Pecado Original

Información General

En la teología cristiana el pecado original se refiere tanto al pecado de Adán y Eva, por el que la humanidad perdió la gracia divina, como al estado de pecado en que, desde la caída, nacen los seres humanos. El fundamento escritural del pecado original se encuentra en las epístolas de San Pablo. Los teólogos cristianos han mantenido una amplia variedad de posiciones sobre la naturaleza del pecado original y su transmisión, y sobre la eficacia del bautismo en el restablecimiento de la gracia.

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Pecado Original

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De: Comentario al estudio hogareño de la Biblia, por James M. Gray

Génesis Capítulo 3

Introducción del Pecado

La Tentación

Gen 3: vv. 1-5: el discurso y la capacidad de raciocinio desplegados por la serpiente sugieren que no era la única presente allí, lo que se confirma en Apoc. 12:9 y 20:2, donde a la serpiente se la identifica con Satanás. Hay quienes creen que originalmente la serpiente estaba en posición vertical y era muy hermosa, lo que, de ser cierto, habría contribuido a su poder sobre la mujer y a explicar por qué Satanás se sirvió de aquélla como instrumento. Pero que el tentador real era éste lo confirman adicionalmente Juan 8:44; 2 Cor. 11:3; 1 Juan 3:8 y 1 Tim. 2:14. Léase la pregunta de Satanás a la mujer en la Versión Revisada y percíbase cómo difiere de las palabras de la prohibición (2:16). ¿Cómo prueba ello que Satanás es “mentiroso desde el principio” y cómo impugna la sabiduría y el amor de Dios? ¿Cree ud. que la mujer cometió un error al parlamentar con Satanás?

¿Y cómo el lenguaje de ella (v.3) se desvía de la verdad? ¿Hace también de Dios un amo más severo que lo que es, es decir, el pecado ha entrado ya en su alma? Nótese que “dioses” (v.5) ha sido traducido como “Dios” en la Versión Revisada. Fue al tratar de ser como Dios, que cayó Satanás (1 Tim. 3:6), que trata de arrastrar al hombre con el mismo medio. Compárelo con la narración del Anticristo (Tes. 2:4).

La Caída

Gen. 3:vv. 6, 7: ¿Cuáles tres pasos llevaron al acto abiertamente pecaminoso? ¿Cómo los caracteriza 1 Juan 2:16? Observe el uso del mismo método en la tentación de Jesús (Luke 4:1- 13). ¿Cómo la posterior conducta de la mujer ilustra el progreso y propagación del pecado? ¿Se hizo realidad alguna parte de la promesa de Satanás? ¿Qué parte falló? Nuestros primeros padres conocieron el bien y el mal al conocer el mal al que antes habían sido ajenos, y cuyo efecto moral sobre ellos fue la vergüenza (véase 2:25). Otra cita: "Lo que el hombre y la mujer adquirieron de inmediato fue el ahora predominante rasgo de la conciencia de sí mismos. La conciencia de Dios se ha perdido, y de allí en adelante la autocontemplación ha de ser la característica y el veneno de la humanidad, lo que sienta las bases para aquellos sentimientos interiores o estados mentales comprendido en el término ‘infelicidad’, y para todos los esfuerzos externos mediante los cuales se pretende mejorar esa situación".

¿Cuál fue el primero de estos esfuerzos (v. 7, última cláusula)?. Y (para citar de nuevo el mismo autor) "¿no es este acto el germen de todas las actividades humanas consiguientes? Consciente de sí mismo, sintiendo la presión de la necesidad, y no teniendo ya a un Dios que satisficiera esa necesidad, el hombre comienza a maquinar y tramar" (Eccl. 7:29). Estas maquinaciones no son de tipo meramente material sino sobre todo espiritual, ya que su esfuerzo por cubrirse ilustra el inútil intento de la humanidad para salvarse de los efectos eternos del pecado mediante obras de moralidad, de penitencia y similares. ¿Cuál es la única cobertura que sirve al pecador (Rom. 3:22; 2 Cor. 5:21)?

El Juicio

Gen. 3:vv. 8-13: “Voz” se puede traducir como “sonido”, y “fresco”, por “viento”. ¿Cómo indica el versículo 8 el carácter y grado de su vergüenza? Las palabras de Dios (v. 9) ¿expresan sólo juicio, o tal vez gracia? En este último caso, en qué sentido? ¿Dice Adán la exacta verdad (v. 10)? ¿Era sólo la vergüenza, o el sentimiento de pecado lo que lo empujaba? ¿Cómo la pregunta de Dios (v. 11) sugiere el tipo de conocimiento que ahora tenía Adán? ¿Muestra el versículo 12 un espíritu de arrepentimiento o de autojustificación de su parte? En el análisis final ¿él atribuye la culpa a la mujer o a Dios?

Sentencia para la serpiente

Gen 3: vv. 14, 15: ¿A cuál de los culpables condena Dios primero? ¿Se cumple la maldición del versículo 14? Vea Isaías 65:25, y advierta que incluso en el milenio, cuando la maldición es eliminada para todos los demás animales, aún persiste para serpiente. ¿Pero cómo esta maldición sugiere que previamente la serpiente no se arrastraba? (Los naturalistas señalan que el organismo de la serpiente es de extrema degradación y que, si bien pertenece a las creaciones más recientes del reino animal, representa un decidido retroceso en la escala de la vida, lo que corrobora la explicación bíblica de su condición). ¿Se cumple la maldición del versículo 15? Pero no debemos suponer que ésta se limita a la serpiente, porque entonces se habría exceptuado a Satanás.

Vea en las referencias marginales que la descendencia de la serpiente pasa, por metonimia, por la de Satanás, y se la identifica con los malvados y descreídos de todos los tiempos (Mat. 3:7; 13:38; 23:33; Juan 8:44; Hechos 13:10; 1 Juan 3:8). Del mismo modo, se podría entender que el linaje de la mujer es el de los justos y creyentes de todas las eras, y en cierto sentido así es, pero muy especialmente es el de nuestro Señor Jesucristo, cabeza y representante de aquéllos, Aquél mediante el cual creen y por quien se justifican. El mismo es de la progenie de la mujer, y ellos en El (Is. 7:14; Mat. 1:18-25; Lucas 1:31-35; Gál. 4:4, 5). Obsérvese cuánto significa esto para nosotros: es realmente la promesa de un Redentor y de la redención y, siendo la primera promesa, es aquella de la que fluyen todas las demás.

La Biblia se refiere a ello una y otra vez, de un modo u otro, y tenemos que saberlo muy bien; de hecho el resto de la Biblia es sólo la historia del cumplimiento de esta promesa. La Biblia no es una historia del mundo y ni siquiera del hombre, sino de la redención del hombre del pecado en que cayó en el jardín del Edén. Esto explica por qué toda la historia de la creación se resume en un capítulo de La Biblia, y por qué se dice tan poco sobre la historia de las naciones de la Tierra excepto Israel. Pero ¿en qué sentido es ésta una promesa de redención? En el entendido de que Cristo es del linaje de la mujer, qué le va a hacer a Satanás (v. 15)? Cuando se pisa la cabeza de la serpiente ¿no se destruye su poder? (Para un paralelo véase Heb. 2:14, 15; Apoc. 20:1-3, 7-10.) ¿Y qué le va a hacer Satanás a Cristo? ¿Por qué se puede decir que Satanás hirió el talón de Cristo? (Para respuesta véase Isaías 50 y 53, Salmos 22 y 69, y los capítulos de los Evangelios que hablan de la pasión de Cristo y la crucifixión).

Sentencia a Adán y Eva

Gen 3: vv. 16-2:1. ¿Cuál es la primera característica de la frase sobre la mujer (v. 16, primera cláusula)? ¿Con qué van a estar principalmente conectadas sus penas (segunda cláusula)? ¿Qué otro rasgo de su sentencia figura en la última frase? ¿Por qué fue condenado el hombre? ¿Lo muestra eso menos o más culpable que su mujer? ¿Qué maldición precede a la del hombre mismo? Y sin embargo ¿cómo se demuestra que también eso es una maldición sobre el hombre? En la Versión Revisada, “penas” se tradujo como “trabajo”, y por tanto la maldición sobre la tierra conlleva para el hombre el trabajo duro. ¿Cómo esta maldición sobre la tierra se expresa en el suelo (v. 18)? (Ahora el sustento para la vida debe arrancarse de la tierra, que antes podría haberlo dado espontáneamente.) ¿A qué obligará al hombre este estado de cosas (v. 19)? ¿Cuánto tiempo debe durar esto, normalmente? ¿Qué parte del hombre vuelve al polvo (Eccl. 12:7)?

Los naturalistas corroboran el testimonio de la Biblia sobre la maldición explicando que espinas y cardos son un aborto en el mundo vegetal, el resultado de la detención del desarrollo y el crecimiento imperfecto. Desaparecen con el cultivo y se transforman en ramas, mostrando así el carácter que pueden haber tenido antes de la maldición, y el que pueden tener cuando a través de Cristo ésta se elimine (Apoc. 22:1-5). ¡Qué profundamente significativa la Corona de espinas, signo de la maldición, que Jesús llevó por nosotros!

La condena

Gen 3: vv. 22-24: ¿A quién supone usted que el Señor Dios dijo esto? ¿A quién ser refiere el “nosotros”? ¿Notó usted el mismo pronombre plural en 1:26? El uso de este es una de las primeras sugerencias de la Trinidad, revelada más plenamente en el Nuevo Testamento. En efecto, la primera confidencia está en el primer versículo de la Escritura, en el nombre de Dios, o (en hebreo) Elohim. Este es un sustantivo plural, pero asociado a un verbo en singular, lo que sugiere la idea de pluralidad en unidad. ¿Qué razón se da para expulsar a Adán y Eva del Paraíso (v. 22)? ¿Ha pensado usted que éste es un acto de misericordia: habiendo obtenido el conocimiento del mal pero sin el poder de resistirlo, ¿no se habría sumado a su calamidad el que, por comer del árbol de la vida, hubieran vuelto eterna tal situación?

¿Cómo se llaman los misteriosos seres puestos de guardia en la zona oriental del jardín? (v. 24). Parecen ser los guardianes especiales de la majestad de Dios, vengadores de Su quebrantada ley, percepción enfatizada por su simbólica posición en el asiento de la misericordia en el tabernáculo de un periodo posterior. "Espada flameante" es la traducción de "shekinah", nombre de la gloria visible de Dios, sita en el asiento de la misericordia. ¿No tendremos aquí una representación de la modalidad de culto establecida ahora en el Edén para mostrar la ira de Dios ante el pecado, y enseñar la mediación de un Salvador prometido como camino de acceso a Dios? Como posteriormente, ahora Dios parece decir: "Estaré con vosotros desde entre los querubines" (Éxodo 25:10-22).

Peguntas: 1.¿Cómo probaría ud. que Satanás, y no la serpiente, es el real tentador en el Edén? 2. ¿De qué manera la tentación del segundo Adán (Cristo) concuerda con esta del primer Adán? 3. ¿Qué ilustra el cubrirse con hojas de parra? 4. ¿En qué forma la historia natural arroja luz sobre la maldición contra la serpiente? 5.¿A quién se hace especial referencia con "el linaje de la mujer"? 6. ¿Qué es la Biblia? 7.¿Qué dicen los naturalistas en cuanto a la naturaleza de espinas y cardos? 8 ¿Con qué dos o tres indicios de la Trinidad nos hemos encontrado en nuestras lecciones hasta aquí? 9. ¿De qué parecen ser vengadores los querubines, y qué le sugiere eso a ud? 10. ¿Cuántas preguntas en el texto de nuestra lección ha sido usted capaz de responder satisfactoriamente?

Génesis Capítulo 2

El Jardín del Edén

Ubicación del jardín

VV. 8-14. ¿Qué nombre se da a la localidad del jardín? ¿En qué sección de la misma estaba plantado? ¿Qué expresión en el versículo 9 muestra la preocupación de Dios por la belleza, así como por la utilidad? ¿Qué dos árboles de la vida plantó? ¿Qué característica geográfica del versículo 10 acentúa el carácter histórico de esta narración? Observe cómo esto se enfatiza adicionalmente por los siguientes hechos: los nombres de los ríos, los países por los que fluyen, e incluso los depósitos de minerales de ésos. Nótese: (a) el uso del tiempo presente en esta descripción, que muestra que los lectores del período de Moisés conocían su ubicación, (b) debe haber sido un terreno alto, ya que era fuente de poderosos ríos, (c) no podía haber sido una localidad muy exuberante o feraz, dada la necesidad de plantar un jardín, y la posibilidad de alguna grave dificultad en la posterior expulsión de Adán y Eva.

Se solía creer que “Edén” era una palabra hebrea que quiere decir placer, pero recientes exploraciones en Asiria indican que puede haber sido de origen Acadio y que denota llanura, y no una llanura fértil, como en un valle, sino una elevada y estéril como una estepa o desierto de montaña. En resumen, el lugar que vendría a la mente de un oriental es la región de Armenia, de donde nacen el Éufrates y el Tigris (o Hidekel). Hay otros dos ríos que salen de esa región, el Kur y el Araxes, que se unen desde allí y desembocan en el Mar Caspio; pero todavía no se puede determinar si son el Pison y el Gihon de la lección. Ahora la ciencia corrobora esta ubicación del Edén, por cuanto sostiene que (a) la especie humana surgió de un centro común, y que (b) que este centro es la meseta del Asia central.


Pecado Original

Información Católica

I. Concepto

II. Adversarios principales

III. El Pecado Original en la Escritura

IV. El Pecado Original en la tradición

V. El Pecado Original frente a las objeciones de la razón humana

VI. Naturaleza del pecado original

VII. Cuán voluntario

I. SIGNIFICADO

Se puede entender que “pecado original” se refiere a: (1) el pecado que cometió Adán, (2) una consecuencia de ese primer pecado, la mancha hereditaria con la que nacemos en razón de nuestro origen o descendencia de Adán. Desde los primeros tiempos este último sentido de la palabra fué el más común, como se sigue de la afirmación de San Agustín: "el pecado deliberado del primer hombre es la causa del pecado original" (De nupt. et concup., II, xxvi , 43). Aquí tratamos de la mancha hereditaria; en cuanto al pecado de Adán, no examinaremos las circunstancias en que se cometió ni haremos la exégesis del tercer capítulo del Génesis.

II. PRINCIPALES OPONENTES

Teodoro de Mopsuestia abrió la polémica al negar que el pecado de Adán fuera el origen de la muerte (Véase la "Excerpta Theodori", de Marius Mercator; cf. Smith, "A Dictionary of Christian Biography", IV, 942.). Celestino, amigo de Pelagio, fue el primero en Occidente en respaldar la postura de Teodoro: "Adán iba a morir de todos modos, ya fuera que hubiera pecado o no. Su pecado lo hirió sólo a él y no a la humanidad" (Mercator, "Liber Subnotationem", prefacio). Esta, la primera postura de los Pelagianos, fue también el primer argumento condenado en Cartago (Denzinger, "Enchiridion", 101- antiguo n° 65). Contra este error fundamental los católicos citaron especialmente Romanos 5:12, donde se muestra a Adán como transmisor de la muerte junto con el pecado.

Después de un tiempo los Pelagianos admitieron la transmisión de la muerte -lo que es más fácil de entender puesto que vemos que los padres transmiten a sus hijos enfermedades hereditarias-, pero aún así negaban violentamente la transmisión del pecado (San Agustín, "Contra duas epist. pelag.", IV, iv, 6), y cuando San Pablo habla de la transmisión del pecado, entendían por esto la transmisión de la muerte Esta fue su segunda postura, condenada por el Concilio de Orange [Denz., N. 175 (145)], y nuevamente más tarde, junto con la primera, por el Concilio de Trento [Sess. V, can. ii; Denz., n. 789 (671)]. Tomar la palabra “pecado” como “muerte” fue una evidente falsificación del texto, por lo que los pelagianos pronto abandonaron esa interpretación y admitieron que Adán causó el pecado en nosotros; pero no entendieron por pecado la mancha hereditaria contraída al nacer, sino el pecado que, a imitación de Adán, cometen los adultos. Esta fue su tercera posición, a la que se opone la definición de Trento de que el pecado se transmite a todos por generación (propagatione), no por imitación [Denz., N. 790 (672)]. Además, en el canon siguiente se citan las palabras del Concilio de Cartago, en el que se trata de un pecado contraído por generación y borrado por generación [Denz., N. 102 (66)]. 102 (66)].

Los Reformadores admitieron el dogma del pecado original, pero en la actualidad hay muchos protestantes imbuidos de doctrinas socinianas, que son una reactivación del Pelagianismo.

III. EL PECADO ORIGINAL EN LA ESCRITURA

El texto clásico es Romanos 5:12 y sgts. En la parte precedente el apóstol trata de la justificación por Jesucristo, y para poner de relieve el hecho de que es el Salvador, compara esta Cabeza Divina de la humanidad con la cabeza humana que causó su ruina. La cuestión del pecado original, por lo tanto, llega sólo en forma incidental. Por sus instrucciones orales, San Pablo deduce qué idea tienen los fieles de aquél y les habla al respecto para hacerles comprender la obra de la Redención. Esto explica la brevedad del desarrollo y la oscuridad de algunos versos.

Ahora mostraremos lo que en el texto se opone a las tres posturas pelagianas.

(1) El pecado de Adán lesionó a la humanidad por lo menos en el sentido de que introdujo la muerte - "Por tanto, por un solo hombre entró el pecado al mundo y por el pecado la muerte, y de ese modo la muerte pasó a todos los hombres". Aquí se trata de la muerte física. En primer lugar, hay que suponer el significado literal de la palabra, a menos que haya alguna razón para lo contrario; en segundo lugar, en este versículo hay una alusión a un pasaje del Libro de la Sabiduría en que, como puede apreciar del contexto, no es cuestión de la muerte física. Sabiduría 2:24: "Pero por la envidia del diablo entró la muerte en el mundo". Cf. Génesis 2:17; 3:3, 19; y otro pasaje paralelo del propio San. Pablo, 1 Corintios 15:21: "Porque por un hombre vino la muerte y por un hombre la resurrección de los muertos". Aquí no puede ser cuestión sólo de la muerte física, opuesta a la resurrección corporal, que es el tema de todo el capítulo.

2) Por su falta Adán nos transmitió no sólo la muerte sino también el pecado "porque por la desobediencia de un solo hombre, muchos [es decir, todos los hombres] fueron hechos pecadores" (Romanos 5:19). ¿Cómo entonces pudo el pelagianismo, y Zwingli en un período posterior, decir que San Pablo habla sólo de la transmisión de la muerte física? Si según ellos debemos leer “muerte” allí donde el Apóstol escribió “pecado”, también deberíamos leer que la desobediencia de Adán nos ha hecho mortales allí donde el Apóstol escribe que nos hizo pecadores; pero la palabra pecador nunca ha significado mortal, ni pecado ha significado jamás muerte. También en el versículo 12, que se corresponde con el versículo 19, vemos que por un hombre, dos cosas han llegado a todos los demás, el pecado y la muerte, siendo una la consecuencia del otro, y por ende, no es idéntico a ella.

(3) Dado que Adán transmite la muerte a sus hijos por medio de la generación, cuando los engendra mortales, también por generación les transmite el pecado, puesto que el Apóstol presenta estos dos efectos como producidos simultáneamente y por la misma causa. La explicación de los pelagianos difiere de la de San Pablo: según ellos el niño que recibe la mortalidad en su nacimiento recibe el pecado de Adán sólo en un periodo posterior, cuando conoce el pecado del primer hombre y se inclina a imitarlo. En consecuencia, la causalidad de Adán respecto a la mortalidad sería completamente diferente de su causalidad respecto al pecado. Por lo demás, esta supuesta influencia del mal ejemplo de Adán es casi quimérica; incluso los fieles, cuando pecan, no lo hacen por ese mal ejemplo, a fortiori trasgresores que ignoran absolutamente la historia del primer hombre. Sin embargo todos los hombres son, por influencia de Adán, pecadores y se les condena (Romanos 5:18, 19); la influencia de Adán no puede, por lo tanto, ser su mal ejemplo, que nosotros imitaríamos (Agustín, "Contra Julian", VI, xxiv, 75).

En razón de esto, varios protestantes recientes han modificado la explicación pelagiana: "Aun sin estar conscientes de ello, todos los hombres imitan a Adán, en la medida en que merecen la muerte como castigo de sus propios pecados al igual que Adán la mereció por el suyo". Esto es alejarse cada vez más del texto de San Pablo. Adán no sería más que una comparación, ya no tendría ninguna influencia en la causalidad respecto al pecado original o la muerte. Además, el apóstol no afirmó que todos los hombres son, a imitación de Adán, mortales a causa de sus pecados efectivos, ya que los niños que mueren antes de llegar al uso de razón nunca han cometido esos pecados, sino que afirma expresamente lo contrario en el versículo 14: "Pero reinó la muerte" no sólo entre aquellos que imitaban a Adán, sino "también entre aquéllos que no han pecado imitando la transgresión de Adán". El pecado de Adán es, entonces, la única causa de muerte para toda la humanidad, y fuera de él no se discierne conexión natural alguna entre pecado y muerte. Para que un determinado pecado entrañe la muerte se requiere una ley positiva, pero antes de la Ley de Moisés no había ley positiva de Dios que dispusiera la muerte como castigo, excepto la ley dada a Adán (Génesis 2:17). Es, por lo tanto, sólo su desobediencia lo que la mereció y llevó al mundo (Romanos 5:13, 14).

Estos autores protestantes enfatizaron grandemente las últimas palabras del versículo 12. Sabemos que varios de los Padres latinos entendieron las palabras "en el que todos han pecado" como que todos han pecado en Adán. Esta interpretación sería una prueba adicional de la tesis del pecado original, pero es innecesaria: la exégesis moderna, y los Padres griegos, prefieren traducir "y así la muerte pasó a todos los hombres porque todos pecaron". Aceptamos esta segunda traducción, que nos muestra la muerte como efecto del pecado, pero ¿qué pecado?. "Los pecados personales de cada uno", responden nuestros adversarios; "ése es el sentido natural de las palabras ‘todos han pecado’”. Sería el sentido natural si el contexto no fuera absolutamente opuesto a él. Las palabras "todos han pecado" del versículo 12, que son oscuras en razón de su brevedad, fueron desarrolladas en el versículo 19: "porque por la desobediencia de un solo hombre muchos fueron hechos pecadores". Pero aquí no se trata de pecados personales, diferentes en índole y número, cometidos por cada uno durante su vida, sino de un primer pecado, que fue suficiente para transmitir por igual a todos los hombres un estado de pecado y la calificación de pecadores. Asimismo, en el versículo 12 las palabras "todos han pecado" deben significar "todos han participado del pecado de Adán", "todos han contraído su mancha". Esta interpretación también elimina la aparente contradicción entre el versículo 12, "todos han pecado", y el 14, "que no han pecado", ya que el primero se refiere al pecado original y el segundo, al pecado personal. Quienes sostienen que en ambos casos se trata del pecado personal no logran concordar estos dos versículos.

IV. EL PECADO ORIGINAL EN LA TRADICIÓN

Respecto de una semejanza superficial entre la doctrina del pecado original y la teoría maniquea de que nuestra naturaleza es malvada, el pelagianismo acusó a los católicos y a San Agustín de maniqueísmo. Sobre la acusación y su respuesta véase "Contra duas epist. pelag.", I, II, 4, V, 10; III, IX, 25; IV, III. En nuestros días este cargo ha sido reiterado por varios críticos e historiadores del dogma, influenciados por el hecho de que antes de su conversión San Agustín era maniqueo. No identifican el maniqueísmo con la doctrina del pecado original, sino que afirman que San Agustín, con los restos de sus antiguos prejuicios maniqueos, creó la doctrina del pecado original, desconocida antes de su tiempo.

No es efectivo que la doctrina del pecado original no aparezca en las obras de los Padres pre- Agustinos; por el contrario, su testimonio se encuentra en obras especiales sobre el tema. Tampoco puede decirse, como sostiene Harnack, que el mismo San Agustín reconozca la ausencia de esta doctrina en los escritos de los Padres. San Agustín invoca el testimonio de once Padres tanto griegos como latinos (Contra Julio, II, x, 33). También es infundada la afirmación de que antes de San Agustín esta doctrina era desconocida para judíos y cristianos: como ya hemos demostrado, es impartido por San Pablo, y se la encuentra en el cuarto libro de Esdras, obra escrita por un judío en el siglo I después de Cristo y ampliamente leída por los cristianos. Este libro presenta a Adán como autor de la caída de la humanidad (vi, 48), al haber transmitido a la posteridad todas sus permanentes dolencias, malignidad, y la mala semilla del pecado (ll, 21, 22, hiv, 30). Los mismos protestantes admiten la doctrina del pecado original en este libro y otros de la misma época (véase Sandia, "El Comentario Internacional Crítico: Romanos", 134, 137; Hastings, "Diccionario de la Biblia", I, 841). Es imposible, pues, hacer de San Agustín, que es de una fecha muy posterior, el inventor del pecado original.

Que esta doctrina existía en la tradición cristiana antes de la época de San Agustín se demuestra por la práctica de la Iglesia de bautizar a los niños. El pelagianismo sostenía que se administraba el bautismo a los niños no para quitarles el pecado, sino para hacerlos mejores, darles vida sobrenatural, volverlos hijos adoptivos de Dios y herederos del Reino de los Cielos (véase San Agustín, "De pécate. meritas", I, xviii). El catolicismo respondió citando el Credo de Nicea, "Confiteor unum baptisma en remissiomen peccatorum", reprochando a los pelagianos la introducción de dos bautismos, uno para adultos para remitir los pecados, y otro para niños, sin tal fin. El catolicismo argumentó también con las ceremonias de bautismo, que suponen que el niño está bajo el poder del mal, y de ahí los exorcismos, la abjuración de Satanás hecha por el patrocinador en nombre del niño [Agustín, loc. cit., xxxiv, 63; Denz., n. Cit., Xxxiv, 63; Denz., N. 140 (96)].

V. EL PECADO ORIGINAL FRENTE A LAS OBJECIONES DE LA RAZÓN

No pretendemos probar la existencia del pecado original por los argumentos de la razón solamente. Santo Tomás hace uso de una prueba filosófica que demuestra más la existencia de algún tipo de decadencia, que la del pecado, y considera su prueba sólo probable, satis probabiliter probari potest (Contra Gent., IV, iii). Muchos protestantes y jansenistas, y algunos católicos, sostienen que la doctrina del pecado original es necesaria en filosofía, y único medio para resolver el problema de la existencia del mal, lo cual es exagerado e imposible de probar. Basta con demostrar que la razón humana no opone objeciones serias contra esta doctrina, que se basa en el Apocalipsis. Las objeciones de los racionalistas emergen generalmente de un falso concepto de nuestro dogma. Atacan tanto la transmisión del pecado como la idea de un perjuicio infligido a nuestra especie por el primer hombre, una decadencia de la humanidad. Aquí vamos a responder sólo a la segunda categoría de objeciones; las demás serán examinadas en un acápite posterior (VII).

(1) La ley del progreso se opondría a la hipótesis de una decadencia si el progreso fuera necesariamente continuo, pero la historia demuestra lo contrario. La línea que representa el progreso tiene sus altibajos, hay períodos de decadencia y de retroceso, y éste fue el período, dice el Apocalipsis, que siguió el primer pecado. La humanidad, sin embargo, empezó a levantarse de nuevo poco a poco, puesto que ni la inteligencia ni la voluntad habían sido destruidas por el pecado original y, en consecuencia, aún existía la posibilidad de progreso material, mientras que en el orden espiritual Dios no abandonó al hombre, a quien había prometido la redención. Esta teoría de la decadencia no tiene relación alguna con nuestro Apocalipsis. La Biblia, por el contrario, nos muestra incluso progreso espiritual de las personas a las que se refiere: la vocación de Abraham, la ley de Moisés, la misión de los profetas, la venida del Mesías, que se convierte en una revelación más y más clara, que termina en el Evangelio, su difusión entre todas las naciones, sus frutos de santidad y el desarrollo de la Iglesia.

(2) Es injusto, dice otra objeción, que del pecado de un hombre resulte la decadencia de toda la humanidad. Esto sería atendible si tomáramos esta decadencia en el mismo sentido en que la entendió Lutero, esto es, la razón humana incapaz de entender incluso verdades morales, la libre voluntad destruida, la sustancia misma del hombre transformada en maldad.

Pero de acuerdo a la teología católica el hombre no ha perdido sus facultades naturales: por el pecado de Adán ha sido privado de los dones divinos a los que su naturaleza no tenía estricto derecho: el completo dominio de sus pasiones, la exención de la muerte, la gracia santificante, la visión de Dios en la próxima vida. El Creador, cuyos dones no se debían a la humanidad, tiene derecho a otorgarlos en las condiciones que Él desee y conservarlos dependerá de la fidelidad de la cabeza de familia. Un príncipe puede conferir una dignidad hereditaria con la condición de que el beneficiario le siga siendo fiel, y de que en caso de rebelión se le quitará esa dignidad a él y, en consecuencia, a sus descendientes. No tiene sentido, empero, que el príncipe, a causa de una falta cometida por un padre, ordene cortar las manos y pies de todos los descendientes del culpable tan pronto como nazcan. Esta comparación representa la doctrina de Lutero, que de ninguna manera apoyamos. La doctrina de la Iglesia no supone pena sensible o aflictiva en el otro mundo para los niños que mueren sin nada más que el pecado original en sus almas, sino sólo la privación de ver a Dios [Denz., N. 1526 (1389)]. 1526 (1389)].

VI. NATURALEZA DEL PECADO ORIGINAL

Este es un tópico difícil, y se han inventado muchos sistemas para explicarlo: baste dar la explicación teológica ahora comúnmente recibida. El pecado original es la privación de la gracia santificante, a consecuencias del pecado de Adán. Esta solución, que es la de Santo Tomás, se remonta a san Anselmo e incluso a las tradiciones de la Iglesia primitiva, como se advierte en la declaración del Segundo Concilio de Orange (AD 529): un hombre ha transmitido a toda la humanidad no sólo la muerte del cuerpo, que es el castigo del pecado, sino también el pecado mismo, que es la muerte del alma [Denz., N. 175 (145)]. 175 (145)]. Como la muerte es la privación del principio de la vida, la muerte del alma es la privación de la gracia santificante, que según todos los teólogos es el principio de la vida sobrenatural. Por lo tanto, si el pecado original es "la muerte del alma", es la privación de la gracia santificante.

Si bien el Concilio de Trento no definió esa solución como obligatoria, la consideró favorablemente y autorizó su uso (cf. Pallavicini, "Istoria del Concilio di Trento", vii-ix). El pecado original se describe no sólo como la muerte del alma (Sess. V, can. Ii), sino como una "privación de justicia que cada niño contrajo en su concepción" (Sess. VI, cap. Iii). El Concilio llama "justicia" a lo que nosotros llamamos la gracia santificante (Sess. VI), y como cada niño debió haber tenido personalmente su propia justicia, después de la caída sufre su propia privación de ésta.

Podemos añadir un argumento basado en el ya citado principio de San Agustín, "el pecado deliberado del primer hombre es la causa del pecado original". San Anselmo desarrolla este principio: "el pecado de Adán fue una cosa, pero el pecado de sus hijos en el nacimiento es otra muy distinta: lo primera era la causa, lo segundo es el efecto" (De conceptu virginali, xxvi). En un niño el pecado original es distinto de la culpa de Adán, es uno de sus efectos, ¿pero cuál de éstos? Vamos a examinar varios efectos de la culpa de Adán y rechazar los que no pueden ser pecado original:

(1) La muerte y el sufrimiento. Estos son males puramente físicos y no se pueden llamar pecado. Además San Pablo, y luego los Concilios, consideraron la muerte y el pecado original como dos cosas distintas transmitidas por Adán.

(2) Concupiscencia: esta rebelión de los más bajos apetitos transmitido a nosotros por Adán es una ocasión de pecado y en ese sentido se acerca más a la maldad moral. Con todo, la ocasión para una falta no es necesariamente una falta, y mientras que el pecado original es borrado por el bautismo, la concupiscencia permanece en el bautizado, de modo que el pecado original y la concupiscencia no pueden ser una y misma cosa, como sostenían los primeros protestantes (Véase Concilio de Trento, Sess. V, can. V).

(3) La ausencia de la gracia santificante en el recién nacido es también un efecto del primer pecado, porque Adán, después de haber recibido de Dios la santidad y la justicia, las perdió no sólo para sí sino también para nosotros (loc. cit., can. II). Si no las hubiera perdido por nosotros, tendríamos que haberlas recibido de él al nacer, junto con las demás prerrogativas de nuestra especie. Por consiguiente, la ausencia de la gracia santificante en un niño es una verdadera privación, es la falta de algo que debería haber tenido según el plan divino. Si este favor no es algo meramente físico, sino de orden moral, si es la santidad, su privación se puede llamar pecado. Pero la gracia santificante es la santidad y así la llama el Concilio de Trento, porque la santidad consiste en la unión con Dios, y la gracia nos une íntimamente a El. La bondad moral consiste en esto, en que nuestra acción está de acuerdo con la ley moral, pero la gracia es una deificación, como dicen los Padres, una perfecta conformidad con Dios, que es la primera regla de toda moralidad (Véase GRACIA.). La gracia santificante entra así en el orden moral, no como algo pasajero sino como una tendencia permanente que persiste aún cuando el sujeto que la posee no actúe; es un volverse hacia Dios, conversio ad Deum. Así pues, la privación de la gracia, incluso sin ningún otro acto, sería una mancha, una deformidad moral, un alejarse de Dios, aversio Deo, rasgo que no se encuentra en ningún otro efecto de la culpa de Adán. Esta privación es, por tanto, la mancha hereditaria.

VII. VOLUNTARIEDAD

"Letrados e ignorantes admiten esta verdad evidente: no puede haber pecado que no sea voluntario", escribe San Agustín (De vera relig., xiv, 27). La Iglesia ha condenado la solución opuesta dada por Baius [prop. xlvi, xlvii, in Denz., n. 1046 (926)]. El pecado original no es un acto sino que, como ya se ha explicado, un estado, una privación permanente, lo cual puede ser indirectamente voluntario –así como un borracho está privado de la razón y es incapaz de usar su libertad, pero está en ese estado por su libre culpa y por tanto su embriaguez, su privación de la razón, es voluntaria y puede imputársele a él.

Pero, ¿cómo el pecado original puede ser siquiera indirectamente voluntario para un niño que nunca ha empleado su libre voluntad personal? Ciertos protestantes sostienen que al llegar a la edad de la razón un niño consentirá en su pecado original, pero en realidad nadie ha pensado nunca en tal consentimiento. Por lo demás, incluso antes del uso de razón el pecado ya está en el alma, de acuerdo a la Tradición respecto del bautismo de niños y del pecado contraído por generación. Algunos teosofistas y espiritistas admiten la preexistencia de almas que han pecado en una vida anterior que ahora han olvidado, pero aparte de lo absurdo de esta metempsicosis, ella contradice la doctrina del pecado original, y sustituye el pecado de un padre común que transmite el pecado y la muerte a todos, con algún número de pecados específicos (cf. Rom. 5:12 y sgts.). Toda la religión cristiana, dice San Agustín, se puede resumir en la intervención de dos hombres, uno para arruinarnos y el otro para salvarnos (De pecc. orig., xxiv). La solución correcta debe buscarse en la libre voluntad de Adán para pecar, y esta voluntad era la nuestra: "estábamos todos en Adán", dice San Ambrosio, citado por San Agustín (Opus imperf., IV, civ). San Basilio nos atribuye a la acción del primer hombre: "Porque no nos abstuvimos (cuando Adán comió el fruto prohibido) se nos expulsó del jardín del paraíso” (Hom. i de jejun., Iv). Anterior aún es el testimonio de San Ireneo: "En la persona del primer Adán ofendimos a Dios, desobedeciendo Su precepto" (Haeres., V, xvi, 3).

Santo Tomás explica del siguiente modo esta unidad moral de nuestra voluntad con la de Adán: "A un individuo se le puede considerado ya sea como tal, o como parte de un todo, un miembro de una sociedad.... Entendido de esta segunda manera un acto puede ser suyo aunque no lo haya hecho él mismo o por su libre voluntad, sino [que haya sido hecho] en su nombre por el resto de la sociedad, entendiéndose que la nación hace lo que el príncipe hace. Porque a una sociedad se la considera como un solo hombre del que los individuos son los diferentes miembros (Pablo, 1 Corintios 12). Así, a la multitud de hombres que reciben su naturaleza humana de Adán ha de considerárseles una sola comunidad o, más bien, un solo cuerpo... Si a un hombre (cuya privación de la justicia original se debe a Adán), se le considera una persona desprovista, esta privación no es su 'culpa', porque ésta es esencialmente voluntaria; pero si lo consideramos miembro de la familia de Adán, como si todos los hombres fueran uno solo, entonces su privación comparte la naturaleza del pecado, dado su origen voluntario, que es el verdadero pecado de Adán " (De Malo, iv, 1).

Es esta ley de la solidaridad, admitida por el sentimiento común, la que atribuye a los niños una parte de la vergüenza resultante del crimen del padre. No es un delito personal, objetaron los pelagianos; “no", respondió San Agustín, "pero es un delito paterno" (Op. imperf., I, cxlviii). “Siendo una persona individual, no soy estrictamente responsable por el crimen de otro, el acto no es mío. Sin embargo, como miembro de la familia humana, se supone que he actuado con la cabeza que la representaba en la conservación o pérdida de la gracia. Soy, pues, responsable de mi privación de la gracia, en el más lato sentido de la palabra. No obstante, eso es suficiente para que el estado de privación de la gracia sea en cierto grado voluntario, y por tanto "sin absurdo se puede decir que es voluntario" (San Agustín, "Retract.", I, xiii). Así quedan respondidas las principales dificultades de los no creyentes en contra de la transmisión del pecado.

“La libre voluntad es esencialmente intransmisible". Físicamente, sí, moralmente, no, entendiéndose la voluntad del padre como siendo aquella de sus hijos. "Es injusto hacernos responsables de un acto cometido antes de nuestro nacimiento". Estrictamente responsables, sí; responsables en el amplio sentido de la palabra, no; el crimen de un padre marca a sus hijos aún no nacidos con vergüenza, y les supone una parte en su propia responsabilidad.

"Su dogma nos hace estrictamente responsables de la culpa de Adán". Esa es una idea errónea de nuestra doctrina. Nuestro dogma no atribuye a los hijos de Adán ninguna responsabilidad propiamente tal por el acto de su padre, y tampoco decimos que el pecado original es voluntario en el sentido estricto de la palabra. Es cierto que, considerado "una deformidad moral", "una separación de Dios", "la muerte del alma", el pecado original es un pecado real que priva al alma de la gracia santificante. Tiene el mismo derecho que el pecado habitual a ser un pecado, que es el estado en el cual se sitúa un adulto por una falta grave y personal, la "mancha" que Santo Tomás define como "privación de la gracia" (I - II: 109:7; III: 87:2, ad 3); y es desde este punto de vista que el bautismo, poniendo fin a la privación de la gracia, "le quita todo lo que es real y propiamente pecado", ya que la concupiscencia que permanece "no es un pecado real y propiamente pecado", aunque su transmisión fue igualmente voluntaria (Concilio de Trento, Sess. V, cán. V). Considerado precisamente voluntario, el pecado original no es más que la sombra del pecado propiamente tal. Según Santo Tomás (En II Sent., dist. xxv, Q. i, a. 2, ad 2um), no se le llama pecado en el mismo sentido, sino sólo en por analogía.

Varios teólogos de los siglos XVII y XVIII, descuidando la importancia de la privación de la gracia en la explicación del pecado original, y explicándolo sólo por la participación que se supone que tuvimos en el acto de Adán, exageran esta participación. Ellos exageran la idea de voluntariedad en el pecado original, creyendo que es la única manera de explicar por qué es un pecado propiamente tal. Su opinión, que difiere de la de Santo Tomás, dio lugar a dificultades injustificadas e insolubles, y hoy en día ha sido totalmente abandonada.

Publicación de información escrita por S. Harent y transcrita por Sean Hyland. Enciclopedia Católica, volumen XI, publicado 1911. New York: Robert Appleton Company. Nihil Obstat, 1 de febrero de 1911. Remy Lafort, S.T.D., Censor. Censor. Imprimatur. +John Cardenal Farley, Arzobispo de Nueva York

Véanse también Adán Edén, Eva


Esta traducción ha sido hecha por: María Victoria Castillo


Este tema presentación en el original idioma Inglés


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