompañado por una corte de ángeles, Cristo baja a recibir el alma de Su madre; los apóstoles llevan el cuerpo a Getsemaní y lo depositan en una tumba, desde donde es llevado vivo al cielo. (Véase ASUNCIÓN DE MARÍA).

(b) Evangelios judaísticos y heréticos

Evangelio según los Hebreos

Clemente de Alejandría, Orígenes, Eusebio y San Epifanio hablan de un “Evangelio según los Hebreos” que era el único en uso entre los judeo- cristianos palestinos, también conocidos como Nazarenos; Jerónimo lo tradujo del arameo al griego. Evidentemente era muy antiguo, y algunos de los autores nombrados lo asociaron con el Evangelio de San Mateo, que parece haberlo reemplazado muy pronto en la comunidad judeo-cristiana. El vínculo entre el Evangelio según los Hebreos y nuestro canónico Evangelio de Mateo es materia de debate; los fragmentos existentes prueban que tenían grandes semejanzas literarias. Harnak afirma que el Evangelio Hebreo era completamente independiente, y que la tradición que contenía era paralela a la de Mateo. Zahn, aún cuando excluye cualquier dependencia respecto de nuestro canónico Mateo griego, la mantiene respecto de un Mateo anterior, según el cual su contenido general se derivaba de éste. Parece que este Evangelio se leía como canónico en algunas iglesias no palestinas: los Padres que lo conocieron se refieren a él con cierto respeto. Por autores eclesiásticos se han preservado veinticuatro fragmentos, que indican que tenía secciones en común con los Sinópticos, pero también varios relatos y dichos de Jesús que no se encuentran en los evangelios canónicos. A los ejemplos sobrevivientes les faltan la sencillez y majestad de los escritos inspirados; algunos son incluso rayanos en lo grotesco. Podemos decir que si bien este material extra-canónico tiene como punto de partida la tradición primitiva, fue desfigurado en interés de una Iglesia judaizante. (Véase AGRAPHA).

Evangelio según los Egipcios

Es bajo este título que Clemente de Alejandría, Orígenes, Hipólito y Epifanio describen un trabajo no canónico que innegablemente circuló en Egipto; todos concuerdan en que fue usado por sectas heréticas, en su mayor parte gnósticas. Las escasas citas que se han preservado en los Padres indican una tendencia a la condenación encratita del matrimonio, y a un gnosticismo panteísta. El Evangelio según los Egipcios no reemplazó los registros canónicos en la Iglesia alejandrina, como Harnack querría hacernos pensar, pero parece haber gozado de cierta popularidad en las áreas rurales coptas. Difícilmente habría podido ser compuesto con posterioridad a la mitad del siglo II y no es para nada imposible que haya retocado algún material primitivo no presente en los evangelios canónicos.

Evangelio de San Pedro

Durante mucho tiempo se supo de la existencia de una composición apócrifa con este nombre en la antigüedad cristiana, por referencias en ciertos autores patrísticos tempranos que insinuaron que había surgido o era corriente entre cristianos de opinión docética. El descubrimiento de un largo fragmento de ese documento en Ajmin en el Alto Egipto, en el invierno de 1886-87 por una misión arqueológica francesa, arrojó mucha luz adicional sobre aquél. Está en griego y escrito en códice de pergamino en una fecha entre los siglos VI y IX. El fragmento narra parte de la Pasión, el Entierro y la Resurrección. Exhibe una dependencia, en algunos casos literal, respecto de los cuatro evangelios inspirados, y por tanto constituye un valioso testimonio adicional de la temprana aceptación de éstos. Mientras que el apócrifo tiene muchos puntos de contacto con los evangelios genuinos, diverge curiosamente de ellos en minucias, y demuestra haberlos tratado con mucha libertad; en el fragmento recobrado no se encuentran notas declaradamente heréticas, pero hay pasajes fácilmente susceptibles de una interpretación heterodoxa. Uno de los pocos pasajes extra canónicos que pueden contener una tradición auténtica es el que describe a Cristo puesto por sus verdugos en un trono para burlarse de El. El pseudo Pedro es de un carácter intermedio entre los evangelios canónicos y los apócrifos puramente legendarios; su composición debe asignarse al primer cuarto o a la mitad del siglo II de la era cristiana. C. Schmidt cree haber encontrado en algunos papiros antiguos rastros de lo que quizás es un segundo Evangelio de Pedro (Schmidt, Sitzungsberichte der königlichen preuss. Akademie zu Berlin, 1895; cf. Bardenhewer, Geschichte, I, 397, 399).

Evangelio de San Felipe

Subsisten sólo una o dos citas de este evangelio, por Epifanio y Leoncio de Bizancio, pero son suficientes para probar su tenor gnóstico.

Evangelio de Santo Tomás

Hay de él dos redacciones griegas y dos latinas, muy diferentes entre sí, y también se encuentra una transcripción siríaca. Muchos Padres conocían un Evangelio de Tomás: el primero en mencionarlo es San Hipólito (155-235), que nos informa que estaba en uso entre los naasenos, secta de gnósticos sirios, y que cita una frase que no figura en los textos de que disponemos. Orígenes lo relega a las obras heréticas; San Cirilo de Jerusalén dice que era utilizado por los maniqueos; Eusebio lo rechaza como herético y espurio. Es claro que el pseudo Tomás original era de raigambre heterodoxa y que data del siglo II; las citaciones de Hipólito establecen que era de tenor palpablemente gnóstico, pero en el Evangelio disponible de Tomás no hay gnosticismo formal o manifiesto. El modelo fue evidentemente expurgado por una mano católica que, con todo, no logró erradicar toda traza de su tinte original. En todas sus formas actuales el apócrifo magnifica insólitamente el aspecto divino de Jesús niño. En audaz contraste con la relación de infancia que hace San Lucas, en que la divinidad está casi borrada, el autor hace del Niño un milagrero y un portento intelectual y, en armonía con el docetismo, apenas le deja algo más que la apariencia de humanidad. Este pseudo-Evangelio es único entre los apócrifos en cuanto describe una parte de la vida oculta de Nuestro Señor entre los cinco y doce años. Pero hay mucho de fantástico y ofensivo en la presentación de las hazañas del Jesús niño: sus milagro juveniles muchas veces resultan del mero capricho infantil (como cuando hizo palomas de arcilla que al sonido de Sus palmas volaron como aves vivas) o a veces, de la beneficencia, pero como una especie de ruda retribución.

Evangelio de San Bartolomé

El denominado Decreto de Gelasio clasifica al Evangelio de San Bartolomé entre los apócrifos. La más temprana alusión a él está en los trabajos de San Jerónimo. Eruditos modernos han sacado a luz fragmentos del mismo en antiguos manuscritos coptos; uno de estos orientalistas, Baumstark, ubica su composición en la primera parte del siglo IV. Orígenes y Eusebio mencionan un Evangelio de Matías entre la literatura herética junto con los evangelios de Pedro y de Tomás. Hipólito afirma que los gnósticos basilídeos apelaban a un “discurso secreto” que les había sido comunicado por el apóstol Matías, quien había recibido instrucciones personales de Dios. Clemente de Alejandría, que era crédulo acerca de literatura apócrifa, cita varias veces con respeto la “Tradición de Matías”.

Evangelio de los Doce Apóstoles

A Orígenes (siglo III) le era conocido un Evangelio de los Doce Apóstoles. Otras alusiones patrísticas dan lugar a cierta incertidumbre acerca de si el Evangelio de los Doce Apóstoles de la antigüedad era realmente distinto del de los Hebreos. Las mayores probabilidades se oponen a tal identificación: recientemente el señor Reveillout, erudito cóptico, ha sostenido que el evangelio perdido ha sido recuperado en buena medida en varios fragmentos coptos, todos los cuales, en su opinión, pertenecen al mismo documento. Pero esta posición ha sido exitosamente rebatida por el Dr. Baumstark en la "Revue Biblique" (Abril 1906, p. 245 y sgts.), que cuando mucho concede una probabilidad de que ciertas breves secciones pertenezcan a un Evangelio de los Doce Apóstoles, originalmente escrito en griego y corriente entre ebionitas gnósticos ya en el siglo II. Hay un “Evangelio de los Doce Apóstoles” siríaco, posterior e íntegramente ortodoxo, publicado por J. Rendel Harris (Cambridge, 1900).

Otros evangelios

Baste anotar la existencia de otros pseudo-evangelios, más allá de cuyos nombres se sabe muy poco. Hubo un Evangelio de San Andrés, probablemente idéntico al gnóstico “Hechos de Andrés” (v. inf); un Evangelio de Bernabé, uno de Tadeo, uno de Eva, e incluso uno de Judas Iscariote, este último en uso en la secta gnóstica de los Cainitas, que glorificaban al traidor.

(2) LITERATURA PILÁTICA Y OTROS APÓCRIFOS RELATIVOS A CRISTO

Mientras el cristianismo luchaba contra las fuerzas del paganismo romano hubo una tendencia natural a destacar la parte desempeñada por un representante del imperio romano en los supremos eventos de la vida de Nuestro Señor, y a transformar, incluso a costa de exageración y adiciones, el testimonio de Poncio Pilato, Procurador de Judea, en arma de defensa apologética, haciendo del funcionario un testigo de los milagros, crucifixión y resurrección de Cristo. De este modo surgió una considerable literatura Pilática apócrifa, de la cual el Evangelio de Gamaliel en realidad forma parte y que, al igual que este apócrifo, se caracteriza por exagerar la débil defensa de Jesús por Pilato presentándola como una gran compasión y efectiva certeza de Su divinidad,.

Informe de Pilato al Emperador

En los Hechos apócrifos de Pedro y Pablo se incluye una carta pretendidamente enviada por Poncio Pilato al emperador Claudio, y que relata sucintamente el fatuo crimen de los judíos al perseguir al Santo que les había sido prometido por su Dios; enumera sus milagros y declara que los judíos acusaron a Jesús de mago. Habiendo Pilato creído eso entonces, Se los entregó. Después de la resurrección los soldados que el gobernador había puesto en la tumba fueron sobornados por los líderes para que guardaran silencio, pero igual divulgaron el hecho; la misiva concluye con una advertencia contra la mendacidad de los judíos. Esta composición es francamente apócrifa, aunque inesperadamente breve y sobria. Resulta lógico esbozar una semejanza entre este pseudográfico y ciertas referencias de autores eclesiásticos a los Hechos o Gesta de Pilato: después de bosquejar los milagros y la Pasión de Cristo, Tertuliano (Apologia, xxi) añade al final: “Todas estas cosas Pilato… las anunció a Tiberio César”. La comparación entre este extracto y el informe pseudo Pilático revela una dependencia literaria entre ellos, aunque los críticos difieren en acerca de la prioridad de uno y otro. En los capítulos 35, 38 y 48 de su Apología, Justino recurre confiadamente, como prueba de los milagros y Pasión de Jesús, a los Hechos o registros de Poncio Pilato conservados en los archivos imperiales. Si bien es posible que San Justino hubiera oído de tal informe, e incluso probable que el procurador hubiera trasmitido a Roma alguna relación de los sucesos en Jerusalén, también es admisible que la afirmación de Justino se basara solamente en hipótesis. Esta es la opinión de la mayoría de los expertos. Durante las persecuciones bajo Maximiano en el siglo IV, en Siria se urdieron unos Hechos de Pilato espurios y anticristianos, según sabemos por Eusebio; es probable que la carta pseudográfica haya sido forjada para contrarrestar a aquéllos.

Hechos de Pilatos (Evangelio de Nicodemo)

Véase el artículo del mismo título en la Enciclopedia Católica. Apócrifos Piláticos menores

Los Apócrifos Piláticos menores, Anaphora Pilati o "Narración de Pilato", se encuentran frecuentemente anexados a los textos de los Hechos (a los cuales presupone), y no podrían haber sido escritos antes de mediados del siglo V. Se les encuentra en manuscritos combinados con la Paradoseis o "rendición de Pilato", que representa la más antigua forma de la leyenda relativa a la vida posterior de éste. Una falsificación aún más reciente está en la latina Epistola Pilati ad Tiberium. Hay una pueril correspondencia consistente en unas supuestas Carta de Herodes a Pilato y una Carta de Pilato a Herodes, que se encuentran en griego y siríaco en un manuscrito de los siglos VI o VII. Esos pseudográficos pueden provenir del siglo V.

Relato de José de Arimatea

El Relato de José de Arimatea, que proporciona antecedentes imaginarios de los dos ladrones crucificados con Cristo y de la solicitud del cuerpo a Pilato, parece haber gozado de popularidad en el Medioevo y en el oriente bizantino, a juzgar por el número de manuscritos griegos que quedan de él. El más antiguo de aquellos publicados pertenece al siglo XII. La relación está anexa a algunos textos latinos de los Acta Pilati, con el título de "Historia Josephi". Se puede leer en inglés en la recolección de apócrifos de Walker y en la de los Padres antinicénicos.

Leyenda de Abgar

La más antigua expresión de la pseudo correspondencia entre Jesús y Abgar, rey de Edesa, se encuentra en Eusebio (Historia Eclesiástica, I, xiii), quien asegura haberla vertido de documentos siríacos en los archivos de Edesa, metrópolis de Siria oriental. Las dos cartas van acompañadas por una introducción que probablemente sea un extracto de la misma fuente. Según ésta Abgar V, toparca o rey de Edesa, aquejado por una enfermedad incurable y conociendo la fama de de los milagros de Cristo, mandó un correo a Jerusalén con una carta para Jesús en la que Lo aceptaba como dios o hijo de un dios, y Lo invitaba a Edesa, justificando su solicitud en parte en su deseo de curarse y en parte en su intención de ofrecerle a Jesús un asilo contra los perversos judíos. Nuestro Señor le responde así:

Bendito seas porque has creído en mí sin haberme visto. Porque está escrito que aquellos que me han visto no creerán en mí, y los que no me visto creerán en mí y me amarán. Pero en cuanto a tu ruego de que vaya a ti, es necesario que yo cumpla aquí todo aquello para lo cual se me envió, y que después de ello sea llevado a Aquel que me envió. Más después de mi partida te enviaré a uno de mis discípulos, que curará tus padecimientos y mantendrá tu vida y las de los tuyos.

En consecuencia, después de la Ascensión, “Judas Tomás”, un apóstol, manda a Edesa a Tadeo, uno de los setenta discípulos, que cura al rey de su enfermedad y predica a Cristo al pueblo reunido. Esto, consigna Eusebio, sucedió en el año 340 de la era selyúcida, lo que corresponde al año 28-29 A.D. La encantadora historia se repite con variaciones en fuentes posteriores. Las “Enseñanzas de Adai”, apócrifo siríaco (q.v. infra), reproduce la correspondencia, con adiciones.

La autenticidad de la pretendida carta de Cristo ha sido siempre fuertemente cuestionada, si no absolutamente negada: ya en el siglo VI el Decretum de Gelasio cataloga esta correspondencia como espuria. Su entorno legendario y el hecho de que la iglesia en pleno no tuviera la pretendida carta de Nuestro Señor como documento sagrado son concluyentes al respecto. En cuanto a la carta de Abgar, su autenticidad fue al principio apoyada por muchos conocedores de esta literatura; pero desde el descubrimiento de las Enseñanzas de Adai, publicadas en 1876, la presunción contra la condición de auténtica de la carta de Abgar (debida al cercano parecido de una porción de la misma con pasajes de los evangelios), ha llegado a ser una certeza irredargüible. Lipsio, alta autoridad, es de la opinión de que la correspondencia de Abgar se remonta al reino del primer gobernante cristiano de Edesa, Abgar IX (179-216), y que se originó en el deseo de forzar un vínculo entre esa época y el tiempo de Cristo.

Carta de Léntulo

Breve carta que dice ser de Léntulo, o Publio Léntulo, en algunos manuscritos, “Presidente del Pueblo de Jerusalén”, dirigida al “Senado y pueblo romanos”, y que describe la apariencia personal de Nuestro Señor. Es evidentemente espuria, puesto que tanto el cargo como el nombre del presidente de Jerusalén son burdamente no históricos. Ningún escritor antiguo alude a esta producción, que sólo se encuentra en manuscritos latinos. Se ha conjeturado que fue escrita durante la Edad Media para autenticar un supuesto retrato de Jesús.

(3) ACTOS APOCRIFOS DE LOS APOSTOLES

La intención que primero ocasionó la elaboración de Hechos espurios de los Apóstoles fue, en general, dar apoyo apostólico a sistemas heréticos, especialmente aquellos de las muchas sectas englobadas en el término Gnosticismo. La oscuridad en que el Nuevo Testamento deja a las carreras misioneras y los finales de la gran mayoría de los apóstoles, y los escasos datos entregados por la tradición eclesiástica, proporcionaron un atractivo campo para el ejercicio de imaginaciones inventivas, y ofrecieron un medio propicio para la propagación insidiosa de la herejía. La Iglesia judeo-cristiana, que muy pronto desarrolló tendencias no católicas en forma de ebionismo, parece haber producido primero historias apócrifas de los apóstoles, pero de éstas quedan muy pocas fuera del material del voluminoso pseudo Clemente.

Los gnósticos Hechos de Pedro, Andrés, Juan, Tomás y quizá Mateo, datan de la primera parte del siglo III o tal vez de un poco antes. Abundan en extravagantes y coloridos prodigios, y estaban intercalados con supuestos y largos discursos de los apóstoles, que servían como vehículos de la prédica gnóstica. Aunque los pastores de la Iglesia y los entendidos los repudiaban como textos visiblemente heréticos, interesaban a los fantasiosos y satisfacían la curiosidad de la gente común. No sólo fueron utilizados por los maniqueos en oriente y los priscilianos en occidente, sino que encontraron favor entre muchos católicos no ilustrados. Puesto que era imposible suprimir enteramente su circulación, fueron transformados en relativamente inocuos mediante una edición ortodoxa que suprimía los errores manifiestos, especialmente en los discursos, dejando el elemento milagroso con su desordenada exhuberancia.

De esta manera, la mayoría de los Hechos gnósticos han llegado hasta nosotros con más o menos purificación católica, la cual, empero, fue en muchos casos tan superficial que dejó inequívocos indicios de su origen. Los Hechos apócrifos gnósticos originales fueron recopilados en volúmenes que llevaban el nombre de periodoi (Circuitos) o praxeis (Hechos) de los Apóstoles, y a los cuales se agregaba el nombre de un tal Leucio Carino, que puede haber hecho la compilación. Los Hechos gnósticos eran de varias autorías. Otra recopilación fué hecha en el siglo VI. probablemente por un monje, en la Iglesia Franca. En ésta se conservaron los Hechos católicos; no es de manera alguna homogénea en los variados manuscritos incluídos. Por error la autoría del conjunto, bajo el título de "Historia Certaminis Apostolorum", fue atribuída a Abdías, de quien se dice que fue el primer obispo de Babilonia y discípulo de los Apóstoles. El núcleo de esta recopilación era el latino Passiones, o martirios, de aquellos apóstoles olvidados por los Hechos gnósticos, v.gr., los dos Santiagos, Felipe (¿Mateo?), Bartolomé, Simón y Judas. La literatura se incrementó por adiciones de fuentes heréticas y finalmente abarcó a todos los apóstoles, incluído San Pablo. El objetivo de estos apócrifos no heréticos fue básicamente satisfacer la piadosa curiosidad de los fieles respecto de los fundadores apostólicos de la Iglesia; a veces, intereses locales instigaban su composición. Siguiendo el modelo de los Hechos gnósticos, que eran de origen oriental, abundan en maravillas y, también como ésos, toman como punto de partida la tradicional dispersión de los Doce desde Jerusalén. En cuanto al valor histórico de estas relaciones apócrifas, éste requiere el más cuidadoso examen para extraer de la masa de fábula y leyenda algún grano de verdad histórica. Aún respetando los ámbitos de las misiones apostólicas, éstas resultan auto-contradictorias o confusas. En general sus datos no tienen valor científico, a menos que sean corroborados por autoridades independientes, lo que rara vez sucede. Mucho de su material apócrifo fué tomado por los oficios de los apóstoles en los breviarios y leccionarios latinos compuestos en los siglos VII y VIII, en un lapso extremadamente acrítico.

(a) Hechos Gnósticos de los Apóstoles

Hechos de San Pedro

Existe un Martirio de Pedro en griego y otro en latín, atribuído este último al Papa Lino, y que por citaciones patrísticas se reconoce como la conclusión de una antigua narración griega titulada “Hechos, o Circuitos, de San Pedro”. Otro manuscrito, que lleva el nombre de "Actus Petri cum Simone", contiene una traducción superior con varios pasajes de la narración precedente al Martirio. La obra acusa ciertos rasgos de gnosticismo, aunque fue expurgada de los más obvios por un revisor católico. Describe los triunfos de San Pedro sobre Simón Mago en Roma, y la subsiguiente crucifixión del Apóstol. Estos Hechos, así como los tenemos, son de la alta antigüedad, si bien es imposible discernir siempre si los autores patrísticos citan de ella o de una tradición anterior. Es indiscutible que Cómodo (c.250) usó los Hechos de Pedro de que actualmente disponemos.

Hechos de San Juan

El carácter herético imputado a éstos por ciertos Padres está plenamente confirmado en los fragmentos que se han conservado, que muestran un burdo docetismo y una desatada fantasía, y sin duda el autor entremezcló valiosas tradiciones efesias y fábulas. Estas son razones de peso para considerar el trabajo como compuesto, junto con los Hechos de San Pedro y probablemente los de San Andrés, por una sola persona en la segunda mitad del siglo II, bajo el nombre de un discípulo de San Juan, llamado Lucio. Clemente de Alejandría conocía el pseudógrafo. Los Hechos Juaninos del Pseudo-Prócoro (compáreselos con los Hechos canónicos, vi, 5) son una reelaboración católica de la base gnóstica.

Hechos de San Andrés

Varios autores eclesiásticos tempranos indicaron que los Hechos pseudográficos de San Andrés circulaban entre sectas gnósticas y maniqueas. La forma original se ha perdido, excepto en unas pocas citas patrísticas, pero tenemos tres Hechos individuales bajo distintos nombres, que prueban ser recensiones ortodoxas de un comprehensivo original gnóstico, a saber:

1. “Hechos de Andrés y Matías” (o Mateo, según algunas autoridades);

2. “Hechos de Pedro y Andrés” (el idioma original del primero es el griego);

3. “Martirio del apóstol Andrés” que nos ha llegado en recensiones griegas y latinas; el texto latino es el primitivo y no puede ser anterior al siglo V. Pasa por ser un relato, por testigos que son “presbíteros y diáconos de la Iglesia de Aquea”, de la heroica muerte de San Andrés. En el pasado gozó de crédito entre los historiadores, pero no se puede confiar en sus cifras. (Véase IGLESIAS APOSTÓLICAS, SN. ANDRÉS, APÓSTOL).

Los Hechos y Martirio de San Mateo

Los Hechos y Martirio de San Mateo guardan dependencia literaria con los Hechos de San Andrés (q.v., supra) y por consiguiente puede ser un error el leer “Mateo” en vez de “Matías”, puesto que claramente se refiere al compañero de Pedro y Andrés. La obra existe en griego y en latín tardío; también hay una leyenda óptica-etiópica del martirio de San Mateo (véase MATEO, SN., APÓSTOL; IGLESIAS APOSTÓLICAS).

Hechos de Santo Tomás

Ningún apócrifo apostólico ha llegado hasta nosotros con una completitud igual a la de los Hechos de Tomás. Se encuentran en recensiones griegas, siríacas y etiópicas. Sus rasgos gnósticos asoman a través del retoque católico; de hecho, sus temas muestran un propósito consciente de resaltar la doctrina dualista de abstenerse de las relaciones conyugales. Los eruditos se han inclinado mucho a atribuir al original una cuna siríaca y un autor que adhería a los bardasanos. Como fecha, sus ribetes apuntan fuertemente al siglo III. El traslado de los restos de Santo Tomás a Edesa en 232 puede haber proporcionado la inspiración para la composición. Los Hechos narran los prodigios obrados por el apóstol en India, y termina con su martirio allá. Están intercalados con excelentes himnos, algunos de real belleza literaria pero con fuerte colorido gnóstico; investigaciones recientes han revelado elementos de verdad en la locación histórica del relato. Epifanio y Agustín mencionan los Hechos de Santo Tomás como en uso en diferentes círculos heréticos. San Efrén de Siria se refiere a unos Hechos apócrifos de Tomás que circulaban entre los bardesanitas. (Véase TOMÁS, SANTO, APÓSTOL).

Hechos de San Bartolomé

Poseemos un Martirio griego, que en su forma actual data de los siglos V o VI; también una "Passio Bartholomæi" latina. Ambos están teñidos de nestorianismo y parecen provenir de una sola leyenda de Bartolomé. El texto griego describe los prodigios mediante los cuales el apóstol derrotó la idolatría y convirtió a un rey y a sus súbditos en “India”. Todo la trama es legendaria. (Véase BARTOLOMÉ, SAN; APOSTOL).

(b) Hechos (católicos, apócrifos) de los Apóstoles

Hechos de San Pedro y San Pablo

Hay que distinguir éstos de los Hechos de Pedro apócrifos y de los Hechos de Pablo ortodoxos. Los manuscritos que representan la leyenda caen en dos grupos:

Lipsio considera a la sección del viaje como una adición del siglo IX; Bardenhewer cree que pertenece al documento original. Esta sección comienza con la partida de Pablo desde la isla de Mileto, y se basa abiertamente en la exposición canónica en los Hechos. Los judíos se habían sublevado por la noticia de la inminente visita de Pablo, e inducen a Nerón a prohibirla, pero el apóstol entra en Italia subrepticiamente. En Puteoli su acompañante es confundido con él y decapitado; en revancha, esa ciudad es tragada por el mar. En Roma Pedro recibe alborozado a Pablo, y la prédica de ambos convierte a multitudes, incluso a la emperatriz. Simon Mago caricaturiza a los maestros cristianos, y en presencia de Nerón hay una prueba de fuerza en milagros entre aquél y los apóstoles; Simon Mago intenta un vuelo al cielo pero cae en la Vía Sacra y es reducido a pedazos. No obstante, Nerón se inclina a la eliminación de Pedro y Pablo: éste es decapitado en la Via Ostiana, y Pedro es crucificado cabeza abajo, según su solicitud. Antes de morir cuenta al pueblo la historia de “Quo vadis?”. Tres hombres de oriente se llevan los cuerpos de los apóstoles, pero se les hace prisioneros. San pedro es quemado en “el lugar llamado El Vaticano”, y Pablo en la Via Ostiana. Estos Hechos son la principal fuente de información sobre la muerte de los dos grandes apóstoles. También son notables por recalcar el cercano entendimiento entre los fundadores apostólicos de la Iglesia Católica. La fecha (55 A.D.) de composición está envuelta en la oscuridad. Lipsio encuentra rastros de nuestros Hechos ya en Hipólito (c.235), pero no está claro que los Padres declararan haber usado ninguna fuente escrita para sus referencias a la victoria sobre Simón Mago y la labor de los apóstoles en Roma. Lipsio asigna lo medular del martirio al siglo II; Bardenhewer refiere el total a la primera mitad del siglo III. Los Hechos de Pedro y Pablo implican indiscutiblemente algunas tradiciones genuinas. (Véase PEDRO, SAN; APÓSTOL; PABLO, APÓSTOL; SIMÓN MAGO).

Hechos de San Pablo

Orígenes y Eusebio nombran expresamente el Praxeis Paulou; Tertuliano habla de escritos falsamente atribuídos a Pablo: "Quod si Pauli perperam inscripta legunt". Está advirtiendo a sus lectores contra la ficción de Tecla predicándose y bautizándose a sí misma. Hasta ahora se entendía que se refería a los “Hechos de Pablo y Tecla“. Los Acta Pauli, supuestamente una obra distinta, se suponían perdidos, pero recientemente (1899) se ha encontrado en Egipto un manuscrito copto en papiro, hecho jirones, que contiene aproximadamente completos los mismos Hechos de Pablo aludidos por unos pocos autores eclesiásticos. Este hallazgo ha establecido que los Hechos de Pablo y Tecla, conocidos hace mucho, y la correspondencia apócrifa de Pablo con la Iglesia Corintia, así como el Martirio de San Pablo, son en realidad sólo extractos de los Hechos paulinos originales. El documento recién descubierto contiene material hasta ahora desconocido además de las secciones ya referidas, disponibles desde hace mucho. Comienza con un pretendido vuelo de San Pablo desde Antioquía a Pisidia, y termina con su martirio en Roma. El relato descansa en información de los libros canónicos del Nuevo Testamento, pero abunda en prodigios y personajes inexistentes en éste, y desfigura rasgos de algunos de los efectivamente consignados en la Sagrada Escritura. Los Hechos de Pablo, por ende, no añaden nada confiable a nuestro conocimiento del Apóstol de los Gentiles. Felizmente los ya citados pasajes de Tertuliano (De Baptismo, xvii) nos informan de su autoría y objetivo. El escritor africano observa que la pseudo-historia fue labor de un sacerdote de Asia Menor quien, al descubrirse el fraude, fue despojado de su cargo eclesiástico, habiendo confesado que había fraguado el libro por amor a San Pablo. Los expertos fechan su composición en el siglo II; ya era conocido cuando Tertuliano escribía, y durante los primeros siglos gozó de considerable fama tanto en oriente como en occidente. De hecho Eusebio lo clasifica entre los antilegomena, u obras que localmente alcanzan una autoridad cuasi canónica.

Hechos de Pablo y Tecla

La temprana separación de éstas, así como del Martirio, respecto de los Hechos de San Pablo, se puede imputar a su uso eclesiástico como lecturas para festividades. A pesar de las observaciones de Tertuliano, este pseudógrafo gozó de inmensa y persistente popularidad durante la fase patrística y el medioevo. Este favor se explica principalmente por el sabor romántico y entusiasta de la narración; excepcional entre los apocrifistas, el autor dominó su fértil imaginación, y su trabajo se distingue por su simplicidad, claridad y vigor. Trata de las aventuras de Tecla, una joven de Iconium que luego de ser convertida por la prédica de San Pablo, dejó a su novio y llevó una vida de virginidad y actividad misionera, convirtiéndose en compañera del santo y predicando el evangelio. Es perseguida, pero escapa milagrosamente del fuego y de las fieras del estadio. El alivio que estos Hechos adscriben a la abstención del lecho conyugal dificulta escapar de la conclusión de que fueron retocados con ideas encratitas. Sin embargo, la tesis de Lipsio, apoyada por Corssen, de que un Grundschrif gnóstico subyace a nuestro documento actual, no es aceptada por Harnack, Zahn, Bardenhewer y otros. El apócrifo sigue de lejos los datos del Nuevo Testamento sobre las misiones de San Pablo y está lleno de personajes y eventos no históricos. Por ejemplo, el autor introduce un viaje de los apóstoles del que no hay analogía alguna en los libros sagrados. Hay, no obstante, pizcas de material histórico en lo narrado acerca de Tecla.

Puede muy bien haber habido una virgen cristiana convertida por San Pablo en Iconium, y que sufrió persecución. Gutschmid ha descubierto que una cierta reina Trifena fue un personaje histórico. (Rheinisches Museum für Philologie, X, 1864) (Ver TECLA).

Hechos de San Felipe

Los fragmentos griegos existentes nos proporcionan todos, menos cinco (10- 14) de los quince Hechos que componen esta obra. De éstos, 1-7 son un fárrago de varias leyendas, cada una de las cuales, según parece, es una historia independiente; 8-14 es una unidad, que constituye un desarrollo parasitario de las antiguas pero algo confusas tradiciones de la actividad misionera de un apóstol Felipe en Hierápolis de Frigia. La opinión de Zahn, de que este documento es obra de un desinformado monje católico del siglo IV, es una hipótesis aceptable. El fragmento más largo fue publicado por primera vez por Batiffol en "Analecta Bollandiana", IX (Paris, 1890). También hay unos “Hechos de Felipe” cópticos (Ver FELIPE, SAN, APOSTOL). Hay historias latina, cóptica, etiópica y armenia de las misiones y muerte de Santiago el Mayor, hijo de Zebedeo; Lipsio fecha la latina alrededor del siglo III. Los Hechos y Martirio cóptico y armenio de Santiago el Menor dependen en su mayoría de la tradición Hegesípica, preservada por Eusebio (Hist. Eccl., IV, xxii).

Hechos de San Mateo

Los Hechos Apostólicos del pseudo Abdías contiene una "Passio Sancti Matthæi" latina, que preserva una leyenda abisinia de San Mateo, posterior al Martirio cóptico conocido por su conexión con los Hechos gnósticos del santo. La ubicación histórica correcta indica que la recensión fué obra de un abisinio del siglo VI, que deseaba remontar la fundación de la Iglesia Abisinia (siglo IV) a tiempos apostólicos. No obstante, el meollo de la narración proviene de fuentes más antiguas. La Passio de Abdías sitúa el martirio de San Mateo en Abisinia. (Ver MATEO, SAN, APÓSTOL).

Enseñanzas de Adai (Tadeo)

En 1876 se publicó por primera vez un antiguo documento siríaco titulado “Enseñanzas de Adai, el apóstol”. Demostró seguir de cerca el material de Abgar derivado por Eusebio de los archivos de Edesa y, desde luego, pretende haber sido confiado a tales archivos por su autor, que dice llamarse Lababna, hijo de Senaak. Está lleno de material legendario pero interesante que describe las relaciones entre Jesús y el rey Abgar de Edesa. Tadeo, o Adai, uno de los setenta discípulos, enviado después de la Resurrección a Abgar cumpliendo la promesa de Cristo a éste, cura al gobernante y cristianiza a Edesa con el mayor y más rápido éxito. Es notable el relato de la pintura de Jesús hecha a instancias del enviado de Abgar a Aquél. Dado que la narración de un peregrino galo que visitó Edesa alrededor de 390 no contiene alusión alguna a tal pintura, podemos concluir razonablemente que las Enseñanzas de Adai son de un origen posterior; los críticos aceptan el lapso entre 399-430. La leyenda de Tadeo tiene muchas ramificaciones y ha tenido numerosas variaciones. Hay unos Hechos de Tadeo griegos, que identifican a Adai con Tadeo o Lebeo, uno de los Doce. (Véase ABGAR; EDESA).

Hechos de Simon y Judas

Una Passio latina, que Lipsio atribuye a los siglos IV o V, narra los milagros, conversiones y martirio de esos apóstoles; se encuentra en la colección Abdías. La escena es Persia y Babilonia. Se ha reconocido que la locación histórica de estos Hechos concuerda notoriamente con lo que se sabe de las condiciones del imperio parto en el siglo V después de Cristo.

Hechos de San Bernabé

Los Hechos de San Bernabé parecen haber sido compuestos hacia fines del siglo V por un chipriota. Se les adscriben al evangelista San Marcos, y no tienen valor histórico. Existen en el original griego y en una versión latina. La narración se basa en las actividades y relaciones mutuas de Bernabé, Marcos y Pablo, como se registra en los Hechos de los Apóstoles.

Gesta Matthiæ

Este es el último de los pseudo Hechos, compuesto por un monje de Treves en el siglo XII, como preludio a una relación del traslado de la sagrada reliquia y el cuerpo de San Matías a esa ciudad, y su subsiguiente redescubrimiento. Pretende haber derivado la historia de la carrera de los apóstoles de un manuscrito hebreo. (Ver MATÍAS, SAN, APÓSTOL).

(c) Hechos cuasi-apostólicos

Baste listar aquí los “Hechos de San Marcos”, de origen alejandrino, escritos en los siglos IV o V; los “Hechos de San Lucas”, cóptico, no anterior a fines del siglo IV; los ”Hechos de San Timoteo”, compuestos por un efesio después de 425; los “Hechos de San Tito”, de origen cretense, entre 400-700; y los “Hechos de Xantipa y Polixena”, relacionados con las leyendas acerca de San Pablo y San Andrés.

(4) OBRAS DOCTRINALES APÓCRIFAS

Testamentum Domini Nostri Jesu

Se sabía de la existencia de un trabajo siríaco con ese nombre, un extracto del cual se publicó en 1856. En 1899 Monseñor Rahmani, Patriarca de los Sirios Unidos, publicó de un manuscrito posterior del texto siríaco, una introducción y transcripción latinas. El trabajo se organiza en dos libros: comienza con un apocalipsis del inminente día del Anticristo, supuestamente expresado por Nuestro Señor después de Su resurrección. Entre esto y el cuerpo del trabajo hay una escasa conexión, ya que la parte principal representa a Cristo estableciendo, hasta en sus menores elementos, leyes para la administración y ritual de la Iglesia. El autor pone en boca de Nuestro Señor descripciones y normas litúrgicas vigentes en períodos anteriores y en el suyo propio. Hay puntos de contacto patentes entre el Testamento y los antiguos Canones Hippolyti, la Constitución Apostólica y los Cánones Apostólicos eclesiástico- litúrgicos. Monseñor Rahmani data el Testamento en el siglo II, y ubica los citados documentos en relación de dependencia con ése, pero los críticos rehúsan unánimemente concederle gran antigüedad al Testamento, atribuyéndolo a los siglos IV o V, e invirtiendo la mencionada dependencia.

Sobre la base de que no hay asomos de que el libro hubiera sido conocido fuera de Oriente, y de que se está al corriente de recensiones arábigas y cópticas de él, el Dr. A. Baumstark considera el trabajo como una recopilación surgida en círculos monofisitas, corriente en las iglesias nacionales de esa secta en Siria y en Egipto. Se ha encontrado la apocalíptica introducción en un manuscrito latino del siglo VIII, publicado por M. R. James, "Apocrypha Anecdota" (Cambridge, 1893).

Predicación de Pedro o Kerygma Petri

Clemente de Alejandría cita reiteradamente de un kerygma Petrou, sobre cuya credibilidad, obviamente, no tenemos duda alguna. Por otra parte, Eusebio la clasifica de apócrifa. Cierta “Doctrina de Pedro”, a la que se refiere un autor posterior, era probablemente idéntica a la “Predicación”; de los escasos restos de este trabajo no podemos formarnos más que una imperfecta idea suya. Hablaba en nombre de San Pedro y lo representaba sobre todo como maestro de los gentiles. Las partes doctrinarias se dan en el marco de un recuento de los viajes misioneros. El pseudógrafo fue posiblemente inspirado por el texto II Pedro, i, 5. Un trabajo tan reputado en tiempos de Clemente de Alejandría (c. 140-215), y que se conocía como el “Heracleón Gnóstico” (c. 160-170), debe haber sido de antigüedad casi apostólica; los eruditos se inclinan por el primer cuarto del siglo II. Los fragmentos que sobreviven no dan signos de origen heterodoxo. Hay una “Predicación de Simón Pedro en la ciudad de Roma”, siríaca.

Dos vías o Judicium Petri

Este es un tratado moralizador adjudicado a San Pedro, adjuntado a la Didajé. Es de origen judeo-cristiano y probablemente se basó en la llamada “Epístola de Bernabé”.

Predicación de Pablo

El único testimonio de esta obra es el tratado "De Rebaptismo" en los escritos pseudo-Cipriánicos. Según éstos, representaba a Cristo confesando pecados personales, y obligado por Su madre a recibir el bautismo.

(5) EPÍSTOLAS APÓCRIFAS

Pseudo-Epístolas de la Santísima Virgen

Estas están todas compuestas en latín y en fechas tardías.

Pseudo-Epístolas de San Pedro a Santiago el Menor

Las homilías pseudo Clementinas contiene como prefacio dos cartas, la primera de las cuales presume de ser de Pedro a Santiago el Menor, solicitándole mantener secreta la predicación de Pedro (Véanse ESCRITOS PSEUDO CLEMENTINOS).

Pseudo-Epístolas de San Pablo; Correspondencia con los Corintios

La antigua Iglesia Siria (Edesena) reverenciaba como canónica una Tercera Epístola de San Pablo a los Corintios, que se acompaña con una carta de los pastores de esa Iglesia, de la cual es la respuesta. Pero alrededor del siglo V la Iglesia Siria cayó bajo la influencia de la griega, y en consecuencia la carta espuria perdió gradualmente su status canónico. Fue tomada por los cercanos armenios y durante siglos ha formado parte del Nuevo Testamento armenio. Los autores griegos y latinos guardan total silencio acerca de este pseudógrafo, aunque se han encontrado copias griegas y latinas. Fue obviamente sugerida por la pérdida de la genuina carta paulina a la que se hace referencia en I Cor. v, 9; vii, 1; fué escrita por un presbítero católico hacia 160-170, y es un ataque encubierto a algunos de los principales errores del gnosticismo. Durante mucho tiempo esta correspondencia había tenido circulación independiente, pero recientemente se ha probado que el documento fue incorporado a los Hechos de San Pablo (q.v.).

Pseudo-Epístolas a los Laodicenses

En la Epístola genuina a los Colosenses, Pablo, luego de instruirlos a enviar dicha Epístola a Laodicea, añade: “lean la de los laodicenses”. Esto muy probablemente se refiere a una carta circular, la Efesios canónica; pero se ha sostenido que se trata de una carta perdida a los cristianos laodicenses. La epístola apócrifa es un claro intento de proveer el documento sagrado supuestamente perdido. Consiste en veinte cortas líneas y está básicamente constituída por materias tomadas de Filipenses y otras epístolas, unidas sin secuencia o propósito lógico. Nuestro apócrifo existe sólo en latín y en traducciones de éste, aunque da señales de un original griego. Es improbable que sea la carta pseudo laodicena a que el Fragmento Muratorio califica de inventada por el heresiarca Marción. Pese a su carácter insípido y sospechoso, esta compilación fue frecuentemente copiada en la Edad Media, y gozó de cierto respeto, aunque San Jerónimo había escrito de ella: ab omnibus exploditur. (Ver LAODICEA). Junto con la espuria epístola de Pablo a los laodicenses, el Fragmento Muratorio menciona otra a los alejandrinos, fraguada bajo los auspicios de Marción. No tenemos ningún otro conocimiento cierto de este apócrifo.

Pseudo-correspondencia de San Pablo y Séneca

Esta consiste en ocho supuestas cartas del filósofo estoico Séneca, y seis respuestas de San Pablo. Son idénticas a la correspondencia indicada por Jerónimo (de Viris Illustr., xii), quien, sin juzgar su valor, dice que son vastamente leídas. Estas cartas, entonces, no podrían haber sido compuestas después de la segunda mitad del siglo IV. Se basan en las tempranas tradiciones de la inclinación de Séneca hacia el cristianismo y la simultánea residencia de Pablo y el filósofo en Roma. Sólo anotaremos la existencia de una Carta espuria de San Juan, el Apóstol, a un paciente de hidropesía, curándole su enfermedad, en los Hechos de San Juan, del pseudo Prócuro; y una de Santiago, obispo de Jerusalén, a Cuadrato, en armenio (Vetter, Litterarische Rundschau, 1896).

(6) APOCALIPSIS CRISTIANOS APÓCRIFOS

Apocalipsis del Testamentum D.N. Jesu Christi. (Véase la sección de más arriba sobre el Testamentum)

Apocalipsis de María

El Apocalipsis de María es de origen medieval, y es probablemente resultado de una devoción extravagante. Describe el descenso de la Stma. Virgen al Limbo, y existe en manuscritos griegos. Ha sido impreso en la Colección Tischendorf (Codex Apocryphus Novi Testamenti).

Apocalipsis de San Pedro

El Fragmento Muratorio, escrito en Roma a fines del siglo II, pone a los Apocalipsis de Juan y de Pedro a la par como los únicos recibidos por la Iglesia, haciendo notar que hubo quienes no reconocieron al segundo. Hay abundantes pruebas de que en muchos sectores de la Iglesia primitiva el Apocalipsis Petrino era considerado auténtico, y que en cierta medida gozaba de autoridad canónica. Clemente de Alejandría, siempre crédulo en relación a los apócrifos, incluso lo honró con un comentario; Eusebio (Hist. Eccl., VI, xiv, 1) lo ubica en pié de igualdad con los antilegómena, o clase más alta de escritos discutidos; Jerónimo lo rechaza de plano. No obstante, todavía a mediados del siglo V era leído públicamente en algunas iglesias de Palestina. Las pocas citaciones por parte de autores patrísticos resultaron incapaces de trasmitir una idea de su contenido, pero afortunadamente se descubrió un considerable fragmento de este antiguo documento en Ajmín, Egipto, junto con el pseudo evangelio petrino en el idioma del original, esto es, griego. Una cita de Clemente de Alejandría de las partes recobradas nos permite identificar con certeza el manuscrito como una porción del Apocalipsis de la antigüedad. El pasaje tiene que ver con una visión concedida por Cristo a los Doce en una montaña, y que describía la gloria de dos hermanos ya idos, el esplendor del cielos y una grotesca imagen del infierno. El lenguaje tiene un sabor judeo- cristiano; los críticos atribuyen el apócrifo al primer cuarto del siglo II y es, por lo tanto, uno de los más tempranos casos de literatura no canónica. Con los nombres de Apocalipsis de San Pedro, Apocalipsis de San Pedro según Clemente, Liber Clementis, hay varias recensiones arábigas y etiópicas de un apocalipsis que no tiene nada en común con el antiguo Apocalipsis griego.

Apocalipsis de San Pablo

Una nota preliminar pretende que éste habría sido hallado en una urna de mármol bajo la casa de Pablo en Tarso durante el reino de Teodosio (379-395 A.D.), por indicación de un ángel. Esto muestra la fecha de la confección del apocalipsis. Declara revelar los secretos vistos por los Apóstoles en su traslado al tercer cielo, a lo que se alude en II Cor., xii, 2, y fue escrito en griego. Este Apocalipsis Paulino debe distinguirse del documento gnóstico titulado “Ascensión de Pablo”, al que hace referencia San Epifanio y del que no han sobrevivido restos. Hay un “Apocalipsis de Juan” espurio, de origen comparativamente tardío.

Respecto del llamado Apocalipsis de San Bartolomé véase Evangelio de San Bartolomé.

IV. LOS APOCRIFOS Y LA IGLESIA

Desde muy temprano los autores ortodoxos y, presumiblemente, las autoridades eclesiásticas, estimaron necesario distinguir entre libros inspirados genuinos y una multitud de rivales espurios –hecho que constituye un elemento muy importante en la formación del canon cristiano. Así, ya alrededor de 170 A.D. el autor del catálogo latino descriptivo conocido como “Fragmento Muratorio” califica ciertas obras como ficticias o discutidas. Simultáneamente San Ireneo llamó la atención hacia una gran masa de escritos pseudográficos heréticos (inenarrabilis multitudo apocryphorum et perperam scripturarum, Adv., Hær., I, xx). Indudablemente fue el gran uso en círculos heréticos, especialmente las sectas gnósticas, de esta insinuante literatura, lo que primero concitó la animadversión de los guardianes oficiales de la pureza doctrinal. Incluso en Oriente, que ya tenía literatura pseudográfica, Orígenes (muerto en 254) muestra cautela respecto de libros fuera del canon (Coment. a Mateo, sermón 28). En 387 San Atanasio creyó necesario advertir a su rebaño, mediante una epístola pastoral, contra los apócrifos judíos y heréticos (P. G., XXVI, 1438). Otro Padre griego, Epifanio (312-403), en "Hæreses", 26, pudo quejarse de que había miles de ejemplares de apócrifos gnósticos. Hay que admitir, pese a todo, que durante los tres primeros siglos los Padres y la Iglesia primitivos eran más indulgentes con los pseudográficos judíos que circulaban bajo venerables nombres del Antiguo Testamento. El Libro de Enoj y la Asunción de Moisés habían sido citados en la Epístola canónica de Judas.

Muchos Padres admitieron la inspiración de IV Esdras, para no mencionar El Pastor de Hemas, los Hechos de San Pablo (al menos en la parte de Tecla) y el Apocalipsis de San Pedro, que fueron muy reverenciados en ése y posteriores períodos. Con todo, ningún trabajo apócrifo logró reconocimiento oficial en la iglesia occidental. En 447el Papa León el Grande escribió enérgicamente contra los escritos pseudo apostólicos “que contenían los gérmenes de tantos errores… deberían ser no sólo prohibidos sino completamente suprimidos y quemados” (Epist. xv, 15). El denominado “Decretum de recipiendis et non recipiendis libris" se atribuye al Papa Gelasio (495), pero en realidad es una compilación que data de principios del siglo VI, y que contiene recolecciones hechas antes de Gelasio. Es un documento oficial, primero en su tipo que poseemos, que lista 39 libros además de los atribuídas a Leucius, “discípulo del diablo”, a todos los cuales condena como apócrifos.

Por este catálogo es obvio que en la Iglesia Latina de ese tiempo los apócrifos en general, incluso los de origen católico, habían caído bajo la prohibición eclesiástica, siempre con la preocupación por el peligro de la heterodoxia. El Sínodo de Braga, España, en 563, anatematiza a “cualquiera que lea, apruebe o defienda las injuriosas ficciones puestas en circulación por herejes”. Aunque en la Edad Media esas condenas fueron olvidadas y muchos de los escritos pseudográficos gozaron de gran favor tanto entre el clero como el laicado, siempre hubo mentes superiores, como Alcuino, San Bernardo y Santo Tomás de Aquino, que señalaban su falta de autoridad. La obra De Festis B.M.V., de Benedicto XIV, se hace eco de las antiguas condenas al declarar que ciertos apócrifos populares eran fuentes impuras de la tradición (Véase CANON DE LA SAGRADA ESCRITURA).

La NOTAS BIBLIOGRÁFICAS son extensas, y están en una lista separada en la Enciclopedia Católica.

George J. Reid

NOTA: Este extenso artículo de la Enciclopedia Católica contiene numerosas referencias a artículos en la misma Enciclopedia. El sitio web de CREER contiene, empero, presentaciones separadas acerca de la mayoría de estos temas.

Véase también:

Pseudoepígrafos
Apócrifos del Nuevo Testamento


Los artículos individuales aquí presentados fueron generalmente publicados por primera vez a comienzos de 1980. Esta presentación por temas fué puesta en Internet por primera vez en mayo de 1997.


This translation is generously provided by: María Victoria Castillo
Esta traducción ha sido hecha por: María Victoria Castillo

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