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El judaísmo, el islam y el cristianismo enseñan que el pecado es una ofensa contra un Dios personal. En el Antiguo Testamento, o Biblia hebrea, el pecado es visto como trasgresión contra el mandamiento o ley de Dios. El primer pecado fue cometido por Adán y Eva, y los efectos de ese pecado se han traspasado a sus descendientes. En la teología cristiana se entiende que este Pecado Original tuvo por resultado un cambio en las almas de los individuos de modo que ellos nacen pecadores y la tendencia al pecado está arraigada en su naturaleza.
La concepción islámica de pecado deriva de las prescripciones éticas y religiosas del Corán y de las tradiciones (hadith). Tiene mucho en común con el concepto veterotestamentario de pecado. El Islam también reconoce el poder de Dios de perdonar, mediante su misericordia infinita, al pecador arrepentido.
En teología cristiana un pecado es no solamente un hecho, sino también un pensamiento, motivo o deseo opuesto a la ley eterna de Dios. Esto se ilustrada con la doctrina tradicional de los Siete Pecados Capitales: soberbia, avaricia, lujuria, envidia, gula, ira y pereza. Se considera que la soberbia es el pecado que con mayor seguridad separa al pecador, de la gracia de Dios. La liberación sólo es posible a través de Jesucristo, cuya muerte sacrificial redime al pecador arrepentido del castigo y del poder del pecado.
Charles W Ranson
Bibliografía
B Harring, El pecado en la edad secular (1974); S Hilary, Los cambiantes Conceptos de
Pecado Original (1987); V Palachovsky y C Vogel, El pecado en la iglesia ortodoxa y en
las iglesias protestantes (1966); C R Smith, Doctrina bíblica del pecado (1953).
El alma que peca está siempre consciente de que su pecado es (1) intrínsecamente vil y contaminador, y (2) que en justicia merece castigo y atrae la justa ira de Dios. De este modo, en Indicaciones, de Hodge, el pecado implica dos rasgos inalienables: (1) abandono, culpabilidad (reatus); y (2) mancha (macula)",. El carácter moral de las acciones de un hombre está determinado por el estado moral de su corazón. La disposición al pecado, o hábito del alma que induce al acto pecaminoso, también es en sí misma pecado (Rom 6:12-17; Gál. 5:17; Santiago 1:14, 15). El origen del pecado es un misterio, y para nosotros debe permanecer así para siempre.
Es evidente que por alguna razón Dios permitió que el pecado entrara en este mundo, y eso es todo lo que sabemos. Sin embargo, el que El lo permita de ninguna manera hace a Dios autor del pecado. El pecado de Adán (Gén. 3:1-6) consistió en rendirse a los asaltos de la tentación y comer el fruto prohibido. En él implicó (1) el pecado de descreimiento, que hizo de Dios virtualmente un mentiroso; y (2) la culpabilidad de la desobediencia a una orden positiva. Por este pecado él apostató de Dios, se volvió rebelde contra su creador; perdió el favor de Dios y la comunión con El; su naturaleza entera se volvió depravada, e incurrió en la pena implicada en el convenio de la obras.
Esta corrupción moral heredada consiste en (1) la pérdida de la rectitud original; y (2) la presencia de una inclinación constante al mal, que es la raíz y origen de todo el pecado real. Se la llama "pecado" (Rom 6:12, 14, 17; 7:5-17), "carne" (Gál. 5:17, 24), "lujuria" (Sant. 1:14, 15), "cuerpo del pecado" (Rom 6:6), "ignorancia", "ceguera del corazón", "enajenación de la vida de Dios" (Efes. 4:18, 19). Influencia y deprava al hombre entero, y su tendencia es hacia a una corrupción más y más profunda, no quedando en el alma elemento recuperativo alguno. Es una depravación total, y también es universalmente heredada por todos los descendientes naturales de Adán (Rom 3:10-23; 5:12-21; 8:7).
Los Pelagianos niegan el pecado original, y consideran bueno al hombre por naturaleza moral y espiritual; los semi-pelagianos lo ven como moralmente enfermo; los Agustinianos, o como también se llaman, Calvinistas, ven al hombre como se describió más arriba, espiritualmente muerto (Efes. 2:1; 1 Juan 3:14).
La doctrina del pecado original se prueba (1.) del hecho de la pecaminosidad universal del hombre: "No hay hombre que no peque" (Reyes1 8:46; Isa. 53:6; Salmo 130: 3; Rom. 3:19, 22, 23; Gál. 3:22). (2.) de la depravación total del hombre. Se declara que todos los hombres carecen de cualquier principio de vida espiritual; la apostasía humana de Dios es total y completa (Job 15: 14-16; Gén, 6:5,6). (3.) desde su más temprana manifestación (Salmo 58:3; Prov. 22:15). (4.) se prueba también de la necesidad, absoluta y universal, de regeneración (Juan 3:3; 2 Cor. 5:17). (5.) de la universalidad de la muerte (Rom 5:12-20). Se mencionan varias clases de pecado, (1.) "los pecados presuntuosos", o según se traduce literalmente, los "pecados con una mano alzada", es decir, los actos abiertamente pecaminosos, en contraste con "errores" o "inadvertencias" (Salmo 19:13). (2.) "secretos", es decir, pecados ocultos (19:12), que escapan a la observación del alma. (3.) "pecado contra el Espíritu Santo" (q.v.), o "pecado a muerte" (Mat. 12:31, 32; 1 Juan 5:16), que equivale a un rechazo voluntario de la gracia.
En teología reformada, el núcleo del pecado es la incredulidad. Esto tiene firme apoyo bíblico: en Gén.3 cuando Adán y Eva confían en la palabra de la serpiente por sobre la de Dios; en los evangelios cuando Jesucristo es rechazado por los jefes de los judíos; en Hechos 7 cuando Esteban es martirizado a manos de un populacho ingobernable; en Juan 20:24-25, cuando Tomás desestima arrogantemente la resurrección de Jesús. La dureza del corazón, que está muy cercana a la incredulidad (Marc. 16:14; Rom. 2:5), pertenece asimismo a la esencia del pecado. Significa negarse a arrepentirse y creer en las promesas de Dios (Salmo 95:8; Heb. 3:8, 15; 4:7). Indica tanto terca negativa a abrirnos al amor de Dios (II Crón. 36:13; Efes.4:18), como su corolario, insensibilidad a las necesidades de nuestro vecino (Deut. 15:7; Efes. 4:19).
Así como la esencia del pecado es la incredulidad o dureza del corazón, las principales manifestaciones del pecado son el orgullo, la sensualidad y el miedo. Otros aspectos importantes del pecado son la autocompasión, el egoísmo, los celos y la avaricia. El pecado es personal y social, individual y colectivo. Ezequiel declaraba que "Ahora, éste fue el pecado de tu hermana Sodoma: ella y sus hijas eran arrogantes, glotonas y frívolas; no ayudaron al pobre y al necesitado" (16:49 NVI). Según los profetas, no son sólo unos pocos individuos los que están infectados por el pecado, sino la nación entera (Isa. 1:4). Entre las formas colectivas de pecado que hoy ensombrecen al mundo están el racismo, el nacionalismo, el imperialismo y la discriminación por edad y sexo.
Los efectos del pecado son servidumbre, culpabilidad, muerte e infierno morales y espirituales. Como explicó Santiago, "cada uno es tentado cuando es arrastrado y seducido por su propio deseo. Luego, cuando el deseo ha concebido, da a luz al pecado; y cuando éste está plenamente maduro, da a luz a la muerte" (1:14-15 VRE). En opinión de Pablo, "el salario del pecado es la muerte" (Rom 6:23 VRE; cf. I Cor. 15:56).
Según la teología Paulina, la ley no es simplemente un obstáculo para el pecado sino que en realidad lo incentiva: el corazón humano es tan perverso que las mismas prohibiciones de la ley, pensadas para disuadir del pecado, sirven más bien para despertar deseos pecaminosos (Rom 7:7-8).
La fe bíblica también sostiene que el pecado es inherente a la condición humana. No es que sencillamente nazcamos en un mundo pecaminoso, sino que nacemos con una propensión al pecado. Como dice el salmista, "los malvados se pervierten ya en el vientre, yerran desde su nacimiento, hablando mentiras" (Salmo 58:3; cf. 51:5). La tradición de la iglesia habla de pecado original, pero esto tiene la intención de trasmitir, no una corrupción biológica o deformidad física, sino una infección espiritual que de una cierta manera misteriosa se endosa a través de la reproducción. El pecado no surge de la naturaleza humana, sino que corrompe esta naturaleza.
El origen del pecado es de hecho un misterio y está ligado al problema del mal. La historia de Adán y Eva realmente no nos da una explicación racional satisfactoria del pecado o mal (ésa no era su intención), pero sí echa luz sobre el dilema humano universal. Nos dice que antes del pecado humano hubo pecado demoníaco, que proporcionó la ocasión para la trasgresión humana. La teología ortodoxa, tanto católica como protestante, habla de una caída de los ángeles anterior a la del hombre, y esto se atribuye al mal uso o abuso del don divino de la libertad. Es consenso general entre los teólogos ortodoxos que el mal moral (pecado) es la plataforma para el mal físico (desastre natural), pero exactamente cómo el uno causa al otro, probablemente será siempre un tema de especulación humana.
Los cristianos evangélicos toman muy en serio la evaluación bíblica de la grave naturaleza de ciertos pecados. Nuestro Señor habló del "pecado que no tiene perdón" (Mat. 12:31-32; Marcos 3:28-30; Lucas 12:10); Pablo enseña que aquellos que participan en ciertos pecados especificados están excluídos del reino (I Cor. 6:9; Gál. 5:21; I Tesal. 4:6); Juan da instrucciones claras relativas a la oración por los que han cometido el "pecado a muerte" (I Juan 5:16; cf. Heb. 6:4-6). Estos pasajes no se pueden tomar a la ligera: afectan decididamente nuestro tema y exigen la mayor atención exegética.
F R Harm
Bibliografía
J. Greenwood, Manual de la fe católica; R. B. McBrien, El Catolicismo, II; NCE, XIII; L.
Berkhof, Teología Sistemática; C.C. Ryrie, El Espíritu Santo; A.H. Strong, Teología
Sistemática; H.C. Thiessen, Conferencias de teología sistemática; J.T. Mueller, Dogmática
Cristiana; F. Pieper, Dogmática Cristiana, I, 571 y sgts.; C.F.W. Walther, La correcta
distinción entre Ley y Evangelio.
Aunque la clasificación original pudo haber sido monástica en su origen (cf. Casiano, Collationes Patrum, vs. 10), bajo la influencia de Gregorio el Grande (quien nos ha dado la exposición clásica del tema: Moralidad en el Trabajo, especialmente. XXXI.45) su alcance fue ampliado y junto con las siete virtudes cardinales, llegaron a constituir los patrones y pruebas morales de la iglesia católica temprana. En el escolasticismo medieval fueron tema de considerable atención (cf. especialmente Aquino, Summa Theologica, II.ii.).
R H Mounce
Bibliografía
Fr. Connell, Nuevo Catecismo de Baltimore; J. Stalker, Los Siete Pecados Capitales; H.
Fairlie, Los Siete Pecados Mortales Hoy.
Este tema presentación en el original idioma Inglés