En el Antiguo Testamento a Dios se le llamaba YHWH, que la mayoría de los eruditos lee “Yavé”; la pronunciación exacta se perdió porque se le enunciaba muy rara vez. En su lugar se leía “Adonai” (Señor). La combinación escrita del tetragrama YHWH con las vocales de Adonai se tradujo tradicionalmente como “Jehová” en las Biblias inglesas. Aunque se debate el significado de YHWH, frecuentemente se le traduce como “El que es”, y probablemente designa a YHWH como creador. En el Islam, Alá es una noción similar.
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La noción de Dios es compleja y esquiva, en caso alguno fácil de definir. En cuanto ser supremo, creador y señor de todo, Dios trasciende todos los límites, distinciones y características de las creaturas. Si algo es definible sólo por sus diferencias respecto de otras cosas, por sus límites y características especiales, ¿cómo es posible definir la fuente de todas las cosas, que no tiene límites, distinciones ni peculiaridades? Dios no está ni en el espacio ni en el tiempo, trasciende todas las substancias y causas, no depende de otras cosas ni es efecto de ellas. En consecuencia, no se puede hablar de El sencillamente como un ser entre otros a menos que se le conciba como mera creatura y, por ende, no como Dios. Por ello el concepto de Dios tiende inevitablemente hacia el de absoluto trascendente, de mucha especulación filosófica: impersonal, no relacionado, independiente, inmutable, eterno. En algunas teologías el concepto se mueve hacia ámbitos de abstracción aún más remotos: a Dios sólo se le puede describir negativamente, como la negación de todo lo que se experimenta aquí y ahora, por ejemplo, atemporal, incorpóreo, inmutable. En la creencia judía y cristiana, sin embargo, Dios también es en cierta forma personal, justo o moral, preocupado de las personas y de sus vidas y por tanto muy cercano y activo respecto del mundo y del curso de la historia. Los problemas reflectivos en este concepto de Dios, sujeto de disputas a través de la historia occidental, tienen una fuente dual: sea lo que sea, Dios no es como las cosas corrientes que pueden ser descritas; y la noción de Dios incluye ciertas tensiones dialécticas o paradojas (absoluto-relativo, impersonal-personal, eterno-temporal, inmutable-cambiante) que desafían los alcances corrientes del decir y el definir. Al acercarse religiosa o filosóficamente a lo divino uno encuentra primero que nada misterio, y con ello, normas o formas especiales del habla, algo tan antiguo como la religión misma. Variaciones del concepto de Dios.
Las ideas sobre Dios varían enormemente entre las religiones y culturas.
En otras culturas antiguas que conciben a la persona como única y diferenciada de fuerzas naturales y sociales y reconocen el rol del poder personal en política, esas variadas fuerzas naturales y culturales están personalizadas y simbolizadas por dioses y diosas que controlan esos poderes, actúan mediante éstos y se manifiestan en ellos. Por ejemplo, Ares era el dios griego del trueno y de la guerra; Afrodita, la diosa del amor y la belleza, y Apolo, el dios de la luz y el orden. La adoración de muchos dioses, conocida como politeísmo, caracterizó las religiones de gran parte del mundo antiguo. En cada caso, un profundo sentido de un orden unificador en la realidad iba acompañado de una inclinación hacia la unidad de esas fuerzas plurales, hacia el monoteísmo.
En esta noción de lo divino las correspondientes categorías de poder, persona y orden son infinitamente trascendidas como características esenciales relativas a la finitud, y por tanto, antitéticas a lo divino. Consecuentemente, las prácticas religiosas de meditación y la esperanza religiosa de liberación última también trascienden las relaciones con la naturaleza, tribu, sociedad, curso de la historia, e incluso todas las praxis y símbolos religiosos. Tales religiones consideran la noción occidental de Dios, con sus implicancias de ser personal y su énfasis en la vida del yo en este mundo, como un modo extremadamente inapropiado e incluso insultante de concebir su propio principio supremo.
Estos aspectos de la noción de Dios reaparecen con algunas modificaciones en el Nuevo Testamento (NT). Aquí el único Dios también se ocupa de la historia, juicio y redención, pero su manifestación central es Jesucristo, a través de quien se revela la voluntad de Dios para la humanidad, se dan a conocer Sus juicios y se lleva a efecto Su poder de salvación. Los escritores del NT generalmente usan la palabra Dios para designar al Dios del AT; Cristo se entiende como el cumplimiento de la promesa mesiánica y como el Hijo, o Logos. Su relación con Dios Padre y el Espíritu Santo llevó al desarrollo de la doctrina cristiana de la trinidad. Tanto la teología judía como la cristiana exhiben, pues, una tensión dialéctica entre la trascendencia de Dios sobre la naturaleza y la historia como creador y señor, y Su participación moral y personal en la historia en pro de la humanidad.
Durante la Reforma, que destacó la primacía de la Escritura, el lado personal, volitivo, activo, del Dios bíblico logró prominencia de nuevo, y el lado filosófico retrocedió: los juicios de Dios y su misericordia hacia la humanidad fueron considerados sus atributos centrales. El aspecto trascendente y eterno de este Dios personal se expresó en el misterio e inmutabilidad eternos de su voluntad omnímoda, especialmente la voluntad selectora y providencial, más que en el misterio e inmutabilidad del ser divino.
La subsiguiente divergencia del pensamiento moderno respecto de las tradiciones greco-romanas llevó a la introducción de nuevas opciones filosóficas que acentúan el cambio, los procesos y el relacionamiento. Dan expresión a una interpretación nueva e inmanente de Dios y se las puede encontrar en sistemas tales como la filosofía de procesos. Aún cuando reconocen y afirman en algún sentido lo absoluto de Dios, su eternidad e invulnerabilidad, muchos teólogos modernos enfatizan Su participación en el paso del tiempo, Su activa relación con los eventos y consiguiente mutabilidad; dichos teólogos argumentan que tal concepción es más cercana a la noción bíblica que la antigua visión griega.
Aquellos que creen que a Dios sólo se le puede conocer por intermedio de la fé tienden a ser escépticos de las pruebas filosóficas y poseen una imagen de Dios tal vez más trascendente. Para éstos, el Dios de la teología racional, probada y acomodada por los procesos de pensamiento, es meramente creatura de la voluntariosa sabiduría humana. Para que se le conozca debidamente, o incluso sencillamente para que se le conozca, Dios mismo debe hablar a la humanidad, y por lo tanto la fé, como respuesta a la Revelación divina, es el único camino para el verdadero conocimiento de Dios. Y están, finalmente, quienes afirman que a Dios no se le puede conocer ni por la razón ni por la fé sino sólo por la experiencia directa.
Langdon Gilkey
Bibliografía
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y naturaleza de Dios (1984); L Gilkey, Hacedor del cielo y la Tierra (1959); J H
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(1964); I Raez, El Dios desconocido (1970); M S Smith, Historia antigua de Dios
(1990); K Ward, El concepto de Dios (1975).
(a) el cosmológico, por el cual se prueba que debe haber una Primera Causa de todas las cosas, puesto que cada efecto debe tener una causa;
(b) el teleológico, o argumento del diseño. En todas partes vemos la operatoria de una Causa inteligente en la naturaleza;
(c) el argumento moral, o antropológico, basado en la conciencia moral y en la historia de la humanidad, que exhibe un orden moral y un propósito que sólo se explica suponiendo la existencia de Dios.
La conciencia y la historia humanas testimonian que “en verdad hay un Dios que juzga en la Tierra”. Los atributos de Dios fueron establecidos en orden por Moisés en Ex. 34:6,7 (véase también Deut. 6:4; 10:17; Num. 16:22; Ex. 15:11; 33:19; Isa. 44:6; Heb. 3:6; Salm. 102:26; Job 34:12.). También están sistemáticamente clasificados en Apoc. (Rev.) 5:12 y 7:12. Algunos hablan de los atributos de Dios como absolutos, i.e., como pertenecientes a su esencia en cuanto Jehová, Jah, etc; o relativos, como los adscritos a El en relación a sus creaturas. Otros los diferencian en comunicables, esto es, los que se pueden impartir en grados a sus creaturas: bondad, santidad, sabiduría, etc., e incomunicables, que no se pueden impartir, tales como independencia, inmutabilidad, inmensidad y eternidad. Y hay aún quienes los dividen también en atributos naturales (eternidad, inmensidad, etc) y morales (santidad bondad).
(Diccionario Ilustrado Easton)
La esencia de algo es, para decirlo simplemente, igual a su ser (substancia) más sus atributos. Desde el escepticismo de Kant respecto de conocer algo en sí mismo o en su esencia, muchos filósofos y teólogos han limitado sus formas generales de hablar, al fenómeno de la experiencia religiosa judía o cristiana. Abandonando categorías de esencia, substancia y atributo, han pensado exclusivamente en términos de encuentros Persona a persona, actos de poder de Dios, funciones divinas o procesos divinos en la historia. Desde luego, Dios está activo en estas y otras formas, pero no está mudo. La revelación inscriturada expone algunas verdades acerca de la esencia de Dios en sí misma; la verdad conceptual revela no sólo lo que Dios hace, sino también quién es.
La revelación bíblica enseña la realidad no sólo de las entidades físicas, sino también la de los seres espirituales: ángeles, demonios, Satanás, y el Dios Triuno. La Biblia revela asimismo información relativa a los atributos o características de las realidades material y espiritual. Al hablar de los atributos de una entidad nos referimos a las cualidades esenciales que pertenecen a ella o le son inherentes; el ser o substancia es lo que subyace y unifica las variedad y múltiples atributos de una entidad unificada. Los atributos son esenciales para distinguir al Espíritu divino, de todos los demás espíritus; el Espíritu divino es necesario para unir todos los atributos en un ser. Los atributos de Dios son, pues, características esenciales del ser divino, sin las cuales Dios no sería lo que es: Dios.
Hay quienes han creído que al definir la esencia de Dios, los pensadores humanos confinan a Dios a sus nociones, pero este razonamiento confunde las palabras que conllevan conceptos, con sus referentes: ¿acaso la definición de agua limita el poder de las cataratas del Niágara? La palabra Dios se ha usado en tantas y tan diversas maneras, que es responsabilidad del escritor o hablante indicar cuál de esos usos es el que tiene en mente.
En cuanto espíritu Dios es invisible, nadie lo ha visto ni lo verá jamás (1 Tim. 6:16); un espíritu no es de carne y huesos (Luc. 24:39). En cuanto tal, además, Dios es personal. Aunque algunos pensadores usan “espíritu” para designar principios impersonales o un absoluto impersonal, en el contexto bíblico el Espíritu divino tiene capacidades personales de inteligencia, emoción y volición. Es importante negar en lo personal de Dios vestigio alguno del mal físico y moral asociado a los seres humanos caídos.
Al trascender los aspectos físicos de la personería humana, Dios trasciende tanto los de la virilidad como de la femineidad. No obstante, y dado que varones y hembras fueron creados a imagen de Dios, podemos pensar de unos y otras como semejantes a Dios en sus propias cualidades personales masculinas y femeninas no físicas. En este contexto el uso bíblico de pronombres personales masculinos para Dios alude básicamente a las cualidades vitales personales de Dios, y secundariamente a cualquier responsabilidad funcional distintiva del varón.
El peculiar énfasis de Cristo en Dios como Padre en el Padrenuestro y en otras instancias perdería sentido si Dios no fuera ciertamente personal. Asimismo, las grandes doctrinas de la misericordia, gracia, perdón, imputación y justificación sólo pueden tener sentido si Dios es genuinamente personal, capaz de oír el clamor del pecador por salvación, conmoverse con ello, decidir y actuar para recuperar al perdido. De hecho Dios es suprapersonal, tripersonal; la clásica doctrina de la Trinidad sintetiza coherentemente la enseñanza bíblica sobre Dios. Imponer el nombre de Dios a un candidato bautismal es imponerle el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo (Mat. 28:19). La unidad del ser y esencia divinos únicos enfatizados en el concepto neotestamentario de espíritu personal implica simplicidad o indivisibilidad. Ni las distinciones personales Trinitarias ni los atributos múltiples dividen la unicidad esencial del divino ser, y esa unicidad esencial, ontológica, no se quiebra con la encarnación, y ni siquiera con la muerte de Jesús. Relacional o funcionalmente (pero no esencialmente) Jesús en la cruz fue separado del Padre, que le imputó la culpa y el castigo por nuestro pecado.
En vista de la indivisibilidad del espíritu divino ¿cómo se relacionan los atributos con el ser divino? Los atributos divinos no son meros apelativos para uso humano, sin referentes en el Espíritu divino (nominalismo), ni separables entre sí dentro de éste como para entrar en conflicto unos con otros (realismo); todos los atributos califican igualmente la totalidad del ser divino y de cada uno de ellos (realismo modificado). Preservando la divina simplicidad o indivisibilidad, el amor de Dios es siempre amor santo, y la santidad de Dios es siempre amante santidad. Es fútil, pues, discutir la superioridad de un atributo divino sobre otro; cada uno es esencial, ninguno puede serlo más que los demás en un ser simple, no extendido.
En tanto espíritu, además, Dios está vivo y activo. A diferencia de los entes sobrenaturales de las filosofías griegas, el Dios de la Biblia crea y mantiene activamente pactos con su pueblo, preserva a Israel y a la línea genealógica del Mesías, llama a un profeta tras otro, envía a su Hijo al mundo, propicia un sacrificio expiatorio para satisfacer su propia justicia, resucita a Cristo de entre los muertos, construye la iglesia, y en justicia juzga a todos. Lejos de una entidad pasiva como una casa cálida, el Dios de la Biblia es un activo arquitecto, constructor, luchador por la libertad, abogado de los pobres y los oprimidos, juez justo, consejero comprensivo, siervo sufriente y liberador triunfante.
En cuanto espíritu invisible, personal, viviente, Dios no es un mero objeto pasivo de investigación humana. Escritores como Pascal, Kierkegaard, Barth y Brunner han recordado provechosamente a los cristianos que conocer a Dios es como estudiar los suelos; pero van demasiado lejos al sostener que Dios es sólo un sujeto que se revela en inefables encuentros personales, y que no se puede conocer ninguna verdad objetiva, proposicional, acerca de El. Los miembros de la familia de un artista creativo pueden conocerlo no sólo con apasionada subjetividad personal, sino también objetivamente a través del examen de sus obras, la cuidadosa lectura de sus escritos y apreciación de su currículo vitae. Del mismo modo, a Dios se le puede conocer no sólo en un compromiso subjetivo apasionado, sino también reflexionando sobre sus obras creativas (revelación general), su inspirada Escritura (parte de la revelación especial) y los resúmenes teológicos de su naturaleza y actividad. El conocimiento de Dios involucra a la vez una validez conceptual objetiva y una membresía personal y subjetiva.
Hemos considerado qué significa afirmar que Dios es espíritu: el divino ser es uno, invisible, personal, y por ende es capaz de pensar, sentir y querer, un ser viviente y activo. Hay, sin embargo, muchos espíritus; se requiere, pues, la siguiente descripción de los atributos divinos para distinguir al Espíritu divino de otros seres espirituales.
Al considerar el significado de cada atributo conviene estar al tanto de la relación de éstos con el ser de Dios. En las Escrituras los atributos divinos no están por encima, ni al lado ni por debajo de Dios, sino que se les predica de El: Dios es santo, Dios es amor. Estas características no describen simplemente lo que Dios hace, sino que definen lo que Dios es. Sostener que los que reciben la revelación pueden conocer los atributos, pero no el ser, de Dios, deja a los atributos desarticulados y pertenecientes a nada. Las Escrituras no respaldan la adoración de un Dios desconocido sino que lo dan a conocer; los atributos son inseparables del ser de Dios, y el divino espíritu no se relaciona ni actúa aparte de las características divinas esenciales. Al conocer los atributos, por lo tanto, conocemos a Dios tal como El se ha autorevelado como ser en sí mismo.
Esto no quiere decir que a través de la revelación podamos conocer a Dios como El se conoce a sí mismo, sino que es negar que todo nuestro conocimiento de Dios sea equívoco, totalmente distinto de lo que entendemos por los conceptos de amor santo escrituralmente revelados.
Mucho de nuestro conocimiento de los atributos de Dios es analógico o figurativo, donde las Escrituras emplean modos de hablar. Pero incluso entonces el asunto ilustrado se puede consignar en términos de lenguaje no figurativo, por lo que nuestra comprensión de Dios no es exclusivamente analógica. El conocimiento revelado, no figurativo, tiene al menos un punto en que significa lo mismo para el pensamiento de Dios y el pensamiento humano revelacionalmente informado. A algún conocimiento de Dios, por lo tanto, se le llama “unívoco”, porque cuando afirmamos que Dios es santo amor, afirmamos lo que la Biblia (que se originó no por voluntar del hombre, sino de Dios) afirma. Podemos estar muy lejos de entender plenamente la santidad y el amor divinos, pero en la medida en que nuestras afirmaciones acerca de Dios conlleven coherentemente significados que, en lo relevante, son conceptualmente revelados, serán ciertos respecto de Dios y en parte conformes a lo entendido por El.
Los atributos de Dios han sido clasificados de diferentes maneras para facilitar el relacionarlos y recordarlos, y cada clasificación tiene sus ventajas y debilidades. Podemos distinguir atributos absolutos e inmanentes (Strong); comunicables y no comunicables (Berkhof); metafísicos o morales (Gill); absolutos, relativos y morales (Wiley); o personales y constitucionales (Chafer). Las ventajas y desventajas de estas categorías se pueden advertir en las respectivas teologías. Quizás es más claro y significante distinguir las características de Dios en lo metafísico, intelectual, ético, emocional, existencial y relacional.
Subyacente a cada juicio a los malvados y a cada perdón a los arrepentidos, está Su inmutable propósito relativo al pecado y la conversión. A diferencia del concepto estoico de inmutabilidad divina, Dios no es indiferente a la actividad y necesidad humanas, sino que podemos contar siempre con la preocupación de Dios por la justificación humana.
Dios invariablemente responde a las oraciones, de acuerdo a Sus deseos y propósitos de santo amor. De ese modo, aunque hablando en términos de experiencia humana se dice a veces en la Escritura que Dios se arrepiente, de hecho se trata de que los que no se arrepienten han cambiado y se han enmendado, o bien que los fieles se han vuelto infieles.
Dios es siempre idéntico a sí mismo; todo lo demás en la creación se gasta, como una prenda de vestir (Salm. 102:25-27). Jesús compartía la misma naturaleza inmutable (Heb. 1:10-12) y así la exhibió vívidamente, en una variedad de circunstancias a través de todo su ministerio.
La inmutabilidad del carácter de Dios significa que nunca pierde su integridad o abandona a otros. En El no hay volubilidad ni sombra de cambio (Sant. 1:17); su inalterable naturaleza y palabra proporcionan la base inconmovible de la fé y dan firme consuelo (Heb. 6: 17-18). Dios no es humano, que pudiera mentir (Num. 23:19) o dar pié atrás (I Sam. 15:29); los proyectos del Señor permanecen para siempre (Salm. 33:11). El cielo y la Tierra pueden pasar, pero la palabra del Señor no fallará (Mat. 5:18; 24:35)
¿Cómo diferencia Dios el comienzo, del fin? De mejor manera, sugirió Agustín, que la ilustrada por el saber de memoria un salmo: antes de recitar el Salmo 23, lo tenemos completo en la mente; luego citamos su primera parte, y sabemos que ya pasó, y lo que falta por citar. Dios conoce toda la historia de una vez, simultáneamente, porque no está limitado por el tiempo y la sucesión, y también sabe qué parte de la historia es ya pasado en el día de hoy, puesto que el tiempo no deja de ser real o importante para Dios (Confesiones, XI, 31)
No obstante, la idea de que Dios lo conoce todo -el pasado, el presente y el futuro- tiene poco sentido si, por una distinción cualitativa infinita, Su conocimiento es puesto aparte del conocimiento humano. El frecuente aserto de que el conocimiento de Dios es absolutamente distinto del nuestro implica que la verdad de Dios puede ser contradictoria con la nuestra, es decir, que lo que es verídico para nosotros es falso para Dios, o viceversa. Los partidarios de esta postura argumentan que dado que Dios es omnisciente no piensa discursivamente línea por línea, ni usa en proposiciones lógicas conceptos diferentes conectados por el verbo “ser”. Esta visión de la trascendencia proporcionó, a manos de Barth y Bultmann, una eficaz corrección a la continuidad que el modernismo suponía entre el más alto pensamiento humano y el de Dios. Y esa influencia encuentra apoyo adicional de los místicos orientales que niegan cualquier validez al pensamiento conceptual en referencia a lo eterno. Los relativistas de muchos ámbitos también niegan que alguna afirmación humana, incluída la Biblia, sea capaz de expresar la verdad relativa a Dios.
Desde una perspectiva bíblica, sin embargo, la mente humana fue creada a imagen divina para pensar según Dios, o para recibir, mediante la revelación tanto general como especial, la verdad de Dios; aunque la caída afectó la mente humana, aquello no se suprimió. El nuevo nacimiento implica la renovación del Espíritu Santo de la persona en conocimiento según la imagen del creador (Col. 3:10). Contextualmente, el conocimiento accesible al regenerado incluye la posición y naturaleza actuales del Cristo resucitado (Col. 1:15-20) y el conocimiento de la voluntad del Dios (Col. 1:9). Con ello los cristianos pueden evitar ser engañados con argumentos seductores (Col. 2:4). Deben consolidar, con conceptos y palabras, la fe que les enseñaron (Col. 2:7), y el contenido de la palabra de Cristo puede asistirlos en su enseñanza y devoción (Col. 3:16).
En éstas y muchas otras maneras las Escrituras presuponen una revelación informativa de Dios, verbalmente inspirada e iluminada por el Espíritu, a mentes creadas y renovadas a imagen divina para la recepción de esta verdad divina. En la medida en que hayamos vislumbrado el significado contextual dado por los autores originales de la Escritura, nuestras afirmaciones basadas en ésta, de que Dios es espíritu, es santo o es amor, son genuinas. Lo son para la fé y la vida de los cristianos y de las iglesias.
La verdad proposicional que la Biblia transmite en frases indicativas, que afirman, niegan, discuten, sostienen e implican, es plenamente cierta para Dios y para la humanidad. Por supuesto, la omnisciencia de Dios no se limita a las distinciones entre sujeto y predicado, secuencia lógica, investigación exegética o razonamiento discursivo, sino que El conoce la diferencia entre sujeto y predicado, se relaciona con la secuencia lógica tanto como con la temporal, e incentiva la investigación exegética y el razonamiento discursivo revelacionalmente basado. Aunque la mente de Dios es ilimitada y lo sabe todo, no es a cada respecto totalmente diferente de las mentes humanas, hechas a imagen suya. Omnisciente como es, entonces, los juicios de Dios se forman en el conocimiento de toda la información relevante. Dios sabe todo que incide sobre la verdad referente a cualquier persona o acontecimiento; nuestros juicios son fidedignos en cuanto concuerdan con Dios al ser coherentes o fieles a toda la evidencia relevante.
Podemos aferrarnos inclaudicablemente a nuestra esperanza porque el que prometió es fiel (Heb.10:23): cumple en perdonar nuestros pecados (1 Juan 1:9), santificar a los creyentes hasta la vuelta de Cristo (1 Tes. 5:23-24), fortalecer y proteger contra el Malvado (II Tes. 3:3), y no dejar que nos tiente más allá de lo que podemos resistir (1 Cor. 10:13). Incluso si somos desleales, El sigue siendo fiel, porque no puede desdecirse (II Tim. 2:13).
De todas las promesas de Dios a través de Moisés, ni una sola palabra falló (I Reyes 8:56). Isaías alaba a Dios porque en perfecta fidelidad hizo cosas maravillosas planeadas mucho tiempo antes (Isa. 25:1). Pasajes como éste indican una integridad divina básica en vida y en pensamiento; no se detecta contraste alguno entre lo que Dios es en si mismo y lo que es en relación a quienes confían en El. En sus obras o en otras enseñanzas Dios no desconoce sus promesas por dialéctica, paradoja o mera complementariedad; lo sabe todo, y no puede suceder nada que no hubiera estado considerado ya antes de que Dios revelara sus propósitos.
Porque Dios es fiel y consistente, debemos ser fieles y consistentes. Jesús dijo "que vuestro sí sea sí, y vuestro no, no" (Mat. 5:37). Pablo mostró esta autenticidad lógica en sus enseñanzas: tan cierto como que Dios es fiel, dijo, “nuestro mensaje para ustedes no es Sí y No al mismo tiempo” (II Cor.1:18). Aquellos que creen que el hablar de Dios en lenguaje humano debe afirmar y negar la misma cosa al mismo tiempo y en el mismo respecto (en dialéctica o en paradoja), tienen una visión diferente de la de Pablo acerca de la relación entre la mente divina y la de la persona santa. Ya que Dios es fiel, debemos ser fieles en nuestro mensaje sobre El, y puesto que Dios no puede negarse a sí mismo, no debemos negarnos a nosotros mismos al hablar de El.
Conociendo la conexión entre la fidelidad personal y conceptual en Dios sabemos que la idea de que las personas fieles no deben contradecirse no se originó en Aristóteles. Este puede haber formulado la ley de la no-contradicción en la forma usual desde entonces, pero la fuente sobrenatural del desafío a la fidelidad humana en persona y palabra reside en Dios mismo; la universal exigencia de honestidad intelectual refleja en el corazón humano la integridad suprema del corazón del Creador.
Aunque podamos no entender cabalmente la sabiduría divina, tenemos buenas razones para confiar en ella. Después de escribir acerca del gran regalo de la justificación que viene de Dios, Pablo exclama "Al único Dios sabio, gloria le sea dada por siempre a través de Jesucristo! Amen" (Rom 16:27). Antes se había referido a la incomprensible profundidad de las riquezas de la sabiduría y el conocimiento de Dios (Rom 11:33).
La interrelación de los atributos es evidente en que la divina omnisciencia está consciente de lo que es, y asimismo, de lo que debe ser (moralmente); la fidelidad y consistencia divinas implican integridad moral y ninguna hipocresía, y la sabiduría toma decisiones hacia ciertos extremos y medios en términos de los más altos valores. No es tan extraño entonces que leamos que el temor al Señor es el principio del conocimiento (Prov. 1:7).
La santidad no es solo producto de la voluntad de Dios, sino que es una característica invariable de su naturaleza eterna. En consecuencia, es necesario reformular la pregunta de Platón para aplicarla al Dios cristiano: "Lo bueno ¿es bueno porque el Dios lo quiere, o Dios lo quiere porque es bueno?" La pregunta se relaciona no con la voluntad del Dios o algún principio de bondad por encima de Dios, sino con la esencia de Dios. Lo bueno, lo justo, lo puro, lo santo es santo no por un acto arbitrario de la voluntad divina o de un principio independiente de Dios, sino porque es un efluvio de su naturaleza. Dios quiere siempre consistentemente de acuerdo a su naturaleza; quiere lo bueno porque El es bueno, y porque es santo odia invariablemente el pecado y le repugna todo el mal, cualquiera sea su proveniencia. Al Espíritu Santo se le llama santo no sólo porque como miembro de la divina Trinidad comparte la santidad de la naturaleza divina, sino porque la función propia del Espíritu es producir amor santo en los seres redimidos por Dios. Debemos buscar ser moralmente intachables en carácter y acción, rectos y justos como el Dios que adoramos.
La ira de Dios se alza cuando los pecadores, ya sean judíos o gentiles (Rom 2:1- 3:20), suprimen su verdad y la oprimen en la iniquidad (Rom 1:18-32). En el evangelio se revela una justicia de Dios, una justificación por la fé desde el primero al último (Rom 1:17; 3:21). Los creyentes son gratuitamente justificados por la gracia de Dios que vino por Jesucristo, quien llevó a cabo el sacrificio de expiación (Rom 3:24). Así, y al igual que Abraham, los que están plenamente convencidos de que Dios cumple lo que ha prometido (Rom 4:21) ven su fe acreditada por la justificación (Rom 4:3, 24). Dios en su justicia provee magnánimamente al justo del estatus de creyente en Cristo; en Dios la justificación no deja de tener relación con la misericordia, la gracia y el amor. Por su misericordia Dios retira o modifica el juicio merecido, y por gracia da libremente beneficios inmerecidos a quienes El elige. Todas estas características morales fluyen del gran amor de Dios. En contraste con su autoexistencia trascendente está su magnánimo auto-otorgarse, ágape amoroso. El que vive para siempre es santo, alto y elevado, pero también vive en el arrepentido y humilde de espíritu (Isa. 57:15).
No es que a Dios le falte algo (Hechos 17:25), sino que desea darse a sí mismo por el bien de aquellos a los que ama, a pesar de que no son susceptibles ni merecedores de ser amados. Dios no sólo ama, sino que es en sí mismo amor (1 Juan 4:8). Su amor es como el de un marido hacia su mujer, el de un padre hacia su hijo, el de una madre hacia el bebé que amamanta. Por amor Dios eligió a Israel (Deut. 7:7) y predestina a los miembros creyentes de la iglesia a ser adoptados como hijos por intermedio de Jesucristo (Efes. 1:4-5). “Tanto amó Dios al mundo que le dio a su único Hijo, de modo que quien cree en El no perecerá sino que tendrá vida eterna” (Juan 3:16).
Dios se preocupa de los ancianos, los oprimidos, los pobres, los huérfanos y otros menesterosos; el Dios amante de la Biblia no deja de compadecerse (no es impasible) de aquéllos con auténticas necesidades. El Dios de Abraham, Isaac, Jacob, Job, Jeremías, Jesús, Judas, Pedro y Pablo, fue paciente; es más, fue tolerante. Con empatía, entra a través de la imaginación en los sentimientos de sus criaturas; aún más, Dios encarnado entró mediante la participación, en nuestras tentaciones y sufrimientos. Como ha dicho H. W. Robinson, "la única manera en la que el mal moral puede entrar en la consciencia de los moralmente buenos, es como sufrimiento". En todas las aflicciones de Israel, Dios se afligió (Isa. 63:9). ¿Qué sentido puede haber, se pregunta Robinson, en un amor que no tenga costos para el que ama? El Dios de la Biblia está lejos de ser apático frente al extendido sufrimiento en el mundo. Por amor Dios envió a su Hijo a morir para que en última instancia se pueda alejar el sufrimiento y restablecer la justificación en toda la Tierra, así como las aguas copan los mares.
Puesto que el amor implica compromiso por el bienestar de otros, un compromiso responsable y fiel, no se le entiende como principalmente emocional. El amor es un firme propósito de la voluntad que involucra a la persona entera en la búsqueda del bienestar de otros.
Jesús y las Escrituras en general hablan, más a menudo que del amor y del cielo, de la ira de Dios ante las injusticias tales como el maltrato persistente al pobre y el necesitado. Aunque el Señor es lento en la cólera, de ninguna manera va a dejar inmune a los culpables, sino que volcará su furia sobre ellos (Neh. 1:3). Nadie puede soportar su indignación, que se derrama como el fuego y pulveriza la roca (Neh. 1:6). Aparte de entender la cólera de Dios contra el mal, es imposible entender el alcance del amor divino en la encarnación, la inmensidad del sufrimiento de Cristo en la cruz, la naturaleza propiciatoria de su sacrificio, el discurso profético de las Escrituras respecto del gran día de la cólera de Dios, la gran tribulación, o el Apocalipsis o Libro de la Revelación.
Dios es paciente y sereno. Correctamente celoso del bienestar de los objetos de su amor, Dios se enoja en la injusticia que se les haga pero sufre sin descorazonarse. Paciente con los malvados, aunque sin condonar su pecado, Dios generosamente les concede inmerecidas ventajas temporales y espirituales. Dios prometió la tierra a Abraham, pero la iniquidad de los amoritas todavía no era cabal (Gén. 15:16): después de más de cuatrocientos años de paciente espera, y cumplido el plazo, Dios permitió que los ejércitos de Israel trajeran justo juicio a la iniquidad de los amoritas. Posteriormente Israel adoró el becerro de oro y mereció el juicio divino, como otros idólatras, pero la segunda vez que entregó la Ley Dios se reveló como "el Señor, el Señor, un Dios misericordioso y magnánimo, lento en la cólera y abundante en amor y fidelidad firmes" (Exod. 34:6). El salmista pudo cantar "Mas Tú, Señor, eres un Dios de misericordia y gracia, lento en la cólera y abundante en amor y fidelidad firmes" (Salmo 86:15). Sin embargo, la tolerancia de Dios tiene un límite: finalmente el justo juicio de Dios cayó sin discriminaciones sobre Israel por sus contumaces faltas. La paciencia de Dios es una virtud notable, pero no excluye ni contradice a Su justicia.
Aunque los teólogos de tradición tomista han enseñado la impasibilidad de Dios, las Escrituras no vacilan en llamarlo compasivo. Debido a su gran amor no nos consumimos, ya que su compasión nunca falla (Lamen. 3:22). Incluso después del cautiverio de Israel, Dios volvería a compadecerse de él (Miq. 7:19). El Dios de la Biblia no es un Dios apático, sino que se apiada hondamente del gorrión caído. Jesús hizo ver maravillosamente esta compasión divino-humana para con los hambrientos (Mat. 15:32), los ciegos (Mat. 20:34), los afligidos (Luc. 7:13); y enseñó la importancia de la compasión en la parábola del Buen Samaritano (Luc. 10:33) y en la de la preocupación del padre por su hijo perdido (Luc. 15:20).
El Cristo encarnado sintió lo que se sienten los seres humanos en todo, pero no cedió a las tentaciones. Como Dios en la experiencia humana, literalmente, Jesús lloró con los que lloraban y se regocijó con los que gozaban, y recordó la gozosa gloria que había tenido con el Padre antes de la fundación del mundo (Juan 17:5, 13). Con todo, el divino-humano autor de nuestra salvación fue perfeccionado o completado a través del sufrimiento en esta vida (Heb. 2:10), y porque El mismo sufrió, puede ayudar a los que sufren y son tentados (Heb. 2:18). El Dios revelado en Jesucristo no es primera causa apática, indiferente, impersonal; el Padre que Jesús dió a conocer se conmueve profundamente con todo lo que lastime a sus hijos.
En seguida, Dios es omnipotente (Marc. 14:36; Lucas 1:37), puede hacer lo que quiera y como quiera, pero no elige nada contrario a su naturaleza de sabiduría y santo amor. Dios no puede negarse a sí mismo, y no elige hacer todo por su propio interés inmediato sin intermediarios angelicales y humanos. Aunque Dios decide que algunas cosas sucedan inevitablemente (Isa. 14:24-27), la mayoría de los acontecimientos históricos se planean condicionalmente a través de la obediencia de la gente, o de su permitida desobediencia a los preceptos divinos (II Crón. 7:14; Lucas 7:30; Rom. 1:24). En todo caso, los propósitos eternos de Dios para la historia no se frustran, sino que se satisfacen en la forma que El determinó para ello (Efes. 1:11).
Dios tiene no solamente la fuerza para llevar a cabo todos sus propósitos de la manera en que se los planeó, sino también la autoridad en todo su reino para hacer lo que se proponga. Dios no es súbdito de otro poder, es Rey o Señor de todos. En virtud del resto de sus atributos, su sabiduría, justicia y amor, por ejemplo, Dios es idóneo para gobernar todo lo que creó y sostiene. Dios es un soberano sabio, santo y magnánimo. Por ser justo, el poder de Dios no puede castigar a los pecadores más de lo que merecen. A aquel a quién mucho le ha sido dado, mucho le será requerido, y al que se le dio poco se le requerirá poco; pero los beneficios y dones inmerecidos, Dios es libre de dispensarlos como le plazca (Salmo 135:6). Habiendo permitido el pecado, Dios es lo bastante grande como para limitar las pasiones furiosas del pecado y anularlo para mayor bien, como en el Calvario (Hechos 4:24-28). Dios puede derrotar a las naciones y a los huéspedes malignos que conspiran contra El. Nadie puede existir con independencia de la soberanía divina; la tentativa de seguir su propio camino independiente de Dios es una insolencia pecaminosa por parte de las criaturas que en El viven, se mueven y tienen su ser. Solo un tonto podría decir que no hay Dios, cuando Dios mantiene el hálito con que el ateo niega el dominio divino sobre él.
La incomparable trascendencia divina implica un dualismo radical entre Dios y el mundo, que no debería ser emborronado por un monismo y un panteísmo renacientes. Aunque hecha semejante a Dios y a imagen suya, la humanidad no fue (como Cristo) engendrada por Dios, ni es una emanación de Dios, de la misma naturaleza divina. La meta última de la salvación no es la reabsorción en el ser de Dios sino una membresía intacta con Dios. La unidad que los cristianos buscan no es una unidad metafísica con Dios sino una unidad relacional, una unidad de mente, deseo y voluntad. La pretensión de ser como Dios en una perspectiva bíblica no es una honda espiritualidad sino idolatría rebelde o blasfemia. Los cristianos pueden respetar la naturaleza como creación divina pero no adorarla como divina; pueden respetar a los fundadores de las religiones del mundo pero no pueden reverenciar a ningún gurú como manifestación divina en forma humana. Solo Jesucristo es de arriba, todos los demás son de abajo (Juan 8:23). Puesto que Dios está separado del mundo, los cristianos no pueden inclinarse ante ninguna potencia terrenal como dios, ya sea que esa potencia sea económica, política, religiosa, científica, educativa o cultural. El beneficio inestimable de reverenciar a un Señor trascendente de todos es que nos libera de toda tiranía finita y caída.
Un teísta bíblico no solo cree, a diferencia del panteísmo y el panenteísmo, que el Dios único y vivo está separado del mundo, sino también que Dios está continua y providencialmente activo en éste, al contrario que en el deísmo. Dios no está tan elevado como para no poder saber, amar o relacionarse con la ley natural en el mundo de la experiencia diaria. Un estudio de la divina providencia según lo enseñado en la Escritura muestra que Dios sostiene, guía y gobierna todo lo que creó. Los Salmos de la Naturaleza reflejan la actividad de Dios en cada aspecto de la Tierra, la atmósfera, la vegetación, lo animal (e.g., Salmo 104). Dios también preserva y gobierna la historia humana, juzga a las sociedades corruptas y bendice a justos e injustos con beneficios temporales como la sol, la lluvia, el alimento y la bebida. A través de la providencia de Dios el cosmos se mantiene ensamblado y se logran Sus sabios propósitos de gracia común.
Pero Dios es inmanente en las vidas de su pueblo que se arrepiente de su pecado y vive por la fe para lograr las metas de Su gracia redentora. "Porque esto dice el Altísimo, el que vive para siempre y cuyo nombre es santo: vivo en un lugar alto y santo, pero también con aquel que sea contrito y humilde en espíritu, para revivir el espíritu del humilde y el corazón del contrito" (Isa. 57:15). Así como las personas pueden estar presentes las unas para las otras en varios grados, Dios puede estar presente para el malvado en un sentido, y para el justo, de una manera más rica. Una persona puede simplemente estar presente como otro pasajero en un bus, o mucho más significativamente como una madre santa que ruega diariamente por uno toda la vida. Dios está magnánimamente presente con amor misericordioso para los convertidos, que por la fe han sido propiciados, reconciliados y redimidos por la preciosa sangre de Cristo. Ellos llegan a ser su pueblo, y El, su Dios, que mora en ellos como su lugar santo o templo. La unidad relacional de pensamiento, deseos y propósitos crece con los años. Esa unidad es compartida por otros miembros del cuerpo de Cristo, dotados para mejorarse unos a otros para llegar progresivamente a ser como el Dios que adoran, no metafísicamente, sino intelectual, ética, emocional y existencialmente.
Aunque ilimitado por el espacio, Dios creó y sostiene el cosmos, las leyes científica y los límites geográficos y políticos.
Si bien está más allá de tiempo, Dios se relaciona activamente con el tiempo, con cada vida humana, hogar, ciudad, nación, y con la historia humana en general. Trascendente al conocimiento discursivo y a la verdad conceptual, Dios se relaciona, sin embargo, inteligiblemente con el pensamiento proposicional y la comunicación verbal, la validez objetiva, la consistencia lógica, la confiabilidad factual, la coherencia y la claridad, así como con la autenticidad subjetiva y la integridad existencial.
No obstante no estar limitado por un cuerpo, Dios se relaciona providencialmente con el poder físico en la naturaleza y en la sociedad, industrial, agrícola, social y políticamente. Dios sabe y juzga la administración humana en el uso de todos los recursos energéticos de la Tierra.
Dios trasciende cada tentativa de alcanzar la justicia en el mundo, pero con justicia se relaciona con cada buen esfuerzo de sus criaturas en lo personal, económico, social, académico, religioso y político.
Aunque libre de emociones indignas e incontroladas, Dios está amorosamente relacionado con los pobres, los infortunados, los que están solos, los afligidos, los enfermos, y las víctimas del prejuicio, la injusticia, la ansiedad y la desesperación. Más allá del aparente sinsentido y despropósito de la existencia humana, Dios personalmente da sentido a la vida más insignificante.
G R Lewis
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Dios también ha revelado algo de sí en su creación y preservación del universo (Rom 1:20), y hasta el punto en que la razón humana elabora un concepto de un dios, ése está indudablemente relacionado con esta revelación general o natural. Pero la irrupción del pecado y su efecto enajenante ciega al hombre para ver verdaderamente a Dios por estos medios (Rom 1:18; Efes. 4:18). Por otra parte, la Biblia indica que incluso antes de la caída, el conocimiento del hombre acerca de Dios se derivaba no solamente de creación que lo rodeaba, sino de una comunicación personal directa con El.
Si bien Dios se comunica con el hombre de variadas maneras, incluyendo acciones y palabras, el conocimiento humano es fundamentalmente un asunto conceptual y por consiguiente el Verbo es el medio más importante de la revelación divina. Incluso sus actos no quedan como obras mudas sino que van acompañadas por el Verbo interpretador para darles su real significado. La revelación de Dios culminó en la persona de Jesucristo, que no fué simplemente el portador de la Palabra revelatoria de Dios, al igual que todos que la proclamaron antes de Su venida, sino la Palabra divina personal; en El habitó en forma corporal "toda la plenitud de la deidad" (Colos. 2:9). Así, en su obra en cuanto Creador y Redentor y a través de sus palabras, Dios se dio a conocer al hombre.
La revelación de Dios no agota totalmente su ser y actividad. Él sigue siendo el incomprensible que el hombre no puede imaginar completamente, ni en su esencia ni en sus modos (Job 36:26; Isa. 40:13, 28; cf. Deut. 29:29). La finitud no puede comprender lo infinito, ni pueden los modos del pensar humano, asociados al ambiente creado, captar íntegramente el reino trascendente de Dios. Sobre la base de esta limitación de la razón humana, el racionalismo moderno ha sostenido ocasionalmente la no conoscibilidad de Dios. Se dice que el conocimiento humano está limitado al mundo de la experiencia humana, lo que excluye el conocimiento de un Dios trascendente. La ecuación “incomprensibilidad de Dios - falta de conocimiento” es válida solamente en la premisa de que el conocimiento de Dios por el hombre se logra con la razón. Pero el incomprensible Dios de las Escrituras llega al hombre con la revelación de sí mismo. El conocimiento así alcanzado, aunque limitado según Su buen parecer, es, no obstante, un conocimiento genuino del ser y la obra de Dios.
Al dársenos a conocer, Dios da a su palabra una forma finita compatible con la naturaleza humana. A pesar de esta necesaria acomodación a las limitaciones del entendimiento humano, el conocimiento revelado de Dios es un conocimiento auténtico de El. Las teorías que utilizan la diferencia entre Dios y el hombre para negar la posibilidad de una comunicación genuina del conocimiento verdadero, no hacen justicia a al menos dos hechos bíblicos: (1) la verdad de que Dios creó al hombre a su propia imagen, la que ciertamente incluye una semejanza suficiente como para la comunicación; (2) la omnipotencia de Dios, que implica que El puede crear una criatura a quien pueda revelarse verazmente si El así lo desea. Desde luego, persiste una incógnita en la cabal comprensión de Dios, pero El mismo no sigue oculto, porque ha dado un conocimiento parcial, aunque auténtico, de sí mismo mediante una revelación comprensible para el hombre.
La naturaleza de nuestro conocimiento de Dios ha sido tema de mucha discusión en la teología cristiana. Algunos han acentuado el carácter negativo de nuestro conocimiento, e.g., Dios es infinito, atemporal, incorpóreo. Otros, especialmente Tomás de Aquino, han sostenido que hay un conocimiento analógico similar al de Dios, pero disímil debido a su grandeza infinita. Baste decir que incluso lo negativo (tal como infinito) conlleva un concepto positivo de grandeza, y si bien la posición de analogía se puede utilizar para reconocer una distinción en la profundidad y anchura del entender, hay finalmente un sentido en el que el conocimiento humano de cosas divinas es igual al de Dios; porque si el hombre no sabe qué significa Dios, no sabe qué es significado. Cabe señalar que las Escrituras ven el problema de un conocimiento verdadero de Dios como moral más que noético.
La personería de Dios ha sido cuestionada en razón de nuestro uso de la palabra "persona" con respecto a seres humanos. La personería humana implica la limitación que permite el lazo con otra persona o con el mundo: ser una persona significa ser un individuo entre individuos, todo lo cual nos advierte contra una errónea antropomorfización de Dios. Bíblicamente es más apropiado ver la personería de Dios como prioritaria sobre la del hombre, y por lo tanto, entender la personería humana teomórficamente, esto es, como una reproducción finita de la persona divina infinita. A pesar de la incomprensibilidad final de la personería suprahumana de Dios, las Escrituras lo retratan como persona real que se otorga en recíproca relación con nosotros como un Otro genuino. El concepto bíblico de la personería de Dios refuta todas las ideas filosóficas abstractas de Dios como meramente Causa Primera o Primer Motor, así como todos los conceptos naturalistas y panteístas. También rechaza todas las ecuaciones modernas de Dios con las relaciones personales inmanentes (e.g., amor).
Como espíritu, Dios es Dios vivo, poseedor de una vida infinita (Salmo 36:9; Juan 5:26). La materia es activada por el espíritu, pero Dios es espíritu puro, es plenamente la vida, y en cuanto tal es la fuente de toda la demás vida (Job 33:4; Salmo 104:30). La naturaleza espiritual también prohíbe cualquier limitación de Dios derivada de una concepción materialista, y esta es la razón por la cual se prohíben las imágenes de Dios (Exod. 20:4; Deut. 4:12, 15-18). Él no puede ser restringido a ningún lugar determinado, ni puesto en ningún sentido bajo control del hombre como objeto físico. Él es el poder invisible vivo y trascendente del que deriva toda existencia (Hechos 17:28).
La trascendencia de Dios expresa la verdad de que El está infinitamente por sobre toda la creación. El concepto de revelación presupone un Dios trascendente que debe revelarse para que se le conozca; la trascendencia se percibe además en la posición de Dios como Creador y soberano Señor del universo. En cuanto tal se distingue de toda la creación (Rom 1:25), y en su soberanía evidencia su supremacía trascendente.
Bíblicamente, la trascendencia de Dios se expresa con frecuencia en términos de tiempo y espacio. Él existe antes de toda la creación (Salmo 90:2), y ni la Tierra ni los cielos más altos pueden contenerlo (I Reyes 8:27). Hay que reconocer en tales expresiones un cierto sentido antropomorfo, a fin de no concebir la trascendencia de Dios en términos de nuestro tiempo y espacio, como si El viviera en una época y un espacio como los nuestros, sólo que más allá de los de la creación. Por otra parte, es bíblicamente incorrecto concebir de Dios en su trascendencia como existente en un reino atemporal, de ninguna parte, fuera de la creación. De una manera que excede nuestro entendimiento finito, Dios existe en su propio reino infinito como Señor trascendente sobre todos los tiempos y espacios creaturales.
La santidad trascendente de Dios se equilibra bíblicamente con la doctrina de su inmanencia, que significa que está absolutamente presente en su ser y poder en cada parte y momento del universo creado. Él está "Por encima de todo, a través de todo y en todos " (Efés. 4:6). No sólo todo existe en El (Hechos 17:28), sino que no hay lugar sin su presencia (Salmo 139:1-10). Su inmanencia se advierte especialmente en relación al hombre: el Santo que mora en un lugar alto y santo también está con el "contrito y humilde de espíritu" (Isa. 57:15). Esta dimensión dual de Dios está claramente inserta en la expresión "el Santo de Israel", así como en el nombre Yahweh, que describe tanto su poder trascendente como su presencia personal y para su pueblo.
La enseñanza bíblica de la trascendencia y la inmanencia de Dios contrarresta la histórica tendencia humana a enfatizar la una o la otra. En el concepto de los filósofos griegos sobre el fundamento último del ser, se observa una trascendencia unilateral, así como en el de los deístas tardíos de los siglos XVII y XVIII, y las varias formas de panteísmo a través de la historia evidencian el énfasis opuesto, en la inmanencia. Para el pecador, el atractivo de estas exageraciones es que en ambas el hombre ya no figura ante Dios, en ningún sentido práctico, como criatura responsable.
La doctrina de la Trinidad fluye de la auto-revelación de Dios en la historia bíblica de la salvación. A medida que el Dios uno sucesivamente se revela en su acción salvadora en el Hijo y el Espíritu Santo, cada uno de ellos es reconocido como Dios mismo en manifestación personal. Así, es en la plenitud de la revelación del NT que la doctrina de la Trinidad se advierte más claramente. Dios es uno (Gál. 3:20; Stgo. 2:19), pero el Hijo (Juan 1:1; 14:9; Col. 2:9) y el Espíritu (Hechos 5:3- 4; I Cor. 3:16) también son enteramente Dios. Aún así, son distintos del Padre y distintos entre sí. El Padre envía al Hijo y al Espíritu, mientras que el Hijo también envía al Espíritu (Gál. 4:4; Juan 15:26). Esta igualdad unificada pero distintiva se vé en las referencias triádicas a las tres personas. El bautismo cristiano es en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo (Mat. 28:19). Del mismo modo, los tres se ensamblan en la bendición Paulina en diverso orden, que sugiere la igualdad total de las personas (II Cor. 13:14; cf. Efes. 4:4-6; I Pedro 1:2). Aunque la Trinidad encuentra su más clara evidencia en el NT, la sugerencia de una plenitud de la pluralidad se encuentra ya en la revelación veterotestamentaria de Dios. La forma plural del nombre de Dios (Elohim) así como el uso de los pronombres (Gén. 1:26; 11:7) y verbos (Gén. 11:7; 35:7) plurales apuntan en esa dirección. También lo hacen la identidad del ángel del Señor como Dios (Exod. 3:2-6; Jue. 13:21-22) y la hipostación del Verbo (Salm. 33:6; 107:20) y el Espíritu (Gén. 1:2; Isa. 63:10). El Verbo no es simplemente comunicación sobre Dios ni el Espíritu es poder divino del espíritu . Son más bien el Dios activo mismo.
Como producto de la autorevelación de Dios, la formulación Trinitaria no tiene por objeto agotar Su naturaleza incomprensible. Las objeciones a la doctrina vienen de un racionalismo que insiste en disolver este misterio en la comprensión humana, es decir, por la vía de pensar en la unicidad y la trinidad en términos matemáticos y de personalidad humana. Ha habido intentos de extraer analogías de la Trinidad desde la naturaleza y la constitución del hombre; el más notable es la Trinidad Agustiniana del amante, el objeto del amor y el amor que los mantiene unidos. Si bien esto se inclina fuertemente por una pluralidad dentro de Dios si El es eternamente un Dios de amor aparte de la creación, ello, junto con el resto de las sugerencias del reino creatural, se demuestra finalmente inadecuada para explicar el ser divino.
La doctrina de la Trinidad se desarrolló a partir del deseo de la iglesia de salvaguardar las verdades bíblicas de Dios, que es el Señor trascendente sobre toda la historia y sin embargo se da en persona para actuar dentro de la historia. Las tendencias humanas naturales ya sea hacia una trascendencia divina no histórica o hacia la absorción de lo divino en el proceso histórico, son controladas por el concepto ortodoxo de Trinidad. El primero es el mayor error de las distorsiones más importantes de la Trinidad. El subordinacionismo, que hizo a Cristo menos que Dios, y el adopcionismo, que entendió a Cristo sólo como ser humano dotado temporalmente con el Espíritu de Dios, negaron que Dios realmente entrara en la historia para enfrentar en persona al hombre. El modalismo o sabelianismo hace de las personas de Cristo y el Espíritu Santo nada más que roles o modificaciones históricos del Dios uno. Este error tiende además a separar al hombre de Dios; se Lo encuentra no directamente como El es en persona, sino como un actor que permanece oculto tras una máscara.
La doctrina Trinitaria es, entonces, central al kerygma de salvación de las Escrituras, según el cual el Dios trascendente actúa personalmente en la historia para redimir y compartirse con sus creaturas. Orígenes concluyó correctamente que el creyente "no logrará la salvación si la Trinidad no es completa."
Aunque la opinión de Agustín se contrapesaba con una visión del Dios personal inmanente, condescendiente de la revelación de Cristo, esta concepción filosófica de Dios dominó hasta la Reforma, alcanzando su clímax en Tomás de Aquino y los escolásticos medievales. Aquino sostuvo que la razón filosófica humana podía llegar al conocimiento de la existencia de Dios, pero su acento estuvo en la trascendencia de Dios y cuán poco se le podía conocer.
Apoyados en categorías bíblicas más que filosóficas, los Reformadores lograron un mayor reconocimiento de la inmanencia de Dios dentro de la historia humana, pero mantuvieron un fuerte énfasis en su trascendencia, según lo evidencia la definición de la Confesión de Fe de Westminster.
La reacción a la concepción protestante y católica tradicional de Dios, con su acento en Su trascendencia, vino con el auge de la teología liberal en los siglos XVIII y XIX. La combinación de las nuevas filosofías (e.g., Kant, Hegel) que hicieron de la mente humana el medio supremo para el conocimiento verdadero; los avances científicos que parecían certificar las capacidades humanas, y una nueva perspectiva histórica que tendía a relativizar la tradición, incluyendo las Escrituras, condujo a una nueva comprensión de la realidad sobrenatural. Puesto que, como argumentó Kant, la razón humana ya no podía establecer la existencia de un Dios trascendente, se fue identificando a Dios cada vez más con los ideales de la experiencia humana. Lo dicho sobre la dependencia religiosa (Schleiermacher) o los valores éticos (Kant, Ritschl) se convirtió en lo que se decía de Dios. Había un énfasis casi exclusivo en la inmanencia de Dios, con una tendencia a ver una similitud esencial entre el espíritu humano y el divino.
Los acontecimientos del mundo, incluyendo las dos guerras mundiales y el auge de los regímenes totalitarios, trajeron el derrumbe del viejo liberalismo con su comprensión inmanentista de Dios y la reafirmación de la trascendencia divina. Guiada por Karl Barth, la teología intentó volver no a los primeros conceptos filosóficos de Dios sino a las categorías de las Escrituras judeo-cristianas. En base a una separación radical entre eternidad y tiempo, la trascendencia de Dios se exageró hasta el punto de negar una revelación directa de Dios en la historia humana. De acuerdo a esta teología neo-ortodoxa, Dios no habló directamente en las Escrituras. Como resultado de esta negación de una comunicación cognoscitiva directa, con el consiguiente escepticismo sobre cualquier conocimiento de Dios en sí mismo, el acento en la trascendencia se fue perdiendo gradualmente. La experiencia religiosa del hombre, habitualmente interpretada según la filosofía existencial, fue vista cada vez más como la clave del conocimiento teológico. A Dios se le entendió sobre todo como el sentido que El tiene para las "experiencias existenciales" del hombre.
Este movimiento se puede remontar a Barth, cuya teología mantuvo una trascendencia divino poderosa; a Bultmann, que, aunque sin negar la trascendencia de Dios, se centró casi enteramente en Dios en la experiencia existencial humana; y finalmente a Tillich, que negó enteramente el Dios tradicional "que estaba allí" en favor de un Dios inmanente como "fundamento” de todo ser. Así la trascendencia de Dios se ha perdido en mucho del pensamiento contemporáneo que busca hacer teología en el marco filosófico existencial; la trascendencia divina se equipara simplemente con la oculta autotrascendencia de la existencia humana.
Otros teólogos contemporáneos intentan reconstruir la teología en términos de la comprensión evolutiva científica moderna del universo. Tal teología de procesos, basada en la filosofía de A. N. Whitehead, considera la naturaleza fundamental de toda realidad como proceso o devenir más que ser o substancia inmutable. Aunque hay una dimensión eterna abstracta de Dios que proporciona el potencial para el proceso, también se entiende a Dios como el que abarca todas las entidades cambiantes en Su propia vida y, por lo tanto, como estando El mismo en proceso de cambio. Así como el universo es dinámico y cambiante, y actualiza sus potencialidades, así también lo es Dios.
La amplia variedad de formulaciones contemporáneas acerca de Dios, que tienden a definirlo de maneras en las cuales ya no es el Creador personal y soberano Señor de la historia humana, es el resultado directo de negar un conocimiento de Dios a través de su auto-revelación cognoscitiva en las Escrituras, y de la pecaminosa propensión humana hacia la autonomía.
R L Saucy
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Esencial a la religión hebrea antigua es el concepto de revelación divina. Dado que en el AT se concibe a Dios como revelador, de varias maneras, de sus atributos y voluntad, uno del los modos teológicamente más significativos de la autorevelación divina es la inherente en los nombres de Dios.
Este aspecto de la revelación divina se establece en Exod. 6:3, "aparecí a Abraham, a Isaac y a Jacob como Dios Todopoderoso, pero por mi nombre El Señor [Yahweh] no me dí a conocer a ellos". Según la crítica literaria clásica, el versículo indica que la designación Yahweh era desconocida a los patriarcas; hay, pues, un conflicto ideológico entre el autor sacerdotal y el primer Yavista, que con frecuencia pone el nombre Yahweh en boca de los patriarcas.
Sin embargo, la expresión "por mi nombre Yahweh no me dí a conocer a ellos" tiene una acepción algo vacía si Yahweh se entiende sólo como apelativo. La razón de esto es que en Exod. 3:13 Moisés pregunta "¿Cuál es su nombre?" (“mah-semo?”). M. Buber ha demostrado que la sintaxis de esta interrogación no la remite a la designación de Dios sino al carácter evidenciado por ésta: Buber señala que "Allí donde la palabra 'cuál' se asocia con 'nombre', lo inquirido es qué es lo que se expresa o se oculta bajo este último" (La Revelación y la Alianza, p. 48). J. Motyer concluye también que "Todos los casos en que ‘ma’ se emplea con una asociación personal, indican que se pregunta por tipo, cualidad o carácter, mientras que ‘mi’ urge una respuesta, o, como las preguntas retóricas, llama la atención hacia algún rasgo externo" (La Revelación del Nombre Divino, 19). Exod. 14:4 también respalda la noción de que el nombre Yahweh abarca aspectos del carácter de Dios. Dice "y los egipcios sabrán que soy Yahweh". Es muy poco probable que el sentido de esta afirmación sea que aquéllos aprenderían nada más que el nombre del Dios hebreo.
A la luz de estas observaciones, el uso de los conceptos del nombre de Dios en las primeras narraciones del Exodo es lejos más amplio que simplemente el nombre por el cual se conocía al Dios hebreo. Hay un fuerte elemento de autorevelación divina dentro de él.
La recopilación de los nombres divinos compuestos por El y una adición descriptiva también apoya esa concepción. El mismo hecho de que el elemento adivitivo sea descriptivo indica su valor como fuente del contenido teológico. Típica de este tipo de nombre es la raíz El (“el Dios que ve"; Gen. 16:13) y El Olam ("Dios eterno"; Gen. 21:33). Estos nombres El surgen a veces de una situación histórica específica que ilumina su significado.
Mowinckel propuso la teoría de que el tetragrama debe entenderse como compuesto por el elemento exclamatorio y el pronombre hu de la tercera persona, que significa "O El!".
Otra aproximación al problema es entender el tetragrama como forma de paronomasia, noción que toma en cuenta la amplia representación del nombre Ya en culturas extrabíblicas del segundo milenio A.C. El nombre Yahweh se entiende, entonces, como una forma cuadriliteral, sin que se pretenda que la relación del nombre de haya ("ser") en Exod. 3:14-15 sea etimológica, sino paronomástica.
La opinión más común es que el nombre es una forma de un verbo triliteral, hwy. Generalmente se le considera la 3ª persona de una desinencia imperfecta o de un verbo imperfecto en una desinencia causativa. Otra sugerencia es que es un participio causativo con una y preformativa que debe traducirse como "Sostenedor, Mantenedor, Establecedor".
Con respecto a la visión de que el tetragrama es una forma alargada de clamor, se puede señalar que los nombres propios semíticos tienden a acortarse y no a prolongarse. La teoría de que el nombre es paronomástico es atractiva, pero cuando se recurre a las formas de ya o de yw en las culturas antiguas se suscitan varios problemas. Es difícil explicar cómo la forma original podría haberse alargado en la conocida estructura cuadriliteral: la proposición de Mowinckel es interesante, pero especulativa. También es difícil entender cómo en el AT el nombre Yahweh podía tener connotaciones tan fuertes de un ser único, si es una forma de nombre divino que tuvo representación en varias culturas en el segundo milenio A.C.
La derivación del tetragrama desde una raíz verbal también está en jaque por ciertas dificultades. La raíz hwy en la que según esta visión se basaría el tetragrama no está comprobada en los idiomas semíticos del oeste antes de la época de Moisés, y la forma del nombre no concuerda con las reglas de formación de los verbos lámed he así como los conocemos. Es claro que el problema es difícil; es mejor concluir que el uso de la etimología para determinar el contenido teológico del nombre Yahweh es escaso. El significado teológico del nombre divino debe entenderse sólo determinando el contenido teológico del que se invistió el nombre en la religión hebrea.
El nombre de El Elyon figura sólo en Gén. 14: 18-22 y en el Salmo 78:35, aunque en un número importante de pasajes a Dios se le conoce con el título más corto de Elyon.
Hay una connotación superlativa en el adjetivo elyon: allí donde está presente, designa lo que es lo más alto o predominante. En Deut. 26:19 y 28:1 la noción superlativa es evidente en que Israel debe ser ensalzado por encima de las naciones. El uso del vocablo en I Reyes 9:8 y en II Crón. 7:21 puede no reflejar una idea superlativa, pero hay, como propone C. F. Keil, una alusión a Deut. 26:19 y 28:1, donde está dicha idea. Esta se evidencia también en el uso de la palabra en el Salmo 97:9, donde denota la supremacía de Yahweh sobre los demás dioses.
Frecuentemente el nombre Shaddai aparece separado de El como título divino.
Se ha llamado la atención a la terminación ugarítica ai, que en ese idioma se emplea "como refuerzo de una palabra básica". Es dudoso, sin embargo, que esto resulte aplicable a todos los casos; la construcción plural del nombre es evidente cuando la palabra entra en lo construído como lo hace en la apelación “señor de señores" ('adone ha adonim) en Deut. 10:17. Y la traducción "mi Señor" parece requerirse en vocativos tales como "Mi señor Yahweh, qué me darás?" (Gén. 15:2; véase también Exod. 4:10).
Parece mejor, pues, entender la palabra como plural mayestático con una terminación sufija de primera persona, alterado por los masoretas para marcar el carácter sagrado del nombre.
Anciano en días es una denominación aplicada a Dios en Dan. 7. Figura con otras descripciones de mucha edad (vs. 9) para crear la impresión de noble venerabilidad.
Abba es un término arameo alternativo para "padre". Es la palabra con que Jesús se dirige a Dios en Marc. 14:36. Pablo asimila la palabra con la griega para "padre" en Rom 8:15 y en Gál. 4:6.
El aleph que termina la forma 'abba' en arameo funge a la vez como demostrativo y como partícula vocativa. En tiempos de Jesús el término denotaba tanto el concepto enfático "el padre", como el más íntimo "mi padre, nuestro padre". Si bien ésa era la forma común para los niños, hay mucha evidencia de que en la época de Jesús la práctica no se limitaba a éstos. Así, se redujo el carácter infantil de la palabra ("papá") y el 'abba' adquirió la acepción cálida y familiar de una expresión tal como "padre querido".
La intención principal del contexto es demostrar que hay una continuidad en la actividad divina desde la época de los patriarcas hasta los acontecimientos registrados en Exod. 3. Al Señor se le llama Dios de los padres (vss. 13, 15, 16). El Dios que hizo las magnánimas promesas sobre la descendencia de Abraham es el Dios que es y que sigue siendo, y la afirmación del versículo 17 no es más que una reafirmación de esa promesa. Así, el nombre Yahweh confirmaría la continua actividad de Dios en favor de su pueblo en cumplimiento de su promesa. La aplicación a sí mismo de las palabras "yo soy" que hace Jesús en Juan 8:58 no sólo indica su preexistencia sino que lo asocia a Yahweh. Jesús era el cumplimiento de la promesa hecha a Abraham, cuyo cumplimiento éste anticipara (Juan 8:56).
En el Pentateuco Yahweh denota más el aspecto personal que el trascendente del carácter de Dios; ocurre en los contextos en que predominan los rasgos redentores y de Alianza, de Dios. Cassuto señala que "se emplea el nombre YHWH cuando se nos presenta a Dios en su carácter personal y en directa relación con las personas o la naturaleza; y 'Elohim’, cuando se alude a la Deidad como Ser Trascendental que existe totalmente fuera y por encima del universo físico" (La Hipótesis Documental, p. 31). Esta precisa distinción no siempre se logra fuera del Pentateuco, pero Yahweh nunca pierde su función distintiva como designación del Dios de Israel.
El nombre Yahweh Sabaoth aparece por primera vez en la historia de Israel en relación al centro de culto en Shiloh (1 Sam. 1:3). Allí se instaló la tienda de reunión cuando Canaán fue sometida por los israelitas (Josué 18:1). Al parecer, el nombre se originó en el período de la conquista o de la post conquista. No aparece en el Pentateuco.
Es posible que el nombre fuera atribuido a Yahweh como resultado de la notable aparición a Josué de un ser angelical llamado "comandante de las legiones de Yahweh" en el comienzo de la conquista (Jos. 5:13-15). El nombre describiría así el vasto poder a disposición de Yahweh en los ejércitos angélicos. La asociación de este nombre con el Arca de la Alianza en l Sam. 4:4 es significativa en que Yahweh es entronizado por encima de las figuras angelicales conocidas como querubines (II Sam. 6:2). Dado que el nombre estaba asociado al Arca de la Alianza, David se dirigió en ese nombre al pueblo cuando el arca fue rescatada de los filisteos (II Sam. 6:18). El nombre se liga a menudo a las actividades militares de Israel (I Sam. 15:2-3; II Sam. 5:10).
El poder omnímodo de Yahweh implícito en este nombre se manifiesta en el ámbito de la historia (Salms. 46:6-7; 59:5). Su poder se despliega en la vida del individuo (Salmo 69:6) así como de la nación (Salmo 80:7). A veces se hace referencia a El simplemente como "el Todopoderoso".
La connotación militar del nombre no se perdió ni siquiera en el siglo VIII, ya que Isaías clama a ese nombre para representar las legiones del cielo que acompañan a Yahweh en su intervención en la historia (Isa. 13:4).
A todo lo largo del Génesis y de los primeros capítulos del Éxodo, muy a menudo se usa Elohim como nombre propio. Después de Exod. 3 el nombre comienza a figurar con creciente frecuencia como apelativo, es decir, "el Dios de" o "vuestro Dios". Esta función es con mucho el modo más frecuente de referirse a Dios en el Deuteronomio; así empleado, el nombre designa a Dios como deidad suprema de una persona o pueblo. De este modo, en la frecuente locución “Yahweh vuestro Dios", Yahweh opera como nombre propio, mientras que "Dios" lo hace como denominativo de la deidad.
El apelativos Elohim indica todo lo que Dios es. Como Dios, es soberano y esa soberanía se extiende más allá de Israel en el ámbito de las naciones (Deut. 2:30, 33; 3:22; Isa. 52:10). Como Dios de su pueblo, es amante y misericordioso (Deut. 1:31; 2:7; 23:5; Isa. 41:10, 13, 17; 49:5; Jer. 3:23). Él establece patrones de obediencia (Deut. 4:2; Jer. 11:3) y soberanamente castiga la desobediencia (Deut. 23:21). Como Dios, no hay nadie como El (Isa. 44:7; 45:5-21). Las mismas connotaciones tiene el uso de la forma más reducida El. Es el Dios que ve (el ro i; Gén. 16:13) y es El, el Dios de Israel (Gén. 33:20).
Como El Elyon, Dios es descrito en su ensalzamiento sobre todas las cosas. Hay dos pasajes definitorios de este nombre: en el Salmo 83:18 a Yahweh se le describe como "Lo más alto sobre la Tierra", e Isa. 14:14 sentencia "ascenderé por encima de las nubes, me volveré como el Altísimo." Sin embargo, en la mayoría de los casos los atributos de este nombre son indistinguibles de otros usos de El o Elohim. Él fijó los límites de las naciones (Deut. 32:8); efectúa cambios en la creación (Salmo 18:13). El Shaddai emerge muy frecuentemente en el libro de Job, donde opera como nombre general para la deidad. Como El Shaddai, Dios disciplina (Job 5:17), debe ser temido (Job 6:14), es justo (Job 8:3), oye la oración (Job 8:5); y crea (Job 33:4).
Este nombre aparece seis veces en los relatos patriarcales. En la mayoría de esos casos se le asocia a la promesa hecha por Dios a los patriarcas. Con todo, el nombre se asimila a menudo con Yahweh en el material poético, y así comparte la calidez personal de ese nombre. Se le conoce por su amor firme (Salmo 21:7) y su protección (Salmo 91:9-10).
La raíz de Adonai significa "Señor" y, en su uso secular, en el AT se refiere siempre a un superior, y la palabra conserva el sentido de "señor" cuando se aplica a Dios. Los actuales puntos vocálicos de la palabra en el texto masorético son tardíos; los manuscritos tempranos fueron escritos sin puntuaciones de vocal. En el Salmo 110:1 el vocablo en singular está punteado, como es habitual cuando se la aplica a seres humanos y no a Dios. No obstante, Jesús utilizó este verso para afirmar su deidad. El punteo es masorético, sin hacer distinciones en los textos consonantales. Ya que la palabra denota a un superior, debe referirse a uno superior a David, y que desempeña el rol mesiánico de rey y sacerdote (versículo 4).
El término Abba destaca la paternidad de Dios. Esto se refuerza por la traducción adosada de ho pater ("padre") en cada uso del nombre en el NT (Marc. 14:36; Rom. 8:15; Gál. 4:6). El uso de esta denominación como modo de dirigirse Jesús a Dios en Marc. 14:36 es una expresión única del lazo de Jesús con el Padre. Jeremías dice "El le habló a Dios como un niño a su padre, simplemente, íntimo, confiado. El uso de Jesús del abba al dirigirse a Dios revela el corazón de su vínculo con Dios" (Las Plegarias de Jesús, p. 62). La misma relación tiene el creyente con Dios; sólo debido a ella, establecida por el Espíritu Santo, puede aquél dirigirse a Dios con este nombre que representa un lazo de calidez y amor filial.
En cierto sentido el vínculo evidenciado por este nombre es el cumplimiento de la antigua promesa hecha a los descendientes de Abraham, de que el Señor sería su Dios, y ellos, su pueblo (Exod. 6:7; Lev. 26:12; Jer. 24:7; 30:22).
T E McComiskey
Bibliografía
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Este tema presentación en el original idioma Inglés