Predestinación

Información General

La predestinación es una doctrina cristiana según la cual el destino final de una persona, ya sea la salvación o la condenación, es determinado sólo por Dios antes de, y aparte de, cualquier valor o mérito de la persona. En algunos casos se afirma que Dios determina solamente quiénes se van a salvar; en otros quiéne se salvarán y quiénes se condenarán . Esta última doctrina se llama doble predestinación.

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La predestinación tiene raíces en el concepto veterotestamentario de pueblo elegido. Hay indicios de la doctrina en el Nuevo Testamento, especialmente en Rom. 8:28 - 30, 9:6 - 24. 8:28 - 30, 9:6 - 24. No aparece en plena forma, sin embargo, hasta el siglo V en los escritos de San Agustín. En oposición al pelagianismo, que sostenía que el hombre pueden merecer la salvación por las buenas obras efectuadas en aplicación de su propia voluntad, Agustín insistió en que los seres humanos requieren la ayuda de la gracia divina para hacer el bien y que esta gracia es un don gratuito, dado por Dios con independencia de los méritos humanos. Así pues, sólo Dios determina quién recibirá la gracia que por sí sola asegura la salvación. En este sentido Dios predestina a algunos a la salvación. En general la iglesia respaldó la doctrina de Agustín, pero la idea de que algunos están predestinados a la condenación fue explícitamente rechazada en el Concilio de Orange (529). La formulación medieval clásica, basada en Agustín, provino de Tomás de Aquino en la Summa Theologica.

La doctrina de la predestinación se volvió importante nuevamente en la Alta Edad Media y pasó a la teología de los reformadores protestantes, en especial Juan Calvino. Calvino también insistió, en contra de otras formas de teología cristiana, en que la gracia es un don y que una persona no puede ganar la salvación. En el curso de las controversias posteriores, el Sínodo de Dort (1619) en Holanda y la Confesión de Westminster (1647) en Inglaterra afirmaron fuertemente la doctrina de Calvino de la doble predestinación. Hasta hace poco se mantuvo como enseñanza característica en las iglesias de la tradición calvinista (calvinismo, presbiterianismo). En otras ramas del cristianismo, sin embargo, ha recibido un apoyo limitado.

El teólogo del siglo XX Karl Barth reelaboró radicalmente la doctrina de la predestinación. Sostuvo que la elección y condena divinas a la humanidad convergen en la elección divina y el rechazo de Jesucristo. En la resurrección de Jesús reside la salvación de toda la humanidad.

William S Babcock Bibliografía K Barth, "Elección y Orden de Dios" en la Dogmática de la Iglesia (1957); J Calvino, Respecto de la Predestinación Eterna de Dios (1961); M J Farrely, Predestinación, LIbre albedrío y Gracia (1964); JG Gerstner, Introducción a la Predestinación (1981 ).

Breve Definiciones

Determinismo

Es la concepción de que cada evento tiene una causa y que todo en el universo depende totalmente de, y se rige por, leyes causales. Puesto que los deterministas creen que todos los eventos, incluso las acciones humanas, están predeterminados, por lo general se piensa que el determinismo es incompatible con el libre albedrío.

Fatalismo

Es la creencia de que "lo que vaya a ser, será", puesto que todos los eventos pasados, presentes y futuros ya han sido predeterminado por Dios u otra fuerza todopoderosa. En religión, a este punto de vista se le puede llamar predestinación; sostiene que si nuestras almas van al cielo o al infierno está decidido antes de nuestro nacimiento y es independiente de nuestras buenas acciones.

Libre voluntad

Es la teoría de que los seres humanos tienen libertad de elección o libre determinación, es decir que, dada una situación, una persona podría haber hecho algo distinto de lo que hizo. Los filósofos han argumentado que la libre voluntad es incompatible con el determinismo. Véase también indeterminismo.

indeterminismo Es la postura de que hay hechos que no tienen causa; muchos proponentes de la libre voluntad creen que los actos de elección son susceptibles de no estar determinados por ninguna causa fisiológica o psicológica.


Predestinación

Información Avanzada

La doctrina de la predestinación tal como ha sido elaborada en la historia de la iglesia cristiana por teólogos como Agustín de Hipona y Juan Calvino ha sido motivo constante de debate y controversia, ya que muchos cristianos no han estado dispuestos a aceptarla en ninguna forma. Pelagio en la iglesia primitiva, y John Wesley en el siglo XVIII, son dos ejemplos de los que no dieron lugar a este tipo de doctrina. Esta división respecto de la misma ha continuado hasta el presente.

La doctrina de la predestinación tiene a la vez un aspecto más amplio y uno más estrecho. El más amplio se refiere a que el Dios Trino preordena todo lo que sucede (Efes. 1:11, 22; cf. Salm. 2). Desde toda la eternidad Dios ha establecido soberanamente todo lo que acaecerá en la historia. El aspecto o uso más estrecho de la expresión es que desde toda la eternidad Dios ha elegido a un grupo de personas para Sí, para que lleguen a eterna asociación con El, mientras que al mismo tiempo ha ordenado que el resto de la humanidad siga su propio camino, que es el del pecado, hasta el castigo eterno final. Estas se conocen como doctrinas de la elección y de la reprobación. Aunque algunos acepten la idea de que Dios elige a algunos a la vida eterna, rechazan totalmente cualquier noción de decreto de reprobación (Rom. 9:16 - 19).

En las Escrituras no hay un único término ni en hebreo ni en griego que equivalga al de "predestinación". En el Antiguo Testamento varias palabras indican el plan y propósito divinos: esa (aconsejar, Jer. 49:20, 50:45, Mic. 4:12); ya'as (proponerse, Isa. 14:24, 26 - 27, 19:12, 23:9), y bahar (elegir, Num. 16:5, 7; Deut. 4:37, 10:15; Isa. 41:8; Ezeq. 20:5). En el NT hay aún más palabras que tienen el significado de predestinado (proorizo, Rom. 8:29 - 30; Ef. 1:5, 11), elegido (eklektos, Matt. 24:22 y sgts.; Rom. 8:33 ; Col 3:12), y seleccionar (haireomai, 2 Tes. 2:13; eklego, I Cor. 1:27 ss.; Ef. 1:4). Pero la doctrina no depende de la utilización de unas pocas palabras, ya que a medida que uno estudia la Biblia en su conjunto se advierte que esta doctrina es central en gran parte de la enseñanza de ambos testamentos.

El fundamento de la doctrina de la predestinación es la doctrina bíblica de Dios. Él es el Eterno, por encima y más allá del tiempo y del espacio, puesto que nunca hubo un momento en que no existiera, por lo que no está sujeto a cambios en el tiempo y en el espacio (Mal. 3:6; Rom. 1:20 - 21; Deut. 33:27; Isa. 57:15). Por otra parte, Dios es soberano sobre todas las cosas, como Creador, Sostenedor y Gobernante del universo. Es el Señor de todo (Dan. 4:34 - 35; Isa. 45:1 ss.; Rom. 9:17 ss.; Ef. 1:11). Dios es también soberanamente justo, de modo que todo lo que hace concuerda con la perfección de Su naturaleza (Jerem. 23:6, 33:16, Rom. 1:17, 10:3, 2 Ped. 1:1). En la eternidad El estableció soberanamente su propio plan y propósito, que está muy por encima de cualquier cosa que el hombre pueda imaginar, concebir o comprender. El hombre, por tanto, podrá conocer el plan de Dios sólo como El lo revela (Jerem. 23:18; Deut. 29:29; Ps. 33:11; Isa. 46:10; 55:7 ss.; Heb. 6:17).

Dios ha revelado Sus disposiciones al hombre, dado que era necesaria que las conociera, a través de los profetas del Antiguo Testamento, a través de los escritores apostólico del NT, pero preferentemente a través de Su Hijo Jesucristo, de quien profetas y apóstoles han dado testimonio. Fue por revelación divina que los profetas pudieron indicar la venida del Redentor (Gén. 3:15; Deut. 18:15; Isa. 53; Mal. 4:2; Heb. 1:1 y ss.), y fueron los apóstoles los que dieron testimonio del que había venido y explicar el sentido de Su vida, muerte, resurrección y ascensión (Hechos 2:22 y sig.; Juan 20:3 sgts.).

Por lo tanto, los seres humanos están limitados en su comprensión del propósito de Dios a lo que El les ha revelado, y los significados, propósitos y planes supremos deben seguir siendo un misterio. Además, debido a la infinitud de Dios, Su eternidad, inmutabilidad, sabiduría, poder, justicia, santidad y verdad, el hombre simplemente no podría entenderle, incluso en caso de que El se revelara plena y completamente a ellos. Esto significa que la relación de Dios con el tiempo y el espacio no la pueden comprender los seres espacio-temporales, porque ni siquiera saben el significado de la eternidad (cf. Isa. 26:12 y sig.; Dan. 4:24 ss.; Hechos 2:22 y ss.). Este sublime misterio del ser de Dios debe tenerse en cuenta al estudiar la doctrina bíblica.

Si Dios es absolutamente soberano, surge aquí la cuestión de la posibilidad de la libertad y responsabilidad individuales,. ¿Cómo puede ser? Sin embargo, las Escrituras afirman reiteradamente las dos cosas. Los comentarios de José a sus hermanos y la declaración de Pedro sobre la crucifixión de Cristo destacan este hecho (Gén. 45:4 ss.; Hechos 2:23). Incluso sin intención, el hombre, al llevar a cabo el plan de Dios, lo hace con responsabilidad y con libertad.

Los que no aceptan la enseñanza bíblica se enfrentan a la necesidad de alguna otra explicación. Algunos cristianos intentan combinar la soberanía de Dios con la independencia humana, pero enfrentan la dificultad de explicar tanto las declaraciones de la Biblia como su creencia en la obra salvadora de Dios en Jesucristo. Los no cristianos tienen dos opciones: concebir una oportunidad suprema que destruye cualquier posibilidad de responsabilidad humana (ya que no hay nadie ante quien hacerse responsable), de pensamiento lógico, y por lo tanto de conocimiento científico; la otra alternativa es la de un determinismo completo que en gran parte lleva al mismo resultado, puesto que no es más que oportunidad solidificada. Aunque el punto de vista bíblico no se puede racionalizar totalmente de acuerdo con nuestras leyes temporal- espaciales, es el único que posibilita cualquier responsabilidad o libertad.

Para entender la enseñanza bíblica sobre la predestinación debemos comenzar con la narración de la caída del hombre, que fue parte del plan eterno de Dios. Al mismo tiempo, como señala Pablo en Rom. 1:18 y ss., la negativa del hombre a reconocer a Dios como su soberano y su voluntaria ceguera a los mandamientos de Dios atrajo sobre él la ira y la condena de Dios; en el fondo, por lo tanto, todos los seres humanos son corruptos, porque rehúsan reconocer que Dios es el Señor y que ellos mismos son sólo criaturas. Pero a pesar de la desobediencia y la rebelión humanas, Dios no ha abandonado a sus criaturas. Por un lado ha restringido su naturaleza pecaminosa por Su gracia, de manera que incluso los pecadores de este mundo han logrado mucho de lo que es bueno y verdadero. Por otro lado, tan pronto como el hombre pecó, Dios prometió un redentor que aplastaría al tentador y lograría la restauración (Gén. 3:15). Así, el propósito de la redención quedó inextricablemente entretejido en la historia humana desde el principio.

Debido al pecado de la criatura, sin embargo, ésta no buscará libremente la paz o la reconciliación con Aquél que es el Creador. Esto se muestra en la historia de Caín, el canto de Lamej, y en el pecado de la sociedad antediluviana (Gén. 2 - 5). Pero al mismo tiempo hubo una minoría fiel descendiente desde Set a Noé, quien fue llamado a sobrevivir al diluvio y producir la línea de los que fueron obedientes y confiaron en la promesa de Dios sobre la redención. De esa línea fue Abraham, a quien Dios convocó desde Ur de Caldea, y a través de los descendientes de su nieto Jacob,estableció a Israel como su pueblo en el mundo pre- cristiano. Todo esto fue resultado de la gracia divina, que se resume en el pacto de Yavé con Abraham, Isaac y Jacob (Gen. 12 y sgts. Aunque hasta allí poco se dice en el Génesis acerca de la elección y reprobación de Dios, cuando se trata de la diferenciación entre Jacob y Esaú se dejó muy claro que, incluso antes de su nacimiento, Jacob fue elegido y Esaú rechazado, pese a que eran gemelos (Gen . 25:19 ss; Mal. 1:3; Rom. 9:10 y ss). Aquí encontramos la primera declaración manifiesta de la doctrina de la doble predestinación.

A lo largo del Antiguo Testamento la doctrina de la elección se expone con creciente claridad. Por un lado se dice que Israel fue elegido, no porque tuviera algo que ofrecer, sino sólo por la gracia de Dios y su sentencia soberana (Deut. 7:7 y ss.; Isa. 41:8 - 9; Ezequiel. 20:5). Además, tanto de Israel como de otras naciones Dios escogió libremente las personas que harían Su voluntad en la historia, para bendición de Israel (1 Sam. 16:1 ss.; Isa. 45:1 ss. 1; Crón. 28:1 ss.). Por otra parte, no todo Israel fue de los elegidos, sino solamente un remanente fiel a quien Dios había escogido (Isaías 1:9; 10:21 y sig.; Jer. 23:3, 31:7),y al que Pablo llama "remanente de acuerdo a la elección de la gracia" (Rom. 11:5). Los del resto no elegido fueron rechazados a causa de su pecado, para sufrir la pena máxima.

A lo largo del OT hay también una constante referencia a Aquel que vendría a redimir el pueblo de Dios, no sólo Israel, sino también sus elegidos de cada raza y tribu. Aunque hay predicciones de esta elección y de la redención universal en la historia de Rut y Naamán, los profetas establecieron muy claramente la universalidad de la elección de la gracia de Dios (Isaías 11:10, 56; Mic. 5:8; Rom. 9:24, 30, 11:12 - 13; Hechos 15). Todos los elegidos y predestinados a convertirse en el pueblo de Dios, judíos o gentiles, en efecto iban a entrar en el pacto, pero sólo a través de Aquél que sería el Mediador electo (Isaías 42:1 ss.; 53:1 ss.; Cf. Mat. 12:18).

En el NT se amplían y aclaran las doctrinas del AT de la elección y predestinación. No hubo intentos de rebatirlas o modificarlas, sino que se les da un alcance más evidentemente universal. Cristo afirmó ser El mismo el mediador del que se habla en el AT, y que el Padre Le había dado a Su pueblo elegido (Marcos 1:15 y Lucas 4:21, Juan 5:39, 10:14 y sig.). Además aseveró que había venido a dar Su vida como redentor de Su pueblo. Este es el tema de Su sermón en Juan 10 y de Su oración por Sí mismo en Juan 17. Él prometió que todo Su pueblo vendría a El y perseveraría en su fe hasta la vida eterna (Juan 6:39, 65, 10:28 y sig.). Cierto es que como Hijo encarnado de Dios Su santidad era tal que Su vida, muerte y la resurrección tuvieron méritos suficientes para toda la humanidad, pero, como El mismo señalara, Su obra mediadora estaba dirigida a la salvación sólo de Su pueblo (Juan 17). En esto El cumplía lo dicho en el OT.

Esa fue también la postura de los apóstoles. El libro de los Hechos incluye una serie de ejemplos de la enseñanza apostólica sobre este asunto; en su sermón en Pentecostés, Pedro da una indicación incuestionable de la soberanía de Dios y la responsabilidad del hombre (Hechos 2:14 y ss.). El discurso de Esteban en el capítulo 7; la llamada de Pedro a Cornelio a dar testimonio (10:24 ss.); y varios otros pasajes, presentan las mismas doctrinas. En las cartas de Pedro y de Juan y en el Apocalipsis estos tópicos de la soberanía de Dios, la responsabilidad del hombre y la elección y predestinación de éste por Dios reaparecen constantemente.

Con todo, el autor apostólico que mejor expone la doctrina es Pablo. Si bien en varios lugares se refiere de paso a la predestinación, la expone en detalle en Rom. 8:29 - 11:36 y arroja más luz sobre ella en Efes. 8:29 - 11:36. En estos pasajes destaca la desesperada condición del hombre en su pecado y el hecho de que debido a su desobediencia y rebeldía, Dios no sólo se aleja de él sino que le endurece en el pecado (Rom. 9:14 ss.). Al mismo tiempo, empero, se acerca y atrae a Sí a aquellos a quienes ha elegido desde toda la eternidad, redimiéndolos y justificándolos en Jesucristo (Rom. 10:11 y sig.; Ef. 1:4 y ss.). No obstante, en todo esto está el misterio de la acción soberana de Dios y la responsabilidad del hombre (Rom. 9:19; 11:33), y en todas las cosas se manifiesta la gloria de la santidad de Dios (Rom. 9:16 ss.).

Estas doctrinas han seguido planteando preguntas desde los días de los apóstoles, especialmente desde la Reforma protestante del siglo XVI, cuando se les formuló más precisamente. A pesar de su base bíblica, cristianos y no cristianos las han resistido por varios motivos. Si todos los seres humanos son pecadores, y Dios es soberano, entonces El debe ser el autor del pecado y es injusto castigar a alguien. Por lo demás ¿sobre qué bases hace Dios su elección? Él no es arbitrario; y si lo es ¿no discrimina entonces a las personas? Si estas doctrinas son verdaderas, ¿no destruyen cualquier deseo, incluso cualquier necesidad de un ser humano de buscar una vida moral, obrar bien, amar la misericordia y seguir humildemente a Dios? Surgen todas estas preguntas, y muchos de los que las hacen sienten que ya han respondido y refutado eficazmente las doctrinas. Olvidan, sin embargo, que todas estas cuestiones fueron planteadas en la época de Cristo y los apóstoles (Juan 10:19 y sig.; Rom. 9:19 ss.).

Parecería evidente que en ambos testamentos se exponen estas doctrinas, junto con un énfasis en la justicia y santidad soberanas de Dios, pero no se da una explicación más detallada, y más allá de lo que dicen las Escrituras, el hombre finito no puede (y, si acepta la autoridad de la Biblia como Palabra de Dios), ni quiere ir. Todo lo que uno puede decir es lo que dijo Job al ser reprobado por Dios (Job. 42:1 - 6) o lo que Pablo afirma al término de su exposición de estas doctrinas (Rom. 11:33 - 36). La sabiduría y la gracia de Dios están más allá de la comprensión o entendimiento de cualquier creatura. A uno no le queda más que inclinarse en adoración y alabanza. Quienes así lo hacen tienen en su interior una sensación de consuelo y fuerza que no es la propia, sino un don de Dios que les permite enfrentar al mundo con confianza y atención.

W S Reid (Diccionario Evangélico Elwell)

Bibliografía L Boettner, La Doctrina Reformada de la Predestinación; J Calvin, Institutos de la Religión Cristiana 3:21 - 24 y El Eterno Predestinación de Dios; C Hodge, Teología Sistemática; Murray J, Escritos de Calvino sobre la Escritura y la Soberanía Divina; BB Warfield, doctrinas bíblicas .


Predestinación

Información Avanzada

Esta palabra se utiliza adecuadamente sólo con referencia al plan de Dios o al propósito de la salvación. La palabra griega traducida por "predestinar" se encuentra sólo en estos seis pasajes: Hechos 4:28; Rom. 8:29, 30; 1 Cor. 8:29, 30, 1 Cor. 2:7; Efes. 2:7; Efes. 1:5, 11, y en todos ellos tiene el mismo significado. Sostienen que el decreto o "propósito determinado" eterno, soberano, inmutable e incondicional de Dios gobierna todos los eventos. Esta doctrina de la predestinación o elección es puesta en jaque por muchas dificultades; pertenece a las "cosas secretas" de Dios.

Pero si tomamos como guía la palabra revelada de Dios, tenemos que aceptar esta doctrina con todo su misterio y responder todas nuestras preguntas con el humilde y devoto reconocimiento de que "Aún así, Padre: porque así pareció bueno a Tus ojos". Para la enseñanza de la Escritura sobre este tema examinaremos los siguientes pasajes, además de los ya mencionados: Gen. 21:12; Ex. 9:16; 33:19; Deut. 10:15; 32:8; Jos. 11:20; 1 Sam. 12:22; 2 Crón. 6:6; Salm. 6:6; 33:12; 65:4; 78: 68; 135:4; Isa. 33:12, 65:4, 78: 68; 135:4; Isa. 41:1-10; Jer. 41:1-10; Jer. 1:5; Marc. 13:20; Lucas 22:22; Juan 6:37; 15:16; 17:2, 6, 9; Hechos 2:28; 3:18; 4:28; 13: 48; 17:26; Rom. 1:5; Marcos 13:20 y Lucas 22:22, Juan 6:37, 15:16, 17:2, 6, 9; Hechos 2:28, 3:18, 4:28, 13: 48, 17: 26; Rom. 9:11, 18, 21; 11:5; Efes. 3:11; 1 Tesal. 1:4; 2 Tesal. 2:13; 2 Tim. 1:9; Tito 1:2; 1 Ped. 1:2 (Ver Elección.) Hodge ha observado bien que "entendida correctamente, esta doctrina (1) exalta la majestad y la soberanía absoluta de Dios, a la vez que pone de manifiesto las riquezas de su gracia gratuita y su justa indignación con el pecado. (2) Nos impone la verdad esencial de que la salvación es enteramente por gracia. Nadie puede quejarse si es excluído, ni jactarse si es salvado. (3) Lleva al consultante a la absoluta desesperación y a la cordial aceptación de la oferta gratuita de Cristo. (4) En el caso del creyente que tiene al testigo dentro de sí, esta doctrina a la vez profundiza su humildad y eleva su confianza hasta la plena seguridad de la esperanza" (resumen).

(Diccionario Ilustrado Easton)


Predestinación

Información Católica

Predestinación (del laltín prœdestinare), tomado en su sentido más amplio, es todo decreto divino por el que Dios, debido a Su pre-ciencia infalible del futuro, ha determinado y ordenado desde la eternidad todos los eventos que ocurren en el tiempo, especialmente los que proceden directamente de, o al menos están influídas por, la libre voluntad del hombre. Incluye todos los hechos históricos, como por ejemplo la aparición de Napoleón o la fundación de los Estados Unidos, y en particular los puntos de inflexión en la historia de la salvación sobrenatural, como la misión de Moisés y los profetas, o la elección de María a la maternidad divina. Tomada en este sentido general, la predestinación coincide claramente con la Divina Providencia y con el gobierno del mundo, que caen fuera del alcance de este artículo (véase DIVINA PROVIDENCIA).

I. NOCION DE PREDESTINACIÓN

La teología restringe el término a aquellos decretos divinos relativos al fin sobrenatural de los seres racionales, sobre todo el hombre. Teniendo en cuenta que no todos los hombres llegan a dicho fin en el cielo sino que muchos se pierden eternamente por su propia culpa, debe haber una predestinación doble: (a) una al cielo para todos aquellos que mueren en estado de gracia, (b) una a las penas del infierno para todos los que se van en pecado o en el disgusto de Dios. Sin embargo, y de acuerdo a los usos a los que vamos a adherir en este artículo, es mejor llamar "reprobación"a este último decreto divino, de modo de reservar el término predestinación para el decreto divino a la felicidad de los elegidos.

A

La noción de predestinación se compone de dos elementos esenciales: el infalible conocimiento previo de Dios (prœscientia), y Su inmutable decreto (decretum) de eterna felicidad. El teólogo que, siguiendo a los Pelagianos, limite la actividad divina al conocimiento anticipado eterno y excluya la divina voluntad, cae de inmediato en el deísmo, que afirma que Dios, habiendo creado todas las cosas, deja al hombre y al universo a su suerte y se abstiene de toda injerencia activa. A pesar de los dones puramente naturales de Dios —como descender de padres piadosos, la buena educación, y la guía providencial de la carrera exterior del hombre—, también se pueden llamar efectos de la predestinación , en sentido estricto el término implica sólo aquellas bendiciones en el ámbito sobrenatural, como la gracia santificante, todas las gracias reales y, entre éstas, particularmente las que conllevan la perseverancia y una muerte feliz. Dado que en realidad sólo llegan al cielo los que mueren en estado de justificación o de gracia santificante, estrictamente hablando ellos, y sólo ellos, se cuentan entre los predestinados. De allí se sigue que debemos contar también entre éstos a todos los niños que mueren en la gracia bautismal, así como a los adultos que, después de una vida manchada por el pecado, se convierten en su lecho de muerte. Lo mismo puede decirse de los numerosos predestinados que, aunque fuera del palio de la verdadera Iglesia de Cristo, parten de este mundo en estado de gracia como catecúmenos: protestantes de buena fe, cismáticos, judíos, musulmanes y paganos. Aquellos afortunados católicos que al término de una larga vida aún revisten su inocencia bautismal, o que después de muchas recaídas en el pecado mortal perseveran hasta el final, no resultan predestinados más firmemente, pero son más notablemente favorecidos que los ya nombrados grupos de personas.

Pero aun cuando se considere solamente el fin sobrenatural del hombre, el término predestinación no siempre es empleado por los teólogos en un sentido inequívoco. El que la predestinación comprenda cosas totalmente diversas no debe sorprendernos. Si se la toma en su sentido correcto (prœdestinatio adœquata o completa), la predestinación se refiere a la vez a la gracia y a la gloria como un todo, incluyendo no sólo la elección a la gloria como fin, sino también la elección a la gracia como medio, la vocación a la Fe, justificación y la perseverancia final, con todo lo cual está inseparablemente conectada una muerte feliz. Este es el significado de las palabras de San Agustín (De dono persever., Xxxv): "Prædestinatio nihil est aliud quam præscientia et præparatio beneficiorum, quibus certissime liberantur [i.e. salvantur], quicunque liberantur" (La predestinación no es otra cosa que el conocimiento y ordenamiento anticipados de los dones gratuitos que aseguran la salvación de todos los que se salvan). Pero los dos conceptos de gracia y gloria se pueden separar y cada uno de ellos ser el objeto de una predestinación especial. El resultado es la llamada predestinación insuficiente (prœdestinatio inadœquata o incompleta), ya sea sólo a la gracia o sólo a la gloria. Al igual que Sn. Pablo, Agustín habla de una elección a la gracia aparte de la gloria celestial (loc. cit., Xix): "Prædestinatio est gratiæ præparatio, gratia vero jam ipsa donatio". Es evidente, con todo, que esta predestinación (insuficiente) no excluye la posibilidad de que alguien elegido a la gracia, la fe y la justificación, igual vaya al infierno. Por lo tanto podemos ignorarla, ya que en el fondo no es más que otra expresión de la universalidad de la voluntad salvífica de Dios y de la distribución de la gracia entre todos los hombres (véase GRACIA). De manera similar la elección solamente a la gloria, es decir, sin tener en cuenta los méritos anteriores a través de la gracia, debe denominarse predestinación (insuficiente). Si bien la posibilidad de esta última es inmediatamente clara a la mente reflexiva, la mayoría de los teólogos impugna fuertemente su realidad, como veremos más adelante (en secc. III). A partir de estas explicaciones es evidente que el verdadero dogma de la elección eterna se refiere exclusivamente a predestinación suficiente, que abarca tanto la gracia como la gloria y la esencia de lo que Santo Tomás (I, Q. xxiii, a. 2) define como "Præparatio Gratiæ en præsenti et gloriæ en el futuro " (preordenación de la gracia en el presente y de la gloria en el futuro).

Haciendo hincapié en cuán misteriosa e inasible es la elección divina, el Concilio de Trento llama "misterio escondido" a la predestinación. Que la predestinación sea, en efecto, un sublime misterio surge no sólo del hecho de que la profundidad de la resolución eterna es inimaginable, sino que es incluso exteriormente visible en la desigualdad de la elección divina. El desigual criterio con que se distribuye la gracia bautismal entre los lactantes y las gracias eficaces entre los adultos está oculto a nuestra vista por un velo impenetrable. Si tuviéramos una idea de las razones de esta desigualdad, tendríamos a la vez la clave para la solución del misterio: ¿por qué este niño es bautizado, pero no el hijo del vecino? ¿Por qué Pedro Apóstol se levantó de nuevo después de su caída y perseveró hasta su muerte, mientras que Judas Iscariote, apóstol colega suyo, se ahorcó y frustró así su salvación? Aunque correcta, la respuesta de que Judas fue a la perdición por su propia voluntad, mientras que Pedro cooperó fielmente con la gracia de la conversión que le fue ofrecida, no aclara el enigma, ya que la pregunta persiste: ¿por qué Dios no dio a Judas la misma gracia eficaz, infaliblemente exitosa de la conversión, que a San Pedro, cuya negación blasfema del Señor fue un pecado no menos grave que el del traidor Judas? Para todas estas y otras preguntas similares la única respuesta razonable es la palabra de San Agustín (loc. cit., 21): "Inscrutabilia sunt judicia Dei" (los designios de Dios son inescrutables).

B

La contrapartida de la predestinación de los buenos es la reprobación de los impíos, o eterna decreto de Dios de enviar al infierno a todos los hombres que El previó que morirían en estado de pecado como enemigos Suyos. Este plan de divina reprobación se puede concebir ya sea como absoluto e incondicional, o como hipotético y condicional, según si lo consideramos dependiente o independiente del infalible conocimiento anticipado del pecado, verdadera razón de la reprobación. Si entendemos que la condenación eterna es un decreto absoluto incondicional de Dios, su posibilidad teológica se afirma o niega según si la cuestión de si se trata de una reprobación positiva o sólo negativa, se responda afirmativa o negativamente. La diferencia conceptual entre los dos tipos de reprobación es que la reprobación negativa implica la absoluta voluntad de no conceder el gozo del cielo, mientras que la positiva significa la absoluta voluntad de condenar al infierno. En otras palabras, aquellos que reciben una reprobación meramente negativa se cuentan entre los no predestinados desde toda la eternidad, en tanto que los reprobados positivamente fueron directamente predestinados al infierno desde toda la eternidad y fueron creados expresamente para ese fin. Fue Calvino quien elaboró la repulsiva doctrina de que un decreto divino absoluta desde toda la eternidad predestinaba positivamente a parte de la humanidad al infierno, y para lograr este fin eficazmente, también al pecado. Los católicos partidarios de una reprobación incondicional eluden la acusación de herejía sólo mediante la imposición de una doble restricción a su hipótesis: (a) que, en el tiempo, el castigo del infierno sólo se puede infligir a cuenta del pecado, y desde toda la eternidad, decretar sólo a causa de la malicia prevista, mientras que no se debe considerar al pecado en sí un puro efecto de la voluntad divina absoluta, sino sólo el resultado del permiso de Dios, (b) que el plan eterno de Dios no puede tener nunca la intención positiva de reprobación al infierno, sino sólo una reprobación negativa, es decir, una exclusión del cielo. Evidentemente estas restricciones son exigencia de la formulación del concepto mismo, ya que los atributos de la santidad divina y la justicia deben mantenerse inviolados (véase DIOS). Por consiguiente, si consideramos que la santidad de Dios nunca Le permitirá desear positivamente el pecado a pesar de preverlo en Su decreto permisivo con certeza infalible, y que Su justicia puede mandar anticipadamente el infierno como castigo — y con el tiempo, infligirlo— sólo en razón del pecado previsto, entendemos la definición de eterna reprobación dada por Pedro Lombardo (I Sent., Dist. 40): "Est præscientia iniquitatis quorundam et præparatio damnationis eorundem" (es el conocimiento anticipado de la maldad de algunos hombres y la disposición anticipada de su condenación). Cf. Scheeben, "Mysterien des Christentums" (2nd ed., Freiburg, 1898), 98-103.

II. EL DOGMA CATÓLICO

Reservando las controversias teológicas para la próxima sección, aquí nos ocupamos sólo de los artículos de fe relativos a la predestinación y la reprobación, cuya negación implicaría herejía.

A. La Predestinación de los elegidos

Aquel que atribuya el motivo de la predestinación ya sea sólo al hombre o sólo a Dios inevitablemente llegará a conclusiones heréticas sobre la elección eterna. En un caso el error tiene que ver con el fin último; en el otro, con los medios para ese fin. Nótese que hablamos de la "causa" de la predestinación, que sería o bien la causa eficiente (Dios), o la causa instrumental (la gracia), o la causa final (el honor de Dios), o la causa meritoria primaria, sino de la razón o motivo que indujo a Dios desde toda la eternidad a elegir a determinados individuos a la gracia y la gloria. La principal pregunta es entonces: ¿quizá el mérito natural del hombre ejerce alguna influencia en la elección divina a la gracia y la gloria? Si recordamos el dogma de la absoluta gratuidad de la gracia cristiana, nuestra respuesta debe ser rotundamente negativa (véase GRACIA). A la otra pregunta sobre si la predestinación divina toma en cuenta al menos las buenas obras sobrenaturales, la Iglesia responde con la doctrina de que el cielo no les es dado a los elegidos por un acto puramente arbitrario de la voluntad de Dios, sino que es también la recompensa por los méritos personales de los justificados (véase MERITO). Los que, al igual que los Pelagianos, buscan la razón de la predestinación sólo en las obras humanas naturalmente buenas, evidentemente no juzgan correctamente la naturaleza del cielo cristiano, que es un destino absolutamente sobrenatural. Puesto que el pelagianismo pone toda la economía de la salvación sobre una base puramente natural, considera la predestinación, en particular, no como una gracia, y mucho menos como la suprema gracia, sino meramente una recompensa por méritos naturales.

Los semipelagianos también desvalorizaron la gratuidad y el carácter estrictamente sobrenatural de la felicidad eterna al atribuir al menos el comienzo de la fe (initium fidei) y la perseverancia final (donum perseverantiœ) al ejercicio de las facultades naturales del hombre, y no a la iniciativa de la gracia preventiva. Esta es una de las herejías que, desdeñando a Dios y su gracia, hacen que toda la salvación dependa del hombre solamente. Pero no menos graves son los errores en que cae un segundo grupo al hacer de Dios el único responsable de todo, y suprimir la libre cooperación de la voluntad en el logro de la felicidad eterna. Esto es lo que hacen los defensores del herético predestinacionismo, plasmado en su forma más pura en el calvinismo y el jansenismo. Aquellos que buscan la razón de la predestinación exclusivamente en la voluntad absoluta de Dios, están lógicamente obligados a admitir una gracia irresistiblemente eficaz (gratia irresistibilis), a negar la libertad de la voluntad influída por la gracia y a rechazar totalmente los méritos sobrenaturales (como razón secundaria de la felicidad eterna). Y puesto que en este sistema también la condenación eterna encuentra su única explicación en la voluntad divina, se deduce además que la concupiscencia actúa en la voluntad pecaminosa con una fuerza irresistible; que allí la voluntad no es realmente libre de pecar y que los deméritos no pueden ser causa de la condenación eterna.

Entre estos dos extremos, el dogma católico de la predestinación mantiene el punto medio, porque considera a la felicidad eterna principalmente como obra de Dios y de su gracia, y secundariamente, fruto y recompensa de la actuación meritoria de los predestinados. El proceso de predestinación consta de los siguientes cinco pasos: (a) la primera gracia de la vocación, sobre todo la fe como comienzo, fundamento y raíz de la justificación; (b) una serie de gracias adicionales actuales para el cumplimiento de la justificación; (C) la justificación misma como inicio del estado de gracia y de amor, (d) la perseverancia final o, al menos, la gracia de una muerte feliz (e) por último, la admisión a la dicha eterna. Si es una verdad de la Revelación el que son muchos los que, siguiendo este camino, buscan y encuentran su salvación eterna con infalible certeza, entonces queda demostrada la predestinación divina (cf. Mateo 25:34; Apocal. 20:15). San Pablo dice muy explícitamente (Rom. 8:28 y sgts): "sabemos que todas las cosas obran juntas para bien de los que aman a Dios, y que según Su propósito, están llamados a ser santos. Y a aquellos a los que de antemano conoció, también los predestinó a acomodarse a la imagen de Su Hijo, de modo que El fuera primogénito entre muchos hermanos. Y a aquellos a los que predestinó, también llamó. Y los que llamó, también los justificó. Y a quienes justificó, también glorificó". Además del eterno "conocimiento” y disposición previos, el Apóstol menciona aquí los diversos pasos de la predestinación: "vocación", "justificación", y "glorificación"(Cf. Efes. 1:4-11). Esta creencia ha sido fielmente preservada por la tradición a través de todos los siglos, especialemnte desde los tiempor de Agustín.

Hay otras tres características a notar de la predestinación, que son importantes e interesantes desde el punto de vista teológico: su inmutabilidad, lo definitivo del número de los predestinados, y su incerterteza subjetiva.

(1) La primera cualidad, la irrevocabilidad del divino decreto, se basa tanto en el infalible conocimiento anticipado de Dios de que unos individuos muy específicos abandonarán esta vida en estado de gracia, como en la inmutable voluntad de Dios de darles, precisamente a esos hombres y no a los demás, la felicidad eterna como recompensa por sus méritos sobrenaturales. En consecuencia, el conjunto de la futura composición de los cielos, hasta sus más mínimos detalles, con todas las diferentes medidas de gracia y de los varios grados de felicidad, quedó irrevocablemente decidido desde toda la eternidad. Y no podría ser de otro modo. Si fuera posible, después de todo, que un predestinado fuera enviado al infierno, o que uno no predestinado llegara finalmente al cielo, entonces Dios se habría equivocado en su conocimiento anticipado de los acontecimientos futuros; Él ya no sería omnisciente. Por lo tanto, el Buen Pastor dice de Sus ovejas (Juan 10:28): "Y les doy vida eterna, y no perecerán para siempre, y nadie les podrá arrancar de mi mano". Pero debemos tener cuidado de no concebir la irrevocabilidad de la predestinación ya sea como fatalistas en el sentido de la kismet musulmana o como pretexto para una ociosa resignación al destino inexorable. El infalible conocimiento anticipado de Dios no puede imponerle al hombre una coacción inevitable, por la sencilla razón de que en el fondo no es más que la visión eterna de la realidad histórica futura. Dios prevé la libre actividad de un hombre precisamente como éste quiera darle forma. Sea lo que sea que promueva la obra de nuestra salvación, si nuestras propias oraciones y buenas obras, o las oraciones de otros por nosotros, está eo ipso incluido en la infalible conocimiento anticipado de Dios, y por consiguiente, en el ámbito de aplicación de la predestinación (cf. Santo Tomás, I, Q. xxiii, a. 8). Es en tales consideraciones prácticas que se originó la ascética máxima (falsamente atribuida a San Agustín): "Si no es prædestinatus, fac ut prædestineris" (si no estás predestinado, obra como para que lo estés). Cierto es que la teología estricta no puede aprobar este audaz enunciado, excepto en la medida en que el decreto original de predestinación se conciba primero como hipotético, que posteriormente se transforme en decreto absoluto e irrevocable por las oraciones, las buenas obras y la perseverancia del que está predestinado, de acuerdo con las palabras del Apóstol (2 Pedro 1:10): "Por tanto, hermanos, trabajen mucho, ya que por las buenas obras pueden asegurar su llamado y elección".

Las infalibles visión y disposiciones anticipadas de Dios se designan en la Biblia por la bella figura de "Libro de la Vida" (liber vitœ, to biblion tes zoes). Este libro de la vida es una lista de todos los elegidos, que no admite ni adiciones ni tachas. Desde el Antiguo Testamento (cf. Éxodo 32:32, Salmos 68:29) este símbolo fue incorporado en el Nuevo por Cristo y su apóstol Pablo (cf. Lucas 10:20; Hebr. 12:23), y ampliada por la evangelista Juan en su Apocalipsis [cf. Apoc., xxi, 27: "no entrará en ella nada manchado ..., sino los que están inscritos en el libro de la vida del Cordero" (cf. Apoc. 13:8; 20:15)]. La explicación correcta de este libro simbólico la da San Agustín (De civ. Dei, XX, xiii): "Præscientia Dei quæ non potest falli, liber vitae est" (el anticipado conocimiento de Dios, que no puede errar, es el Libro de la Vida). No obstante, como se dice en la Biblia, hay un segundo y más voluminoso libro en el que figuran no sólo los nombres de los elegidos sino también los de todos los fieles de la Tierra. Este libro metafórico se da por existente siempre que se insinúa la posibilidad de que un nombre, aunque incluído, puede ser suprimido [cf. Apoc., iii, 5: "y Yo no sacaré su nombre del libro de la vida" (cf. Éxodo 32:33)]. El nombre será borrado sin misericordia cuando un cristiano se hunda en la infidelidad o incredulidad y muera en su pecado. Por último hay una tercera clase de libros, en los que se consigan los hechos de los malvados y los crímenes de cada pecador, y por los cuales el último día se juzgará a los réprobos para ser enviados al infierno (Cf. Apocalipsis 20:12): "y los libros fueron abiertos; ... y los muertos, juzgados por las cosas escritas en los libros de acuerdo a sus obras". Fue este gran simbolismo de la omnisciencia divina y la justicia que inspiró el perturbador verso de la Dies irœ según la cual todos vamos a ser juzgados, de un libro: "Liber scriptus proferetur: en quo totum continetur". En lo que respecta al libro de la vida, cf. Santo Tomás, I, Q. xxiv, a. 1-3, y Heinrich-Gutberlet, "Dogmat. Theologie", VIII (Mainz, 1897), sección 453.

(2) La segunda característica de la predestinación, lo definitivo del número de elegidos, se sigue naturalmente de la primera. Si el designio eterno de Dios con respecto a los predestinados es inmutable, entonces el número de predestinados debe asimismo ser inmutable y definitivo, sin sujeción a adiciones o cancelaciones. Cualquier indefinición en el número implicaría eo ipso una falta de certeza en el conocimiento de Dios y destruiría Su omnisciencia. Además, la naturaleza misma de la omnisciencia exige que no sólo el número abstracto de elegidos, sino también las personas con sus nombres y toda su carrera en la Tierra, estén presentes en la divina mente desde toda la eternidad. Naturalmente, la curiosidad humana ansía información específica acerca del número absoluto y relativo de los elegidos. ¿Cuál podrá ser el número absoluto? Pero sería ocioso e inútil calcular y adivinar tantos y tanto millones o miles de millones de predestinados. Santo Tomás (I, Q. xxiii, a. 7) menciona la opinión de algunos teólogos de que se salvarán tantos hombres como ángeles caídos haya, mientras que otros sostenían que el número de predestinados será igual al de ángeles fieles.

Por último, hubo optimistas que combinando estas dos opiniones en una tercera, hicieron que el total de hombres salvados igualara a la infinita miríada de espíritus condenados. Pero incluso aceptado que el principio de nuestro cálculo es correcto, ningún matemático sería capaz de averiguar el número absoluto sobre una base tan vaga, ya que el número de ángeles y de demonios nos es desconocido. Por consiguiente, "la mejor respuesta", como correctamente comenta Santo Tomás, "es decir: sólo Dios sabe el número de sus elegidos". Por número relativo se entiende la relación numérica entre predestinados y réprobos. ¿Se salvará o se condenará la mayor parte de la humanidad? ¿Se salvará una mitad y perecerá la otra? En esta cuestión la opinión de la rigoristas se opone a la más suave de los optimistas. Refiriéndose a varios textos de la Biblia (Mat. 7:14, 22:14) y dichos de grandes doctores espirituales, los rigoristas defienden como probable la tesis de que no sólo muchos cristianos, sino también muchos católicos están condenados a la pena eterna. El sermón de Massillon sobre el reducido número de los elegidos es de un tono casi repulsivo, pero incluso Santo Tomás (loc. cit., A. 7) afirmó: "Pauciores sunt qui salvantur" (pocos son los que se salvan). Y hace pocos años, cuando el jesuita P. Castelein ( "Le rigorisme, le nombre des élus et la doctrina du salut", 2 ª ed., Bruselas, 1899) impugnó esta teoría con argumentos de peso, se le opuso fuertemente el redentorista P. Godts ("De paucitate salvandorum quid docuerunt sancti", 3 ª ed., Bruselas, 1899). Que el número de elgidos no puede ser tan pequeño es evidente en el Apocalipsis (vii, 9). Cuando uno oye a los rigoristas, se tienta a repetir el amargo comentario de Dieringer: "¿Podrá ser que la Iglesia exista realmente para enviar a la gente al infierno?" La verdad es que ni lo uno ni lo otro puede ser resultado de la Escritura o la tradición (véase Heinrich-Gutberlet, "Dogmat. Theologie", Mainz, 1897, VIII, 363 sq). Pero complementando estas dos fuentes con argumentos provenientes de la razón podemos defender con seguridad como probable la opinión de que la mayoría de los cristianos, sobre todo los católicos, se salvará. Si a este número relativo le añadimos la abrumadora mayoría de no cristianos (judíos, musulmanes, paganos), Gener ( "Theol. Dogmat. Scholast.", Roma, 1767, II, 242 sq) probablemente tiene razón cuando supone la salvación de la mitad de la humanidad, a menos que "hay que decir, para vergüenza y ofensa de la majestad y clemencia divinas, que el [futuro] reino de Satanás es más grande que el Reino de Cristo" (cf. W. Schneider, " Das andere Leben ", 9 ª ed., Paderborn, 1908, 476 sq).

(3) La tercera característica de la predestinación, su incertidumbre subjetiva, está íntimamente relacionado con su inmutabilidad objetiva. No sabemos si estamos o no entre los predestinados; todo lo que podemos decir es: sólo Dios lo sabe. Cuando los reformadores, confundiendo la predestinación con la certeza absoluta de la salvación, exigieron de los cristianos una fe inquebrantable en su propia predestinación si desean salvarse, el Concilio de Trento opuso a esta presuntuosa creencia el canon (Sess. VI, can. Xv ): "S. qd, hominem renatum et justificatum teneri ex fide ad credendum, se esse en certo numero prædestinatorum, anatema sit" (si alguno dijera que el hombre regenerado y justificado está obligado a creer como cuestión de fe que con seguridad figura en el número de predestinados, sea anatema). En verdad esta presunción no sólo es irracional, sino también no escritural (cf. 1 Corint. 4:4, 9:27, 10:12, Filip. 2:12). Sólo una revelación privada, como se le concedió al ladrón penitente en la cruz, nos podría dar la certeza de la fe: por ello es que el Concilio Tridentino insiste en que (loc. cit., Cap. Xii): "Nam nisi ex speciali revelatione sciri non potest , Quos Deus sibi elegerit" (porque aparte de una revelación especial, no se puede saber a quién ha elegido Dios). Sin embargo la Iglesia sólo condena la blasfema presunción que en materia de predestinación se jacta de una certidumbre como la de la fé. Decir que hay signos probables de predestinación que evitan toda angustia excesiva no va contra su enseñanza. Algunos de los criterios establecidos por los teólogos son los siguientes: la pureza de corazón, el gusto por la oración, la paciencia en el dolor, la recepción frecuente de los sacramentos, el amor de Cristo y de su Iglesia, la devoción a la Madre de Dios, etc

B. Condenación de los réprobos

Especialmente Calvino (Instit., III, c. xxi, xxiii, xxiv) sostuvo la predestinación incondicional y positiva de los réprobos no sólo al infierno, sino también al pecado. Sus seguidores en Holanda se dividieron en dos sectas, la Supralapsaria y la Infralapsaria; esta última consideraba al pecado original como el motivo de la condenación positiva, mientras que la primera (con Calvino) desestimaba este factor y derivaba el divino decreto de la reprobación, sólo de la inescrutable voluntad de Dios. También Jansenius (De gratia Christi, l. X, c. ii, xi sq) apoyaba el infralapsarianismo, opinando que Dios había predeterminado una parte de la massa damnata [total condenado, N. del T.] de la humanidad a la dicha eterna y los demás a la pena eterna, decretando al mismo tiempo negar a los condenados positivamente las gracias necesarias para convertirse y guardar los mandamientos; por esta razón, dijo, Cristo murió sólo para los predestinados (cf. Denzinger, "Enchiridion", n. 1092-6 ). Contra estas blasfemas convicciones, en el 529 el Segundo Sínodo de Orange, y de nuevo el Concilio de Trento, pronunciaron el anatema eclesiástico (cf. Denzinger, nn. 200, 827). Esta condena se justificó perfectamente porque la herejía predestinaria negó, en oposición directa a los más claros textos de la Escritura, la universalidad de la voluntad salvífica de Dios, así como la redención a través de Cristo (cf. Sabid. 11:24 sq; 1 Tim. 2: 1 sq); anuló la misericordia de Dios hacia el pecador empedernido (Ezeq. 33:11; Rom. 2:4, 2 Pedro 3:9), suprimió la libertad de la voluntad de hacer el bien o el mal, y por ende el mérito de las buenas obras y la culpabilidad de los malos; y finalmente, destruyó los atribuitos divinos de sabiduría, justicia, veracidad, bondad y santidad. El espíritu mismo de la Biblia debió haber bastado para disuadir a Calvino de una falsa explicación de Rom., ix, y a su sucesor, Beza, de la errónea exégesis de I Ped., ii, 7-8. Tras sopesar todos los textos bíblicos relativos a la reprobación eterna, un exégeta protestante moderno llega a la conclusión de que "No hay elección al infierno paralela a la elección a la gracia: por el contrario, la sentencia pronunciada en el impenitente supone culpa humana... . La reprobación sigue nada más que cuando se ha rechazado la salvación de Cristo" ("Realencyk. Für prot. Theol. ", XV, 586, Leipzig, 1904). En lo que respecta a los Padres de la Iglesia, sólo San Agustín parecería poner dificultades a la prueba de la tradición. De hecho, tanto Calvino como Jansenius estiman que él apoya su visión de la cuestión. No es este el lugar para entrar a examinar su doctrina sobre la reprobación: pero no hay duda de que sus obras contienen expresiones que, por decir lo menos, se podrían interpretar en el sentido de una reprobación negativa. Probablemente bajando de tono sus más filudas palabras, su "mejor discípulo", San Próspero, en su apología contra Vicente de Lerin (Resp. ad 12 obj. Vincent.), explica así el espíritu de Agustín: "Voluntate exierunt, voluntate Ceciderunt, et quia præsciti sunt casuri, no sunt prædestinati; indispen autem prædestinati, si indispen reversuri et sanctitate en remansuri, ac per hoc prædestinatio Multis Dei est causa standi, nemini causa labendi est" (salieron por voluntad propia; cayeron por voluntad propia, y puesto que su caída estaba prevista, no fueron predestinados; lo habrían sido si hubieran de regresar y perseverar en la santidad; por lo tanto, la predestinación de Dios es para muchos la causa de la perseverancia, y para nadie, de su caída). En cuanto a la tradición cf. Petavius, "De Deo", X, 7 y sgts.; Jacquin en "Revue de l'histoire ecclésiastique", 1904, 266 y sgts q; 1906, 269 y sgts; 725 y sgts. Ahora ya podemos resumir brevemente el conjunto de la doctrina católica, que está en armonía con nuestra razón y con nuestros sentimientos morales. En concordancia con los dictámenes doctrinales de sínodos generales y particulares, Dios infaliblemente prevé e inmutablemente preordena desde la eternidad todos los eventos futuros (cf. Denzinger, n. 1784), pero toda necesidad fatalista queda eliminada y la libertad humana permanece intacta (Denz., n . 607). Por consiguiente el hombre es libre si acepta la gracia y hace bien, o si la rechaza y hace mal (Denz., n. 797). Así como es verdadera y sincera voluntad de Dios que toda la humanidad, sin exceptuar a nadie, tenga felicidad eterna, así lo es también que Cristo murió por todos (Denz., n. 794), no sólo por los predestinados (Denz., n . 1.096) o los fieles (Denz., n. 1294), si bien es cierto que en la realidad no todos aprovechen los beneficios de la redención (Denz., n. 795). Aunque Dios previó la felicidad eterna y las buenas obras de los elegidos (Denz., n. 322), no predestinó a nadie positivamente al infierno, y mucho menos al pecado (Denz., nn. 200, 816). Así pues, del mismo modo que nadie se salva contra su voluntad (Denz., n. 1363), los réprobos perecen solamente a causa de su maldad (Denz., nn. 318, 321). Dios previó las penas eternas de los impíos desde toda la eternidad y predeterminó este castigo en razón de sus pecados (Denz., n. 322), pero no por eso deja de ofrecerles la gracia de la conversión a los pecadores (Denz., n. 807), y desestimar a los no predestinados (Denz., n. 827). Mientras los réprobos vivan en la Tierra pueden ser verdaderos cristianos y miembros de la Iglesia, tal como, por otra parte, los predestinados pueden estar fuera del amparo de la cristiandad y de la Iglesia (Denz., nn. 628, 631) . Sin especial revelación nadie puede saber con certeza si pertenece o no al número de los elegidos (Denz., nn. 805 y sgts., 825 y sgts.).

III. CONTROVERSIAS TEOLÓGICAS

Debido a la infalible decisión de la Iglesia, cada teoría ortodoxa sobre la predestinación y la reprobación debe mantenerse dentro de los límites marcados por las siguientes tesis: (a) Al menos en la ejecución en el tiempo (in ordine executionis) las obras meritorias de los predestinados son la causa parcial de su felicidad eterna; (b) ni siquiera en la intención (in ordine intentionis) puede el infierno haber sido decretado positivamente a los condenados, a pesar de que se les inflige en el tiempo como el justo castigo de sus fechorías, (c) no hay absolutamente ninguna predestinación al pecado como medio de la condenación eterna. Guiados por estos principios, esbozaremos y examinaremos brevemente tres teorías propuestas por teólogos católicos.

A. Teoría de la Predestinación ante prœvisa merita

Esta teoría, defendido por todos los tomistas y algunos molinistas (como Bellarmino, Francisco Suárez, Francisco de Lugo), afirma que Dios, por un decreto absoluto y sin atender a méritos sobrenaturales futuros, predestina desde toda la eternidad a ciertos personas a la gloria del cielo, y luego, como consecuencia de este decreto, decide darles todas las gracias necesarias para su logro. En el orden de tiempo, en todo caso, el decreto Divino se lleva a cabo en orden inverso: los predestinados reciben primero las gracias pre-ordenadas para ellos, y posteriormente la gloria del cielo como recompensa por sus buenas obras. Dos cualidades, por lo tanto, caracterizan a esta teoría: en primer lugar, lo absoluto del decreto eterno, y en segundo lugar, la reversión de la relación de la gracia y de gloria en los dos órdenes diferentes de la eterna intención (ordo intentionis) y la ejecución en el tiempo (ordo executionis). Mientras que la gracia (y el mérito), en el orden de la intención eterna no es otra cosa que el resultado o efecto de la gloria decretada absolutamente, en el orden de ejecución se convierte razón y causa parcial de felicidad eterna, como lo requiere el dogma de la meritoriedad de las buenas obras (ver MERITO). Una vez más, la gloria celestial es, primero, cosa de voluntad en el orden de la eterna intención, y a continuación se vuelve la razón o motivo de las gracias que ofrece, mientras que en la orden de ejecución debe ser concebida como el resultado o efecto de los méritos sobrenaturales. Esta concesión es importante ya que sin ella la teoría sería intrínsecamente imposible y teológicamente insostenible. Pero ¿qué hay de la prueba positiva? La teoría puede encontrar en la Escritura prueba decisiva sólo en el supuesto de que la predestinación a la gloria celestial se mencione inequívocamente en la Biblia como motivo divino para las gracias especiales concedida a los elegidos. Ahora, pese a que hay varios textos (por ejemplo, Mateo 24:22 y sgts; Hechos 13:48, y otros) que se pueden interpretar en este sentido sin forzarlos, esos pasajes pierden su imaginaria fuerza en vista de que otras explicaciones, que no faltan, son posibles o incluso más probables. Los defensores de la predestinación absoluta tienen, en particular, el capítulo noveno de la epístola a los romanos como el "clásico" pasaje en el que San Pablo parece representar la eterna felicidad de los elegidos no como fruto de la pura misericordia de Dios, sino como acto de la más arbitraria voluntad, de manera que la gracia, la fe, la justificación deben entenderse como meros efectos de un decreto divino absoluto (cf. Rom. 9:18: "Por lo tanto El tiene misericordia de quien El quiera, y a éste lo endurece"). Ahora, es bastante atrevido citar uno de los más difíciles y oscuros pasajes de la Biblia como "texto clásico", y basar en él argumento de audaz especulación. Para ser más específicos, es imposible dibujar los detalles de la imagen en la que el apóstol compara a Dios con el alfarero que tiene "poder para hacer con la arcilla de la misma masa una vasija para altos fines y otra para fines corrientes?" ( Romanos 9:21), sin caer en la blasfemia Calvinista de que Dios predestina a algunos hombres al infierno y al pecado tan positivamente como preeligió a otros a la vida eterna. Ni siquiera es admisible leer en el pensamiento del Apóstol una reprobación negativa de algunos hombres. La principal intención de la epístola a los Romanos es insistir en la gratuidad de la vocación al cristianismo y a rechazar la rechazar la presunción judía de que la posesión de la ley mosaica y de la descendencia carnal de Abraham dio a los judíos una preferencia esencial por sobre los paganos. Pero la epístola no tiene nada que ver con la cuestión especulativos de si la libre vocación a la gracia debe ser considerada resultado necesario de la predestinación eterna a la gloria celestial [cf. Franzelin, "De Deo uno", thes. Franzelin, "De Deo uno", con estas. lxv (Rome, 1883)]. Es igualmente difícil encontrar en los escritos de los Padres un argumento sólido para una predestinación absoluta. El único que se podría citar con cierta apariencia de verdad es San Agustín, que, sin embargo, permanece prácticamente solo entre sus predecesores y sucesores. Ni aún sus más fieles discípulos, Próspero y Fulgencio, siguieron al maestro en todas sus exageraciones. Pero un problema tan profundo y misterioso, que no pertenece a la sustancia de la fe y que, según la expresión del Papa Celestino I (d. 432), tiene que ver con profundiores difficilioresque partes incurrentium quœstionum (cf. Denz., n. 142), no se puede decidir por la sola autoridad de Agustín. Además, la verdadera opinión del doctor africano es motivo de controversia incluso entre las más altas autoridades, de manera que todas las partes le reclaman por sus conflictivas opiniones [cf. O. Rottmanner, "Der Augustinismus" (Munich, 1892); Pfülf, "Zur Prädestinationslehre des hl. Augustinus" in "Innsbrucker Zeitschrift für kath. Theologie", 1893, 483 sq.]. En cuanto al intento frustrado de Gonet y Billuart de probar la predestinación absoluta ante prœvisa merita "por un argumento de la razón", véase Pohle, "Dogmatik", II, 4 ª ed., Paderborn, 1909, 443 y sgts.

B. Teoría de la condenación negativa de los réprobos

Lo que más nos disuade de abrazar la teoría recién expuesta no es el hecho de que no se la puede probar dogmáticamente de la Escritura o la tradición, sino la necesidad lógica a la que nos vincula, de asociar una predestinación absoluta a la gloria con una reprobación igualmente absoluta , aunque sólo fuera negativa. Los bien intencionados esfuerzos de algunos teólogos (por ejemplo, Billot) por hacer una distinción entre ambos conceptos y escapar así de las malas consecuencias de la reprobación negativa no pueden ocultar, a una inspección atenta, la impotencia lógica de tales artificios. De ahí que los primeros partidarios de la predestinación absoluta nunca negaran que su teoría los obligaba a suponer un paralelo para los malvados, la reprobación negativa -es decir suponer que, aunque no positivamente predestinados al infierno, están absolutamente predestinado a no ir al cielo (Cf. Supra, I, B). Si bien era fácil para los tomistas poner este punto de vista en armonía lógica con sus prœmotio physica, los pocos molinistas se vieron en aprietos para armonizar la reprobación negativa con su scientia media. Con el fin de disimular la dureza y crueldad de tal decreto divino, los teólogos inventaron expresiones más o menos paliativas, diciendo que la reprobación negativa es la voluntad absoluta de Dios de "desestimar" a priori a los no predestinados, a "pasarlos por alto", a "no elegirlos" , a “no admitirlos de ningún modo" en el cielo. Sólo Gonet tuvo el valor de llamar al asunto por su nombre correcto: "exclusión de los cielos" (exclusio a gloria).

En otro sentido, también, los adherentes a la reprobación negativa no se ponen de acuerdo entre sí, a saber, en cuanto al motivo de la divina reprobación. Los rigoristas (como Alvarez, Estius, Sylvius) consideran que elmotivo es la voluntad soberana de Dios que, sin tener en cuenta los posibles pecados y deméritos, determinó a priori mantener a los no predestinados fuera del cielo, aunque no los creó para el infierno.

Una segunda opinión más suae (por ejemplo, de Lemos, Gotti, Gonet), que apela a la doctrina agustiniana de la massa damnata, encuentra la razón última de la exclusión del cielo en el pecado original, en la que Dios puede, sin ser injusto, dejar a tantos como Le parezca. La tercera y más suave opinión (Goudin, Graveson, Billuart) deriva la reprobación, no de una exclusión directa del cielo, sino de la omisión de una "elección eficaz al cielo"; representan a Dios como habiendo decretado ante prœvisa merita dejar a los no predestinados en su debilidad pecadora, sin negarles las necesarias gracias suficientes, por lo que perecerían infaliblemente (cf. "Innsbrucker Zeitschrift für carola. Theologie", 1879, 203 sq).

Sea cual sea la opinión que uno pueda tener en cuanto a la probabilidad interna de reprobación negativa, no se la puede armonizar con la universalidad y sinceridad dogmáticamente ciertas de la voluntad salvífica de Dios. La absoluta predestinación de los benditos es al mismo tiempo la absoluta voluntad de Dios de "no elegir" a priori al resto de la humanidad (Suarez) ol lo que equivale a lo mismo, "excluirlos de los cielos" (Gonet), es decir, no salvarlos. Si bien algunos tomistas (como Bañez, Alvarez, Gonet) aceptan esta conclusión hasta el punto de degradar la "voluntas salvifica" a una ineficaz "velleitas", que entra en conflicto con evidentes doctrinas de revelación, Francisco Suárez trabaja hasta el sudor de su frente para salvaguardar la sinceridad de la voluntad salvífica de Dios, incluso hacia aquellos negativamente reprobados. Pero en vano. ¿Podría llamarse seria y sincera una voluntad de salvar que ha decretado desde toda la eternidad la imposibilidad metafísica de la salvación? El que ha sido reprobado negativamente puede agotar sus esfuerzos para lograr la salvación. De nada le servirá. Es más, para cumplir infaliblemente Su decreto, Dios está obligado a frustrar el bienestar eterno de todos los excluídos a priori del cielo, y asegurarse de que morirán en pecado. ¿Es este el lenguaje en que nos habla la Sagrada Escritura? No; en ella encontramos un padre amable y preocupado, que no desea “que alguien perezca, sino que todas las almas vuelvan a la penitencia” (2 Pedro 3:9). Lessius dice con razón que le sería indiferente si fuera contado entre los reprobados positiva o negativamente, porque en uno y otro caso su condenación eterna sería segura. La razón de ello es que en la presente economía, para los adultos la exclusión del cielo significa prácticamente lo mismo que la condenación. El estado intermedio, una felicidad meramente natural, no existe.

C. La Teoría de la Predestinación post prœvisa merita

Esta teoría, defendida por los primeros escolásticos (Alejandro de Hales, Alberto Magno), así como por la mayoría de los Molinistas y calurosamente recomendada por San Francisco de Sales “como opinión más cierta y atractiva", tiene como principal característica estar libre de la necesidad lógica de la reprobación negativa. Se distingue de la predestinación ante prœvisa merita en dos puntos: en primer lugar, rechaza el decreto absoluto y supone una hipotética predestinación a la gloria; en segundo lugar, no revierte la sucesión de gracia y gloria en los dos órdenes de la intención eterna y de ejecución en el tiempo, sino que hace que la gloria dependa de los méritos gloria en la eternidad así como en el orden de tiempo. Este decreto hipotético dice lo siguiente: así como en tiempo de la felicidad eterna depende de los méritos como condición, así Yo dispuse el cielo para toda la eternidad sólo para los méritos previstos. -- sólo en razón del infalible conocimiento anticipado de estos méritos, el decreto hipotético se convierte en absoluto: ésos, y no otros, serán salvados.

Este punto de vista no sólo protege la universalidad y sinceridad de la voluntad salvífica de Dios, sino que coincide admirablemente con las enseñanzas de Sn. Pablo (cf. 2 Tim. 4:8), que sabe que "se estableció" (reposita est, apokeitai) en el cielo "una corona de la justicia", que "el juez justo (le) entregará" (reddet, apodosei) en el día del juicio. Más clara aún es la inferencia que se sigue de la sentencia del Juez universal (Mateo 25:34 sgts): "Venid, benditod de Mi Padre, poseed el reino preparado para vosotros desde la creación del mundo. Porque tuve hambre, y me dísteis de comer ", etc. Así como la "posesión" del Reino de los Cielos en el tiempo está vinculada aquí a las obras de misericordia como condición, la "preparación" del Reino del Cielo en la eternidad, es decir, la predestinación a la gloria, se entiende dependiente del conocimientos anticipado de que se harán buenas obras. La misma conclusión se desprende de la sentencia paralela de condenación (Mateo 25:41 sgts): "Apartáos de Mi, malditos, al fuego eterno preparado para el demonio y sus ángeles. Porque tuve hambre, y vosotros no me disteis de comer ", etc. Porque es evidente que el "fuego eterno del infierno" sólo puede haberse destinado desde toda la eternidad por el pecado y el demérito, esto es, por omisión de la caridad cristiana, en el mismo sentido en el que se le inflige en el tiempo. Para concluir el paralelo, debemos decir lo mismo de la dicha eterna. Esta explicación está espléndidamente confirmada por los Padres griegos. En términos generales, los griegos son las principales autoridades sobre de la predestinación condicional en función de los méritos previstos. También los latinos son tan unánime sobre esta cuestión que San Agustín es prácticamente el único adversario en Occidente. San Hilario (en Ps. lxiv, n. 5) describe expresamente la elección eterna como procedente de "la elección de mérito" (ex meriti delectu), y San Ambrosio enseña en su paráfrasis de Rom., Viii, 29 (De fide , V, vi, 83): "Non enim ante prædestinavit quam præscivit, sed quorum merita præscivit, eorum præmia prædestinavit" (Él no predestinó antes de haber previsto; y predestinó a la recompensa sólo a aquellos cuyos méritos previó). En conclusión: nadie puede acusarnos de audacia si afirmamos que la teoría que aquí se presenta tiene una base más firme en la Escritura y la tradición, que la opinión opuesta.

Publicación informativa

escrita por J. Pohle y transcritas por Gary A. Mros. Enciclopedia Católica volumen XII, publicado en 1911. Robert Appleton Co, N.Y. Nihil Obstat, 1 de junio de 1911. Remy Lafort, S.T.D., Censor. Imprimatur. + John Cardenal Farley, arzobispo de Nueva York

Bibliografía

Además de las obras citadas, cf. PEDRO LOMBARDO, Sent., I, dist. 40-41: ST. THOMAS, I, Q. xxiii; RUIZ, De prœdest. et reprobatione (Lyons, 1828); RAMÍREZ, De prœd. et reprob. (2 vols., Alcalá, 1702); PETAVIUS, De Deo, IX-X; IDEM, De incarnatione, XIII; LESSIUS, De perfectionibus moribusque divinis, XIV, 2; IDEM, De prœd. et reprob., Opusc. II (Paris, 1878); TOURNELY, De Deo, qq. 22-23; SCHRADER, Commentarii de prœdestinatione (Vienna, 1865); HOSSE, De notionibus providentiœ prœdestinationisque in ipsa Sacra Scriptura exhibitis (Bonn, 1868); BALTZER, Des hl. Augustinus Lehre über Prädestination und Reprobation (Vienna, 1871); MANNENS, De voluntate Dei salvifica et prœdestinatione (Louvain, 1883); WEBER, Kritische Gesch. der Exegese des 9 Kap. Der Exegese des 9 Kap. des Römerbriefes (Würzburg, 1889). Además de estas monografías cf. FRANZELIN, De Deo uno (Rome, 1883); OSWALD, Die Lehre von der Gnade, d. i. I. Gnade, Rechtfertigung, Gnadenwahl (Paderborn, 1885); SIMAR, Dogmatik, II, section 126 (Freiburg, 1899); TEPE, Institut. theol., III (Paris, 1896); SCHEEBEN-ATZBERGER, Dogmatik, IV (Freiburg, 1903); PESCH, Prœl. Dogmat., II (Freiburg, 1906); VAN NOORT, De gratia Christi (Amsterdam, 1908); POHLE, Dogmatik, II (Paderborn, 1909).

Véase asimismo

Salvación
Santificación
Justificación
Conversión
Confesión
Arminianism
Supralapsarismo
Infralapsarismo
Amyroldismo
Determinismo
Fatalismo


Esta traducción ha sido hecha por: María Victoria Castillo


Este tema presentación en el original idioma Inglés


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