Cuaresma

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Para los cristianos, la Cuaresma es un período penitencial de cuarenta días de oración y ayuno que precede a la Pascua de Resurrección. En la iglesia occidental la observancia de la Cuaresma comienza seis semanas y media antes (excluídos los domingos), con el Miércoles de Ceniza. En la iglesia oriental el período se extiende más de siete semanas porque se excluyen tanto los sábados como los domingos. En el pasado se prescribía un severo ayuno: se permitía una sola comida diaria, y la carne, pescado, huevos y leche estaban prohibidos. Sin embargo, hoy en día se enfatizan la oración y las obras de caridad. La Cuaresma se ha observado desde el siglo IV.

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Cuaresma

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La Cuaresma es el período de ayuno y penitencia tradicionalmente observado por los cristianos en preparación para la Pascua de Resurrección. La duración de 40 días del ayuno cuaresmal, en la que los fieles comen frugalmente, fue establecida en el siglo IV. En las iglesias orientales, en que sábados y domingos se consideran festivos, la Cuaresma son las ocho semanas antes de Pascua; en las occidentales, donde sólo es festivo el domingo, la Cuaresma comienza el Miércoles de Ceniza y se extiende, con la omisión de los domingos, hasta el día anterior al de Pascua. La observancia del ayuno y otras formas de penitencia personal durante la Cuaresma varía entre las iglesias anglicana y protestantes, que enfatizan la penitencia. En años recientes la iglesia católica romana ha relajado sus normas sobre el ayuno: según la Constitución Apostólica emitida por el Papa Paulo VI en febrero de 1966, el ayuno y la abstinencia de Cuaresma son obligatorios sólo el Miércoles de Ceniza y el Viernes Santo.


Cuaresma

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La Cuaresma es un período de penitencia de cuarenta días, que comienza el Miércoles de Ceniza, en preparación para la festividad de la Resurrección; es una forma de retiro para los cristianos, que se preparan a celebrar el misterio pascual. Llegó a ser un retiro de cuarenta días durante el siglo VII coincidiendo con los cuarenta días que Cristo pasó en el desierto; con anterioridad la Cuaresma solía durar solamente una semana. Cada viernes de Cuaresma es día de abstinencia. Probablemente el ayuno se originó en la costumbre de ayunar de los que iban a ser bautizados, después de haber sido catecúmenos; el tercer, cuarto y quinto domingo de Cuaresma se refieren al proceso de preparación para el bautismo.

Durante la Cuaresma las obras de penitencia son muy importantes; incluyen no sólo abstinencia y ayuno, sino también oración y obras de caridad. El Miércoles de Ceniza es uno de los grandes días de penitencia. En la Constitución sobre Sagrada Liturgia, el Concilio Vaticano II describe cómo la penitencia lo acerca a uno a Dios. Con todo, no se debe atender en exceso la penitencia misma, sino entender que ésta es en preparación para celebrar la muerte y resurrección de Jesucristo. Durante la Cuaresma los cristianos buscan un cambio de corazón en su relación con Dios.

T J German

(Diccionario Evangélico Elwell)

Bibliografía: N. Hordern y J. Otwell, La Cuaresma; H. Franke, La Cuaresma y la Pascua.


Cuaresma

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Origen del término

La palabra germana “Lent”, que se usa en inglés para denotar el período de cuarenta días que precede a la Pascua de Resurrección, no significaba originalmente más que “primavera”, pero se la empleó para traducir el más explícito término latino cuadragesima (carême, en francés; quaresima, en italiano; cuaresma, en castellano), que quiere decir “cuarenta días” o, más literalmente, “cuadragésimo día”. Esto, a su vez, aludía a la palabra griega para “Lent”, tessarakoste (cuadragésimo), formada en analogía a pentekoste (Pentecostés), que se utilizaba para la fiesta judía antes de los tiempos del Nuevo Testamento. Esta etimología, como se verá, tiene alguna importancia en la explicación de la evolución temprana del ayuno cuaresmal.

Origen de la costumbre

Ya en el siglo V algunos de Padres de la Iglesia sostenían que los cuarenta días de ayuno eran una institución apostólica. San León (fallecido en 641), por ejemplo, exhortó a sus oyentes a abstenerse, de modo que pudieran “cumplir con su ayuno la constitución apostólica de los cuarenta días” - ut apostolica institutio quadraginta dierum jejuniis impleatur (P.L., LIV, 633), y el historiador Sócrates (f.. 433) y San Jerónimo (f. 420) usan un lenguaje similar (P.G., LXVII, 633; P.L., XXII, 475).

Pero los más destacados eruditos modernos rechazan casi unánimemente esa postura, puesto que en las evidencias de los primeros siglos se encuentran tanto considerable diversidad de prácticas relativas al ayuno antes de Pascua, como un desarrollo gradual de su duración. El pasaje más importante es el citado por Eusebio (Hist. Eccl., V, xxiv) de una carta de San Ireneo al Papa Víctor respecto de la controversia de la Cuaresma. Allí Ireneo dice que se discute no sólo la duración de aquélla sino también el ayuno preliminar, y prosigue: “porque algunos creen que deberían ayunar un día; otros, dos, y aún otros, varios días, en tanto que hay quienes dedican cuarenta horas del día y la noche a su ayuno”. También afirma que esta variedad de usos es de antigua data, lo que implica que podría no haber habido tradición apostólica sobre el asunto. Rufino, que hacia fines del siglo IV tradujo a Eusebio al latín, parece haber puntuado este pasaje como para que Ireneo dijera que algunas personas ayunaban durante cuarenta días. Antes había diferencias de opinión acerca de la lectura correcta, pero la crítica moderna (por ejemplo, en la edición de Schwartz encomendada por la Academia de Berlín) se pronunció enfáticamente a favor del texto traducido más arriba. Bien podemos concluir, pues, que hacia el año 190 Ireneo no estaba al tanto de ayunos cuaresmales de cuarenta días.

Lo mismo debe inferirse del lenguaje de Tertuliano pocos años después. Escribiendo como montanista, compara el muy escaso plazo de ayuno observado entre los católicos (“los días en que se llevaron al novio”, con lo que probablemente se refiere al Viernes y al Sábado Santos) con el período más largo, pero aún restringido a una quincena, que mantenían los montanistas. No cabe duda de que se refería a un ayuno muy estricto (xerophagiæ, ayuno seco), pero aunque escribió todo un tratado “De Jejunio” y a menudo toca el tema en otras partes, nada en sus palabras indica que supiera de período alguno de cuarenta días consagrados a un ayuno más o menos continuo (Tertuliano, "De Jejunio”, ii y xiv; cf. "de Orat.", xviii; etc.).

Y el mismo silencio es observable en todos los Padres pre Nicénicos, aunque muchos de ellos tuvieron ocasión de mencionar tal institución apostólica si es que ésta hubiera existido. Podemos notar, por ejemplo, que no hay mención a la Cuaresma en San Dionisio de Alejandría (ed. Feltoe, 94 y sgts.) o en la “Didascalia”, si bien ambos hablan difusamente de un ayuno pascual. Más aún, hay mucho que sugiere que en la Era Apostólica la Iglesia conmemoraba la resurrección de Cristo con una celebración no anual, sino semanal (véase “The Month”, abril de 1910, 337 y sgts). De ser así, la liturgia dominical constituía la conmemoración semanal de la resurrección, y el ayuno del viernes, de la muerte de Cristo. Esta teoría ofrece una explicación natural de la amplia divergencia observada hacia fines del siglo II respecto tanto del período apropiado para la Cuaresma como del modo de hacer el ayuno. Los cristianos llevaban a la vez la observancia semanal del domingo y del viernes, lo que era primitivo, pero la fiesta anual de la Pascua era algo impuesto por un proceso natural de desarrollo, y muy influído por las condiciones locales en las diferentes iglesias de oriente y occidente. Es más, la festividad pascual parece haber establecido un ayuno preliminar (que en parte alguna excedía todavía de una semana de duración), pero de carácter severo, que conmemoraba la Pasión, o más generalmente, “los días en que se habían llevado al novio”.

Como quiera que haya sido, la primera mención del término tessarakoste se encuentra en los primeros años del siglo IV. Ocurre en el canon quinto del Concilio de Nicea (A.D. 325), donde sólo hay cuestión del momento apropiado para celebrar un sínodo, y es factible que se refiera no a un período sino a una festividad específica, esto es, la Fiesta de la Ascensión, o Purificación, que Ætheria denomina quadragesimæ de Epiphania. Pero hay que recordar que el término más antiguo, pentekoste (Pentecostés) pasó, desde designar el quincuaquésimo día, a designar el período completo (que nosotros llamaríamos Tiempo Pascual) entre el Domingo de Pascua y el de Pentecostés (cf. Tertuliano, "De Idololatria", xiv, - "pentecosten implere non poterunt"). En todo caso es seguro, por las Cartas de las Festividades de San Atanasio, que en 331 el santo ordenaba a sus fieles un lapso de cuarenta días de ayuno preliminar al de Semana Santa, que era más estricto; y que en 339 el mismo Padre, luego de haber viajado a Roma y a gran parte de Europa, escribió en los más enfáticos términos al pueblo de Alejandría exhortándolo a dicha observancia practicada universalmente, “a fin de que mientras todo el mundo hace ayuno, nosotros los de Egipto no hagamos el ridículo como único pueblo que no ayuna sino que lo pasa bien en esos días”. Aunque Funk sostenía que antes de San Ambrosio no se conocía en Occidente una Cuaresma de cuarenta días, aquélla es evidencia que no se puede ignorar.

Duración del ayuno

Los ejemplos de Moisés, Elías y Cristo deben haber ejercido una influencia predominante en determinar ese lapso de cuarenta días, pero también es posible que se haya tenido en cuenta que Cristo yació cuarenta horas en el sepulcro. Por otra parte, así como Pentecostés (cincuenta días) era un período durante el cual los cristianos permanecían felices y oraban de pié, aunque no siempre estaban dedicados a la oración, la Cuadragésima (cuarenta días) fue originalmente una etapa de ayuno pero no necesariamente uno en que los fieles ayunaran cada día. Sin embargo, este principio se entendía de diferentes maneras en distintas localidades, y su resultado era una notoria divergencia de prácticas. En el siglo V la Cuaresma duraba en Roma seis semanas, pero según el historiador Sócrates sólo tres eran de ayuno, incluso entonces excluyendo los sábados y domingos; y si se sigue la opinión de Duchesne, esas semanas no eran continuas sino que eran la primera, cuarta y sexta del período, conectadas con las ordenaciones (Ritos u oficios cristianos, 243). Con todo, es posible que esas tres semanas tuvieran relación con los “escrutinios” preparatorios al bautismo, ya que para algunas autoridades (véase A.J. Maclean en su “Hallazgos recientes”) el deber de ayuno para el candidato al bautismo fue, y con mucho, la principal influencia en el desarrollo de los cuarenta días.

En oriente en general, con algunas pocas excepciones, prevalecían los mismos usos que las Cartas de Festividad de San Atanasio muestran que se lograron en Alejandría, esto es, las seis semanas de Cuaresma eran sólo preparatorias para un ayuno de extraordinaria severidad que se mantenía en Semana Santa. Esto fue prescrito en la Constitución Apostólica (V, xiii) y dado por hecho por San Crisóstomo (Hom. xxx in Gen., I). Pero una vez establecido, el número cuarenta suscitó otras modificaciones. A muchos les pareció necesario que durante esos días no sólo hubiera ayuno, sino más bien cuarenta días de ayuno efectivo. Así encontramos a Ætheria en su “Peregrinatio” hablando de una cuaresma de ocho semanas observada en Jerusalén, las cuales, teniendo presente que se exceptuaban tanto los sábados como los domingos de la semana corriente, dan cinco veces ocho, es decir, cuarenta días para ayunar. Por lo demás, en muchas localidades la gente se contentaba con guardar un período de no más de seis semanas, a veces, como en Milán, ayunando nada más que cinco días en la semana, según la usanza de oriente (Ambrosio, "De Elia et Jejunio", 10). En tiempos de Gregorio el Grande (590-604) parece haber habido en Roma seis semanas de seis días cada una, lo que hace un total de treinta y seis días de ayuno, las cuales San Gregorio, en lo que le siguen muchos autores medievales, describe como los diezmos espirituales del año, puesto que treinta y seis días son aproximadamente la décima parte de 365. En época posterior, el deseo de cumplir el número exacto de cuarenta días llevó a la práctica de comenzar la Cuaresma en nuestro actual Miércoles de Ceniza, aunque la iglesia de Milán adhiere hasta el día de hoy al uso primitivo, que todavía aparece en el Misal Romano cuando el sacerdote, en el secreto de la misa del primer domingo de Cuaresma, habla de "sacrificium quadragesimalis initii", el sacrificio del inicio de Cuaresma.

Naturaleza del ayuno

Tampoco había originalmente menos divergencia respecto de la naturaleza del ayuno. Por ejemplo, el historiador Sócrates (Hist. Eccl., V, 22) relata la práctica del siglo V: “unos se abstienen de todo tipo de creatura viviente, mientras que otros comen, de todas las creaturas vivientes, sólo pescado. Otros consumen tanto aves como pescado, porque según el relato mosaico de la Creación, también ésas salieron de las aguas; otros se abstienen de frutos recubiertos de cáscara dura, y de huevos. Algunos comen solamente pan duro, y otros ni eso siquiera; y aún otros, cuando han ayunado hasta la hora nona (las tres de la tarde) comen varias clases de alimentos”. Entre esta diversidad, había quienes se inclinaban por un rigor extremo. Epifanio, Paladio y el autor de “Vida de santa Melania, la Joven” parecen contemplar un estado de cosas en que se esperaba que los cristianos corrientes pasaran veinticuatro horas o más sin alimento de ningún tipo, especialmente durante la Semana Santa, mientras que los más austeros en efecto subsistían toda o parte de la Cuaresma con una o dos comidas a la semana (véase Rampolla, "Vita di. S. Melania Giuniore", apéndice xxv, p. 478). Pero la regla corriente de ayuno era hacer una sola comida al día, y sólo en la tarde, en tanto que la carne y, en los siglos anteriores, el vino, estaban absolutamente prohibidos. Durante la Semana Santa o al menos en Viernes Santo, era común ordenar la xerophagiæ, es decir, una dieta de alimentos secos, pan, sal y verduras.

En un principio parece no haber habido ninguna prohibición de lácteos, como demostraría el pasaje recién citado de Sócrates. Es más, en una fecha algo más tardía, Beda cuenta que durante la Cuaresma el obispo Cedda tomaba una sola comida al día, consistente en “algo de pan, un huevo de gallina y un poco de leche mezclada con agua” (Hist. Eccl., III, xxiii), mientras que en el siglo VII Teodolfo de Orleans consideraba la abstinencia de huevos, queso y pescado como signo de excepcional virtud. No obstante, escribiendo a San Agustín de Inglaterra, San Gregorio estableció la regla de que “Nos abstenemos de carne y de todas las cosas que vengan de ella, como leche, queso y huevos”. Posteriormente esta decisión fue consagrada en el “Corpus Juris” y debe tenérsela por norma de la Iglesia. Con todo, se admitían excepciones y se concedían dispensas para consumir “lacticinia", a condición de hacer una contribución a alguna obra piadosa. Estas dispensas se conocían en Alemania como “Butterbriefe” (carta de la mantequilla), y se dice que varias iglesias fueron en parte construídas con recursos provenientes de aquéllas. Por esa razón, en el pasado una de las agujas de la catedral de Rouen se conocía como “Torre de la mantequilla”. Esa prohibición general de huevos y leche durante la Cuaresma se perpetuó en la popular costumbre de regalar huevos en Pascua, y en el uso inglés de comer panqueques el Martes de Confesión (previo al Miércoles de Ceniza).

Relajamiento del ayuno cuaresmal

De lo dicho queda claro que en la temprana Edad Media la Cuaresma en la mayor parte de la Iglesia Occidental consistía en cuarenta días hábiles, todos de ayuno, y seis domingos. Desde principio a fin de ese período toda carne, y también en buena parte “lacticinia” (lácteos), estaban prohibidos incluso los domingos, mientras que en todos los días de ayuno se tomaba una sola comida, la que no se permitía antes de la tarde. Sin embargo, en un período muy temprano (cuya primera mención se encuentra en Sócrates) comenzó a tolerarse la práctica de romper el ayuno a la hora nona, esto es, las tres de la tarde. Nos enteramos especialmente de que Carlomagno, alrededor del año 800, tomó su comida de Cuaresma a las dos de la tarde. Esta anticipación gradual de una hora en ello la facilitó el hecho de que las horas canónicas (nona, vísperas, etc) representaban más bien períodos que momentos en el tiempo. La hora novena o nona era incuestionablemente las tres de la tarde, pero el Oficio de nona se podía cantar tan pronto terminara la sexta, que por cierto corresponde a la hora sexta, o mediodía. Por esto, con el transcurso del tiempo se empezó a considerar que la nona comenzaba a mediodía, convención que se perpetúa en la palabra inglesa “noon”, que significa mediodía y no las tres de la tarde. Ahora bien, la hora para romper el ayuno durante la Cuaresma era después de Vísperas (servicio de la tarde), pero paulatinamente el recitar Vísperas se fue adelantando cada vez más hasta que por fin se reconoció, como se hace hoy, que en Cuaresma las Vísperas se pueden decir a mediodía. Así, y aunque todavía en el siglo XI el autor de los “Micrologus” afirmaba que aquellos que cenaban antes de llegar la noche no guardaban el ayuno cuaresmal según los cánones (P.L., CLI, 1013), ya a fines del siglo XII algunos teólogos, como por ejemplo el franciscano Richard Middleton, que basó su opinión en parte en el uso contemporáneo, declaró que un hombre que tomara su cena a mediodía no quebrantaba el ayuno cuaresmal.

Aún más notorio fue el relajamiento permitido por la introducción de la “colación”. Esto parece haber partido en el siglo IX cuando el Concilio de Aquisgrán sancionó la concesión, incluso en los monasterios, de unos tragos de agua u otra bebida en las tardes para quitar la sed de los agotados por el trabajo manual del día. Desde este pequeño comienzo evolucionó gradualmente una permisividad mucho mayor. Santo Tomás de Aquino y otros teólogos adoptaron el principio de parvitas materiae, esto es, que una pequeña cantidad de alimento no directamente tomada como comida no rompía el ayuno, y en el curso de los siglos se llegó a permitir después de la ingesta de mediodía, una determinada cantidad de comida sólida que, según las autoridades históricas, no debía exceder de ocho onzas. Dado que esa bebida vespertina, cuando recién se la permitió en los monasterios del siglo IX, se tomaba a la hora en que las “colaciones” (conferencias) del abad Casiano se les leían en voz alta a los hermanos, a esa pequeña permisión se le comenzó a conocer como “colación”, como sucede hasta el día de hoy.

En el curso de los últimos siglos se han ido introduciendo a la observancia cuaresmal otras mitigaciones de carácter más sustancial. En primer lugar, se ha tolerado la costumbre de beber una taza de líquido (té o café, e incluso chocolate) con un trozo de pan o una tostada en la mañana temprano. Pero en lo más relativo a la Cuaresma, la Santa Sede ha ido concediendo sucesivos indultos que permiten la carne como plato fuerte, primero los domingos y luego en dos, tres, cuatro y cinco días de semana, a través de casi toda la Cuaresma. Bastante recientemente el mismo permiso se ha extendido al Jueves Santo, en que la carne estuvo siempre prohibida. En los Estados Unidos la Santa Sede faculta para que los hombres de trabajo y sus familias consuman carne todo el año, excepto los viernes, Miércoles de Ceniza, Sábado Santo y vigilia de Navidad. La sola compensación que se impone por todas estas concesiones es la prohibición de tener pescado y carne en la misma comida durante la Cuaresma. (Véase Abstinencia, Ayuno; Impedimentos canónicos; Laetare dominica; septuagésima; sexagésima; quinquagésima; quadragésima; vestiduras).

Escrito por Herbert Thurston y transcrito por Anthony A. Killeen. A.M.D.G. Enciclopedia Católica, Volumen IX, publicada en 1910. New York: Robert Appleton Co. Nihil Obstat, 1° de octubre de 1910. Remy Lafort, S.T.D., Censor. Imprimatur. +John M. Farley, Arzobispo de Nueva York .



Esta traducción ha sido hecha por: María Victoria Castillo



La presentación original (en inglés) de este documento está en English language

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