Espíritu Santo, Paráclito, Consolador

Información de carácter general

En la teología cristiana el Espíritu Santo es la tercera persona de la Trinidad, distinta pero consubstancial con Dios Padre y Dios Hijo. A veces se describe al Espíritu Santo como la presencia creativa, sanadora, renovadora de Dios. Los teólogos señalan un desarrollo gradual de la doctrina en las Escrituras: en el Antiguo Testamento, el Espíritu estaba activo en la creación del mundo (Gen. 1) y en la profecía (Isa. 61:1); en el Nuevo Testamento, el Espíritu estaba presente en la vida y obra de Jesucristo (Marc. 1:12) y continúa presente como el Paráclito (abogado) en la comunidad cristiana (Juan 14:26). La iglesia primitiva vio la venida del Espíritu Santo sobre los apóstoles en Pentecostés como derramamiento de dones divinos de santidad, amor, profecía, sanación y dominio de lenguas. La doctrina del Espíritu Santo fue formulada en el Concilio de Constantinopla en el año 381.

Langdon Gilkey

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Espíritu Santo

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La tercera persona de la Trinidad adorable.

Se prueba su personalidad

1. de que se le adscriben (Juan 14:17, 26; 15:26; 1 Cor.2:10, 11; 12:11) atributos de la personalidad, tales como inteligencia y volición. Él reprende, ayuda, glorifica, intercede (Juan 16:7-13; Rom. 8:26).

2. Él desempeña cargos propios de una persona. La naturaleza misma de estos cargos implica distinción personal (Lucas 12:12; Hechos 5:32; 15:28; 16:6; 28:25; 1 Cor. 2:13; Heb. 2:4; 3:7; 2 Pedro 1:21).

Su divinidad se establece

1. del hecho de que se le adscriben los nombres de Dios (Exodo 17:7; Salmos 95:7; comp. Heb. 3:7-11); y

2. también se le adscriben los atributos divinos: omnipresencia (Salmos 139:7; Efes.2:17,18; 1 Cor. 12:13); omnisciencia (1 Cor.2:10,11); omnipotencia (Lucas 1:35; Rom. 8:11); eternidad (Heb. 9:4).

3. la creación se atribuye a él (Gén. 1:2; Job 26:13; Salmos 104:30), y los milagros (Mat. 2:28; 1 Cor.. 12:9-11).

4. requiere y se le atribuye adoración (Isa. 6:3; Actos 28:25; Rom. 9:1; Apocalipsis o Revelac. 1:4; Mat. 28:19).


Espíritu Santo

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En el NT, la tercera persona de la Trinidad; en el AT, poder de Dios.

El Antiguo Testamento

En el AT el Espíritu del Señor (hebreo, ruah yhwh; LXX, to pneuma kyriou) es generalmente una expresión del poder de Dios, la extensión de sí mismo por la que El lleva a cabo muchos de sus poderosos actos (e.g., 1 Reyes 8:12; Jueces14:6 y sgts; 1 Sam.11:6). En cuanto tal, a veces "espíritu" se expresa en formas semejantes a otros modos de actividad de Dios, tales como "la mano de Dios" (Salmos 19:1;102:25); "la palabra de Dios" (Salmos 33:6; 147:15, 18); y la "sabiduría de Dios" (Exod. 28:3; 1 Reyes 3:28; Job 32:8). Los orígenes de la palabra "espíritu", tanto en hebreo (ruah) como en griego (pneuma) son similares: provienen de la asociación con "respiración" y "viento", que las culturas antiguas conectaban con fuerza espíritual invisible, por lo tanto "espíritu" (cf. Juan 3:8; nótese la asociación con "aire" en castellano, "neumático", "respiración", etc.).

Así se entiende que la palabra creadora de Dios (Gén. 1:3 y sgts.) está íntimamente relacionada con el soplo creativo de Dios (Gén. 2:7). En todos las demás partes ambos conceptos se identifican con el Espíritu de Dios. Como agente en la creación, el Espíritu de Dios es el principio vital de hombres y animales (Job 33:4; Gén. 6:17; 7:15). La función primaria del Espíritu de Dios en el AT es la de espíritu de la profecía. El Espíritu de Dios es la fuerza inspiradora de los profetas, ese poder que a veces movió a éxtasis, pero siempre a la revelación del mensaje de Dios, expresada por los profetas con "así habló el Señor". A los profetas se les suele llamar "hombres de Dios" (1 Sam. 2:27; 1 Reyes 12:22; etc.); en Hos. 9:7 son "hombres del espíritu". La implicancia general en el AT es que los profetas estaban inspirados por el Espíritu de Dios (Núm. 11:17; 1 Sam. 16:15; Miq. 3:8; Ezek. 2:2; etc.).

La frase "Espíritu Santo" aparece en dos contextos en el AT, pero en ambas se le califica como Espíritu Santo de Dios (Salmos 51:11; Isa. 63:10-11, 14), de modo que está claro que Dios mismo es el referente, no el Espíritu Santo que se encuentra en el NT; el AT no contiene una visión de una entidad divina semi-independiente, el Espíritu Santo. Más bien encontramos expresiones especiales de la actividad de Dios con y a través del hombre. El Espíritu de Dios es santo al igual que lo son su palabra y su nombre; todos ellos son formas de su revelación, y en cuanto tales se les presenta como antítesis de todas las cosas humanas o materiales. El AT, especialmente los profetas, anticipan un tiempo en que Dios, que es santo (u "otro/separado" del hombre; cf. Hos. 11:9) volcará su Espíritu sobre los hombres (Joel 2:28 y sgts.; Isa. 11:1 y sgts; Ezek. 36:14 y sgts.), que se volverán santos. El Mesías / Siervo de Dios será aquel sobre quien descanse el Espíritu (Isa. 11:1 y sgts; 42:1 y sgts; 63:y sgts.), y que inaugurará el tiempo de la salvación (Ezek. 36:14 y sgts.; cf. Jer. 31:31 y sgts).

Judaísmo Intertestamental

Dentro de judaísmo intertestamental, varios progresos significativos formaron el concepto de "Espíritu Santo" tal como se le entiende en el NT. Después de que los profetas del AT hubieran proclamado la venida del Espíritu en la era mesiánica de la salvación, el judaísmo había desarrollado la idea de que el espíritu de profecía se había acabado dentro de Israel con el último de los profetas bíblicos (Siríac. 85:3; 1 Mac. 4:46; 14:41; etc.; cf. Salmos 74:9). En consecuencia, de vez en cuando surgió una esperanza de amanecer de la nueva era, especialmente en el movimiento apocalíptico, que generalmente se enfocó a un supuesto mesías y/o algún despertar profético (cf. Hechos 5:34 y sgts.). Ilustra esto la comunidad de Qumran, que se autoconsideraba involucrada en el cumplimiento de la esperanza mesiánica de Israel, como los "preparadores de los caminos del Señor" (Isa. 40:3; cf. 1QS 8. 14-16). La literatura de Qumran también muestra la creciente identificación del espíritu de profecía con el "Espíritu Santo de Dios" (1QS 8. 16; Dctos.Zadokitas II. 12). La expresión "el Espíritu Santo" aparece de vez en cuando en el judaísmo (IV Ezra 14:22; Ascensión de Isa. 5:14; etc.), pero, como en los textos rabínicos, generalmente significa "el espíritu de profecía de Dios". Así, la expectativa mesiánica del judaísmo, que incluía el derramamiento escatológico del espíritu de Dios (e.g., 1 Enoch 49:3, citando a Isa. 11:2; cf. Oráculo Sibilino III, 582, basado en Joel 2:28 y sgts.), resultó restringida por la convicción de que el espíritu se había terminado en Israel con el último de los profetas; al Espíritu Santo se le entendía como espíritu de profecía de Dios, que sería dado otra vez en los nuevos tiempos a un Israel purificado, conjuntamente con el advenimiento de un mesías.

El concepto del Espíritu Santo fue ampliado a través de la literatura sapiencial, especialmente en la personificación de la sabiduría a medida que esa idea entró en contacto con la de Espíritu. Ya desde Prov. 8:22 y sgts. y Job 28:25 y sgts., a la sabiduría se la presenta como un aspecto, más o menos independiente, del poder de Dios (aquí como agente en la creación), y a la sabiduría se le adscriben funciones y características atribuídas al Espíritu Santo en el NT. La sabiduría procedía de la boca de Dios y cubría la Tierra como niebla en la creación (Sir. 24:3); es el soplo del poder de Dios (Sabid. 7:25); y por medio de su sabiduría Dios formó al hombre (Sabid. 9:2). El Señor volcó la sabiduría sobre todas sus obras, y ella mora con toda carne (Sir 1:9-10). Es más, la sabiduría está llena del espíritu, y de hecho se la identifica con el Espíritu (Sabid. 7:22; 9:1; cf. 1:5). Por consiguiente, los judíos de los tiempos del NT conocían el trasfondo de estos conceptos tal como se les expresa en éste, y que se basan en ese trasfondo pero van más allá de él hasta algunas conclusiones inesperadas. En efecto, Jesús enseñó que su mesianismo y el correspondiente derramamiento del Espíritu estaban firmemente arraigados en la concepción del AT (Lucas 4:18 y sgts., citando a Isa. 61:1-2), y, en forma similar al judaísmo intertestamental, entendió que el Espíritu mesiánico del Señor era el Espíritu Santo (Mat. 12:32), el espíritu que, a través de los profetas, previó que el Mesías por venir inauguraría los tiempos de la salvación con la infusión del Espíritu en toda carne. Jesús desarrolló la visión del Espíritu Santo como personalidad (e.g., Juan 15:26; 16:7 y sgts.), específicamente como Dios que obra en la iglesia.

El Nuevo Testamento

La enseñanza del NT sobre del Espíritu Santo se remonta al enfoque del Espíritu de Dios como manifestación del poder de Dios, y en la del espíritu del profecía. Jesús, y la iglesia después de él, juntó estas concepciones al predicarlas del Espíritu Santo, don escatológico de Dios al hombre. La frase "el poder del Altísimo cubrió con su sombra" a Maria, frase de construcción paralela a la de "el Espíritu Santo " (Lucas 1:35; cf. 9:35), se hace eco de la expresión del AT de que espíritu de Dios es la nube divina que "cubrió con su sombra" el tabernáculo de modo que la tienda quedó llena de la gloria del Señor (Exod. 40:35; Isa. 63:11 y sgts. identifica la presencia de Dios en esta instancia como "Espíritu Santo de Dios"). Lucas registra el poder de Jesús para expulsar a los demonios "por el dedo de Dios", expresión del AT para el poder de Dios (Lucas 11:20; Exod. 8:19; Salmos 8:3). A este poder se le identifica como "espíritu de Dios" (Mat. 12:28), es decir, el Espíritu Santo (Mat. 12:32). En el bautismo de Jesús el Espíritu vino sobre El, (Marc.1:10; "el Espíritu de Dios", Mat. 3:16; "el Espíritu Santo" Lucas 3:21), que recibió la confirmación de su divina filiación y misión mesiánica (Mat. 3:13 y sgts, par). Jesús salió del Jordán lleno del Espíritu Santo (Lucas 4:1), y después de la tentación comenzó su ministerio "con el poder del Espíritu" (Lucas 4:14). Tomando el mensaje de Juan Bautista, Jesús proclamó la venida del reino de Dios (Mat. 4:17; cf. 3:1), la que estaría marcada por la presencia del Espíritu Santo (Mat. 12:28 y sgts., par) como muestra de la era mesiánica de la salvación (Lucas 4:18 y sgts.; Hechos 10:38; etc.).

Desde el principio de su ministerio Jesús se identificó tanto con el rey mesiánico victorioso como con las sufrientes figuras del servidor de las profecías del AT (Isa. 42:1 y sgts; cf. Marc. 10:45), conceptos que el judaísmo había mantenido separados. Jesús definió además el papel de Mesías de Dios como proclamación del favor de Dios, salvación de Dios, en los nuevos tiempos, concepto llevado mucho más allá que el de "juicio a las naciones" que los judíos habían llegado a esperar. En la sinagoga en Nazaret (Lucas 4:16 y sgts.) cuando Jesús se identificó como el Mesías prometido en Isa. 61:1-2a, se detuvo justo antes de leer las "palabras del juicio" de Isa. 61:2b (aunque Isa. 61:2c, "consuelo de los afligidos" es parte de la enseñanza de Jesús en Mat. 5:4). Este énfasis se vuelve a hacer cuando Juan el Bautista pregunta si Jesús es efectivamente el que debía venir (Lucas 7:18-23). En realidad, aunque Juan Bautista proclamó que Jesús era el que "bautizaría en el Espíritu Santo y en fuego" como aspectos de los nuevos tiempos (salvación y juicio, respectivamente, Lucas 3:15 y sgts.; obsérvense las claras connotaciones de juicio del "bautismo con fuego " en 3:17), el énfasis de Jesús estaba en el aspecto positivo, salvífico, de los nuevos tiempos representados en el bautismo con el Espíritu Santo (Hechos 1:5; 11:16).

Jesús entendía al Espíritu Santo como una personalidad. Esto se evidencia especialmente en el evangelio de Juan, donde al Espíritu se le llama "Paráclito", es decir, Consolador (consejero, abogado). Jesús mismo fue el primer consejero (Paráclito, Juan 14:16), y él les enviará a los discípulos otro Consejero después de que El se haya ido, es decir, el Espíritu de la verdad, el Espíritu Santo (Juan 14:26; 15:26; 16:5). El Espíritu Santo morará en los creyentes (Juan 7:38; cf. 14:17), y dirigirá a los discípulos hacia toda verdad (16:13), enseñándoles "todas las cosas" y haciéndoles "rememorar todo lo que [Jesús les] dijo" (14:26). El Espíritu Santo dará testimonio de Jesús, así como también deberán darlo los discípulos (Juan 15:26-27).

En Hechos 2:14 y sgts., Pedro interpretó los fenómenos de Pentecostés como cumplimiento de la profecía de Joel acerca del derramamiento del espíritu sobre todos carne en los tiempos mesiánicos (Joel 2:28 y sgts.). Este derramamiento del Espíritu sobre toda la carne se logró para beneficio tanto de judíos como de gentiles (Hechos 10:45; 11:15 y sgts.), y cada convertido tenía acceso a este don de la edad de la salvación a través del arrepentimiento y el bautismo en el nombre de Jesucristo (Hechos 2:38). Esto, según Pedro, puso a los convertidos en contacto con la promesa de la profecía de Joel, el don del Espíritu Santo "porque para ustedes es la promesa..., para todos los llamados por el Señor nuestro Dios" (Hechos 2:39; Joel 2:32). Los apóstoles y otros llevaron a cabo sus ministerios "llenos del Espíritu Santo" (4:31; 6:5; 7:54; etc.), y el Espíritu Santo, identificado en Hechos 16:7 como el Espíritu de Jesús, dirigió la misión de la iglesia naciente (Hechos 9:31; 13:2; 15:28; 16:6-7). Los aspectos salvíficos de la nueva edad practicados por Jesús, especialmente la sanación y el exorcismo, fueron realizado por la iglesia primitiva con el poder del Espíritu Santo. En la joven iglesia hubo visiones y profecías (Hechos 9:10; 10:3; 10:y sgts.; 11:27-28; 13:1; 15:32) de acuerdo a la cita de Joel 2:28 y sgts.en Hechos 2. La experiencia de la iglesia primitiva confirmó que efectivamente la era mesiánica había llegado.

Pablo enseñó que el Espíritu Santo, otorgado en los nuevos tiempos, es el creador de nueva vida en el creyente, y es la fuerza por la cual Dios en Cristo "inserta" a los cristianos en el cuerpo de Cristo (Rom 5:5; II Cor. 5:17; Efes. 2:22; cf. I Cor. 6:19). Romanos 8 muestra que Pablo identificó el espíritu, el espíritu de Dios y el espíritu de Cristo, con el Espíritu Santo (cf. el Espíritu de Cristo como el espíritu del profecía en I Pedro 1:10 y sgts.), y que estos términos son generalmente sinónimos. Si alguien no tiene el espíritu de Cristo, no pertenece a El (Rom 8:9); pero los guiados por el Espíritu de Dios son hijos de Dios (Rom 8:14). Todos nosotros tenemos acceso al Padre mediante un espíritu (Efes. 2:18), y hay un cuerpo y un espíritu (Efes. 4:4). Todos fuimos bautizados en un espíritu en un solo cuerpo, y a todos se nos dio de beber un mismo espíritu (I Cor.12:13). El creyente recibe el espíritu de adopción o filiación (Rom 8:15), de hecho, el espíritu del propio Hijo de Dios (Gál. 4:6), por el que clamamos "Abba, Padre", aquel íntimo llamado de relación filial con Dios iniciada por Jesús, el Hijo único de Dios (Marc. 14:36).

Los creyentes son incorporados a la morada de Dios en el Espíritu (Efes. 4:22). A cada uno se le proporciona la gracia según la medida del don de Cristo (Efes. 4:7; cf. Rom 12:3), y Cristo la ha dado para que sean profetas, apóstoles, evangelistas, pastores y profesores (Efes. 4:11) para edificación del cuerpo. Del mismo modo, el Espíritu otorga diversas clases de dones espirituales para diversos tipos de servicio (Cor. 12:4-5;7 de I), todas para el bien común. El camino del amor ha de seguirse en todas las cosas; en efecto, el fruto del Espíritu es amor, alegría, paz, etc. (Gál. 5:22 y sgts.). Todo esto es porque Dios ha iniciado la nueva alianza (Jer. 31:31 y sgts.; Ezek. 36:14 y sgts.;26) en el corazón del hombres por medio de su Espíritu escatológico (II Cor. 3:6 y sgts.). En esta nueva era el Espíritu constituye la garantía de nuestra herencia (II el Cor. 1:22; 5:5; Efes. 1:14), un "primor", el sello de Dios (II Cor. 1:22; Efes. 1:13; 4:30). Estas frases indican la tensión entre el "ya" versus el "no todavía" de los nuevos tiempos: éstos ya han amanecido, el Espíritu escatológico ha sido derramado, y sin embargo toda la creación aguarda la consumación final. Aunque el espíritu testimonia con nuestro espíritu que somos hijos de Dios (Rom 8:16) y nosotros realmente tenemos estos primores o primicias del Espíritu (Rom 8:23), aguardamos la adopción como hijos (8:23) en la consumación final. Hasta entonces los cristianos tienen el Consolador, el Espíritu que intercede a favor de los santos según la voluntad del Padre (Rom 8:27).

Patrística y teología medieval

En el período patrístico encontramos poco que vaya más allá de la concepción bíblica del Espíritu Santo. Los padres apostólicos reflejan la idea del NT de que el Espíritu es operativo en la iglesia, inspirando la profecía y de otro modo obrando en los individuos (Bernabé 12:2; Ignacio, Fil. 7:1). A los profetas cristianos itinerantes se los trata como una realidad presente en la Didajé, pero con el tiempo tales carismas se consideraron teóricos. La visión de que el espíritu de profecía del AT es uno y mismo Espíritu Santo que inspiró los apóstoles se encuentra periódicamente (Justino, Diálogos 1-7; 51; 82; 87; etc.; Ireneo, Contra las Herejías II, 6,4; III, 21,3-4), y los apóstoles surgen como "portadores del Espíritu" (pneumatophoroi), designación dada a los profetas del AT (Hos. 9:7, LXX). Todavía en el siglo IV se atribuía al Espíritu Santo la autoridad de la iglesia, e incluso la inspiración de ciertas escrituras no canónicas.

Aunque el fórmula "trinitaria" de Mat. 28:19 se encuentra en los padres apostólicos, la palabra "Trinidad" fue aplicada por primera vez a Dios por Teófilo de Antioquía (A Autólico, 2:15). Tertuliano enseñó claramente la divinidad del Espíritu Santo, afirmación que durante mil años involucraría a la iglesia en discusiones. Tertuliano lidió con el problema de la tensión entre la autoridad del Espíritu en la iglesia versus la tradición apostólica y la Escritura como revelación recibida. Durante un tiempo este autor adhirió al montanismo, sistema que otorgaba la mayor importancia a la inspiración actual del Espíritu en el cuerpo; la iglesia, sin embargo, rechazó el montanismo en el favor de la autoridad objetiva de la tradición apostólica según lo reflejado en la Escritura, y el montanismo finalmente se extinguió. La postura de la iglesia contra la herejía montanista fue en gran parte responsable del fin de la profecía cristiana y otros carismas: el Canon Muratorio (líneas 75 y sgts.) sostiene que el número de profetas está fijado, e incluso la tradición apostólica de Hipólito, que sitúa el liderazgo carismático por sobre la estructura eclesiástica, restringe el término "profeta" enteramente a los profetas canónicos. A fines del siglo IV Juan Crisóstomo podía hablar de los dones espirituales como pertenecientes a una época pasada.

En el período inmediatamente anterior a Nicea la iglesia estaba preocupada de las famosas "controversias Cristológicas" y prestó escasa atención a una doctrina del Espíritu Santo. El Credo de Nicea confiesa fe en el Espíritu Santo, pero sin desarrollo alguno de la idea de su divinidad, o lazo esencial entre el Padre y el Hijo. Esto pasó a ser cuestión importante en la iglesia a fines del siglo IV y posteriormente, y el Concilio de Constantinopla hizo un agregado a las palabra del Credo Nicénico describiendo al Espíritu Santo como "Señor y dador de vida, procedente del Padre, para ser adorado y glorificado junto con el Padre y el Hijo". Surgió entonces una controversia acerca de la fuente del Espíritu, específicamente respecto de si no debiera confesársele también como "procedente del Hijo". Siguiendo las enseñanzas de Augustín, la expresión filioque ("y del Hijo") fué agregada a dicho Credo por la iglesia occidental en el Concilio de Toledo en 589; la iglesia de Oriente rechazó la doctrina del filioque, y el Credo constituyó un argumento confesional para el cisma entre Oriente y Occidente, que ya había ocurrido en la práctica.

Aunque de vez en cuando se discutieron otros aspectos del Espíritu, la procedencia de éste continuó ocupando a teólogos en Occidente. Anselmo de Canterbury trajo el debate a la era escolástica y, aunque la razón como prueba de la doctrina no fue recibida en forma pareja, el filioque seguía siendo la postura de la iglesia. Pedro Lombardo recurrió a la Escritura para argumentar en pro del filioque, y el Concilio de Letrán IV abrazó otra vez el Trinitarianismo y el filioque. Aunque Tomás de Aquino rechazó la razón como medio para conocer las distinciones de las personas divinas, afirmó que el Espíritu procede de la especial relación entre el Padre y el Hijo. Disquisiciones como éstas continuaron en el siglo XV, cuando el Concilio de Florencia trató nuevamente de unir las iglesias de Oriente y Occidente. La idea del filioque fue reafirmada y, aunque se hizo un cambio cosmético de la frase en un intento de satisfacer a la iglesia de Oriente, la Iglesia Ortodoxa Griega rechazó la sustancia del credo. La postura de la Iglesia Católica ha permanecido esencialmente inmutable, y la grieta entre Oriente y Occidente por esa materia persiste hasta el día de hoy.

La Reforma

Aunque para la teología medieval hubo otros aspectos de importancia en las obras del Espíritu, incluyendo la santificación y la iluminación, no fue hasta la Reforma que la labor del Espíritu en la iglesia fue verdaderamente redescubierta. Esto se debió al menos en parte al rechazo al dogma de Roma relativo a la tradición de la iglesia como garante de la interpretación correcta de la Escritura y de la formación de la verdadera doctrina. Esta reacción condujo al énfasis de la Reforma en la idea de sola Scriptura y la actividad del Espíritu en la salvación, con independencia de la "ininterrumpida sucesión desde Cristo" de la Iglesia Católica. Si bien Lutero repudió el "entusiasmo" (la subjetiva pretensión de guía directa del Espíritu, independientemente de la Escritura o de la estructura de la iglesia), acentuó el Espíritu sobre la estructura, y entendió que el Espíritu actúa mediante la palabra (el evangelio)), sobre todo en la predicación y en los sacramentos, y por lo tanto en la salvación.

El Espíritu trabaja en la salvación induciendo al alma a la confianza, por la fe, en Cristo. La fe misma es un don místico de Dios por la cual los creyentes mit Gott ein Kuche werden (se amasan en una sola torta con Dios). Sin la gracia y trabajo del Espiritu el hombre es incapaz de hacerse aceptable a Dios o de tener fe salvífica (cf. La servidumbre de la voluntad, 1525). Esto lo logra el Espíritu Santo con la palabra de Dios. La salvación es así un don concedido por la gracia de Dios, y Lutero implica que la palabra (el evangelio) predicada es sobre todo la palabra eficaz de Dios después de que el Espíritu actúa sobre el corazón del oyente. Para Lutero la palabra es el sacramento principal, porque la fe y el Espíritu Santo se transfieren con la predicación y la enseñanza del evangelio (Rom 10:17); el bautismo y la Cena del Señor son muestras del "sacramento de la palabra", en cuanto proclaman la palabra de Dios. Lutero favoreció la palabra predicada por sobre la escrita, pero no creyó que fueran mutuamente excluyentes. Para ser cristiana, la predicación de la iglesia tenía que ser fiel a la Escritura; pero para ser fiel a Escritura, la iglesia tenía que predicar.

La palabra, sobre todo el Logos encarnado, es el conducto de Dios para el Espíritu. El hombre lleva la palabra de la Escritura al oído, pero Dios infunde su Espíritu en el corazón; la palabra de la Escritura se convierte así en la Palabra de Dios (Lecturas de los salmos; Epístola a los Romanos). Nadie pueden entender cabalmente la palabra de la Escritura sin la labor del Espíritu: allí donde está la palabra, el Espíritu inevitablemente le sigue; el Espíritu no opera independientemente de la palabra. Lutero se opuso a la drástica distinción de los entusiastas entre palabra interna y externa; por otra parte, rechazó la idea católica romana de identificar al Espíritu con la operatoria de la iglesia, y de que los sacramentos son eficaces en y por sí mismos (ex opere operato). Así el Espíritu hace a Cristo presente en los sacramentos y en la Escritura; sólo cuando el Espíritu hace a Cristo presente en la palabra ésta es la Palabra viva de Dios. Si no, la Escritura es una carta, una ley, es meramente descriptiva, es sólo historia; predicada, la palabra es evangelio (como distinto de ley); el Espíritu la hace tal. El Espíritu no está limitado a la palabra; existe en gloria eterna de Dios, lejos de la Palabra y de nuestro mundo. Pero como Espíritu que revela, no viene sin la palabra.

Con pocas excepciones, Melanchthon siguió a Lutero; aunque permitió más amplitud que éste a la respuesta del hombre al evangelio, enfatizó el actuar primario del Espíritu en la salvación. Melanchthon mostró más flexibilidad que Lutero respecto a la presencia real en la Cena del Señor (cf. Concordato de Wittenberg), pero estaba básicamente de acuerdo con Lutero, según se vió en la Confesión de Augsburg y en su Apología. Zwingli se alejó de Lutero y de Melanchthon en lo relativo a la operación del Espíritu en los sacramentos, negando la necesidad del bautismo y afirmando la significación en gran parte conmemorativa de la Cena del Señor. Los Reformadores radicales también discrepaban de Lutero y Melanchthon, afirmando la prioridad de la revelación inmediata por sobre la Escritura. Tanto luteranos como católicos fueron condenados por los Schwarmer (fanáticos) por su dependencia de la letra de la Escritura en vez de someter la Biblia a pruebas de experiencia religiosa.

Calvino sostenía que el Espíritu trabaja en la regeneración para iluminar la mente para recibir los beneficios de Cristo, y los sella en el corazón. Por el Espíritu el corazón de un hombre se abre al poder penetrador de la palabra y de los sacramentos. Calvino fue más allá de Lutero al afirmar no sólo que la palabra predicada es el agente del Espíritu, sino que la Biblia es en su esencia la palabra de Dios (Catecismo Ginebrino). El Espíritu obra en la lectura de la Escritura así como en la predicación de la palabra, y la palabra, predicada o leída, es eficaz a través del trabajo del Espíritu Santo. El origen divino de la Escritura es certificado por el testimonio del Espíritu; la Escritura es la palabra de Dios dada mediante la guía del Espíritu a través del limitado decir humano. Así pues, el exégeta debe indagar sobre la intención de Dios al darnos la Escritura (e.g., en la aplicación moderna del AT; Institutos 2,8,8).

La prueba más elevada de la Escritura proviene de que Dios en persona habla en ella, es decir, en el testimonio secreto del Espíritu (Ins. 1.7.4). Sentimos el testimonio del Espíritu grabado como un sello en nuestros corazones, con el resultado de que sella el perdón y el sacrificio de Cristo. El Espíritu Santo es el lazo por el cual Cristo nos une a El (Inst. 3,1,1). Aunque Calvino rechazó las pruebas racionales como base para autentificar la Escritura, las batallas interconfesionales causaron posteriormente la rigidización del pensamiento reformado, y se desarrolló una tradición de pruebas escolásticas para superar el subjetivismo de la teoría de la autentificación de Calvino (cf. Cánones de Dort).

En el siglo XVII surgió en Holanda una reacción al calvinismo estricto entre los seguidores de James Arminius. Este rechazó la predestinación terminante, permitiendo la libertad del hombre para resistir la oferta que Dios le hace de la gracia. La posición Arminiana fue denunciada por el Sínodo de Dort, pero tuvo gran influencia en Inglaterra. John Wesley creció en la Inglaterra de principios del siglo XVIII con este clima de Arminianismo, y a través de él se le dio al Metodismo su carácter típicamente arminiano. Según Wesley, Dios actúa en colaboración con, pero no atropellando, la libre respuesta humana en materia de fe salvadora. Dios no dispensa simplemente sobre el hombre la gracia justificadora, ni el hombre la adquiere simplemente creyendo. Más bien hay un proceso unificado de Dios que da y el hombre que recibe. El Espíritu Santo condena por pecado, pero también da testimonio de la justificación, y continúa después de eso trabajando en la santificación del hombre, de modo que el creyente siente en su corazón las poderosas acciones del Espíritu de Dios. Dios lo insufla continuamente en el alma del hombre, y el alma "respira a Dios", una asociación de respiración espiritual por la que se sostiene la vida de Dios en el alma. La santificación, la renovación del hombre a imagen de Dios, en justificación y santidad verdaderas, la efectúa el Espíritu mediante la fe; incluye ser salvado del pecado y perfeccionado en el amor. Las obras son necesarias para una continuación de la fe, y la "plena santificación", la perfección, es la meta de cada creyente.

El Período Moderno

Mientras que en el siglo XVII el puritanismo radical dio origen a los Cuáqueros con su énfasis en la experiencia subjetiva del Espíritu Santo (la Luz Interna de George Fox), tal que la Escritura es sólo una fuente secundaria de conocimiento para la fe y la práctica (Apología de Robert Barclay), el Metodismo del siglo XVIII fué un acercamiento más equilibrado a la acción del Espíritu. El foco del Metodismo posterior en el trabajo del Espíritu luego de la conversión, como experiencia de la gracia divina, ha sido desarrollado por el Movimiento de Santidad moderno, representado por las iglesias de la Asociación Cristiana de Santidad.

Otro desarrollo que se puede remontar al énfasis metodista en la santificación es el renacimiento del Pentecostalismo en el siglo XX. Surgiendo de énfasis anteriores en la "segunda experiencia", el Pentecostalismo ha otorgado gran importancia al "bautismo del Espíritu Santo", que se considera la culminación de un proceso en dos etapas de la salvación. Desde el inicio de este movimiento moderno a principios de siglo, el hablar en lenguas ha sido proclamada la principal señal del bautismo del Espíritu, si bien también da importancia a otros "dones del Espíritu", en especial el de sanación. Desde sus comienzos fundamentalistas / biblicistas, el movimiento pentecostalista se ha desarrollado hacia lo que libremente se llama movimiento carismático, que ahora toca todo el Protestantismo y ha incursionado en el catolicismo. Este movimiento generalmente proclama una clara experiencia del "bautismo del Espíritu" y, como norma, considera al hablar en lenguas como la manifestación de esa experiencia.

Uno de los progresos más significativos del siglo XX en la comprensión del Espíritu Santo fue el del pensamiento de Karl Barth. Barth fue un teólogo protestante responsable en gran parte de la introducción de la neo-ortodoxia, la llamada teología dialéctica o de la crisis. El y otros rompieron con el liberalismo clásico en las primeras décadas del siglo XX, negando la teología liberal de la piadosa autoconciencia religiosa, su antropocentrismo (Schleiermacher; Ritschl; Feuerbach). Barth acentuó la "infinita diferencia cualitativa" entre el hombre y Dios, y proféticamente proclamó el "nein" de Dios a toda tentativa humana de autojustificación. La carta de Barth a los Romanos tomaba esta nota de la "crisis" del hombre, el acuse de recibo de que lo que el hombre sabe de Dios, Dios mismo lo ha revelado. Barth desarrolló su idea de la autorevelación de Dios en los términos de la doctrina de la palabra de Dios (Dogmática de la Iglesia I/1 y I/2). Lo primero y más importante, Jesús es el Logos encarnado, la Palabra de Dios. La palabra de Dios se encuentra posteriormente en la predicación del evangelio, y "entre las palabras de la Escritura" (cf. doctrina del Espíritu y la Palabra, de Lutero). La palabra de Dios es Dios mismo en la Sagrada Escritura. La Escritura es santa y es la palabra de Dios porque por el Espíritu Santo se convirtió y se convertirá para la iglesia en testigo de la divina revelación. Este testimonio no es idéntico a la revelación; no es en sí mismo revelación, sino testimonio de ella. La fe en Jesús como el Cristo, específicamente en la resurrección de Jesús, se efectúa a través de la acción del Espíritu Santo. El subjetivo "en Espíritu" es la contraparte del objetivo "en Cristo". La gracia de Dios se manifiesta a la vez en Su revelación objetiva en Cristo, y en la subjetiva apropiación por el hombre, de esta revelación, a través del Espíritu. Según la Escritura, la revelación de Dios ocurre en nuestro esclarecimiento por el Espíritu Santo a un conocimiento de la palabra de Dios. El derramamiento del Espíritu es revelación de Dios. En esta realidad somos libres de hijos de Dios y conocerlo, amarlo y alabarlo en su revelación. En cuanto realidad subjetiva de la revelación de Dios, el Espíritu hace posible y real la existencia del cristianismo en el mundo. Porque, observa Barth, "allí donde está el Espíritu del Señor, allí hay libertad" (II Cor. 3:17); Dios en su libertad se descubre al hombre y así lo hace libre para él (Teología Evangélica, pp. 53 y sgts.).

Observaciones finales

Este bosquejo muestra algo de la diversidad del desarrollo del pensamiento cristiano acerca del Espíritu Santo. Es irónico que el don escatológico de Dios al hombre haya sido tan a menudo un punto de conflicto y división entre los cristianos. Dado que el camino que sigue parece no menos difícil que el que ya hemos recorrido, haríamos bien en tener humildemente presentes la soberanía de Dios y nuestra debilidad.

Puesto que Dios en Cristo ha iniciado la era mesiánica con su derramamiento del Espíritu, la relación del hombre con Dios ha sido cambiada para siempre. La ley ya no se puede usar como medio de exclusión o de opresión de los desheredados: Jesús ha predicado el evangelio mesiánico de libertad al cautivo, vista a los ciegos y buenas noticias a los pobres; la nueva ley de la vida ha sido escrito en los corazones de los hombres. Así, debemos detestar cualquier nuevo legalismo que utilice la Escritura para excluir y oprimir, es decir, para trasformar las buenas noticias de Cristo en "letra que mata." Debemos, en cambio, reconocer el carácter "insuflado por Dios" de la Escritura, y el "Espíritu que vivifica". Sólo de ese modo será provechosa la Escritura. Al revés, no se puede proclamar el Espíritu como marca de una élite, como lo que distingue y divide. El evangelio de Jesucristo incluye el mensaje de que el Espíritu Santo ha sido vertido sobre toda carne. Todos los abusos a la Escritura y el Espíritu deben oír el mensaje de Dios: "la promesa es para los que estén cerca y para los que estén lejos, tantos como llame el Señor nuestro Dios".

T S Caulley

Bibliografía
C. K. Barrett, El Espíritu Santo y la tradición del Evangelio; F. D. Bruner, Teología del Espíritu Santo; J.D.G. Dunn, Bautismo en el Espíritu Santo, y Jesús y el Espíritu; M. Green, Creo en el Espíritu Santo; H. Gunkel, La influencia del Espíritu Santo; G. S. Hendry, El Espíritu Santo: Crecimiento de una tradición bíblica; C. F. D. Moule, El Espíritu Santo; P.D. M. Ramsey, El Espíritu Santo; E. Schweizer, El Espíritu Santo; H. B. Swete, el Espíritu Santo en la iglesia antigua, y El Espíritu Santo en el Nuevo Testamento; H. Watkins-Jones, el Espíritu Santo desde Arminius a Wesley.


Abogado

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Abogado (del griego parakletos), el que litiga en la causa de otro, que ayuda a otro defendiéndolo o consolándolo. Es el nombre dado tres veces por Cristo al Espíritu Santo (Juan 14:16; 15:26; 16:7, donde la palabra griega se traduce por "Consolador"). Se aplica a Cristo en 1 Juan 2:1, en que el mismo término griego se traduce por "Abogado", que es lo que debería decir en todos los pasajes en que figura. Tértulo "el orador" (Hechos 24:1) era un abogado romano que los judíos emplearon para acusar a Pablo ante Fëlix.


Consolador

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Consolador, designación del Espíritu Santo (Juan 14:16, 26; 15:26; 16:7; R.v. marg., "o abogado, o ayudante; del griego Paracletos"). La misma palabra griega así traducida es expresada como "abogado" en 1 Juan 2:1 al aplicarla a Cristo. Significa correctamente "el que es convocado al lado de otro" para ayudarle en un Tribunal de Justicia defendiéndolo, "el que se convoca para litigar en una causa". "Abogado" es la traducción correcta de la palabra allí donde ésta aparece. Conviene notar que aunque Pablo en ninguna parte usa el término paracletos, presenta la idea que ésta implica cuando habla de la "intercesión" tanto de Cristo como del Espíritu (Rom 8:27, 34).


Espíritu, Soplo

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Ruah: "respiración; aire; fuerza; viento; brisa; espíritu; valor; genio; Espíritu". Este sustantivo tiene parónimos en el ugarítico, arameo y el árabe. La palabra aparece unas 378 veces y en todos los períodos del hebreo bíblico.

Primero, esta palabra significa "respiración", aire para respirar, aire que se está inspirando /expirando. Este significado es especialmente evidente en Jer. 14:6: "y los asnos salvajes estaban en los lugares altos, resoplando al viento como dragones...". Cuando la "respiración" se restablece, uno revive: "...cuando [Sansón] hubo bebido [el agua], su espíritu [literalmente, "respiración"] revino, y él se restableció..." (Jueces 15:19). El asombro puede cortar la "respiración": "y cuando la reina de Saba hubo visto toda la sabiduría de Salomon, y la casa que él había construido, y la carne en su mesa, ...no hubo más espíritu en ella [quedó abrumada y sin aliento]" (1 Reyes 10:4-5). Ruah puede representar también el hablar, o el aliento: "por la palabra del Señor fueron hechos los cielos; y todo lo que había en ellos, por el aliento de su boca " (Salmos 33:6; cf. Exod. 15:8; Job 4:9; 19:17).

En segundo lugar, esta palabra se puede emplear acentuando la condición invisible, intangible, efímera, del "aire": "Recuerda, oh Dios, que mi vida es viento: mis ojos ya no verán lo bueno" (Job 7:7). Puede haber una sugerencia de falta de propósito, de inutilidad, o incluso vanidad (vacío) cuando el ruah se utiliza con esta acepción: "y los profetas se volverán viento, y la palabra no estará en ellos..." (Jer. 5:13). "Palabras ventosas" son realmente "palabras huecas" (Job 16:3), así como el "conocimiento ventoso" es "conocimiento vacío" (Job 15:2; cf. Eccl. 1:14, 17, "esforzarse sin sentido"). En Prov. 11:29 el ruah significa "nada": "el que descuida su propia casa heredará el viento...". Este matiz es especialmente notable en Eccl. 5:15-16: "y tal como salió del vientre de su madre, tan desnudo como vino, así se irá, y sin llevarse nada del fruto de su trabajo, que puede llevarse en su mano. Es muy doloroso que tal como vino al mundo, así se vaya; ¿y qué beneficio tendrá de haber trabajado para el viento?"

Tercero, ruah puede significar "viento". En Gén. 3:8 parece aludir a la apacible y refrescante brisa tan bien conocida en el Cercano Oriente: "y oyeron la voz del Señor Dios recorriendo el jardín al fresco [literalmente, "la brisa"] del día...". Puede significar un viento fuerte y constante: "... Y el Señor hizo venir sobre la región un viento del este todo ese día y toda esa noche..." (Exod. 10:13). Puede también significar un viento extremadamente fuerte: "y el Señor reorientó un fuerte y poderoso viento del oeste... " (Exod. 10:19). En Jer. 4:11 la palabra parece representar un vendaval o tornado (cf. Hos. 8:7). Dios es el Creador (Amos 4:13) y soberano controlador de los vientos (Gén. 8:1; Num. 11:31; Jer. 10:13).

Cuarto, el viento representa la dirección. En Jer. 49:36 los cuatro vientos simbolizan los cuatro extremos de la Tierra, que alternadamente representan cada cuarto: "y sobre Elam traeré los cuatro vientos [gente de cada cuarto de la Tierra] de los cuatro cuartos del cielo, y los dispersaré a todos esos vientos; y no habrá nación alguna de la que no vengan los refugiados de Elam". El acadio atestigua la misma frase con el mismo significado, y esta frase comienza a aparecer en hebreo cuando era frecuente el contacto con los acadioparlantes.

Quinto, ruah representa con frecuencia el elemento de la vida en un hombre, su "espíritu" natural: " y toda la carne que se movía sobre la Tierra pereció... todos aquellos en cuyas fosas nasales estaba la respiración de la vida..." (Gén. 7:21-22). En estos versículos los animales tienen un "espíritu" (cf. Salmos 104:29). Por otra parte, en Prov. 16:2, más que sólo el elemento de la vida, la palabra parece significar "alma": "todo lo que hace un hombre es limpio a propios ojos; pero el Señor pondera los Espíritus [NASB, "motivos"]". Así, Isaías pone nepes, "alma", y ruah en paralelismo sinónimo: "con mi alma te he deseado en la noche; sí, con mi Espíritu interno te buscaré temprano... " (26:9). Es el "Espíritu " de un hombre que vuelve a Dios (Eccl. 12:7).

En sexto lugar, ruah se usa a menudo como ánimo, disposición o "temperamento" de un hombre: "Bendito es el hombre a quien el Señor no imputa iniquidad, y en cuyo espíritu no hay mala intención" (Salmos 32:2). En Ezek. 13:3 el término se usa para mente o pensamiento: la "¡Ay de los profetas necios, que siguen sus propios espíritus, y no han visto nada!" (cf. Prov. 29:11). Ruah puede representar disposiciones determinadas, como hace en Josué. 2:11: "y tan pronto oímos estas cosas, nuestros corazones se derritieron, ni quedó más valor en ningún hombre, debido a tí..." (cf. Jos. 5:1; Job 15:13). Otra disposición representada por esta palabra es "ánimo": "si el ánimo [genio] del gobernante se alza contra ti, no abandones tu puesto..." (Eccl. 10:4). David rogaba a Dios que "restablezcas en mí el gozo de tu salvación; y sosténme con tu Espíritu que das sin precio" (Salmos 51:12). En este versículo, las expresiones "gozo de la salvación" y "Espíritu gracioso" son paralelas, y por lo tanto sinónimas. En consecuencia, el "espíritu" se refiere a la disposición personal, tal como "gozo" se refiere a una emoción interna.

Séptimo, la Biblia habla a menudo "Espíritu" de Dios, la tercera persona de la Trinidad. Éste es el uso de la palabra en su primera figuración bíblica: "y la Tierra estaban sin forma, y vacía; la oscuridad flotaba sobre la faz del abismo, y el Espíritu de Dios se movía sobre las aguas" (Gén. 1:2). Isa. 63:10-11 y Salmos 51:12 hablan específicamente "del Espíritu Santo o de gratuidad".

Octavo, a veces a los seres no materiales (ángeles) del cielo se les denomina "Espíritus": "vino un Espíritu, y cmpareció ante el Señor, y dijo, lo convenceré" (1 Reyes 22:21; cf. 1 Sam16:14).

Noveno, el "espíritu" se puede aplicar asimismo a aquello que permite a un hombre hacer un trabajo determinado, o que representa la esencia de una cualidad de hombre: "y Josué, el hijo de Nun, estaba lleno del espíritu de sabiduría, porque Moses había puesto sus manos sebre él..." (Deut. 34:9). Eliseo pidió a Elías una porción doble de su "espíritu" (2 Reyes 2:9), y lo recibió.


También, vea:
Dones espirituales


Esta traducción ha sido hecha por: María Victoria Castillo



Este tema presentación en el original idioma Inglés


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